SAL 7GG4.UO
HARVARD COLLEGE
LIBRARY
LATIN AMERICAN COLLECTION
FROM THE FUND
GIVEN BY
ARCHIBALD CARY COOLIDGE, ’87
AND
CLARENCE LEONARD HAY, *08
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BIBLIOTECA HISPANO- AMERICANA,
NOVELAS
DE
Alejandro Magariflos Cervantes.
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BIBLIOTECA BMNO-AMERIliANA.
NOVELAS
DE
ALEJANDRO MAGAR1N0S CERVANTES:
CARAMURÜ,
NOVELA HISTORICA ORIGINAL;
LA VIDA POR UN CAPRICHO,
EPISODIO DE LA CONQUISTA DEL RIO DE LA PLATA.
CUARTA EDICION.
Teodomiro Real y Prado, Editor.
BUENOS AIRES.
Imprenta del Orden, Victoria 203— Librería de Real y Prado, Bolívar 77.
1865 .
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7/U^. ¡jo
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HARVARD ROLLESE UBRARV
BIFTOf
ARCHIBALD CARY CO0UB6I _
AND
CLARENCE LEONARD HAY
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Sr. D. Alejandro Maga liños Cervantes .
Mi estimado amigo: La lectura de su Cñramurú me ba
proporcionado la satisfacción de ver cumplido un deseo que
hace tiempo tenia: y era que alguno intentase Sacar provecho
de los infinitos portentos naturales de América y de las intere-
v
«antes costumbres de sus habitantes para la composición de
la novela descriptiva ó de cardéis, á que tán adecuada y ad-
mirablemente se prestan las unas y los otros, sin mas trabajo
por parte del autor que ver bien ló que á su vista se ofrece, y
pintar con naturalidad y sobrio gusto lo que ha visto; trabajo
grande, atento que pocas cosas puede haber mas difíciles que
trasladar al papel con el imperfep^ y ^«litado instrumento
de las lenguas lo que el corazón y la' 5 * mente, instrumentos
menos limitados é imperfectos de la sensibilidad y de la inte-
ligencia, tienen las mas vece^por superior á sus fuerzas, pero
para el cual son comunmente aptos los que han visto la luz
en aquellas sorprendentes regiones; mayormente si á las con-
gónitas dotes del cuerpo y del alma, que deben á su próvido
cielo, ha*n sabido unir las que solo pueden adquirirse por medio
del estudio yoqj libre ejercicio de una razón sana y vigorosa.
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VI
INTRODUCCION.
Muchos y recientes ensayos, de que aqui, por desgracia
se tiene escasa noticia, ó se hace poco aprecio, prueban que la
juventud americana empieza á conocer los grandes recursos
que ofrece su pais á la poesía de todos géneros, y con espe-
cialidad á la lírica, en que tanto han sobresalido Olmedo,
Bello, Plácido y Heredia; y á la popular ó de romances que
Echeverría y otros paisanos de Y. cultivan felicísimamente
hoy dia. Y, sin embargo, Caramurú es el primer trabajo de
su especie que he visto hecho por un americano, siendo asi
que (á lo menos en mi sentir) hay de presente para la novela
en América mas rica mina de materiales que para cualquiera
otra obra de literatura : aserto de todo punto evidente para
cuantos han estudiado la historia de las repúblicas america-
nas, y que, considerando á estas á cierta luz, y en ciertos
determinados aspectos, reconocen de cuanta utilidad pueden
y deben ser para la fábula el portento de su descubrimiento
y conquista; la vida casi monástica de sus hijos en el dilatado
período de su unión con la madre pátria; las sorprendentes
peripecias de su guerra de independencia; y, lo que es mas,
la lucha permanente de sus razas, y la misteriosa progresiva
marcha de ellas hácia la unidad de legislación, costumbres y
naturaleza.
Repito, pues, que me alegro de ver seguir á Y. un camino?
en mi concepto llano, y cuanto llano y descampado, ameno y
deleitoso. Si por ventura, y como yo lo espero, lo recorre
Y. con felicidad y gloria, la patria natural le agradecerá el
lustre que dé á su nombre y á sus cosas, y la adoptiva el
presente de las novelas en que le ofrezca la pintura de aque-
llas bajo la forma mas agradable que ha dado el ingenio
humano al maravilloso arte de la palabra escrita!
Soy su afectísimo amigo.
R. María Baralt.
Madrid y Mayo 3 de 1850.
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LITERARIA.
IX
mas arriba, en pró del arte y de nuestros jóvenes compatrio-
tas, haremos un breve análisis del argumento, del carácter
de los personajes, de la acción dramática, de la trama, y, en
fin, del espíritu y tendencias del libro que nos ocupa.
Antes de pasar adelante creemos conveniente trasladar
algunos párrafos de un concienzudo artículo del apreciablo
y joven escritor D. Antonio Cánovas del Castillo. Hé aquí
como se espresaba al hacer la crítica de la Estrella del Sud y
otra novela del Sr. Magariños Cervantes, inferior á la presente:
«Magariños es de los jóvenes escritores americanos el
que pone mas color local en sus obras: acaso el que lleva mas
fé patriótica en el corazón: acaso también el que mas se deja
arrastrar de los vicios de la sociedad en que ha vivido, por lo
mismo que sabe retratarla bien, y comprende como pocos las
bellezas poéticas que ella encierra.»
Y mas adelante, indagando con suma sagacidad el origen
de sus defectos, que encuentra en el desquicio social y en la
vida fatigosa que arrastran aquellos pueblos en las fértiles y
malhadadas orillas del Plata y en las cuestas riquísimas de
los Andes, añade el Sr. Cánovas:
«¿Qué podia* hacer tm joven de veinte años,' en cuya
frente ardía la inspiración, cuya alma se levantaba á la
noble ambición de la gloria, del amor íntimo do la patria y
del fanatismo por el vago eco de la libertad? ¿Qué podía
hacer, decimos, Magariños Cervantes en modio de ese tor-
rente desbordado, de tanta tiniobla por un lado, de tan ai-
niestros resplandores por otro? Nada mas que marchar al
frente del movimiento, ya que detenerlo úo estaba en su
mano: no otra cosa que dejar sembrada su carrera de admi-
rables rasgos de ingenio, de pensamientos originales, de
gotas de fé, de relámpagos de esperanzas: únicamente escribir
j La Estrella del Sud y las Brisas del Plata .
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CRÍTICA
«Ya lo dejamos dicho en otro párfafú: ese joven escritor
tiene talento, instrucción y entusiasmo; imaginación encendi-
da en el sol de las pampas, y la pólvora siempre humeante
délos cañones de Rosas; espíritu incierto que se eleva y vaga
entre mil reminiscencias diversas y entre rail principios
contradictorios; buen hijo, en fin, de esa América desgra-
ciada, sigue el torrente que le señalan su patria y su siglo,
sin pensar en otra cosa que en caminar delante de ellos.»
Veamos ahora si este juicio del Sr. Cánovas se encuen-
tra confirmado en la presente novela.
La época en que el autor coloca la acción no puede ser
mas dramática y nacional. El país arrebatado á la domina-
ción española por Artigas y sus compañeros, enflaquecido
por la guerra civil y la anarquía, acaba de ser incorporado al
imperio del Brasil. Las ciudades, divididas en banderías y
parcialidades, siguen el movimiento general, y de grado ó por
fuerza, se adhieren al nuevo orden de cosas. Las campañas
solamente resisten, las hordas pastoras, el elemento semi-sal-
vaje cuyos instintos bélicos é ingénito amor á la independencia
ha despertado la lucha con la madre patria, protesta y se le-
vanta contra el usurpador. Oscuros guerrilleros, caudillos sin
nombres salidos de sus filas se ponen al frente del movimien-
to, y se atreven á desafiar el poder colosal de D. Juan VI
primero, y luego de su sucesor, el esforzado D. Pedro de
Braganza. Débiles en número, pero fuertes y enaltecidos por
el santo amor de la patria, combaten con desesperado aliento.
Vencidos mil veces, acosados en todas direcciones, puestos
fuera de la ley, no desmayan por eso. Puede decirse de ellos
loque Byron decia de los españoles de 1808:
“¡Back to the struggle, bafflel iu the strife,
‘•War, War is still the cry, War ev¿n to tha knife!”
La proscripción, la miseria, el cadalso no les intimidan.
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CRITICA LITERARIA
CAKAMURU (‘)
NOVELA ORIGINAL DE D. ALEJANDRO MAGARIÑOS CERVANTES,
En medio del infortunio que hoy pesa sobre la noble
raza española en la mitad del continente americano; en
medio de las contiendas civiles que lo devastan y ensangrien-
tan; en medio de esa eterna lucha que, como el fénix de la
fábula,* renace de sus propias cenizas, y lleva etí pos de sí la
desolación y la muerte, es grato para el que ha visto la luz
del sol bajo su espléndido cielo, oir de vez en cuando un eco
perdido, una voz melancólica y doliente que evoque con los
recuerdos de la infancia el dulce recuerdo de la patria. Es
grato para el que desde las remotas playas de la Europa
sigue la marcha de la inteligencia en el hemisferio de Colon,
divisar al través de tanta oscuridad, algún fugitivo destello
que ilumine, aunque sea por breves instantes, la negra noche
(1) Publicamos con el mayor gusto el siguiente juicio crítico que el Sr.
Orgaz nos ha remitido acerca de la primera novela del Sr. Magariños. Nuestro
amigo el Sr. Orgaz, como americano y escritor ventajosamente conocido, es sin
duda una de las jpersonas mas competentes en Madrid para juzgar las produccio-
nes hispano-americanas que revisten el carácter de Caramurú y La Vida por t m
capricho .— Nota del Editor, en la 2. * edición de esta novela hecha en Madrid por
la Biblioteca del Siglo en 1850; que es (a que nos sirve para la presente con algu-
nas ligeras correcciones del autor.
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VIII
CRÍTICA
que va atravesando. Muy grato y consolador es para el
literato que comprende las dificultades inmensas que todavía
por muchos años se opondrán en el nuevo mundo al desarro-
llo de la inteligencia, y con las que hoy tienen que luchar
los que, con mas ó menos talento, con mas ó menos fortuna,
se sienten llamados á la grande obra de crear una literatura
propia, americana, que refleje su virgen, sin igual naturaleza;
que pinte sus dolores, sus costumbres, sus creencias, sus ne-
cesidades; que armonice el pasado con el presente; que se
eleve al porvenir en brazos de la Providencia, y creyendo
ciegamente en ella y en la libertad, fecundice y busque sus
inspiraciones en la democracia... Es muy grato, muy con-
solador, repetimos, para nosotros los americanos, los hijos
desventurados de aquella tierra desventurada, al mas débil
rumor que modula su nombre, á la mas débil lucecilla que
asoma en su pálido horizonte, prestar el oido, volver con
ánsia los ojos y tender una mano amiga al poeta ó al escritor
que ofrece’ trasladarnos, y nos traslada con la imaginación á
nuestro perdido paraíso.
Hé aquí las reflexiones que nos asaltaron al leer las prU
meras páginas de la novela del Sr. Magariños Cervantes,
escritor americano, ya ventajosamente conocido en su patria
y en las repúblicas vecinas.
Sin dar á este trabajo mas importancia que laque debe
tener, considerado como novela, y examinándolo únicamente
bajo es© punto de vista, creemos que se recomienda y que
honra á su autor por mas de un título. Juzgamos que aparte
de algunos ligeros defectos, que el Sr. Magariños Cervantes
corregirá por poco que lo desee con empeño, este trabajo
revela en éi dotes no comunes; y como somos enemigos
de sentar ninguna proposición sin probarla, y como, por otra
parte, deseamos poner en relieve lo que dejamos consignado
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LITERARIA.
XI
/ Viva la patria! repiten á cada nuevo desastre, y asi luchan
y reluchan por espacio de doce años contra sus opresores,
hasta arrebatarles su presa.
Amaro es el tipo que ha escojido el Sr. Magariños Cer-
vantes para idealizar cuanto hay de noble y grande en esa
resistencia heroica. Gaucho , intrépido, valiente, generoso,
fanático por la libertad, con mas corazón que cabeza, deján-
dose llevar siempre de sus primeros impulsos; espíritu indó-
mito, nacido con todas las dotes necesarias para salir de la
esfera humilde en que la suerte le ha colocado; voluntad de
" hierro, que se estrella contra los obstáculos ó los anonada :
Amaro simboliza al hombre de las soledades americanas, que,
sin tener los .vicios de la civilización, reúne á muchas do sus
ventajas la primitiva espontaneidad que engendran costum-
bres, hábitos ó ideas mas en armonía con la naturaleza, y
que permiten se desarrollen con mas vehemencia los afectos
que nacen del corazón. Por eso nos inspira tanto interés :
disculpamos sus errores; simpatizamos con sus esfuerzos, y
anhelamos verle salir triunfante de los multiplicados peligros
que le rodean.
La necesidad de concretar nuestras observaciones á un
círculo muy limitado, no nos permiten estendernos como de-
seáramos sobre los demas caractéres. Diremos, no obstante,
que el do Lia nos ha parecido bello é interesante; bien soste-
nidos los del conde y D. Cárlos; perfectamente bosquejados
los del Cambueta y Tapalquem ; débiles 'comparados con los
anteriores los de doña Petra y el del comerciante brasileño.
La acción dramática que nace del choque de estos en-
contrados caractéres lleva al lector agradablemente entre-
tenido de capítulo en capítulo basta el fin do la obra. Amaro,
impetuoso, ardiente, loco de amores, dominado por una idea
fija, la salvación de su patria, hace aparecer mas tierna, mas
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CRÍTICA
XII
apasionada, mas pura y candorosa á Lia, ángel de trece 'prima-
veras, que rayaba apenas en esa edad dichosa en que la infancia
se confunde con la pubertad, y en que la fisonomía refleja la can-
didez del adolescente y los hechizos de la mujer; Lia , cuya belle-
za , sin haberse desarrollado del todo , producía esa. magnética
influencia , ese vago é indefinible embeleso que atrae las miradas
de los hombres y les obliga á volver involuntariamente la cabeza ,
si pasa por delante de ellos, pora seguirla con la vista como á
una aparición ideal como el trasunto de la mujer que se han
forjado en sus ensueños de amor y poesía .
La hidalguía y generosidad de Amaro, que deja ir libre
dos veces á su rival cuando le basta una palabra para desha-
cerse de él, contrastan con el odio que le profesa el conde,
prometido esposo de Lia: y el carácter tímido del comerciante
D. Nereo, que pudiendo salvar á su hermano con una pala-
bra, no se atreve á pronunciarla por temor de incurrirán su
enojo: la bondad estreñía de D. Cárlos, que perdona á Amaro
el rapto do su hija, y le abraza apenas descubre quién es; Ja
astucia del Cambuetq , la leal amistad de aquel feroz cacique
ante quién todos tiemblan, y que compromete su poder y su
vida por retribuir al caudillo patriota los favores que le debe,
aumentan el Ínteres de la narración por grados y nada dejan
que desear. La trama que eslabona unos acontecimientos
con otros está bien urdida: el estilo es fácil, vehemento, rico
de imágenes y sentimiento. Hubiéramos deseado, sin em-
bargo, que á veces el autor hubiese limado mas algunos pe-
ríodos y le3 hubiese dado un giro mas castizo. Se conoce que
escribe con gran facilidad, y que suele abusar de esa ventaja.
Pero donde mas campea la rica imaginación del Sr. Ma-
gariüos Cervantes es en las descripciones y episodios loca-
les, y en el colorido especial con que sabe engalanarlos. Hay
algunas descripciones escritas con las tintas de la inspiración
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LITERARIA.
XIII
poética. Citaremos entre otras, las de los capítulos I, X y
XII. Los episodios que se refieren á América participan en
general de las mismas cualidades, y son sin disputa lo mejor
que hay en la novela. El combate del emkalecador con
Amaro en la pulpería; la escena del Yacaré; el robo del
caballo; la entrevista con el Cambüeta; el cuadro de tas carre-
ras, y algunos otros que no recordamos, pertenecen á un
género nuevo, característico, especialísimo, al que desearía-
mos so dedicasen con preferencia nuestros jóvenes compa-
triotas, convencidos como estamos de que para las obras de
la imaginación solo en el estudio de nuestra naturaleza, de
nuestras costumbres nacionales, en el de la vida de nuestros
campos, sorprendiendo en el fondo de los bosques la lucha de
la civilización con la barbarie, y de la inteligencia con la
materia; lejos, en fin, del círculo de ideas en que se ha edu-
cado el espíritu europeo, conseguirán imprimir á sus pro-
ducciones un sello do originalidad y vida que les asigne un
pue¡>to distinguido, no solo en la naciente literatura ameri-
cana, si no también en la europea.
En este concepto el autor de Carammú merece todos
ímestros elogios. En el género que él cultiva no conocemos
én prosa ninguna producción de los escritores hispano-ameri-
capos que revista el carácter de las suyas. Bello, Olmedo,
Echeverría, y Abigail Lozano, han escrito bellísimas compo
sidones en verso, destinadas principalmente á describir los
accidentes físicos %bl suelo. El joven poeta del Uruguay
aspira á penetrar en la vida íntima del pueblo hispano-ameri-
cano, á marchar por una senda no espionada por nadie toda-
vía, sin que le arredren los obstáculos ni desconozca las
dificultades que tendrá que vencer, y el escaso premio que
tal vez aguarda á sus loables esfuorzos, como él mismo indica
en una de sus composiciones poéticas :
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XIV
CRÍTICA
“Es muy largo el camino y no trillado.
La realidad difícil cuanto hermosa.
Doblados los obstáculos y grande
La constancia y tesón de cada hora ;
Pero no importa : ¡trabajar debemos
Sin esperanza de adquirir mas gloria
Que arrojar ¿ las plantas de la patria
Aunque sea en silencio una hoja sola ;
Que tal vez algún génio se levante,
Y con esas humildes, pobres hojas,
En las siénes de América triunfante
Una guirnalda americana ponga!”
En cuanto al espíritu y tendencias de esta novela, cree-
mos que el Sr. Magariños Cervantes llena cumplidamente el
principal objeto que deben proponerse los escritores ameri-
canos hasta en las obras de mero pasatiempo, y que acaso
son las que mas influencia ejercen en las creencias populares,
por cuanto son las que mas se leen. El amor á la patria,
la pureza en los afectos, la recompensa de la virtud, resaltan
en su libro. Amaro, que había jurado morir ó libertar al
suelo que le vio nacer; Amaro, que perdona por dos veces á su
rival, pudiendo impunemente deshacerse do él; Amaro, que
pudo abusar de la inocencia y del cariño de Lia; Lia que,
arrancada contra su voluntad del hogar paterno, supo conser-
var la flor de su honestidad, aun en medio del vértigo de su
pasión, reciben al fin el premio que merecen. El lector asiste
con melancólico placer á la patética escena con que finaliza
su historia y sus amores, cuando el conde, herido de muerte
por la mano de la Providencia, une sus diestras, pi’onuncia
algunas palabras, y espira en brazos de los dos amantes, que
le ruegan ¡ay, en vano! que viva para coronar su ventura.
Tal es la novela del Sr. Magariños: la hemos juzgado tal
como la comprendemos, y si este artículo no fuese ya tan
estenso y nuestras ocupaciones nos lo consintiesen, con gusto
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LITERARIA.
XV
hubiéramos hablado de otras dos obras suyas; el Ensayo his-
tórico-pólítico y Las Brisas , que también hemos leído, aunque
no con la detención que la presente. En la imposibilidal de
hacerlo como deseáramos, trasladamos á continuación el
siguiente párrafo del artículo del señor Cánovas, en que se
ocupa de las dos obras mencionadas:
«El Sr. Magariños se distingue entre sus compatriotas
por ese amor á las verdaderas fuentes de su literatura na-
cional. Hijos de los conquistadores, de los libros de estos
deben partir sus esfuerzos literarios, ya que no quieran some-
terse á la inspiración de Garcilaso ó Herrera. Magariños
ba desenterrado del polvo los antiguos poemas de la conquista,
los romances y cánticos con que aliviaban sus fatigas los
soldados del descubrimiento. Las crónicas é historias espa-
ñolas de aquellos sucesos toman por lo común bajo su pluma
un colorido local que nada tiene que ver con el estilo de Pul-
gar de Mendoza ó de Coloma. Aquellos hombres, tan lejos de
su pais, renuncian, por decirlo asi, á los sentimientos euro-
peos enaltecidos por la inmensidad de los Andes, por la gran-
deza del Niágara, por la riqueza del Potosí, por la maravilla
de aquellos bosques primitivos, de aquellas flores ignoradas,
de aquellas serpientes desconocidas, de aquellos desiertos
inesplorables. El Sr. Magariños sabe aprovecharse de todo
esto, y lo deja traslucir en sus escritos al través de esa oru-
dicion estranjera, bastante estensa, si no siempre bien es-
cogida, que caracteriza á los escritos de la nueva generación
americana. Hemos visto por acaso una obra suya harto im-
portante por el objeto, que se intitula, si no estamos trascor-
dados, Ensayo histórico y político sobre las repúblicas del Rio de
la Plata; libro escrito con admirable conciencia, que su
patria debiéra imprimir á sérmenos desdichada, y que quisié-
ramos verlo á la luz en España.»
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XVI
CIUTICA
Unimos nuestros votos álos de nuestro apreciable amigo
el Sr. Cánovas, porque nosotros consideramos como un deber
estimular á todo joven que revele las felices disposiciones del
Sr. Magariños,y mucho mas si reúne á su talento la circuns-
tancia de haber nacido bajo el mismo cielo que nosotros.
Cualquiera que sea, pues, nuestra importancia literaria y el
valor de nuestros juicios, deseamos que las anteriores líneas
le sirvan de estímulo para que persevere en sus trabajos y
justifique algún día las fundadas esperanzas de sus amigos
y de los que se interesan en el lustre y progreso de las letras
en América.
Entre tanto no olvide nunca el Sr. Magariños Cervantes
que nosotros los americanos, los hijos desventurados de
aquella tierra desventurada, al mas leve rumor que modula
su nombre, á la mas débil lucecilla que asoma en su pálido
horizonte, prestamos el oido, volvemos con ánsia los ojos y
tendemos una mano amiga al poeta ó al escritor que ofrece
trasladarnos, y nos traslada con la imaginación á nuestro
perdido paraíso.
Francisco Orgaz.
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ADVERTENCIA
Aunque esta no sea una novela histórica ni tenga las
pretensiones de tal, sus personages no pueden considerarse
absolutamente como hijos de la imaginación.
. Nos daremos por muy felices, no obstante, si á favor de
una fábula que interese agradablemente al lector y escite sus
nobles sentimientos, conseguimos bosquejar algunos rasgos
del pais, de la época y de los personajes que figuran én este
libro.
A. Magariños Cervantes.
Madrid — 1848.
3
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CARAMURU
I.
El rapto.
Lóbrega y pavorosa noche estiende sus alas sobre el
mundo, como una inmensa lápida mortuoria. No se des-
cubre una solá estrella al través de su ennegrecido velo: la
luna yace oculta bajo un pabellón de nubes, y solo lanza á
intervalos un rayo de luz tibio y desmayado, que brilla y se
apaga al punto, cual fuego fatuo que se levanta del seno de
las tumbas. Do quiera la luz es absorbida por la sombra,
y se diría que á la voz del génio de las tienieblas los astros
huyen y se esconden espantados de tanta densa oscuridad.
El pampero, ese viento terrible que, naciendo en las
nevadas cimas de los Andes, donde no se ha estampado la
planta del hombre, recorre los desiertos de la Pampa argen-
tina, cruza el Plata, y va á espirar en los confines del Brasil
ó en las inmensidades del Atlántico, arrancando de raiz en
su tránsito árboles que cuentan siglos, haciendo salir de
madre los ríos, y derribando cuanto intenta detenerle. . . .
el pampero brama ahora, abriéndose paso por entre el tupido
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2
CARAMURÚ.
ramaje de vírgenes bosques tan antiguos como el mundo, y
se oye en lontananza, mas profundo y violento á medida
que se acerca, el grito que exhalan los corpulentos molles y
los espinosos guaviyus y férreos ñandúbays , al caer troncha-
dos por su poderosa mano.
Y en verdad que no le falta espacio donde ejercer su
saña; si pudieran nuestros lectores trasladarse con el pen-
samiento á las floridas riberas del Uruguay , sin duda les
encantaría el bellísimo paisaje que presenta el lugar donde
comienza nuestra historia, ora le contemplasen á la radiosa
claridad del sol, ora iluminado por el rocío de plata que vier-
te la luna del cielo americano.
Figuráos una dilatada planicie cortada al horizonte por
una cadena de montañas, é interrumpida apenas en el cen-
tro por una que Otra pequeña eminencia, ó sea cuchilla,
como las llaman en el pais: á la derecha un gran rio, y á la
izquierda una selva impenetrable. Colocad en medio de
aquel desierto, solitaria y aislada, á unos quinientos pasos
del rio y media legua de la selva, una gran casa de material
edificada sobre una de las citadas cuchillas , y flanqueada por
largos galpones de madera (1) y de varios ranchos , ó sean
chozas de barro y paja, parecidas á las de algunos pueblos
de la Mancha y de Castilla, y acaso os forméis una idea
aproximada de la localidad adonde deseáramos conduciros;
es decir, á una Estancia , á una posesión rural sita en la
provincia de Paisandú, á seis leguas de la población de su
nombre, villa y cabeza de departamento.
No cumple á nuestro objeto entrar ahora en detalles
(1) Almacenes de depósito para las salazones y cueros.
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CARAMURÚ.
3
sobre lo que entendemos por Estancia. En la série de cua-
dros característicos y locales que nos proponemos reseñar,
nos sobrarán ocasiones de describirla con la detención que
merece. Entre tanto, conténtense nuestros lectores con la
anterior ligera indicación, indispensable para la perfecta
inteligencia de los hechos que vamos narrando.
A poca distancia de la casa de que hablábamos no ha
mucho tiempo, elévase como avanzado centinela un ombú ,
árbol jigantesco, de enorme tronco y pobladas ramas, que
brota espontáneamente en nuestras interminables soledades,
aislado y sin compañeros, y que sirve de punto de reunión
á los habitantes de la Estancia , á los viajeros y á los gauchos
estantes y traseuntes de la provincia.
Ahora bien; en esta noche tan lóbrega y tempestuosa,
á favor del resplandor fugitivo que de vez en cuando vertía
la luna, hubiérase podido distinguir un hombre montado en
un brioso corcel, que seguia á galope la estrecha senda que
conducía desde el rio á la Estancia.
A los primeros amagos, al rumor lejano que precede
ála venida del pampero;, el desconocido trató de guarecerse
bajo el ombú.
El viento cada vez mayor, apenas le dió tiempo para
echar pié á tierra y acostarse cuan largo era al pié del árbol
acción que instintivamente imitó su caballo.
Entonces; á merced de los fugitivos resplandores de
que hemos hecho mención, se dibujaban en la sombra los
rasgos de su fisonomía y de su caprichoso traje.
Era un jóven como de veinte y ocho años; alto, de tez
morena y vigorosa musculatura . Cubría su espaciosa frente
un sombrero portugués de copa redonda y ancha ala, ador-
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4
CARAMURÚ.
nado con algunas plumas de pavo real, entre las que se
distinguía un ramito de flores silvestres ya marchito y atado
en la cinta del sombrero con otra de seda. Abundantes
cabellos negros, tersos y relucientes, flotaban sobre sus ro-
bustas espaldas, en agradable desórden: su larga y poblada
barba, que le llegaba hasta el pecho, caía sobre la botona-
dura de plata de su poncho, especie de capa cerrada que se
mete por la cabeza; sus ojos rasgados y brillantes, coronados
por espesas cejas que se unían en forma de herradura, tenían
una indefinible espresion de arrogancia y de orgullo, tem-
plada por cierto aire régio é imponente que subyugaba ó
predisponía á su favor. La nariz aguileña, la boca grande,
pero muy delgados los lábios, revelando la desdeñosa altivez
del que se cree superior á cuanto le rodea.
Cuando el viento levantaba el halda de su voncho ,
distinguíase debajo de él una chaqueta de grana bordada con
trencilla negra: un pañuelo de espumilla formaba el chiripá ,
liado por la cintura á guisa de saya, recogidas las puntas
entre los muslos para poder montar á caballo, y sujeto al
cuerpo por un tirador , especie de canana de piel de gamuza,
de la cual pendía un enorme puñal de vaina y cabo de plata:
anchos calzoncillos de finísimo lienzo, adornados en los es-
treñios con un gran fleco ó crivao, resguardaban sus piernas,
y descendiendo hasta los tobillos, ocultaban á medias unas
espuelas de plata colosales, y las blanquecinas botas de potro
formadas con la piel sobada de este animal. Dichas botas,
partidas en la punta, dejaban al descubrimiento los dedos
de los pies para asegurarse mejor en los estribos, de forma
triangular y tan pequeños, que apenas daban cabida al dedo
principal .
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CARAMÜRÚ .
Basta esta descripción para conocer que es un gaucho el
héroe de nuestra historia, porque solo ellos visten de esa
manera.
— ¿Y qué es un gaucho? preguntarán algunos de nues-
tros lectores, que probablemente no habrán oido en su vida
pronunciar ese nombre.
—Un gaucho es un hombre que se ha criado vagando
de estancia en estancia, que vive y tiene todos los hábitos,
inclinaciones é ideas de la vida nómada y salvaje, amalga-
madas con las de la civilización. Espíritu indómito, audaz,
lleno de ignorancia preocupaciones, pero valiente hasta el
heroismo; carácter escéntrico y original que no conoce mas
leyes que su capricho, ni anhela mas felicidad que su inde-
pendencia; que desprecia al hombre de las ciudades y cifra
su ventura en los azares, en los peligros, en las violentas
emociones de su existencia errante y vagabunda. Eslabón
que une al hombre civilizado con el salvaje, sin ser una cosa
ni otra, como ha dicho perfectamenre el Sr. Aguilar en una
nota que puso al pié de un fragmento de una de nuestras
leyendas, titulada Celiar.
Decíamos, pues, que el personaje, cuyo nombre igno-
ramos aun, se había guarecido bajo el ombú, buscando un
refugio á los furores del panpero.
Allí permaneció largo rato, mientras el viento, bra-
mando cada vez con mas ímpetu, vino á estrellarse en las
cimbradoras ramas del árbol protector, que se inclinaron
hasta tocar el suelo, irgiéndose y humillándose alternativa-
mente, no sin perder en las furiosas embestidas del huracán
sus mas lozanas hojas.
El jigante de los aires y el jigante de las selvas lucha-
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CARAMURÚ.
6
ban cuerpo á cuerpo como dos vigorosos atletas, hasta que,
fatigado el primero, escapóse de los brazos de su rival, y
tendió su vuelo en otra dirección, lanzando un prolongado
alarido, semejante al estruendo de las embravecidas olas,
cuando se azotan contra un banco de piedra enmedio del
Océano.
El gaucho alzó tranquilamente la cabeza, y, al través
del ramaje, miró al firmamento. Un escuadrón de negras
y apiñadas nubes volaba delante del pampero, dejando
despejado el espacio por donde aquel cruzaba; volvían á re-
lucir las estrellas, y la luna asomaba su disco amarillento,
ceñido de una aureola encarnada. De modo que la mitad
del cielo ofrecía el aspecto de una plácida noche de verano,
y la otra mitad el de la mas fria y nebulosa noche de
invierno.
Púsose de pié el desconocido, ató su caballo á las ramas
del ombú , se levantó las espuelas para que no sonasen las
cadenillas y la estrella de los espigones al rodar por la yerba
doblóse el poncho sóbrelos hombros, desenvainó el puñal,
y paseando la vista en torno suyo, encaminóse paso á paso
á la casa, que, como hemos dicho, quedaba á poca distancia
del ombú .
Detúvose delante de una ventana baja, defendida por
anchos barrotes de madera, y apoyado contra el muro,
remedó por dos veces voooo e l lúgubre acento del aguará ,
pequeño animal de nuestros bosques, que solo de noche
hace oir su voz, triste y melancólica, como la postrer plega-
ria de un moribundo.
Nadie respondió á esta señal; pero, en cambio, un oido
muy atento habría percibido á intérvalos el casi impercep-
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CARAMURÚ.
7
tibie ruido de un pasador de hierro que alguna mano muy
trémula descorría: luego la ventana se fué abriendo poco á
poco, y una mujer, bella como la esperanza, graciosa como
la primera imágen de amor que cruza por la frente de un
adolescente, asomó tímida y ruborosa su infantil cabeza, y
con voz entrecortada y apenas inteligible, murmuró:
— Todavía no ... .
La ventana volvió á cerrarse lentamente, y trascurrie-
ron dos horas mortales de angustia é incertidumbre para el
desconocido. Por vez tercera, el doliente clamor del aguará
fué á resonar eu los oidos de la hermosa y á recordarle el
cumplimiento de una promesa que acaso se olvidaba ó se
arrepentía de haber hecho.
Esta vez se abrió del todo la ventana, y se entabló á
media voz el siguiente diálogo entre la dama y el galan:
— ¡Valor alma mia!....Ha llegado el momento so-
lemne —
— Todavía es temprano.
— No, que va á despuntar el alba.
La jóven como si luchase con encontrados sentimientos,
fijó irresoluta sus bellos ojos en los de su amante.
— Vamos, ¿qué dices? continuó este.
— ¡Ay, tengo miedo! ....
— ¿Ahora te arrepientes? ¿Y de qué tienes miedo?
— No sé . . . .pero me parece que no todos duermen
van á sorprendernos, Amaro; mas vale que lo dejemos para
mañana.
—¡Mañana! ¡Imposible, imposible! repitió el gaucho
con acento sombrío; mañana vendrá tu padre á buscarte.
Lia, es preciso que me sigas ahora mismo.
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8
CARAMÜRÚ.
- -Mira, repuso la pobre niña medio turbada por el
modo imperativo con que se le exigía una obediencia ‘que
no estaba acostumbrada á prestar á nadie: mira, no he
podido ganar al esclavo que debía favorecer mi evasión, y. .
— ¡Y bien! . . . .esclamó Amaro, centelleándole los ojos
de ira.
—No tengo por donde salir, contestó Lia humildemen-
te, fascinada por aquella terrible mirada y dejando caer una
lágrima sobre la mano de su amante, que tenia cojida entre
las suyas.
— ¿No es mas que eso? preguntó este trocando en ale-
gría su enojo; ¿si tuvieras por donde salir, me seguirías?. .
— Sí, murmuró ella volviendo atrás la vista como para
cerciorarse que nadie los observaba.
— ¡Pues sal!
Al decir estas palabras apoyó el gaucho su hercúlea
diestra sobre un estremo de los barrotes de madera que ha-
cían las veces de reja, y los clavos que lo sujetaban al marco
.saltaron cual menudas astillas.
Lia. mas blanca que un cadáver, retrocedió al medio
del aposento, y haciéndole una señal para que huyese, apa-
gó la luz, é inmóvil, roto el aliento y desencajada la faz,
esperó que se abriese la puerta que comunicaba á la habita-
ción inmediata y acudiesen en tropel los que dormian en
ella, despertados por aquel ruido estraño y alarmante en las
altas horas de la noche.
Pero fuese efecto del letargo profundo en que yacían, ó
lo que parece mas probable, que lo atribuyesen entre sueños
á alguna ráfaga perdida del huracán que momentos antes
se habia desencadenado, nadie se levantó á inquirir su causa.
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CARAMURU.
9
Después de algunos instantes, Lia, sacando fuerzas de
flaqueza, se acercó de nuevo á la ventana, y tornó á suplicar
á Amaro, que había permanecido tranquilo en su puesto,
resuelto á partirle el corazón de una puñalada al primero
que se acercase que difiriese su fuga hasta el dia siguiente.
Sardónica risa resbaló por los delgados lábios del gau-
cho; sus dientes rechinaron de rábia é indignación, y en vez
de poner un beso de despedida, como solía, en la pura fren-
te que su amada le presentaba, frenético la cogió brusca-
mente de un brazo, y con resuelta y amenazadora voz,
le dijo:
— ¡Me sigues ahora mismo, ó te mato!
Lia vió resplandecer á dos pulgadas de su pecho la
acerada hoja del puñal que hasta entonces Amaro había
tenido oculto bajo el poncho , y acobarda y trémula, inclinóse
llorando sobre el hombro de su amante, que la cogió veloz-
mente por la cintura, y la arrancó de su hogar con la misma
facilidad que el vendabal la hoja seca de una rosa.
Lia perdió el conocimiento.
El raptor llevóla en brazos desmayada hasta el pié del
mnbú y montó con ella á caballo, partió á galope hácia el
monte cercano, y á poco se perdió entre su lóbrego ramaje.
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II.
Puñalada*.
Al anochecer del siguiente dia en que acaecieron los su-
cesos narrados en el capítulo anterior, se encaminaba el
personage, que por ahora conocemos con el nombre de Ama-
ro, al vecino pueblo de Pcvyscmdú .
A una bala de canon del pueblo, había, allá por lós años
de 1823, una pulpería , ó lo que es lo mismo, un ventorrillo ó
taberna suigeneris , donde se espendia detestable vino, aguar-
diente, miel, tortas, flores de maíz, tasajo ahumado y otros
comestibles.
A pesar de la mala calidad de sus artículos de consumo,
ninguna pulpería en todo el departamento gozaba de una
popularidad tan envidiable. Allí se reunían por la mañana y
al caer la tarde, d echar un trago , todos los gauchos de diez
leguas á la redonda. Hablaban de las próximas carreras, ha-
cían apuestas, se concertaban para una batida de tigres ó de
guanacos (venados) , improvisaban los parladores (cantores)
tocando la guitarra, y si había en la reunión algún foraste-
ro, se le obligaba á contar sus trabajos , fatigas y peregrinacio-
nes por rmd/ia América enterita y errante de pago en pago y de
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12
CARAMÜRÚ.
tapera (casa derribada en medio del campo) en galpón , per-
seguido por la tierra y por el cíelo , pensando solo en sus apar-
ceros y en su china (querida) .
Con las indicaciones que hemos hecho sobre el carácter
de los gauchos, fácil es suponer cuán frecuentes serían las
disputas, y el resultado que tendrían. A la menor palabra
indiscreta, á la menor alusión que lastimara su nimia suscep-
tibilidad, los puñales salían á relucir y no volvían á la vaina
sino teñidos con la sangre de uno de los contendientes. Los
espectadores, tranquilos é impasibles, se levantaban de los
cráneos de caballo que les servían de asiento, y formando
un ancho círculo en torno de los dos combatientes, les deja-
ban acuchillarse á su sabor hasta que corría la sangre. En-
tonces se interponían y les obligaban á darse las manos, á
menos que alguno hubiese muerto, lo que rara vez aconte-
cía, porque existen ciertas reglas de nobleza entre aquella
genté desalmada, que les veda matar á su contrario por cau-
sas triviales. Les basta únicamente con señalarlo , marcar-
lo en la geta, como ellos dicen, para que aprenda en adelante
d que pingo (1) echa el pial (2).
Amaro, que se dirijia al pueblo, tenia forzosamente
que pasar por delante de la pulpería, en cuya tranquera (3)
se veian atados mas de cuarenta caballos; tal vez estaba muy
lejos de su pensamiento el detenerse, pero oyó al acercarse
ciertas palabras de una conversación muy interesante para
él; contuvo el galope de su alazan, escuchó un momento, y
(1) Caballo medio domado.
(2) Lazo escurridizo.
(3) Una vijrii; atravesada en dos poste?.
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CARAMURll.
13
confirmándose en sus dudas, apeóse, se caló el sombrero has-
ta las cejas, y entró en la pulpería.
La discusión versaba sobre el rapto verificado la noche
antes. Un hombre de fez torba, ceguijunto, de mirar oblicuo
y voz áspera é imperativa, apoyado negligentemente sobre
el mostrador, con un vaso de aguardiente en la mano y un
enorme cigarro en la boca, se dirijia medio ébrio y con aire
de perdona-vidas á un grupo que le rodeaba^ parecia escu-
charle con marcadas muestras de deferencia.
— ¡Ay juna! (1) decía el valentón, á quien en vez de su
nombre patronímico daban el de Enchalecador , aludiendo sin
duda al oficio que desempeñaba en el ejército del célebre Ar-
tigas, caudillo americano, que acostumbraba á hacer coser á
sus prisioneros españoles dentro de la piel de un novillo re-
cien muerto, dejándoles solamente fuera la cabeza y espo-
niéndolos encima de una cuchilla á los ardientes rayos del
sol, hasta que morían de hambre y de sed: suplicio atroz que
el implacable guerrillero llamaba enchalecar , y á los que lo
practicaban enchalecador es: — ¡Ay juna! decía el valentón:
han de saber ustedes que anoche, ¡vive el diablo! han
robado de la Estancia de la Cruz alta, ¡vaya un lance! á aque-
lla niña, ¡hide p! . . . . que vino de Montevideo. . . . ¡ja, ja,
ja! hace tres meses, enferma . . . . ¡crach! . . . . á tomar las
aguas del Uruguay
(l) No usamos completamente el lenguaje, ó mas bien jerga, de los gnv^
chos, porque necesitaríamos, para que la entendiesen nuestros lectores escribir á
cada momento una larga nota: trabajo ingrato y fastidioso que ni ellos nos agrade-
cerían, ni, aun cuando quisiéramos, nos lo permitirían las cortas dimensiones de
esta novela. Imitaremos no obstante su manera de expresarse cuanto nos sea po-
sible.
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14 CARAMURÚ.
— ¿Y no se sabe quien liítsido el robador? preguntó uno
de los circunstantes.
— ¡Ca! respondió otro, reforzando su esclamacion con
una doble interjección que la pluma se resiste á trazar.
— ¡Pues sepa usted, so bruto, continuó el orador, que á
mí nada se me escapa, ¡mal rayo! y ando á la pista de ese
tunante morao (1) y ruin!
—¿Le conocéis acaso?. . . .
— Sí, contestó el enchalecador; ¡buena alhaja! Y sé
¡voto vá! donde se oculta.
Al oir estas palabras, Amaro, que hacia dos minutos que
había entrado y colocádose á su espalda en un grasiento
banquillo con honores de mesa, se estremeció y perdió el co-
lor, no sabemos si de ira ó de temor de verse descubierto.
— Vamos, aparcero, esclamaron algunos de los interlo-
cutores; eso lo decís por alabaros. ¿Cómo en tan poco tiem-
po habéis podido averiguarlo?
— ¿Cómo? ¡Bah! ¿Os habéis olvidado, sonsos (2), que
yo tengo quien me lo cuente todo?
Los gauchos se miraron unos á otros con ojos espanta-
dos: el enchalecador tenia en la comarca fama de brujo , y
mas de una vieja aseguraba haberle visto en las altas horas
de la noche hablando con el diablo en la puerta del cemen-
terio.
Demás está decir que él, como todos los embaucadores
de profesión, sabía esplotar hábilmente esta creencia popu-
lar, á la que prestaba todos los visos de la realidad la manera
cómo se manejaba para saber los sucesos antes que nadie; lo
[1] Cobarde.
[2] Necios.
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CARAMURÚ.
15
cual, á fuerza de repetir una y otra vez, había impresionado
de tal modo la imaginación crédula y supersticiosa de sus
iguales, que no había uno solo que no le tuviese por adivino
y hechicero.
— Sí, debe saberlo, murmuró uno de ellos al oido de su
compañero; tiene pacto con el diablo.
— Pues harías bien en contárnoslo, dijo este último en
voz alta; así nos proporcionareis ocasión de ganar la magmí-
fica recompensa que ha ofrecido el comandante d ePaysandú,
que según parece és pariente de la pueblera (1), al que des-
cubra su paradero, porque en cuanto al'raptor, se ignora to-
davía quién es.
— ¡Oigalé! Eso es lo que tú quisieras, ñandú (2), para
engordar á mis costillas, ¡ay mi cielo! tienes todavia la leche
sobre los labios para engañar, ¡tararira vira vira! á un reyu-
no (3) tan maestrazo como yo. . . .
— Pero, en fin, repuso otro; decinos al menos el nom-
bre del robador.
— Así como así, continuó el interpelado, presentando
el vaso al pulpero para que se lo de aguardiente llenase por
la décima ó duodécima vez; poco importa, ¡Satanás! que os
lo diga, porque ninguno de vosotros, ¡quid! es capaz de atra-
vesar el caballo para cortarle el paso si le encontrase en su
camino .... ¡Pafsl
• —¿Pues quién es? preguntaron todos llenos de admi-
ración.
[1J Habitante de la capital.
[2] Avestruz.
[3] Caballo á que cortaban uaa oreja por malo, ó por pertenecer al rey ó
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16
CARAMURÚ.
—¿No recordáis aquel alarife , ¡buen mándrial que vi-
no, ¡puñaláa! de de ¿qué sé yo?. ... ¡de los
infiernos!. . . . Naide sabe qué burro lo ¿ha parió, diantre,
ni qué viento lo trajo. por acá! ....
— ¿Calibar?. . . . esclamaron todos con vivísimo inte-
rés, que al punto se trocó en manifiesta incredulidad: ¡eh!
no puede ser, hace mas de quince dias que partió para la
Rioja.
Calibar no era otro que Amaro; ya esplicaremos en lu-
gar oportuno su verdadero nombre y el origen de la creen-
cia de que no se hallaba entonces en Paysandú.
— ¡Ira de Dios! gritó el perdona- vidas, descargando un
fiero puñetazo sobre el mostrador, echando mano al puñal y
sacudiendo su cerdosa y encrespada cabellera: ¡repito que
ha sido él, Calibar, ¡traidorazo! el robador de esa hem-
bra! ¡Yo, yo le he visto, mal rayo! .... yo le he visto con es-
tos ojos que se han de comer la tierra. . . . ¡achí ¿Y quién
es el quiebra (1) que se atreve á dudar de la veracidad de mis
palabras?. . . .
— ¡Yo! contestó á su espalda una voz varonil y resuelta.
Volvióse rápidamente el enchalecador cual autómata to-
cado por un invisible resorte, y se encontró solo, frente á
frente con el personaje que acababa de nombrar, porque sus
demás compañeros retrocedieron á una prudente distancia
apenas le vieron apoyar la mano sobre el pomo de su mon-
tante.
Amaro se habia echado atrás el sombrero, y sus negras
pupilas, brillantes como dos brasas encendidas, chispeaban
(1) Valiente.
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CARAMURÚ.
17
con el resplandor' rojizo y fascinante de los ojos del surucu -
cú (1); un lijero temblor nervioso hacia vacilar su mano y
entreabría sus lábios como para dejar salir el aliento de fue-
go que se escapaba de sus pulmones abrasados, y á una pa-
lidéz mortal sucedíase alternativamente el carmín de la ira,
que coloreaba su tez morena, y derramaba uu barniz satáni-
co sobre su imponente y avallasadora fisonomía
Solo el enchalecados entre todos los que allí estaban, le
miró con rostro sereno, y acabando tranquilamente de apu-
rar su vaso, le puso con mucha flema sobre el mostrador,
añadiendo en seguida con la misma calma:
— Voy á matarte.
— Lo mismo iba á decirte, respondió Amaro con insul-
tante menosprecio; veamos si eres tan valiente en obras co-
mo en palabras; defiéndete bien, porque es preciso que uno
de los dos no salga de aquí sino para ir al campo santo.
Ambos contrarios se sacaron el poncho y se lo arrollaron
en el brazo izquierdo; las dos puntas de sus piés se toca-
ron, y al mismo tiempo brillaron en el aire como dos relám-
pagos, describiendo círculos y espirales, dos largas hojas de
acero tan afiladas como navajas de afeitar.
Diestros ambos, y animados por el mismo ardiente de-
seo de esterminarse, engendrado en el matón por la envidia
y méngua que empezó á sufrir su fama de valiente desde la
llegada de su rival, y en éste por la necesidad de enterrar en
la tumba su secreto, puesto que por su desgracia aquel hom-
bre había llegado á sorprenderlo, lucharon por espacio de
media hora con igual maestría y fortuna. En vano era in-
(1) Serpiente del Brasil en oatremo feroz: su veneno es de los mas activos
que se conocen.
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CARAMURÚ.
diñarse, amagar al brazo y tirar al pecho, hacer falsos ata-
ques á un punto reiteradas veces, y caer de repente sobre
otro con la velocidad del rayo; en vano clavar una rodilla en
tierra para herir al contrario por debajo, ó retroceder inten-
cionalmente, girar como una rueda, serpear como un bus-
capié, cambiar á cada momento de posición como una ardi-
lla.... ¡en vano! En vano dejar correr el puñal á lo
largo de la hoja buscando los dedos ó la muñeca. En vano
asestarse sin parar quince ó veinte golpes seguidos para fa-
tigar la vista del contrario, y deslumbrarle en las rápidas
evoluciones del acero mas veloz que el pensamiento....
¡todo era inútil! .... Siempre el hierro rechazaba al hierro,
despidiendo azuladas chispas, siempre el poncho recibía el
golpe mortal, y el tajo no llegaba ála piel, gracias á la cele-
ridad y presencia de ánimo de los combatientes. Parecia
que tenían una armadura oculta, ó que una mano invisible,
en el momento crítico, desviaba las certeras y al parecer
inevitables puñaladas que uno y otro se dirigían. . . .
Una circunstancia casual vino á decidir la lucha cuando
mpnos se esperaba, ya por el igual valor y destreza de los
gauchos, ya por la llegada de varios celadores (1) que acudie-
ron del pueblo, prevenidos sin duda por alguno: la hoja del
puñal del enchalecador saltó en el mismo instante que Ama-
ro le asestaba un golpe al corazón; el desgraciado arrojó el
mango de su arma inutilizada, y se llevó las dos manos jun-
tas al pecho como para resguardarse, pero el hierro de su
enemigo iba dirigido con tal fuerza, que le atravesó ambas
palmas y asomó por la espalda . — ¡Me ha muerto! ¡ Voto al!
O) Soldados de policía.
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CAJiAMURÚ.
19
fueron las únicas palabras que pronunció al caer sin vida,
partido el corazón en dos pedazos.
Amaro, blandiendo el puñal ensangrentado, tendió la
vista en torno suyo, y divisó á los celadores que defendían
la puerta con sus sables desenvainados.
— ¡Dése preso el asesino! dijo el sargento tendiendo su
espada á la altura de su pecho, y haciendo sena á los que allí
se encontraban para que lo sujetasen por detrás.
Los gauchos se alzaron de hombros, y ninguno se mo-
vió. Aun cuando hubiera sido su padre ó su hermano el
muerto, muert j lealmente, según sus reglas, no habrían
prestado su apoyo á la justicia para prender al matador.
— ¡Paso! gritó Amaro, atropellando audazmente al sar-
gento, é hiriéndole en la cara, lo mismo á un soldado que
tuvo la imprudencia ó el arrojo de cogerle por el cuello del
poncho; ¡paso, canalla imbécil!
Y mientras se rehacían los agentes de protección y se-
guridad pública á la voz del sargento, avergonzados de re-
troceder ante un hombre solo, cortaba él las riendas á su ca -
ballo, no teniendo tiempo para desatarlas, montaba y partía
á escape con dirección al rio.
A poco resonó en sus oidos el rumor de la tropa que
galopaba tras él.
El fugitivo se encontraba en el declive de una cuchilla,
y pasaba junto á unos espesos sarcmdm y r/uayacancs que se
es tendían ú lo largo del camino.
La Iqnano había asomado aun.
Picó espuelas ó su cabalgadura, y al pasar junto á lo.-
ái boles, sin pararse, se agarró con las manos y encaramóse
en las ramas de uno de ellos, descargando con los pies un
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CA.KAMUKÚ.
golpe en las ancas de su potro, y gritándole con voz vi-
brante ¡joJiá! ¡jahá! palabra guaraní, que significa ¡vrniosf
¡vamos! y cuya importáncia en la presente ocasión compren-
dió el inteligente animal á las mil maravillas, porqué redo-
bló su carrera y se perdió muy pronto de vista.
Diez minutos después vió Amaro desde las ramas del
guayacan , cruzar á los ocho' soldados que iban en su per-
secusion.
— Bien, se dijo, bajándose del árbol, y tomando una
senda estraviada, que conducia á la villa; mientras ellos
persiguen á mi caballo creyendo que yo voy encima, tengo
tiempo de sobra para plegar al pueblo y hablar con el Sr.
de Abreu, ya que es indispensable que sea esta noche, por
que mañana y en estos dias estarán ya en acecho los esbir-
ros y me atraparían sin remedio. En cuanto á mi caballo
nada tengo que temer,* está aquerenciado y es parejero', con
lo que quería significar que en cualquier parte que soltase
su corcel, aunque fuese á doscientas leguas de distancia, se
volvería al paraje donde se había criado ó cobrado afición
con el trascurso de los años, lo que ejecutaría en menos
tiempo que otro cualquiera, por ser parejero , es decir, adies-
trado desde pequeño á la carrera y acostumbrado á. salvar
grandes distancias en pocos minutos.
Embebido en tales ideas, llegó al pueblo alas nueve
de la noche, y entró por la parte opuesta al sitio de la catás-
trofe. Oyó por las calles hablar del suceso, y ni siquiera
se le ocurrió la idea de retroceder. Úetúvose en la plaza,
y llamó á una sobérbia casa cuya fachada indicaba la rique-
za de su dueño.
Allí residía el acaudalado propietario y comerciante
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CARAMURÚ.
21
brasileño, D. Nereo Abreii de Itapeby, el cual no bien supo
su venida, abandonó al punto su escogida tertulia com-
puesta de las primeras personas del pueblo por su posición
política y fortuna, para encerrarse con él en su gabinete,
con él, oscuro y humilde gaucho, cuya vida era un misterio
y que en el corto espacio de veinte y cuatro horas había
robado una mujer contra su voluntad y muerto á un hombre.
¿Qué vínculos podían unir á estos dos seres, colocados
el uno en la primera y el otro en la última grada de la esca-
la social?. .Francamente, este capítulo es ya muy estenso,
y solo podrémos aclarar tus dudas, lector carísimo, en el
siguiente, cuyo título estamos seguros te agradaría muchí-
simo ver en tu poder de otro modo que en letras de molde,
como, por ejemplo convertido en buenas doblas mejicanas
ó en billetes del banco de San Fernando, magüer sufriesen
estos un descuento de veinte por ciento, como sucedió en el
año de gracia de 1848.
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III.
lüCien mil patacones!!!
En un espacioso gabinete, alhajado con esquisita ele-
gancia, tendido muellemente en una cómoda butaca el Sr.
de Abreu, y á poca distancia Amaro, sentado con las pier-
nas cruzadas, como los turcos, sobre una magnífica piel de
jaguar (1), prepáranse á interrogarse mutuamente, prévios
los cumplimientos y frases de costumbre entre antiguos
amigos que no se han visto en algunos años.
La postura del opulento brasileño revelaba la indolen-
cia habitual de los ricos, y característica de los que habitan
en aquel hermoso pedazo del Edén americano, que riega el
Aiñazonas y fecundiza el sol de los trópicos; y la del gaucho,
la insolente arrogancia del bárbaro que desprecia las como-
didades y el lujo de la civilización, y que no sacrifica sus
hábitos ni aun en el seno de otra sociedad diversa de la
suya.
Y sin embargo, á pesar de esta circunstancia, que pa-
recía marcar el origen de cada uno y establecer entre ellos
(1) Variedad del tigre.
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24
CARAMURÚ .
diferencias radicales, la persona menos fisonomista, á poco
que se fijase, habría notado en su semblante rasgos marca-
dísimos que estaban indicando ocultas y misteriosas afi-
nidades
Diferenciábanse únicamente en la estatura, en la edad,
en lamanera de espresarse; el brasilero era mas joven y
delicado: los áridos vientos del Norte no habian calcinado su
rostro ni desarrollado su enfermiza complexión largos viajes
á cáballo . luengos dias y menguadas noches pasadas en vela
y á la intemperie, y á veces los rudos aunque cortos trabajos
de una Estancia ; pero su fisonomía, fuese efecto de la casuali-
dad ó de otro motivo que todavía ignoramos, sin tener la mis-
ma espresion altiva y amenazadora que la de Amaro, vista
aisladamente, y salvo las modificaciones producidas en la de
aquel por las causas mencionadas, ofrecía tantas semejanzas
con la del gaucho, que cualquiera los hubiera creído herma-
nos, ó cuando menos parientes.
El comerciante sacó una petaca de esa finísima paja
llamada jipi-japa, que con tan singular destreza tejen los
peruanos y chilenos, y ofreció un habano á su compañeros.
Amaro cogió tres; encendió uno, y puso los restantes
á su lado, para irlos tomando á medida que se le coucluyese
el que tenia en la boca.
— Ante todas cosas, Amaro, dijo D. Nereo dando prin-
cipio ála conversación, quiero que me espliques qué diablos
has hecho en Minas (1) para andar oculto y con otro nom-
bre, y por qué no has venido áv rme cuando hace mas de
un mes que estoy aquí, y cuando te necesitaba y podías
prestarme un señalado servicio
CO Uno de Jos departamentos de la República de! Uruguay.
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CARAMUfíÚ .
2 ?>
— Señor, contestó Amaro: la razón Je haber salido de
Minas es muy sencilla: vuestros compatriotas, como no
^ ignoráis, hace tiempo que se han apoderado de nuestro ter
ritorio, y como tengo enemigos muy poderosos desde aquel
desgraciado asunto del que me salvó vuestro tio, el Sr. de
Niser, el nuevo comandante me ha perseguido á instigación
suya, y
— ¿Te ha parecido conveniente tomar las de Villadiego
y con un nombre supuesto buscar refugio en otra provincia
donde no te conociesen?
— No me quedaba otro recurso, estoy calificado de
montonero , y ya sabéis cuán inexoimbles son vuestros paisa-
nos con los que no se plegan á su dominación.
— ¿Acaso formarías tu paj*te de la gavilla de ese demo-
nio á quien llaman Caramurú , de ese guaucho, mestizo, mulato
ó indio, que tan implacable ódio nos ha jurado, y que según
dicen ha sido últimamento muerto en una celada con todos
los suyos en el departamento de Tacuarembó, teatro de sus
crímenes?
— Caramuru no ha muerto, Sr. D. Nereo, respondió el
gaucho con aspecto sombrío: la traición ha podido arrojarle
# de aquel Departamento; pero á Dios gracias vive todavía,
y mientras él viva siempre tendrán vuestros compatriotas
quien les dispute su pre?a: ¡está resuelto á hacerles una
guerra de esterminio hasta morir.
— Veo que e~es su amigo, repuso el comerciante, dis-
gustado de semejante respuesta, y en verdad, lo siento,
Amaro, porque si te echan el guante, nadie en la tierra
podrá salvarte A A anatema que pesa sobre todos los que
siguen sus banderas
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26
CARAMURÚ.
— Sea en buen hora, añadió el gaucho con arrogancia;
¡moriremos si Dios asi lo quiere; pero moriremos libres! ¡No
hemos arrojado á los godos (1), para dejar que los portugue-
ses ni nadie venga á esclavizarnos otra vez!
Conviene advertir que por aquella época, en 181.6, el
gobierno portugués, al cual estaba el Brasil sujeto entonces
á pretesto de sostener los derechos de Fernando VII, é
impedir que la propaganda revolucionaria penetrase en sus
colonias, pero en realidad, con el plausible objeto de apode-
rarse del territorio comprendido entre las cabeceras del
Cuarehim , el Atlántico y la márgen izquierda del Plata, que
hoy forma la república Oriental del Uruguay, había invadi-
do nuestras fronteras con un ejército que se apoderó en
breve de todo el pais. Divididos y estenuados los patriotas ¡
es decir, los jefes americanos que habían arrojado á los
españoles, encontráronse impotentes para resistirles en
batallas campales, y se organizaron en guerrillas, haciendo
cada uno por su cuenta y riesgo la guerra de montonera ,
llamada asi, porque sus fuerzas se componían de pequeñas
divisiones de caballería, sin disciplina, sin armas casi, sin
sueldo ni retribución de ninguna clase, formadas en un dia
para disolverse al siguiente, y sin ihas ley que la vóluntac^
del caudillo que las rejia.
El gobierno portugués y mas tarde el Brasilero emplea-
ron inútilmente para esterminarlas cuantos medios estaban
á su alcance: la persecución, el soborno, la intriga, la
traición, .los gauchos, cuyos instintos bélicos é ingénito
amor á la independencia había despertado la lucha con la
(1) Español??.
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CARAMURÚ.
27
madre pátria, seguian espontáneamente al primero que se
levantaba contra los rabudos , como calificaban á los lusita-
nos victoriosos; y estos, en justa represália, fusilaban en el
acto y sin forma de proceso á cuantos montoneros caian en
sus manos.
Se vé por esta ligera esplicacion cuán poderosas razones
asistían á Amaro para haber emigrado del teatro de sus
hazañas, no á causa del desgraciado asunto de que nos ocu-
parémos á su debido tiempo, sino porque él, aparentando
ser un simple partidario del célebre montonero, era nada
menos que el mismo Caramurú, cuya biografía habia hecho
en pocas palabras el Sr. de Itapeby.
El motivo de no conocerle este por ese nombre, á pesar
de ser antiguos amigos, consistía en que se lo habían dado
posteriormente los invasores al comenzarla lucha, á conse-
cuencia de muchas y horrorosas crueldades que le atribuye-
ron, y que él aceptó por suyas sin haberlas cometido, lo
mismo que el odioso epíteto con que le calificaban, y que
no podía simbolizar mejor la guerra de esterminio que se
propuso hacerles desde un principio, pues Caramurú signifi-
ca el hombre de la cara de fuego , ó lo que es lo mismo. Satanás ,
y tuvo origen en uno de los caudillos lusitanos en los prime-
ros tiempos de la conquista del Brasil, á quién por sus inau-
ditos crímenes dieron los indígenas ese nombre.
Retirado en el departamento de Paysandú, donde nadie,
á escepcion de Abreu, le conocía personalmente, los boa-
ques que se estienden á lo largo del Uruguay le ofrecieron
un asilo impenetrable; estaba acostumbrado á vivir en las
selvas, y únicamente salía de ellas para asistir á las carreras,
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28
CARAMUTU! «
á las trillas (1), á las yerras (2), á las festividades religiosa»
de los pueblos, ó para reunirse en las pulperías con sus
iguales. ...
— Y ahora,' ¿qué piensas hacer? le preguntó el comer-
ciante, ya enterado de los graves motivos que le obligáran
á alejarse de Minas, ó mejor dicho de T acuarembó.
— Ahora pienso irme á Catamarca (3) pero necesito
dinero, y por eso se me ha ocurrido haceros esta visita.
¡A Catamarca! .... ¡Diablo! esclamó apresurada-
mente el Sr. de Itapeby incorporándose en su muelle asien-
to; hombre, ¿estás loco? ¿No te he dicho que ahora te
necesito?
Señor, respondió Amaro con la gravedad de un hombro
que no acostumbra repetir dos veces las cosas: ya os he ma-
nifestado que tengo que irme, y me iré
— ¿Pero por qué?
—Porque he muerto á un hombre.
El comerciante se levantó del sillón, y dió dos vueltas
por el gabinete: — ¡Amaro, Amaro! esclamó paseándose cada
vez mas agitado; ¡ya van dos con esta! Acuérdate de lo que
tuvimos que trabajar mi tio y yo para salvarte la vez pri-
mera..».
—•¿Qué queréis? repuso el gaucho con la misma indi-
ferencia que si se tratase de enlazar un potro salvaje, ó de
otra cosa insignificante. Ese hombre me espiaba hace dias,
y llegó á sorprender un secreto que nadie me arrancará
sino con la vida; ¡era preciso que él ó yo dejase de existir!
(1) Fiesta que tiene lugar en la campaña cuando se recoge ol trigo.
(2) Reuní nes para marcar el ganado.
(8) Ciudad capital de la provincia de su nombre ea la república Argentina.
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CARAMUIiÚ.
29
Le he muerto lealmente y cara á cara. . . .No tiene de qué
quejarse.
—Lo mismo decías del otro: le he muerto cara á cara. .
¡Insensato! ¿No temes que la espada de la justicia caiga al
fin sobre tí?
— ¡Tal dia hizo un año! respondió Amaro con desden,
atusándose los vigotes y haciendo girar sobre la piel de ja-
guar la estrella de sus grandes espuelas de plata.
— ¡Y ahora que tanta falta me hacia! continuó Abreu
hablando para sí y juntando las manos en señal de profunda
tristeza .
— ¡ Pues hablad, con mil. . . . santos ! contestó el
gaucho.
D. Nereo, por toda repuesta, volvió á arrellenarse en
su cómodo sillón, y permaneció algunos minutos abismado
en sus reflexiones. Su huésped inclinó á un lado la cabeza,
íipóyó en el muslo el codo, y la sién en la palma de la mano;
bostezó dos ó tres veces, y para despertar de su meditación,
que ya empezaba á fastidiarle, ásu protector, amig*o ó lo
que fuese, se puso á silbar, imitando el silbido suave y ar-
monioso de los monos cuando llaman á sus hijuelos.
El comerciante, que sin duda estaba acostumbrado á
sus estravagancias, comprendió lo que significaba aquel
estrafío modo de traerle á la cuestión.
— Ya es inútil todo, mormuró: ¿cuánto necesitas para
tu viaje?
—Una letra de diez mil pesos, pagadera á la vista.
— ¿Qué dices? preguntó D. Nereo creyendo no haber
oido bien.
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e
30
CARAMUHÚ.
— Una letra de diez mil pesos, pagadera á la vista, repi-
tió el demandante acentuando las palabras.
El comerciante le contempló fijamente un buen rato
juzgando que se burlaba; pero sus ojos tropezaron con la
mirada fría y desdeñosa del gaucho, y conoció que hablaba
de veras.
— Es mucho dinero, no puedo dártelo, contestó con
timidez.
— Ved, señor, que os lo pagaré, dijo Amaro poniéndose
de pié y con un metal de voz en el que iba envuelta una
terrible amenaza.
Abreu vaciló.
— Vamos, ¿me los prestáis, ó no? preguntó el amante
de Lia acariciando el pomo de su puñal.
— Hombre, si. . . .yo quisiera servirte. . . .ya ves. . . .
pero ¡que diablo! Tengo una apuesta de cien mil pata-
cones, y aunque yo no pago sino la mitad, es indudable que
la perderemos Mas está empeñada mi palabra.*..
y un hidalgo, el hijo del noble conde de Itapeby, no se
desdice jamás . . . .replicó D. Nereo con voz entrecortada por
el miedo, casi tartamudeando.
— Si, he oído hablar de eso, y teneis razón, murmuró
Amaro: este año, como el pasado, perderéis vuestros vin-
tenes (1) tontamente.
— Detesto á ese orgulloso estanciero , por lo mismo que
la suerte le favorece tanto. ¡Todas las carreras me las
gana! Nadie ha podido sacar la oreja (2) hasta ahora á su
[1] Moneda de cobre imagina na, equivalente ó cuati o cuartos.
[2] Adelantar un caballoá otro algunas linca?.
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OAU.\MURÚ.
31
renombrado Atahuaipa (1). No sé qué darla para humillar
su orgullosa fatuidad. Mira, yo te aguardaba en esta oca-
sión con ánsia, para que me hiciéses un favor en cambio de
los muchos que te lie prodigado en otro tiempo . . .
— Hablad, señor, repuso fríamente el gaucho previen-
do lo qúe iba á decirle.
•* . —Si tú quieres, podemos ganar la carrera.
— ¡Imposible! Vuestro parejero es muy inferior al
contrario.
— Pero....
SI hijo del noble conde se detuvo con cierto embarazo
é indecisión, que hicieron asomar á los lábios de Amaro su
habitual irónica sonrisa.
—¿Pero qué?
’ —Pero si tú quieres, tú, que éres el primer jinete del
Rio de la Plata, tú que sábes todos los ardides que en oca-
siones semejantes deciden la victoria á favor no del mejor
parejero , sino del mejor corredor, tú podrías fácilmente
calzarle ....
— ¡Eh! esclamó Amaro interrumpiéndole entre ofendido
ó indignado; yo sé matar, ¡pero no sé robar! Eso es una
estafa infáme, y me admira que siendo tan rico como sois, y
conociéndome como me conocéis, me la propongáis.
No erá fínjido el enojo del gaucho: esta acción se mira
entre ellos como una de esas raterías bajas y mezquinas que
en la sociedad deshonran y llenan para siempre de ignomi-
nia al que las ejecuta. Esplicaremos lo que significa.
Nuestros parejeros corren cuando van juntos, echándose
[i]
Pisarró.
Nombre del rey que ocupaba el trono dol Perú cuando lo invadió
7
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32
CARAMURÜ.
el uno sobre el otro; el jinete que obra de mala fé, y tiene la
destreza suficiente para hacerlo sin que lo noten, mete una de
sus piernas en los encuentros del corcel de su CQjtrano, y al
llegar cerca de la meta, vuelve el pie y le golpea con el talón
en el costado ó en los encuentros, y mientras el animal, al
sentir el golpe, se aparta aun lado, se encalabrina ó retro-
cede, él pisa triunfante la raya, señalada por los jueces como
término de la carrera.
La circunstancia de galopar juntos, la facilidad de
esconder la pierna entre los pliegues del chiripá , y sobre
todo, la habilidad del corredor en el momento decisivo, hacen
poco menos que imposible el justificar luego si ha habido
calzada ó no.
Solo el amor propio humillado, el ódio y la envidia; amor
propio, ódio ó envidia que no se comprenderán sino recor.
dando lo que sufren las personas dominadas por una manía,
cuando se ven imposibilitadas de satisfacerla, pueden espli-
car el proceder tan poco digno de un hombre como Abreu,
heredero, aunqne segundón, de un apellido ilustre y de una
fortuna colosal.
— De todos modos, continuó éste, deseando dar otro
giro á la conversación, vista la negativa terminante de su
protegido; es una necedad que hablemos de eso.
— ¡Y tanto!
— Necedad, y mas que necedad, porque aun quetú
quisieras, no podrías asistir á las carreras.
— ¿Quién os ha dicho eso? preguntó el gaucho en tono
de burla, inclinando á un lado la cabeza, y jugando con la
botonadura de plata de su poncho.
— Sería una locura, añadió el comerciante con hipó-
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CARAMÜEÚ.
33
crito recelo, venir tú mismo á ponerte en manos de tus
enemigos.
— Vaya, hagamos un convénio, respondió Amaro son-
riéndose; puesto que teneis perdidos los cien mil patacones,
ofrecedme, ó mas bien firmadme, ahora mismo un documen-
to que importe el valor de esa suma, y me comprometo á
haceros ganar la carrera legalmente, como Dios y nuestros
estatutos mandan.
El comerciante se sonrió á su vez; creía que el gaucho
trataba de burlarse de él.
— Eso es imposible, dijo, después de reflexionar un ins-
tante; no hay en todas estas provincias un caballo capaz de
competir con el de mi adversario.
Amaro, con aquel acento irresistible é imperativo ante
el cual se humillaba todo, contestó con lacónica aspereza:
— Hay uno, uno solamente.
Aquel hombre fascinaba, la incredulidad de Abreu, se
desvaneció al punto.
— En efecto, murmuró golpeándose la frente y evocan-
do confusamente sus recuerdos; he oído hablar de un pare-
jero muy superior á Atahualpa. . . .según dicen; pero per-
tenece á los indios. . . .no sé á qué tribu. . . .¡Ah! si. . . .ya
recuerdo. . . .á la de los Tapes.
-—No; os es infiel la memoria, ó estáis mal informado,
Sr. de Itapeby, dijo el gaucho gravemente; pertenece á
otra tribu aun mas feroz que esa.
—Entonces, repuso D. Nereo con doble amargura que
antes, tú te burlas. Por valiente que seas, sería mas que
insensatéz ir tú solo á sacarlo de manos de esos caribes.
— ¿Me daréis los cien mil patacones?
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34
CARAMURÚ.
— ¡Dios eterno, Dios eterno! esclamó el comerciante
asombrado; ¡sería capaz de dejarse matar antes que recoger
una palabra indiscreta!
—Vamos, ¿os decidís? Si ó no, repitió Amaro impa-
ciente.
— Pero. . . .
— No hay pero.
— Te matarán
— Eso no es cuenta vuestra.
—Hombre. . . .
— Por última vez, Sr. de Itapeby: ¿sí ó no?
—¡Si!
—Bien: desde hoy podéis doblar la parada (1) sin mie-
do: el triunfo es vuestro, á menos que yo me quede por
allá, lo que no será muy difícil, refunfuñó Amaro entre
dientes.
El comerciante no cabía en sí de gozo :
— Te juro, bajo mi palabra de honor, esclamó, que si
ganamos la carrera, son tuyos los cien mil patacones de mis
contrarios.
—¿V vuestro socio?
— Mi socio hará lo que yo le diga.
—Firmadme, pues, el documento
— ¡Oh, eso no! Te entregaré el valor de la apuesta
en el mismo memento que los jueces declaren la derrota de
Atahualpa.
— Basta: dentro de ocho dias estaré de vuelta; voy á
traeros el único parejero de estas provincias capaz de pro-
[1] Apuesta.
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35
CARAMURÚ.
porcionaros el triunfo que anheláis; pero si después de con-
seguirlo os olvidáis de vuestra promesa ....
Los ojos del gaucho se animaron con un resplandor som-
brío, y un relámpago de cólera desprendiéndose de sus ne-
gros párpados, cruzó por sus enarcadas cejas y dilató su
espaciosa frente.
El brasileño retrocedió preguntándole con voz temblo-
rosa:
— ¿Qué me harías?
—Nada, contestó Amaro sacando el puñal, y con un
leve tajo haciéndose una cruz en la yema del dedo pulgar
de la mano derecha, cruz sangrienta que besó, uniendo el
Índex con el dedo herido: nada, os mataré donde quiera que
os encuentre, de noche ó de dia, dormido ó despierto, en la
ciudad ó en el campo, soloó acompañado. Ahora vengan
esos cinco.
Tendióle el comerciante su trémula mano mas pálido
que la cera, escapándosele un ¡ay! sofocado, al sentir crugir
sus huesos entre los férreos dedos de su pacífico amigo.
— Hacedme ensillar vuestro mejor caballo, y por lo
pronto facilitadme veinte gateadas (1), añadió Amaro pre-
parándose á partir.
Abreu, pensativo y silencioso, salió, y á poco volvió
con un cartucho de oro en la mano, y se lo entregó di-
ciéndole:
— El caballo te espera en la puerta falsa del jardin.
— Gracias, contestó el futuro vencedor de Atahualpa
echando el dinero en uno de los bolsillos de su tirador de
piel degamuza, y encendiendo el tercer habano.
flj Onzas de oro.
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36
CARAMültÚ.
— Adiós, dijo por despedida; cien mil patacones, ¿eh?
' — ¡Cien mil patacones! repitió maquinalmente el Sr. de
Itapeby, todavía azorado por el estraño juramento y la ater-
radora amenaza del feroz gaucho.
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Lia JYíser.
Tiempo es ya de qne informemos á nuestros lectores de
la joven robada y de las relaciones que mediaban entre ella
y su raptor.
Lia era hija de un rico y distinguido abogado orien-
tal (1), y había nacido y educádose en Montevideo, en aque-
lla hermosa ciudad que se levanta en la ribera izquierda del
Plata, como un mburucuyd (2) silvestre á la clara márgen
de un riachuelo.
Rayando apenas en esa edad dichosa en que la infancia se
confunde con la pubertad, y la fisonomía refleja la candidéz
del adolescente y los hechizos de la mujer, su belleza á los tre-
ce años, sin haberse desarrollado del todo, producía esa mag-
nética influencia, ese vago é indefinible embeleso que atrae
las miradas de los hombres y les obliga á volver involunta-
riamente la cabeza, si pasa por delante de ellos, para se-
guirla con la vista como á una aparición ideal, como al tra-
[1J Asi llamamos á loa hijos déla república del Uruguay.
[2] Pasionaria.
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38 CÁRAMUKÚ.
santo de ia mujer que se han forjado en sus ensueños de
amor y de* poesía.
Imposible nos sería decir á punto fijo en qué consistía
este prestigio, prestigio que se escapaba al ojo mas perspicaz
al querer analizarlo, semejante á un fluido inmaterial. No
se limitaba á una parte determinada de su físico ó de su al-
ma; estaba derramado en todo su ser; lo mismo en su cútis
sonrosado y trasparente, aunque moreno, que en sus ojos
pardos, espresivos y voluptuosos, como en su aéreo talle mas
flexible que las ram:s del sarandí (1), lo mismo en su relu-
ciente cabello, sedoso, negro y ondeado, en sus manos tor-
nátiles y reducidos pies dignos del cincel dePhidias, como
en su boca de ángel que semejaba el temprano capullo de
de una rosa, entreabierto con el rocío de la noche y espon-
jándose con los primeros rayos del sol.
¿Y qué diremos de la gracia inimitable de su andar vo-
luptuoso y reposado? ¿Qué del timbre argentino de su voz
armónica que se insinuaba en el alma y la hacía estremecer-
se de gozo y de embriaguéz. ¿Qué de la espresion purísima
y al par seductora de su mirada infantil, que si evocaba al-
gún recuerdo amoroso alejaba de la mente todo pensamien-
to mundano, toda idea que tendiese á despojarla de su au •
reola divina?
Angel en forma de mujer, al verla en el mes de abril
cruzar los sábados á la tarde por la magnífica calle que hoy
llaman Veinte y cinco de mayo, vestida de celeste y blanco,
dulces colores de nuestra bandera, para dirigirse á la quin-
ta de las Albacas (2), y volver con las primeras sombras del
fl] Arbol que crece úla márgen deloi ríoB.
[2] Posesión de campo á un cuarto de legua de la capital.
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CAItAMURÚ.
39
crepúsculo, deshojando por el camino los ramilletes de pre-
ciosas flores con que la habían abrumado sus numerosos ado-
radores, al verla subir y bajar por las pintorescas serrezuelas
y quebradas que rodean A la ciudad, cualquiera hubiera creí-
do, no que hollaba la tierra con su planta, sino que flotaba
en el aire y se remontaba al cielo.
No era su belleza lo que mas encantaba, no. Envolvía-
la una nube de idealismo, un perfume de castidad, suavísi-
mo como el hálito aromado que se escapaba de sus lábios de
clavel, puro como el carmín de sus mejillas, mas tersas que
la piel del armiño ó las hojas del jacarandá.
Su familia, los amigos de su casa, y hasta los estraños,
la idolatraban. Su padre especialmente, que había visto mo-
rir uno tras otro á todos sus demas hijos, la quería con una
especie de delirio. Los menores deseos de Lia eran p ira é
órdenes que ejecutaba antes que los espresase; y acaso por
esta circunstancia, su madre, injusta en demasia como sue-
len ser algunas madres, por espíritu de contradicción ó en-
vidia, nutria contra su hija sino resentimientos de severidad,
que no bastaban á desipar el respeto, el cariño y las conti-
nuas demostraciones de aprecio que la prodigaba ella.
Pero aunque D. Cárlos Niser amase tanto á su hija, no
por eso dejaba siempre de plegarse en último resultado á las
caprichosas exigencias y al despotismo de su esposa. El buen
anciano tenia un carácter harto débil, y la Sra. Petra, su
consorte, era un demonio con faldas. Fea, murmuradora,
intrigante, irascible, taimada, envidiosa, vengativa y ma-
niática.
Lia tenia una afición loca por los bailes, y su madre la
llevaba á todos. En vano trataba de oponerse D. Cárlos, ma*
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40
OAItAMURÚ.
infestando que su salud y delicada complexión nopodian so-
portar aquellas continuas noches de cansancio y locura. La
colmilluda señora se reía con una risa especial suya, propia,
característica, y le contestaba que no fuese aprensivo y né-
cio, que se marchase á ojear sus mamotretos, á embrollar y
á volver blanco lo negro, como buen abogado, y la dejase en
paz, porque ella sabia demasiado bien lo que convenia á su
(juerulita niña.
No es creíble que esta escelente señora llevase su per-
versidad hasta el estremo de allanar á su hija el camino de
la muerte; pero sí estamos autorizados para pensar que su
loca pasión al juego la cegaba, y deseosa de satisfacerla,
acudía con ánsia á todas partes, llevando consigo á Lia, mas
que por complacerla, por vanidad y por tener un protesto
que la disculpase á los hojos de su marido, que por hábito é
ideas no asistia á ninguna tertulia y abominaba el juego.
Los temores del anciano no eran infundados. Lia, en
cuyas venas corría la sangre andaluza mezclada con la ame-
ricana, se moría por el baile, y como todas las criollas, era
incansable, y siempre estaba pronta á tender su preciosa
mano al primer pisaverde que se le acercaba. Jó ven, hermo-
sa, instruida, con natural ingénio, de carácter festivo y be-
névolo, rica y única here^ra... ¿la dejarian alguna vez
consumirse de tedio solitaria y olvidada en su silla?
¡Nunca! porque ella sabia todos los bailes antiguos y
modernos, y los bailaba con una gracia particular. En la
sociedad escogida, contradanzas, rigodones, gavotas, mi-
nuets, walses: en los de menos etiqueta ó mejor dicho en los
muy íntimos, entre sus deudos, ó amig'as por estravagancia,
boleras, cielitos , mediacañas , y algunos otros inventados por
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CAliAMUllÚ.
41
el génio alegre de los americanos de todas las zonas aficio-
nados á solazarse con amenos ejercicios corporales mas de lo
que seria conveniente.
Agradábanle sobre todo á Lia las boleras y el wa Is, y
era digno de verse y admirarse su gracia y perfección en una
y otra danza.
El erguido coronilla de nuestros valles no inclina con
mas languidez su enhiesto tallo, el tímido caycobé (1) no se
repliega y esconde mas pronto sus hojas ai sentir el roce de
una mano estraña, ni la serpiente de cascabel , persiguiendo
al escuerzo, que se le escapa entre los raquíticos arbustos y
tupida maleza de los pantanos, ondea, salta, vaga y gira con
mas velocidad; ni el indolente quezal , en cuyas plumas se
reflejan los colores del iris, entreabre sus álas con mas aban-
dono y se deja caer muellemente sobre la copa de los tama-
rindos en flor, como Lia resbalando sobre la alfombra, seme-
jante á una ondina.
Entre el turbio vapór de ancha laguna. [2]
Entonces no era la virgen pudorosa é inocente; era la
amorosa odalisca, la ardiente bayadera del Indo, sedienta de-
placer, ébria de voluptuosidad y delirio. Sus bellos ojos, ora
se cerraban á medias, ora se animaban de repente lanzando
vividos destellos; su pecho se levantaba y bajaba acelerado,
se entreabrían sus labios purpúreos cual si mendigasen un
ósculo de amor, y sus brazos, siguiendo las rápidas ondula-
ciones* de su cuerpo, parecían invitar á algún amante invi-
sible á arrojarse en ellos... hasta que rendida por la fatiga,
[1] Sensitiva.
[2] Zorrilla.
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42
CARAMURÚ.
trémula y palpitante, se detenia al estruendo de los aplauso
en medio del salón, inclinando la frente con encantadora
modéstia, y se encaminaba paso á paso á su asiento sin alzar
la cabeza, fingiendo no apercibirse del murmullo de admira-
ción, de los elogios y de los bravos que resonaban a su al-
rededor.
Esa famosa bailarina á quien el público de Madrid tri-
buta hoy (1) tan espléndidas y merecidas ovaciones en el
teatro de la Cruz; esa sílfide andaluza, que apenas aparece
arranca tan estrepitosos aplausos y provoca con su gracia
inimitable ton férvidas y espontáneas demostraciones de en-
tusiasmo; la ideal, la bella, la encantadora Nena no es acogi-
da por sus admiradores con mas delirio y alborozo que Lia
por la numerosa y escogida concurren ia que se agolpaba en
torno de ella no bien se presentaba en cualquier reunión,
suplicándola que la embelesase con alguno de sus bailes fa-
voritos, en cambio de las flores y guirnaldas que llevaban de
antemano para tapizar la alfombra donde estampase sus ala-
dos piés.
Triunfos eran estos que debían halagar el amor propio
de la mujer menos vanidosa, y sin embargo, Lia no lo era.
Mas que los aplausos de los hombres, buscaba un desahogo á
su naturaleza ardiente, ávida de trasportes, amiga del bulli-
cio y del movimiento. Cándida paloma del Edén, peregrino
en la tierra, que devoraba el espacio con la vista, y recor-
dando sus perdidos jardines, necesitaba para poder vivir en
nuestro mundo prosáico animación, luz, aromas y armonías.
Pero está escrito que todo placer esconde en sí un gér-
(l) Téngase presente que esto se escribió y publicó en 1S48, época en que la
célebre Manuela Berbea (a) la Nena haoia furor en Madrid.
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C A HA MU lili.
43
mea de dolor; una espina envenenada que primero punza y
luego convierte en cancerosa llaga la herida que ocasiona.
Lia, cuya complexión era muy delicada, no pudo resistir á
las violentas y repetidas emociones del baile. Empezó á re-
sentirse del pecho, y juzgando que seria una ligera indispo-
sición, en vez de declararlo á su madre, temerosa de que la
privase de su diversión favorita, continuó bailando todas las
noches con el mismo ardor, hasta que ía fiebre vino á revelar
el peligro que la amenazaba.
Consultados al punto los médicos, declararon que estaba
afectada del pecho, y que presentándose su enfermedad con
síntomas alarmantes, era indispensable enviarla sin pérdida
de tiempo á tomar las aguas del Uruguay, aguas que no solo
tienen una virtud particular para trasmutar en piedra cuan-
to se arroja en ellas, si que también para curar sin el auxilio
de otras medicinas varias enfermedades que no nos place, y
otras muchas que no queremos enumerar.
Por desgracia en aquella época el padre de Lia estaba
empeñado en un pleito de grande importancia que debía
fallarse en breve, y no podía, por ningún pretesto, ausen-
tarse de la capital.
En cuanto á la Sra. Petra, hablarla de salir de Monte-
video era lo suficiente para granjearse su enemistad. ¡Ella!
¿Cambiar su residencia por la de una Estancia ? Figuraos la
espantosa catadura de una de vuestras elegantes madrileñas,
si la propusiérais en el mes de enero irse á encerrar en un
cortijo de estremadura. Seguramente que os enviaria en sus
adentros á los infiernos, ó cuando menos juzgaría que os
chanceábais, que estábais locos, ó que os habéis escedido algo
en el almuerzo ó lo comida.
w
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a
CARAMUüÚ.
Aquella cariñosa madre, protestando que la enferme-
dad de su hija era ocasionada por una cosa muy natural en
las personas de su sexo al lleg*ar á la pubertad, se negó
rotundamente á acompañarla, y D. Cárlos, siempre compla-
ciente y bonachón, por evitarse disgustos con su amable mi-
tad, cuyo génio no era el mas á propósito para las lides pan-
lamentarías, porque al instante apelaba á las vias de hecho,
espidió un chasque (1) aúna hermana suya que se hallaba en
Paysandú casada con el comandante de aquel punto, para
que, no bien recibiese su carta viniera á llevarse á Lia á la
Estancia de su esposo, la cual, como saben nuestros lectores
solo distaba seis leguas de aquella ciudad.
La hermana, que profesaba á D. Cárlos un verdadero
afecto «fraternal, aunque de opiniones políticas contrarias á
las suyas, se puso en marcha el mismo dia que recibió su
misiva, y antes de dos semanas se encontraba de vuelta en
la Estancia con su encantadora sobrina, que salió llorando
de Montevideo, como llora un niño mimado cuando le arre-
batan de las manos el arma con que puede inadvertidamen-
te poner término á sus dias.
Lloraba la pobre niña de tan buena gana, y se asoma-
ba con tanta frecuencia á mirar desde la portezuela del co-
che, que volaba como una exhalación, las pardas torres de
la Matriz y los mil blancos edificios que se estienden en an-
fiteatro á lo largo de la costa, que su tia doña Eugenia, en-
ternecida de su dolor, no pudo menos de preguntarle: •
— Vamos, Lia, ¿por qué lloras de esa manera? ¿Acaso
has dejado allí una parte de tu corazón?
fl] Propio.
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CARAMURÚ.
45
— No, señora, contestó ella con una candidez infantil,
que no estaba exenta de coquetería: ¿había de querer á na-
die estando comprometida? ¿No sabéis que dentro de poco
voy á casarme?
— Es verdad... no me acordaba. ¿Y cuando vendrá tu
futuro?
— No sé: papá me dijo el otro día que dentro de dos
meses.
— ¿Con que serás condesa?
— Sí, de Itapeby.
— Vamos, cuéntame eso, repuso doña Eugénia, fin-
jiendo que nada sabia, áfin de que la inconsolable jóven se
distrajese refiriéndole lo que estaba cansada de saber, pero
que juzgaba, como mujer de esperiencia, que produciría en
su imaginación el efecto de un tónico bastante eficaz para
secar h.s lágrimas en sus ojos y hacer asomar la sonrisa á
sus labios, pues siempre las que están próximas á trocar la
guirnalda de azahar por otra de mirtos, aunque aparenten
lo contrario, hablan y oyen hablar con placer de su futuro
enlace, salvo en los casos en qué éste se realiza contra su
voluntad.
— El año pasado, dijo Lia, vino á Montevideo mandan-
do la división Rio-Granáense (lj el conde D. Alvaro Abreu de
Itapeby , pariente cercano de mi madre, y se hospedó en casa,
— Eso lo sé; adelante.
—A los pocos dias, sin haberme dicho una palabra,
pero con anuencia de mi madre, me pidió en casamiento,
para mas adelante, porque... pues...
[1] La provincia de Rio Grande pertenece al imperio del Brasil y está
fronteriza á las nuestras.
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CARAMURÚ. '
+(>
— Comprendo, contestó la tia sonriéndose del embara-
zo de su sobrina. Lia continuó:
— Mi padre, manifestándose agradecido al favor (pie
nos dispensaba el conde, le insinuó que no pensaba contra-
riar nunca mi voluntad, y que si entonces, cuando estuviese
en estado de casarme, era yo gustosa, él no se opondría.
— ¿Cómo? ¡Pues Petra me había escrito lo contrario!
— Escuchad: con este motivo, luego que se retiró D.
Alvaro, trabó mi madre un acalorado debate con papá, que
contra su costumbre se mantuvo firme, y no quiso ceder.
¡Mi madre se incomodó mucho, muchísimo!... y estuvieron
algunos dias sin hablarse.
— Hija, ignoraba esos detalles, esclamo doña Eugénia,
con creciente curiosidad; ¡oh! Cárlos es un babieca, un po-
bre hombre, y su mujer le maneja como á un chiquillo...
Continúa, continúa....
— Una noche, al volver del teatro, mi madre me llamó
á su cuarto, y después de besarme y acariciarme, cosa que
nunca hacia, y repetirme en un largo y enfadoso sermón,
ininteligible para mí, que la dicha se cifraba en las rique-
zas, que la mujer había nacido para ser la compañera del
hombre, y que solo anhelaba mi bien y mi felicidad, mé
preguntó si me casaría con el conde.
Aquí se detuvo la candorosa Lia, quién sabe si de ru-
bor ó despecho, y se volvió para mirar por última vez la
ciudad que se perdía en el horizonte lejano, bañada por la
luz crepuscular. El carruaje bajaba la empinada cuesta del
Cerrito(l). >
[1 1 Pequeña montaña á do# leguas de Montevideo.
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CARAMURÚ.
47
—Y bien, ¿qué respondistes? dijo su compañera, cono-
ciendo por el ligero sonrosado que asomaba en las mejillas
de la narradora, que había llegado al punto difícil, al nudo
gordiano de la cuestión.
— ¿Yo? preguntó Lia con aturdimiento; ¿qué había de
responder? Dije primero que no\ y como mi madre, sin po-
der contenerse, levantase la mano para darme una bofetada,
respondí en seguida mas que de prisa: si, si, si.
Doña Eugénia soltó una estrepitosa carcajada, y Lia
imitó su ejemplo.
— Pero, mujer, añadió la primera cuando hubo pasado
aquella mútua esplosion de hilaridad ; ¿ acaso es feo el
conde?
— No, no es feo: al contrario, es un arrogante mozo.
— ¿Y entonces?
— No sé, repuso la futura esposa, empujando con des-
den hácia adelante el lábio inferior, y encongiéndose de
hombros; no sé pero no me gusta.
— Pues yo conozco á su hermano D. Nereo, que vive
en nuestro pueblo, y te aseguro que es un jó ven recomen-
dable bajo todos conceptos. Vamos, picardía: tú tienes al-
gunos amoríos; algún maniquí de rizadas melenas y voz
melosa y enflautada te ha engatuzado ....
— ¡Ya, ya! repitió Lia en tono de burla golpeando
con su piececito en la portezuela del coche; me fastidian,
me empalagan, me revientan los hombres de esa clase. ¡Je-
sús y que tontos son! ¡Dios me libre de ellos!
— ¿Será entonces algún poeta lloron y meditabundo,
cuya sensibilidad, á prueba de caramelo, haya simpati-
zado con la tuya?
9
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48
CARAMURÚ.
— Idem, contestó ella volviendo pausadamente la cabe-
za con aire de reina.
— ¿Será por ventura alguno de los altos magnates que
no ha mucho han llegado de Rio-Janeiro?
—Idem, idem, murmuró lajóvencon mas desden to-
davía
— ¡Ah, ya caigo! .... continuó doña Eugenia, cada *vez
mas deseosa de arrancarle su secreto. ¿Será algún jóven
patriota perseguido, uno de esos locos, estúpidos, ambiciosos
que pretenden con un puñado de bandidos contrarestar el
poder colosal de nuestro amado monarca D. Juan VI?
— No, timpoco, replicó tristemente la interesante en-
ferma, como si la ofendiese á su pesar la manera de espre-
sarse de su tía: y no os canséis, señora, porque os juro por
lo mas sagrado que haya; que no he amado á nadie todavía.
— ¿Y vas á casarte?
— Tantas cosas me ha dicho mi madre, y la tengo tanto
miedo, que me resigno á ser tal vez desgraciada el resto de
mi vida para evitar á mi querido y buen padre los males
que le amenazan. D. Alvaro es muy poderoso, y seria ca-
paz de todo por vengarse
La conversación iba tomando un sesgo triste y enojoso,
que no cuadraba con el objeto que se propusiera doña Eu-
génia al entablarla; y para cortarla, nada le pareció mas
oportuno que volver al tema que habian dejado.
— Pero no me has esplicado aun cómo mi hermano
otorgó su consentimiento.
— Mi madre hizo de modo que me interrogase un día,
estando ella en acecho en la pieza inmediata, y yo repetí
como una cotorra lo que me habia enseñado. Papá se mostró
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CARAMURÚ.
49
satisfecho, y en consecuencia, empeñó su palabra á D.
Alvaro de que le otorgaría mi mano, no bien estuviese en
disposición de casarme.
r— Y el g alan, ¿qué tal? ¿Se mostró digno de esta
prueba de aprecio y confianza que le dabas?
— Asi, asi. . . .cuatro meses después partió para la cor-
te con una misión especial del gobernador.
— Y ha escrito recientemente diciendo que volvería
dentro de dos meses?
—Sí.
— Ya para entonces estarás restablecida y mas hermo-
sa que ahora, dijo doña Eujénia con dulzura al notar la
sombría nube de tristeza que se difundió en el rostro de la
pobre niña.
— ¡Ah, querida tia! esclamó ésta tomando sus manos y
estrechándolas con efusión; ¡plegue al cielo que se dilate ese
momento cuanto sea posible! ....
El carruaje se detuvo para mudar caballos, y la conver-
sación se interrumpió. Por lo tanto, mientras se cambia el
tiro, nosotros, que también estamos fatigados, suspendere-
mos nuestra narración imitando su ejemplo.
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V.
El Tacaré.
Trasladada con su tia á la Estancia nuestra jóven enfer-
ma, solo se ocupó en restablecerse lo mas pronto posible para
volver cuanto antes á la capital. Acostumbrada á vivir en el
seno de los placeres, el campo, por mas que la agradase, de-
bía serle muy pronto insoportable.
Sin mas sociedad que la de doña Eugénia y la muger
del capataz (1), los dos en el último tercio de su vida, y por
consiguiente incapaces de adaptarse á sus ideas, á sus Sen-
timientos y á su manera de ver y concebir las cosas, no era
estraflo que echase de menos á cada instante á sus jóvenes y
bulliciosas amigas, y á los festivos tertulianos que frecuen-
taban su casa.
Mediaba además otra circunstancia para que fuese mas
grande este vacío. Las dos señoras, que frisaban ya en los
cuarenta y cinco abriles, eran frenéticas realistas, pertene-
cían al partido de los intrusos, é intolerantes hasta el esceso ?
no consentían que prevaleciese sobre el particular otra opi-
(1) Administrador de la Estancia y encargado de hacer ejecutar las faenas
rurales.
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52
CARAMÜRÚ.
nion que la suya, y Lia, hija de un hombre que se habia dis-
tinguido entre los mas decididos patriotas en la lucha con-
tra España, simpatizaba ardientemente con los pocos orien-
tales que, fieles á sus principios, se negaban á plegarse al
yugo de los usurpadores, y rechazan con desden las rique-
zas, las distinciones y honores que les brindaban en cambio
de su apostasía.
El marido de doña Eugenia pertenecía al número de
los que desde un principio, traicionando á sus amigos y
abandonando vilmente al partido que los habia sacado del
polvo y dádoles importancia personal y valor político, se
adhirieron al nuevo gobierno. Vileza que la córte de Rio
Janeiro recompensó generosamente, como todos los gobier-
nos débiles y menguados, confiriéndole el mando, ó sea la
comandancia general del departamento de Paisandú. Los
camaleones políticos en todas partes y en todos tiempos. . . .
el buen juicio del lector completará el período.
Ya hemos visto en el anterior capítulo cómo su esposa
calificaba á los patriotas, sin acordarse que su propio herma-
no lo era. El diccionario de la maledicencia se agotaba en
us lábios cuando se hablaba de ellos.
Lia, con su carácter franco, con su ingenuidad de ni-
ña, cuyo corazón simpático é imaginación de fuego se entu-
siasmaba por todo lo que era bello y noble en sí, no podía
oir tranquila que se calumniase en su presencia á aquellos
heróicos proscriptos, que, seguidos de un puñado de valien-
tes, desnudos, sin armas, sin recursos, perseguidos en todas
direcciones, sin mas amparo que su fortaleza, sin mas alia-
dos que la desesperación, sin mas esperanza que encontrar
una muerte gloriosa en las lanzas de sus opresores, cuando
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CARAMURÚ.
53
no en un cadalso convertido en el lecho de su gloria, toda-
vía hacían estremecer los desiertos y las ciudades, las mon-
tañas y las llanuras, los rios y los bosques con su formida-
ble grito de guerra:
— ¡Libertad ó muerte!
Las hazañas de los intrépidos guerrilleros llegaban e n
álas de la fama hasta la capital, magnificadas por la distan-
cia, y engrandecidas por el misterio que los rodeaba. Tan
pronto era un destacamento de mil hombres batidos por cien,
como una división prisionera y pasada toda á cuchillo, ó la
toma de un pueblo, ora la sorpresa de un campamento. Lue-
go, los vencedores desaparecían como por encanto, y no se
volvía á hablar de ellos hasta que un nuevo rasgo de valor,
que rayaba en fabuloso, venia á esparcir la alarma y á po-
ner en movimiento las numerosas tropas lusitanas y brasi-
leñas desparramadas por todo el territorio y dueñas única-
mente del suelo que pisaban.
Acaso creerán algunos que mentimos ó exageramos;
pero llegaron á infundirles tal espanto las partidas de mon-
toneros , que huian de ellos los usurpadores al solo amago.
Por regla general, no aceptaban el combate sino veinte con-
tra uno.
De esta manera las filas de los patriotas se fueron en-
grosando, y á no ser por la mala inteligencia y rivalidades
de los jefes, es indudable que hubieran acabado con los in-
trusos, sin necesidad del refuerzo que mas tarde les envió
Buenos Aires.
Los hombres, egoístas y mezquinos por lo común, ó si
se quiere, mas espuestos á comprometerse, guardaban una
prudente reserva, esperando ver mas despejado el horizon-
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51
CARAMURÚ.
te; no así el helio sexo, que acogía con el mayor entusias-
mo las noticias favorables á los rebeldes, las propalaba, man-
tenía correspondencia con ellos, y los proclamaba en voz
alta beneméritos de la patria.
Entre estos caudillos, modelo casi todos de audácia y
heroísmo, Amaro, bajo el nombre de Caramurú, ocupaba
talvez el primer lugar. Su fama se habia estendido, no solo
por los departamentos de Tacuarembó y Salto, teatro de sus
primeros hechos de armas, si que también por las dos ribe-
ras del Plata y estados limítrofes.
Los rumores que circulaban acerca de él eran muy es-
traños y contradictorios. Unos decian que era indio, otros
mestizo ó mulato, y no faltaba quien asegurase que era bas-
tardo y que pertenecía á una distinguida familia de Rio-
Grande; pero lo cierto es que todos ignoraban su verdadero
origen, y solo sabían que era un gaucho, en toda la esten-
sion de la palabra, que habia despreciado por tres veces el
grado de general y una crecida suma de dinero que le pro-
metió el gobierno portugués con tal que se sometiese, y que
no pudiendo conseguirlo, habia puesto á precio su cabeza
ofreciendo cien contos de veis (1) al que se lo entregase muer-
to ó vivo.
Lia habia oido hablar muchas veces de aquel hombre
estraordinario, y muchas veces se habia llenado de entu-
siasmo y admiración al escuchar las cosas inauditas que se
contaban do su arrojo, de su presencia de ánimo, de su indo-
mable fiereza, de su desinterés, y del juramento que hiciera
de sacrificar su vida en ¿ras de la patria ó libertarla de sus
[1] Cien mil duros: hoy el conto en el Brasil solo asciende á quinientos.
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CAlUMUItÚ.
55
opresores. Su viva imaginación se lo pintaba con los mas
alhagüeños colores, y estaba persuadida que le conocería en
cualquier parte que le viese y le distinguiría entre mil per-
sonas antes que le dijeran su nombre. Lisonjera ilusión que
la realidad debía desvanecer muy pronto
Como el médico le tenia recomendado el ejercicio por
la mañana, se levantaba muy temprano, y se iba á pasear
con un libro en la mano por las márgenes del rio, que que-
daba á unas quinientas varas de la casa.
Una vez, distraída con una novela que le interesaba en
estremo, se alejó mas que de costumbre, y sintiéndose fa-
tigada, se sentó en el tronco de uno de los sauces que crecian
á las orillas, y continuó su lectura sin acordarse de la pre-
vención que la habían hecho de no encaminarse nunca por
aquel lado, cubierto de tupidas enredaderas, juncos altísimos
y espesos cañaverales.
Cuando mas engolfada estaba, oyó á poca distancia un
ruido seco y áspero, acompañado de un quejido lastimero que
erizó sus cabellos y heló la sangre en sus venas. Estallaban
las cañas huecas y se doblaban los crugientes juncos como
si rodára por encima de ellos una pesada mole de bronce.
Lia, pálida y temblorosa, trayendo á la memoria las
aterradoras palabras de precaución que había olvidado, dejó
caer de las manos el libro, y clavó sus espantados ojos en el
paraje de donde parecía venir el ruido, que iba en aumento.
Poco duró su incertidumbre; un grito desgarrador se
escapó de su pecho, y sin saber lo que hacia, echó á correr,
no para la estancia, sino en dirección á la selva.
Un enorme yacaré , anfibio, de la misma forma que el
cocodrilo y tan feroz como él, seguía sus huellas, ora gimien-
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56
CARAMURÚ.
do como un niño, ora exhalando un sordo rujido, semejante
al rechinamiento de una sierra cuando tropieza con un clavo
ú otro cuerpo que no puede partir.
Este ruido, indicio de la cólera del animal cuando se le
escapa su presa, es ocasionado por el choque de sus mandí-
bulas, armadas de una triple hilera de dientes, tan afilados
como los del tiburón.
A los clamores de Lia, un hombre que parecía venir de
la selva cerró espuelas á su caballo, y gritándole:- — « ¡Corred
á derecha é izquierda. . . . serpeando! » sacó sin pararse un
pañuelo, y se lo ató por los ojos á su corcel, como acostum-
bran los picadores cuando su rocín, no sabemos si de ham-
bre ó de flaqueza, se empeña en retroceder ante el toro.
La aparición, y sobre todo, la advertencia del descono-
cido, no pudo ser mas oportuna. El yacaré ganaba terreno
por instantes, y lajóven, oyendo cada vez mas cerca el ru-
mor de sus escamas al arrastrarse por el suelo, y el chasquido
de su gruesa cola que se movía á un lado y á otro como la
pala de una canoa, sentía que se le agolpaba la sangre al
corazón, que inundaba su frente un sudor frió, y que una
rijidez mortal paralizaba sus miembros y derramaba en todo
su cuerpo el hielo de la muerte.
— ¡Corred á derecha é izquierda serpeando! repi-
tió por segunda vez el desconocido, ya á cincuenta pasos, y
haciendo g'irar por encima de su cabeza el arma de los gau-
chos, cuando quieren matar á un animal ó á un hombre sin
bajarse del caballo; la terrible bola perdida. (1)
[1] La bola perdida es una esfera de bronce, hierro ó piedra del tamaño del
puño, forrada en piel de vaca, sujeta á un cordel para arrojarla hasta á doscientos
pasos de distancia, ó dar el golpe mortal sin soltarla. Es increíble la fuerza que
lleva con el girar del brazo y la carrera del caballo.
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CARAMURÚ.
57
Lia, al verle, hizo un postrer esfuerzo, y obedeció ins-
tintivamente á aquella voz vibrante y poderosa, que le
infundia nuevo aliento, resonando en sus oidos como el eco
de un ángel que bajase del cielo para salvarla .
Y la salvó en efecto, porque el yacaré , como todos
los animales de su especie, corre con bastante rapidéz en
línea recta, pero teniendo que volver el cuerpo, es tardo y
se le burla con facilidad variando al huir de dirección.
No obstante, Lia estaba tan fatigada, que probable-
mente habría sido victima al fin del espantoso reptil, á no
interponerse entre ella y él su libertador.
Pasó este á escape, y sin detenerse se inclinó y descar-
gó un tremendo golpe en la cabeza del yacaré; pero la férrea
bola, en vez de herirle en una de las concavidades de la
frente, como pensó el gaucho, chocó en el capacete del
cuello, y rechazada, resbaló á lo larg'o del espinazo.
Al mismo tiempo el caballo, volviéndose de pronto,
olfateó al caiman, y acometido de un temblor nervioso, se
replegó sobre sus cuartos traseros, crispadas las piernas
delanteras, enhiesto el cuello, erguidas las orejas, erizada la
crin, y aspirando y despidiendo el aire con un ardiente y
prolongado resoplido, insensible ala espuela y aun á los
golpes de bola que le descargaba el ginete, cual si hubiera
echado raices en la tierra.
^E1 yacaré, que estaba hambriento, fijó en él sus peque-
ños ojos de serpiente inyectados de sangre, se incorporó
velozmente, y le clavó en el pecho sus dos garras, armada
cada una de cinco puñales, porque no merecen otro nombre
las aceradas púas que las defienden.
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CARAMU1UI.
Caballo y caballero rodaron sobre la yerba: Lia dio un
grito, alzó las manos al cielo, y cayó desmayada.
Entonces tuvo lugar una de aquellas escenas horrorosas
que solo se ven en los bosques de América.
El caballo quedó muerto en el acto, y á esto debieron
su salvación Lia y el desconocido. El terrible anfibio le
había abierto en el pecho una ancha puerta, por donde
salía un raudal de negra sangre, que él bebía ávidamente
sin reparar en los dos desgraciados que, tendidos á veinte
pasos, sin conocimiento el uno y atontecido el otro por la
caída, habrían podido pasar de su letargo á la eternidad sin
oponerle la menor resistencia.
Cuando el reptil se hartó de beber, metió su larga y
aplastada cabeza por el pecho del caballo para devorarle las
entrañas. El gaucho se levantó, y conceptuando inútil la
bola perdida , vista la imposibilidad de herirle en la cabeza,
se le fué acercando cautelosamente, y con mano firme y
certera le escondió en la juntura de una de las patas delan-
teras la hoja de su puñal hasta el pomo, revolviéndosela
dentro el breve instante que tardó el yacaré en sacar la
cabeza de los encuentros del caballo.
El agresor, impasible y sereno, retrocedió dos pasos,
y volvió á esgrimir la bola perdida.
Esta vez el golpe fué mas certero: la metálica esfera se
hundió toda en una de las concavidades de la frente, y los
sesos del animal asomaron al través de la rasgada conch|.
Iba el valiente gaucho á ultimarle con nuevos golpes,
cuando el reptil comenzó á dar vueltas, desatentado y furio-
so, escarbando la tierra y arrojando sangre por la boca; de
repente se detuvo, dió un rugido, acompañado de un fuerte
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CARAMURÚ.
59
sacudimiento, y agitándose con las ánsias de la muerte, cayó
de espaldas, encogió las patas, y espiró. Tenia partido el
corazón. *
El vencedor corrió donde estaba Lia desmayada, la
tomó en sus brazos, y la contempló algunos minutos con el
embeleso de una jóven madre que acaba de salvar á su pri-
mer hijo de una enfermedad mortal.
Un pensamiento indigno del desconocido cruzó por su
frente.
— ¡Qué bella es! murmuró; intenciones me dan de
llevármela. . . .
Y giró la vista á su alrededor, como para cerciorarse de
que estaban solos y podía impunemente realizar su intento.
— ¡Pero es tan jóven, continuó, tan delicada. . . .y su
aire, su traje, todo indica que pertenece a otra clase muy
distinta de la mia y sin embargo!
El gaucho la seguía mirando irresoluto y dudoso; por
fin, se dijo:
— No, ¡sería una infamia!
Lia abrió los ojos, y al verse en los brazos de un hom-
bre, al tropezar con sus miradas fascinantes y abrasadoras,
por un involuntario impulso de pudor se cubrió el rostro
con las manos, y trató de ponerse de pié.
Comprendió él su deseo, y se apresuró á satisfacerlo.
Lia le dió las gracias, y después de informarse muy minu-
ciosamente de los pormenores qu;* ignoraba y preguntarle
si estaba herido, le suplicó la acompañase ala estancia, por
que deseaba presentarlo á su familia.
— Gracias, hermosa niña; mil gracias, contestó él tris-
temente; y si de algún modo queréis recompensarme el
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CARAMURÚ.
oorto servicio que he tenido la suerte de haceros, guardad el
mas profundo silencio acerca de nuestra aventura.
— ¿Por qué? preguntó Lia sorprendida. *
— Por dos razones: la primera, porque os privarán en
adelante de salir sola; y la segunda, porque no me conviene
llamar aquí la atención de nadie.
— ¿Seríais acaso uno de esos valientes que andan er-
rantes y perseguidos por su noble amor al suelo que les
vió nacer?
— Tal vez, respondió el interpelado, sonriéndose del ca-
lor y entusiasmo con que se espresaba la jóven republicana.
— Pues entonces
—¿Qué?
—Veo que teneis razón; seguiré vuestro consejo.
— ¿Y no vendréis á verme alguna vez?
— ¿Por qué no? repuso Lia con afabilidad. Me habéis
salvado la vida, y no soy ingrata Ademas, el motivo
que os obliga á ocultaros es un título que os hace mas digno
de mi aprecio
Un relámpago de alegría iluminó el semblante varonil
y melancólico del proscripto.
— ¡Ah! esclamo; que no sea en esta, sino en otra parte
del rio. Este es un paraje muy peligroso, y no sé cómo os
habéis atrevido
— Me lo habían dicho, contestó Lia moviendo la cabeza;
pero lo olvidé distraída con la lectura.
Y dándose un golpecito en la frente, sacó del seno un
pequeño reloj del tamaño de medio duro embutido de per-
las, y añadió con el infantil candor y ligereza de una niña:
— Ya son las diez, y me estarán aguardando para al-
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CARAMURÚ.
61
morzar. . . .Con qué hasta mañana, ¿eh?. . . .No vaya á ve-
nir alguno y nos encuentre juntos.
El gaucho la acompañó en silencio, y cuando llegaron
á los últimos cañaverales, se detuvo y estrechó y besó la
mano que Lia le tendió con una sonrisa angelical y un
afectuoso:
— Adiós: hasta mañansf á las seis.
— ¡Adiós! respondió él, y siguió mirándola hasta que
se perdió de vista en el pequeño declive que formaba la cu-
chilla sobre que estaba edificada la casa de la Estancia.
— ¡Qué hermosa, qué ingénua, qué inocente es! decia
él al retirarse, mientras ella por su parte añadía:
— ¡Qué gallarda presencia y qué aspecto tan agradable
tiene! ¡Qué valiente es! ¡Cuánto me gusta! De buena
gana le trocaría por mi insulso conde ....
Y en verdad que no iba desacertada, porque Amaro,
pues no era otro el personaje que ha figurado en todo este
capítulo, aunque gaucho, valía- mil veces mas, física y mo-
ralmente, que el egregio y elegante D. Alvaro Abreu de
Itapeby.
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VI.
Amor virgen.
Esa noche por la vez primera de su vida huyó el sueno
de los párpados de Lia. Estraños pensamientos se levanta-
ban en su pecho; esperimentaba el desasosiego y la inquie-
tud fébril que se apoderan de nosotros cuando un objeto
nos preocupa fuertemente el ánimo. La imágen del des-
conocido la perseguía vagando en torno de ella: cerraba los
ojos para no verla, y la sentía aproximarse y resbalar como
un céfiro suave por sus sienes palpitantes
Recordaba su aspecto melancólico y lleno de majestad,
sus facciones varoniles, la espresion arrogante y avasalla-
dora de su mirada, la proscripción que pesaba sobre él, y
cada vez le encontraba mas interesante; cada vez su ardo-
rosa imaginación se empeñaba en rasgar con mas ánsia el
misterioso velo que le envolvía.
—¿Quién era? ¿Qué esperaba? ¿Cuáles serían sus pro-
yectos?
Hé aquí lo que ella se preguntaba mil veces sin hallar
una respuesta satisfactoria á sus dudas; hé aquí el enigma
que se proponía, sin acertar á descifrarlo.
Y era que Lia, sin saberlo, habia encontrado al hombre
11
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64
CARAMUIUl.
<le sus ensueños, al tipo que reflejaba sus delirios é ilusiones
de mujer; hombre antes que todo gallardo, intrépido, va-
liente, con aires de rey destronado, y perseguido por una
noble causa, ¿qué mas se necesitaba para insinuarse en el
corazón y. electrizar la fantasía de una tierna nina, entu-
siasta por las ideas democráticas, y harto propensa, como la
generalidad de las mujeres, á impresionarse por todo lo
que se presentaba á sus ojos con el irresistible prestigio de
una verdadera superioridad física y moral?
¿Qué estraño era esto? Su alma, como la cuerda de un
instrumento sonoro, que solo aguarda el arco que ha de
hacerla vibrar, estaba predispuesta de antemano á favor de
Amaro, y para comprenderlo solo esperaba una mirada suya
que encendiese el fuego que en ella se escondía, un acento
que sacudiese la fibras de su corazón, modulando suavemen-
te su nombre.
Y lo mismo le sucedía al proscripto: habiau nacido el
uno para el otro; su alma era una sola, que la Providencia
en sus juicios impenetrables había dividido en el cielo para
que volviesen á unirse en la tierra. Amaro no había amado
á mujer alguna antes de conocer á Lia.
Por eso cuando la vió en sus brazos, la primer idea que
se le ocurrió, el primer indomable y vehementísimo deseo
que le asaltó, fué llevársela al fondo de los bosques, y allí
de grado ó por fuerza, conquistar su cariño sin abusar de
su debilidad. Encerraba demasiado nobleza el alma del gau-
cho, y le conmovían demasiado los pocos años, la hermosu-
ra y la inocencia de Lia para cometer tal infamia.
¡ Ah, no lo acuséis por su conducta, al parecer tan poco
caballeresca! Vosotros, con vuestros hábitos é ideas euro-
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CARAMURÚ.
65
peas, difícilmente comprenderéis la primitiva espontaneidad
del hombre de los desiertos, cuya enérgica voluntad no se ha
plegado jamás á la de nadie ; al hombre que obedece ciega-
mente á sus instintos, y que marcha de frente al fin que se
propone, y se estrella contra los obstáculos ó los anonada,
sin buscar para ello estraviadas sendas ó largos rodeos, co-
mo hacemos nosotros los hijos de la civilización.
Fué necesaria toda la nobleza de que era susceptible
Amaro, y toda la juventud é inocencia de Lia, para que aquel
no se dejase arrebatar de su primer impulso. Acción sobre-
humana en el gaucho, y mucho mas en el montonero , acos-
tumbrado á imponer la ley á cuantos le rodeaban. Veamos
ahora si tuvo motivos para arrepentirse de su noble proceder.
A la mañana siguiente, Lia, fiel á su palabra, acudió á
la cita en el paraje convenido.
Aquella parte, como toda la márgen del rio, estaba cu-
bierta de árboles y de^un basto pajonal (1), que se estendia
á la derecha de un radio de cuatro mil varas.
Difícilmente se concebiría una localidad mas á propósito
para una discusión erótica, ó llámese de contrabando; al
través de los árboles se veia desde lejos á los que cruzaban
por los alrededores ó venían de la Estancia, los cuales nece-
sitaban trasponer la cuchilla, y en tanto el galan, la dama,
ó los dos juntos si asi les conviniese, podían resguardarse de
sus impertinentes miradas en el pajonal , aunque al entrar
buscasen refugio en sus pantorrillas ó brazos alguna araña
descomunal, mas negra que el hollín, algún alacrán, la-
garto, gato de monte, perro cimarrón , tábano venenoso,
[1] Yerba que crece hasta la altura de un hombre.
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CARAMURÚ.
t)6
hormiga idem, víbora de coral, ú otro inofensivo animalito
por el estilo, de tantos como Dios crió en la tierra americana
sin duda para que sus habitantes aprendan prácticamente la
historia natural.
Pero estos pequeños percances y otros que no mencio-
namos por no fastidiar al lector con digresiones inútiles, eran
flores para Amaro, como para el protagonista de cierta come-
dia los silbidos arrullos, y los vituperios alabanzas . Lo que
aquel buscaba era la seguridad de Lia, y que nadie pudiese
sorprenderlos. ¿Qué importaba lo demas?... El era quién ha-
bia de esconderse en el pajonal, y ya sabría precaverse de
las picaduras de los insectos y de las mordeduras de los cua-
drúpedos y reptiles.
Cuando Lia llegó, encontróle apoyado contra el tronco
de un tala, siguiendo con la vista la corriente de las crista-
linas aguas, y tan abismado en sus tristes pensamientos, que
no se apercibió de su aproximación.
— ¡Amigo mió!... dijo la jóven con timidez.
El gaucho alzó rápidamente la cabeza, y se descubrió,
preguntándola como había pasado la noche.
— No muy bien, contestó; me he desvelado pensando
en el yacaré . ¿Y vos?
Amaro se sonrió; pero guardó silencio.
— ¿No queréis contestarme? Bien, añadió Lia, inter-
pretando ásu favor la sonrisa del proscripto.
— Pues yo tampoco he dormido. . . .dijo este después
de un instante.
— Pensando en el yacaré t — Preguntó la jóven encen-
dida como una grana, temiendo y deseando que le respon-
diese lo que confusamente preveía.
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CAIUMURÚ.
67
— No: en un ángel que Dios me enviaba para librarme
de la muerte.
Al pronunciar Amaro estas palabras, clavaba sus cen-
telleantes ojos en los de Lia que inclinaba los suyos teñida
la frente de púdico rubor y sin poder soportar la fulgurante
radiación de su mirada.
Los dos bajo la impresión de una misma agradable
idea, permanecieron en silencio algunos minutos. Por fin
Lia se atrevió á romperle: su corazón latía con violencia.
— Amigo mió, le dijo con un timbre de voz que reve-
laba su profunda emoción, ¿podré saber á quien tengo la
dicha de deberle la vida?
Amaro la miró enternecido.
¡Ah! os interesáis por el desventurado proscripto, escla-
mó: tal vez cuando sepáis su nombre os cause horror. . . .
— No: ¿por qué?. . . .
— Porque mis enemigos, mis cobardes enemigos me
han calumniado atribuyéndome los crímenes mas atroces...
¡Villanos! . . . ¿No habéis oido nunca hablar de un indio, de
un mestizo ó mulato, renegado de nuestra santa religión,
que tala los campos, incendia los pueblos, pasa á cuchillo á
los prisioneros, no respeta el pudor de las mujeres, y hasta
se atreve á profanar los templos y á poner sus impías manos
en los ungidos del Señor?
— Pero por Dios, ¿quién sois? tornó á preguntar la jó-
ven con doble interés y” curiosidad.
— ¿Me juráis no huir de mí cuando os lo diga?
—¡Si!
El gaucho se acercó á ella, giró la vista en torno suyo,
y casi al oido, con voz apagada, murmuró:
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68 CARAMURÚ.
— Me llamo Amaro, y los intrusos me apellidan....
¡Satanás! . . .
/ Caramurúl l ! esclamó Lia con un grito de sorpresa,
que Amaro creyó producido por el espanto; pero su recelo se
desvaneció al punto, al ver la inefable delectación que bañó
el rostro de la jóven.
Lia, ébria de gozo, le miraba de arriba abajo con avi-
déz, como si dudase de lo que veia. Aquel hombre vivía en
su imaginación hacía tiempo, y le profesaba ella ese afecto
vago y misterioso que suelen inspirar los génios á sus ad-
miradores.
Amaro, no sabiendo á que atribuir aquel escrupuloso
exámen, dijo sonriéndose.
— Sin duda, con los rumores que circulan acerca de mí
estaríais persuadida que era un demonio en figura de hom-
bre.
— Al contrario, muchas veces al oír hablar de vos me
formé una idea que la realidad confirma, y me admiro úni-
camente de no haberos conocido desde el principio. . . .
—¿Y ahora tendré derecho á preguntaros vuestro nom-
bre? añadió el gaucho.
—Me llamo Lia, contestó ella, callando intencional-
mente su apellido. Presentía que Amaro iba en breve á ser
dueño de su corazón, y no quería que llegase á saber que
estaba comprometida, y que este corazón tan puro y virginal
ya no le pertenecía.
Un nuevo horizonte de felicidad se descorría ante sus
ojos, y fuese admiración, entusiasmo, gratitud ó amor, el
deseo de conquistar su aprecio y cariño se despertaba en su
alma, vehemente é irresistible. Hasta entonces habia visto,
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CARAMURÚ.
(59
sin comprenderlas, las miradas abrasadoras de los hombres,
y escuchado sus alabanzas con la mas completa indiferencia.
Ahora las tiernas miradas del proscripto la llenaban de una
dulce agitación, y sus lisonjeras palabras dilataban su pecho
y henchían su alma de placer.
Labora de separarse llegó pronto, mas pronto délo
que ellos desearan.
Para los dichosos, el tiempo no corre, sino que vuela,
Amaro estrechó .dulcemente la mano de Lia, y creyendo
inútil encargarle la mayor reserva sobre el secreto que
acababa de confiar á su amor, se contentó con rogarla que
no faltase al dia siguiente.
— -No, no faltaré, contesto ella, retirando la mano que
su libertador se olvidaba de soltar.
Amaro tomó el camino de la selva y ella el de la Estan-
cia; pero á los pocos pasos volvieron ambos á un tiempo la
cabeza, y se saludaron con la sonrisa en los lábios, casuali-
dad que se verificó mas de una vez, y que solo se esplica
por ese magnetismo, ó sea doble vista del amor, que adivina
los movimientos é ideas de la persona amada aun cuando
estén separados por largas distancias.
— Ella me amará, se dijo Amaro al sorprender una de
aquellas miradas furtivas de la hermosa, que se alejaba repi-
tiéndose llena de rubor y orgullo:
— ¡El me ama!. . .
Lia, con el instinto propio de las mujeres, había cono-
cido, á pesar de su inesperiencia, lo que su futuro amante no
había hecho mas que vislumbrar. El vacilaba apelando al
porvenir: ella media de una ojeada el tesoro de pasión que
escondía el pecho del proscripto ,y se decía apoderándose de él:
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70
CARAMUUÚ.
— ¡Ya es mió!
De este modo continuaron viéndose por espacio de tres
semanas: al cabo de este tiempo Amaro declaró su amor á
Lia, y oyó de sus lábios la ingénua confesión de que era
correspondido, y que antes de conocerle por ningún hom-
bre habia sentido lo que por él.
Entonces mediaron esplicaciones muy dolorosas para
ambos. Lia le declaró, firme en su plan de ocultar la ver-
dad, que era hija de un comerciante de Guadalupe (1); y
como él, al saber que era amado, le manifestase su inten-
ción de ir á verle para pedirla en matrimonio, la pobre niña,
arrepintiéndose demasiado tarde de su mentira, pensó des-
cubrir la verdad para disuadirle de su intento.
— Has de saber, le dijo bañada en llanto, que mi padre
ha empeñado su palabra de honor y ha ofrecido mi mano á
otro hombre ....
— ¡Dime su nombre, su nombre! . . . .repitió el gaucho
con reconcentrada ira.
Lia leyó en sus ojos la sentencia de muerte del desgra-
ciado cuyo nombre pronuncié rail sus lábios.
— Es un primo mió, contestó fríamente, y harías muy
mal en matarle, porque yo no le quiero.
— Pero te casarás ó te casarán con él, continuó Amaro
en el mismo tono.
¡Jamás! . . . .¡Tuya, ó de Dios! replicó Lia con un
acento tan veráz y arrojándole una mirada tan llena de ter-
nura y sublime resignación, que su amante no pudo menos
de creerla.
(1) Villa cabeza del Dep.irtainer.1o de Canelonae.
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CARAMURÚ.
71
Otros quince dias trascurrieron, como quince minutos.
Lia guardó su secreto, y Amaro, empeñado en dar cima á
sus planes de preparar una sublevación general en el De-
partamento, lo esperó todo del porvenir y del sincero afecto
de su amada. Sus ilusiones no debían durar mucho.
Una mañana se presentó Lia llorosa y abatida: la tarde
anterior había recibido una carta de su padre en que le
anunciaba que estaría en la Estancia dentro de cuatro dias,
para llevársela á Montevideo, ya que felizmente se hallaba
restablecida del todo. Y no era esto lo peor, sino que ana-
dia 4 renglón seguido que D. Alvaro, el odioso conde, había
vuelto de Rio Janeiro y tendría el gusto de acompañarle,
junto con su madre, que solo por esta circunstancia había
podido resolverse á salir de la capital.
Lia estrujó la carta entre sus manos, la rasgó en mil
pedazos, y maldijo la hora y el momento en que se habia
tomado aquella resolución.
— ¿Qué tienes, alma mia? le dijo tiernamente Amaro
al verla tan triste.
—¡Ay! ha llegado el momento de separarnos, respondió
ella deshaciéndose en lágrimas.
—¿Separarnos?. . . .¡Jamás! replicó su amante con fie-
reza; ¿quién, quién en el mundo puede separarnos?
— Mi padre, que vendrá dentro de cuatro dias.
— ¡Ah, tu padre!. . . .
El proscripto inclinó la cabeza sobre el pecho como
abrumado por el tropel de ideas que afluían en torbellino á
su mente. Los rizos de su larga cabellera, agitados por el
viento de la mañana, ondeaban sobre su rostro como un
espeso velo que recatase su mortal angustia, mientras ella
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72
CARAMURÚ.
con palabras entrecortadas por el llanto, procuraba en vano
disipar su pena.
— ¡Amor mió! le decía, créeme por lo que mas ames
en la tierra. . . .ni nada ni nadie me harán ser infiel á mis
juramentos. . . .Mi corazón, mi vida, mi alma son tuyos. . . .
y antes que pertenecer á otro, dejaría de existir ¡Sin tí
nada quiero. . . .ni la gloria eterna!
Amaro, al oirla, se estremeció, semejante áun corcel
guerrero cuando escucha el estrépito de los tambores, ata-
bales y clarines que dan la señal de acometer, y alzando
rápidamente la cabeza, se echó atras con ambas manos sus
ondeantes cabellos, y esclamó:
— Lia, ¿me amas?
— ¿Si te amo?. . . . ¡No! .... ¡Te adoro, te idolatro! con-
testó ella con toda la vehemencia y pasión de que es sus-
ceptible una mujer locamente enamorada.
—Pues si me amas, añadió él acentuando las palabras,
¡es preciso que lo abandones todo por mí!
— Te seguiré, respondió la inesperta niña sin saber lo
que decía; pero apercibiéndose al punto de la gravedad de
su compromiso, añadió sollozando:
— ¡Ah! ¡no puedo. . . .no puedo, no! . . . .Mi padre. . . .
mi pobre padre se moriría de pena!
— Tienes razón, contestó fríamente el gaucho en ade-
man de retirarse, y enternecido á su pesar por las lágrimas
de Lia; tienes razón. Al fin yo no soy otra cosa que un
despreciable gaucho sin Dios ni ley , como decís vosotros los
de la ciudad, y tu éres rica, hermosa y de elevada cuna. . . .
¡Conmigo serías muy desgraciada! ¿Qué podría yo brin-
darte en cambio de la felicidad que me sacrificarías?. . . .
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CARAMURÚ.
73
¡Nada! Nada, Lia; solo un nombre infamado, y la mise-
ria, los azares, los contratiempos y penalidades de mi bor-
rascosa existencia. . . . ¡Adiós! ¡El te haga tan dichosa como
yo deseo! Si alguna vez oyes decir que he muerto, no
derrames ni una lágrima por mi memoria. Olvida para
siempre al desventurado proscripto. ¡Adiós!
— ¡No, no te irás! esclamó Lia asegurándole de un
brazo.
Amaro volvió el rostro, y entones Lia pudo notar dos
gruesas lágrimas que rodaban á lo largo de sus mejillas.
Aquel hombre terrible, á quien llamaban sus enemigos
Satanás, acaso por la vez primera sentía humedecidos sus
ojos por el llanto.
— ¡Adiós! tornó á repetir, insensible á los rul^gos de su
amante.
— Te seguiré, ingrato; te seguiré .... haré lo que
quieras, dijo Lia estrechándole ciega entre sus brazos.
— Reflexiónalo bien.
— La infamia, el deshonor, la misma muerte, ¡todo lo
acepto por tí !
Los lábios del gaucho estamparon el primer beso en la
púdica frente de su amada.
— No : de hoy en adelante, eres mi esposa; no faltará
quien bendiga nuestro enlace: yo conquistaré gloria y
riquezas para tí. Algún dia se ha de eclipsar la negra
estrella que me persigue : entre tanto el desierto es grande,
y en él encontrarás siempre una choza donde guarecerte y
servidores fieles que te acaten como á su reina. ¿Ves ese
dilatado bosque que se pierde de vista, donde nadie se
atreve á penetrar temiendo á las fieras que en él se escon-
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74
CARAMURÚ.
den? Pues allí, allí hay mas de cuatrocientos montoneros ,
que solo esperan una palabra mía para alzar el estandarte
de la rebelión en este punto ; pero todavía no ha sonado la
hora de recomenzar la lucha. . . . Somos muy pocos, y no
tenemos ni armas, ni pólvora, ni balas Allí vivirás has-
ta que caiga el odiado pendón portugués de los muros de
Paysandii, y ondee en su lugar la bandera azul y blanca.
Una vez resuelta Lia, concertaron el modo de llevar á
cabo su evasión, la cual no podía verificarse sino de noche,
porque antes de llegar al bosque tenian que atravesar un
gran trecho ocupado por los rebaños de la Estancia, y
podían ser detenidos ó vistos por los peones que los guarda-
ban; y á Amaro en aquella circunstancia le interesaba,
como había indicado antes, no despertar la mas leve sospe-
cha, y mucho menos dar márgen con una imprudencia
semejante á que entrasen en la selva buscando á Lia y des-
cubriesen á sus amigos.
Convinieron, pues, en que ella ganaría al esclavo que
cuidaba de las puertas, para que cerrase una en falso á fin
de que pudiese salir á media noche, al oir la señal acordada
que era el canto del Aguará , y aplazaron su ejecución para
dos dias después.
Pero no bien se separó Lia de Amaro, no bien la fria
calma de la reflexión sucedió al vértigo fébril de las pa-
siones, y se vió libre de la avallasadora é incontrastable
fascinación que aquel hombre ejercía en todo su ser, Lia
retrocedió ante las consecuencias de su estravío, se arrepin-
tió de su debilidad, recordó enternecida la desesperación de
su buen padre que tanto la quería, y después de una obsti-
nada lucha entre su amor y su deber, en la que triunfó por
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CARAMUKÚ.
75
fin éste, se propuso engañar á su amante con plausibles
pretestos hasta la llegada de D. Cárlos. . . .
Hemos visto en el capítulo primero cómo la agreste
impetuosidad del gaucho desbarató sus planes, y cómo, á
pesar de sus buenos deseos, á pesar de su heróica resisten-
cia hasta el último momento, filé robada de la Estancia de
su tia y conducida ¿donde? el título del siguiente
capítulo os lo está diciendo.
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La guarida de Amaro.
El brillante lucero precursor de la mañana, como la pri-
mera centella de un volcan que ilumina la cúspide de la
montaña que le sirve de base, trepaba de cuchilla en cuchilla ,
dejando en pos de sí un rastro luminoso, cuando Lia y su
raptor penetraban en el bosque.
El fresco ambiente de la noche y el rápido movimiento
del caballo despertaron á la hermosa de su letargo. Los lati-
dos de su corazón se confundían con los de su amante, y mas
de una vefc los cabellos de este, flotando á merced del viento,
rozaban sus mejillas y garganta.
Amaro la llamaba por su nombre, la estrechaba contra
su pecho, y prodigándole las mas tiernas espresiones de
cariño, procuraba hacerla volver en sí. ¡Empeño inútil!
Lia, aunque despierta, permanecía con los ojos cerrados
sin responder á sus apasionadas palabras.
Encontrábase en una de esas mil situaciones en que
la razón es impotente para hacernos superiores al senti-
miento que nos domina, por mas que pretendamos vencer-
lo, conociendo el perjuicio y los males que va á ocasionar-
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78
CARAMURÚ.
nos. Lia, arrancada violentamente de su hogar, obligada
contra su voluntad á sellar con el baldón de la infamia las
venerables canas de su padre, hubiera deseado tener la en-
tereza suficiente para bechar en cara á Amaro su desleal
proceder, y rogarle que la dejase libre ó la matase, pues
prefería la muerte á envenenar la existencia del autor de
sus dias, y esponerle ademas á la venganza de D. Alvaro, y
acaso., acaso verse luego abandonada por el mismo que des-
hojaría la flor de su honestidad en cuanto quisiera, porque
ella, inesperta y candorosa niña, que le amaba con todas
las fuerzas de su alma, ni sabría ni podría resistirle; pero
una voz mas fuerte se levantaba de su pecho en favor del
proscripto.
— El te ama, le decía; él te adora; su conducta es hija
de su violenta pasión, de los celos y de la certidumbre de
perderte. Confía en su palabra: no será tan vil que abuse
de tu debilidad y de tus pocos años. Serás su esposa, no
su concubina, y cuando luzcan dias mejores, tu padre que
tanto te quiere, te perdonará el haberte unido sin su con-
sentimiento al primero de los libertadores de su ^fctria.
Así raciocinaba Lia, sujeta ya á la fascinadora influen-
cia de su raptor, cuyas dulces protestas escuchaba en tanto
con el mismo embeleso que Eva las palabras de la serpien-
te. ¡Ay! ¡Es tan difícil á una mujer amante y amada no
perdonar los arrebatos que su beldad inspira! ¡Es tan di-
fícil en los primeros albores de la vida, cuando la felicidad
nos ha sonreído desde la cuna, no verlo todo al través de un
prisma encantador!
¿Cómo comprenderá un alma virgen, que no ha bebido
áun en la amarga copa de la esperiencia, que tras ese cielo
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CAHAMUIíÚ.
79
Je purísimo azul, que admiran sus ojos, se oculta la tem-
pestad y el rayo? ¿Cómo querrá creer que las aves de
rapiña, ó aleves cazadores, acechan á esos hermosos é
inofensivos pajarillos, que, saltando de rama en rama, la
encantan con sus gorjeos? ¿Cómo le asaltará la idea de
que bajo ese manto de verdura que cubre el suelo bordado
de mil flores, á cual mas bella y fragante, se arrastran
ponzoñosos reptiles é inmundos insectos, que se nutren y
forman su veneno de ellas? ¿Cómo se imajinará, en fin,
que el caudaloso rio, que corre impetuoso á confundirse con
el mar, agotado por los ardores del estío, se convertirá en
fétido pantano?
Los fugaces temores de Lia se desvanecieron, y si no
la alegría, la confianza volvió á su pecho. Si algún triste
recuerdo involuntario, si alguna idea fatigosa, si algún
fatal presentimiento venían á intérvalos á preocupar su
espíritu, ante la radiante llama de su amor, recuerdos tris-
tes, ideas penosas, fatales presentimientos, depurábanse
variando de forma y de color, como varían de forma y de
color en eklaboratorio de un alquimista varios fragmentos
de metal, reducidos al estado de fusión, y trocados en una
sola masa compacta y brillante.
La marcha mas lenta del caballo, que en breve caminó
al paso, y el ruido de las ramas, indicaron á Lia que entra-
ban en el bosque.
No había en él senda algmna: el corcel, guiado por el
instinto, se habría camino por entre los arbustos, enredade-
ras y plantas parásitas que ligan unos árboles con otros, y
forman un muro de verdura bastante espeso para que no se
disting’au dos personas á una vara de distancia.
13
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80
CARAMÜltÚ.
A medida que adelantaban, la selva se hacía mas
impenetrable, el qaballo retrocedía frecuentemente; tomaba
á la derecha, luego á la izquierda, metía la cabeza entre los
matorrales, husmeaba la yerb&, y así, variando A cada
momento de dirección, anduvo como dos leguas, hasta que
llegó A una espacie de pradera en medio del bosque, forma-
da recientemente por el incendio de los Arboles y de la
maleza, cuyas cenizas cubrían todavía el suelo corno una
capa de menuda arena.
El caballo tomó el trote lleno de alegría, y Amaro
respiró tranquilo. Hasta entonces el sobresalto de tropezar
con alguna de las muchas fieras que también tenian allí su
guarida, le habían hecho temblar mas de una vez, no por
él, sino por su compañera, que ignorante del riesgo tyue
corría, continuaba con los ojos cerrados, como si estuviese
desmayada.
Un prolongado y confuso alarido, tan lúgubre como
espantoso, resonó A lo lejos, semejante al estruendo de una
jigantesca mole que se desploma de una montaña, rodando
de roca en roca, y rompiéndose en pedazos al chocar contra
ellas. Diríase, enmedio de la soledad y pavoroso silencio
que allí reinaba, que se había abierto la tierra, y los demo-
nios, presididos por Satanás* acudían en tropel á celebrar
algún diabólico festín.
Mil voces, ó mas bien ahullidos distintos, formaban
una algarabía verdaderamente infernal. Lia, trémula y
azorada, se abrazó fuertemente al cuello de su amante, en-
comendándose á todos los santos del cielo.
Amaro se sonrió, y tomando el galope, la dijo:
— No te asustes, ángel mió; son los mastines de mis
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CARAMURÚ.
81
montoneros que me han sentido, .ya están aquí; míralos.. .
Un centenar de perros, la mayor parte barcinos, y
algunos casi tan grandes como los de Terranova, aunque
mas flacos y desnudos del abundante vellón que adorna
á aquellos, salian á su encuentro ahullando y ladrando á
la vez.
Silbó el gaucho tres veces, llamó á algunos por su
nombre, y reconociéndole ellos, cesó al punto su atronador
clamoreo, y se le acercaron en tumulto meneando la cola y
dando saltos de alegría.
— ¡Míralos, alma mia, añadió Amaro riendo del pueril
temor de Lia, que temblaba como una hoja ; míralos qué
bonitos son!
— Serán muy bonitos, pero me dan miedo, contestó
ella sin volver la cabeza y siempre abrazada á su cuello.
En efecto, aquellos animales, aunque domesticados,
ademas de ser muy feos, tienen algo de selvático y feroz
que impone, debido sin duda al oficio que desempeñan
cerca de sus amos. Son sus guardadores, sus centinelas
de noche y de dia : sin su auxilio sería imposible vivir en
nuestros bosques. Al menor descuido, los salvajes, un
tigre ú otro animal cualquiera sorprenderían al que osase
internarse en ellos. No así cuando una buena trahilla
defiende la localidad que ocupan los que por su oficio,
como los leñadores, ó por necesidad, como los que andan
ocultos, escojen para fijar su residencia á veces por largos
años.
A los ladridos de los perros salieron de sus ranchos
unos cuatrocientos gauchos blancos, negros, indios y mes-
tizos, acompañados de algunas mujeres.
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82
GAKAMURÚ.
Eran los montoneros de Amaro, los emigrados de Ta-
«
euarembó y Salto.
La mayor parte estaban casi desnudos: apenas un
chiripá de jerga ó un raido vichará (1) cubría sus miembros
ennegrecidos por el sol y por la pólvora ; pero en su porte
altivo, en su arrogante mirada, en la satisfacción que
demostraban al inclinarse delante de su jefe, se conocía
que eran voluntarios y que soportaban con gusto las pena-
lidades y la miseria á trueque de alcanzar con su constan-
cia mas tarde ó mas temprano el prémio de sus afanes, el
triunfo de la noble causa que defendían con tanto arrojo
como tenacidad.
Lia contemplaba con asombro aquellos rostros varo-
niles, tostados por el sol y por los cierzos, aquellas miradas
fijas é imponentes, aquellas crinadas cabelleras, aquellas
anchas espaldas y levantados pechos, señalados algunos por
el sable y las balas de los iberos y lusitanos, ó por las flechas
y las lanzas de los infieles, y se admiraba interiormente
del respeto y del gozo con que recibían á sq amante.
Mucho debía valer este, en muy alto concepto de esforzado
debían tenerle, muy grande, muy Jejítima y digna debía
ser su fema, para que tales hombres reconociesen su supe-
rioridad, le prestasen obediencia r abandonasen sus hogares
por seguirle, y aceptasen la proscripción, el esterminio que
pesaba sobre los que militaban bajo las banderas de los
montoneros.
Amaro se apeó, entregó el caballo al que estaba mas-
inmediato, atravesó en silencio por medio de ellos, y se
( I ) Poncho de laua fabricado en el país.
¡gitized hy*
«¡Googlc
CAIUMUIUI.
83
dirijió coa su amada á un 1 rancho que quedaba en el centro
y que sobresalía entre los cuarenta ó cincuenta que forma-
ban aquella errante colonia, como descuella el camalote (1)
entre las algas y plantas marinas que las corrientes y
remolinos arrancan del*?bndo de un rio.
Este rancho estaba adornado con todo el lujo que el
desierto permitía, y sin embargo, no había allí nada que
recordase á la elegante monte vidiana la esplendidéz de la
casa paterna. Las paredes eran de barro y cañas; el techo
de forma angular, de una paja larga y compacta, llamada
totora : la puerta se componía del cuero seco dé un novillo.
No cubrían el suelo ricos tapices de Persia, sino frescas
hojas de laurel, yerba mora y salsa freís entremezcladas con
el aromático trébol y la odorosa gramilla. En vez de cua-
dros, flores silvestres colocadas en toscos jarrones de tierra.
Un grueso tronco, cubierto con la piel de un leopardo y
servia de mesa; el de una palmera de sofá, y otros menores
de butacas, todos resguardados por magníficas y variadas
pieles. En fin, una preciosa hamaca, tejida con las plumas
de las aves mas estimadas por su brillo y hermoso colorido,
arrollada y pendiente á falta de clavos, de la cornamenta de
un venado, ofrecía un cómodo lecho al que quisiera esten-
derla de una pared á otro para descansar en ella.
Lia inventarió de una ojeada el menaje de su nueva
habitación, y fuese por la novedad, ó bien por que su ima-
ginación revistiese con un barniz de magnificencia la
poética sencillez de aquella morada, no hizo gesto alguno
(1) Islas flotantes, formadas de los árboles y plantas que en sus grandes
crecientes llevan tras eí los ríos al retirarse. El Paraná ofrece muy á menudo
este fenómeno.
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CAIiAMUkÚ.
por el cual se pudiese inferir que algo la desagradaba;
pero cuando notó, encima de lo que llamaremos mesa,
varios libros, un costurero pequeño,. un escritorio, un estu-
che para la boca y otros utensilios de señora, comprados
• én Paisandú por Amaro, se sintió agradablemente con-
movida por esta delicada previsión de su amante, y le
dió las gracias con una de esas miradas que solo pueden
lanzar los ojos de una mujer bella y enamorada.
— Lia, ahora que nadie puede separarnos, dijo su
amante, aprovechando la favorable disposición de ánimo
en que se encontraba ella, quiero no disculparme, sino pe-
dirte perdón por mi brutal arrebato.
La jóven no contestó.
— Si, perdóname, mi encanto, porque solo el amor, el
ardiente j ciego amor que te profeso, pudo prestarme fuer-
zas para amenazarte de ese modo. ¿Crees tú, por ventura,
que si me hubieras dicho no, amándote, como te amo, án-
gel mió, crees tú que hubiera sido capaz de asesinarte?
— ¡Quién sabe! murmuró Lia: antes me habías dicho
que quisiéras verme primero muerta que eh brazos de otro.
— Pero. . . .considera. . . .
— No, Amaro; has sido injusto; has dudado de mí: no
me has creído bastante fuerte para resistir á la voluntad de
mis padres, y por eso. . . .
— ¡No! esclamó él interrumpiéndola: me habías empe-
ñado solemnemente tu palabra y creí, acostumbrado como
estoy á que nadie me fiilte nunca á ella, creí que tenia ya
sobre tí los derechos de un esposo.
— ¿Qué dices? preguntó Lia palideciendo.
Amaro la vio apoyarse sobre la mesa, y notó la palidez
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CARAMURÚ.
85
que oscurecía el carmín de sus mejillas. Comprendió el
alcance de la frase que acababa de soltar, y como la había
dicho sin segunda intención, procuró enmendar su falta,
añadiendo con veráz y rendido acento:
— Ahora y siempre haré lo que tú quieras. Manda,
dispone, ordena . . . .pídeme hasta la vida, y me atravesaré
el pecho á tus pies por oirte decir: — «¡Estoy contenta!»
Tan apasionada protesta, pronunciada con la vehe-
mencia de un amante que anhela justificarse, bastó para
que la bella ofendida le absolviese generosamente de su an-
terior indiscreta alusión.
— Te perdono, Amaro, y acepto con gusto el porvenir,
bueno ó adverso, que á tu lado me reserve el destino. . Solo
espero de tu lealtad que un sacerdote bendiga nuestra
unión.
— Será mañana mismo si quieres
— ¿Dónde?
— Aquí.
— ¡Ah, no! repuso Lia como recelosa y turbada por la
precipitación de su amante; es preciso que sea en una ciu-
dad, en un pueblo, en un paraje donde todos lo sepan y
llegue á noticia de mi familia.
— Procuraré complacerte, respondió el gaucho va-
cilando.
— Empéñame tu palabra de honor, júrame que así lo
harás, añadió Lia llena de angustia.
Amaro, haciendo un penoso esfuerzo, contestó cón voz
pausada y grave:
— ¡Te lo juro!. . . .
Y sin aguardar respuesta, cubrióse el rostro con el
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CAiUMURÚ.
poncho, y salió del rancho para devorar sin testigos su
aguda pena.
Imaginábase el desgraciado que Lia no le amaba, ó si
le amaba era muy tibiamente, cuando desconfiaba de él y se
empeñaba con sus pueriles temores én levantar una barrera
que en largo tiempo no podría él salvar, y acaso moriría
antes de conseguirlo.
Juzgando á Lia por sus propias ideas, con su despreo-
cupación y soberano desprecio á la opinión agena, no
alcanzaba á comprender sus fundados escrúpulos.
— Si me amase, se decía, todo lo olvidaría por mí, me
lo sacrificaría todo. Yo sería para ella cuanto existe en el
mundo ....
Dominado por este pensamiento, resolvió inquirir si
eran ciertas ó no sus dudas, y para ello, aprovechando la
circunstancia de tener que ir á Paysandú con el objeto de
solicitar de Abreu algunos fondos, se valió de un ardid, al
que muchas veces apelan los amantes que desean espe-
rimentar la constancia de su adorada; fingiéndose indife-
rentes, y alejándose de ellas el tiempo necesario para poner
á prueba su fidelidad. La ausencia es la piedra de toque
de los enamorados.
Esa misma tarde pasó á su antigua morada, convertida
ahora en retrete de Lia, y después de informarse si había
descansado y si necesitaba algo, le insinuó que se veia
obligado á ausentarse por algunos dias.
— Asi estarás mas tranquila, añadió, observando con
encubierta avidéz la impresión que sus palabras producían
en su amante; conviene, por ahora, que estemos juntos lo
menos posible. . . .
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CARAMURÜ.
87
— ¿Y á donde vas? preguntó ella con voz trémula y
húmedos los ojos por dos lágrimas, que, a pesar de sus
esfuerzos para contenerlas, enturbiaban el claro resplandor
de su mirada, pugnando por escaparse de sus párpados.
¿A dónde vas?
— ¡Lejos, muy lejos! replicó Amaro.
. — ¡Por Dios, vuelve pronto, pronto! y sobre todo,
amor mió, no espongas tu vida, no vayas á desafiar los pe-
ligros únicamente por el placer de aumentar tu fama. .¡Ah!
Si acaso soy yo la causa de esa resolución, perdóname el mal
que involuntariamente he podido ocasionarte, y no medejes,
Amaro mió, no me dejes, .quédate aquí yo te exinjo. .
Iba á decir de tu juramento ; pero la voz espiró en su
garganta, y ardientes lágrimas empaparon su rostro.
Amaro empezaba á enternecerse, y como no quería
variar de resolución, manifestóla en pocas palabras que un
asunto indispensable le llamaba á Paysandú; pero que vol-
vería tan pronto como lo evacuase.
Había pensado, en efecto, ver al Sr. de Itapeby y pe-
dirle prestado algún dinero para proveer de armas y vestua-
rio á sus montoneros. Su mala estrella quiso que, al pasar
por la pulpería, oyese las palabras del enchalecador , el cual,
estando en relaciones con una mestiza de la Estáncia, se ha-
llaba oculto entre unos cardales la noche del rapto, y le ha-
bía conocido cuando cruzó á escape con Lia dirigiéndose al
bosque.
Sobre el resultado que esto produjo, y lo que después
acaeció en casa del comerciante, escusamos insistir habién-
dolo consignado detenidamente en los capítulos segundo y
tercero.
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88
CA.RAMURÚ.
A ellos remitiremos al lector olvidadizo, suplicándole
recuerde el pacto y las condiciones del gaucho y la formal
promesa de Abreu de darle los cien mil patacones de la
apuesta siempre que le trajese un parejero capaz de vencer
al renombrado Atabualpa.
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VIII.
El Tubichá.
No há muchos años existía en nuestro pais una esforza-
da tribu, aunque pequeña, la mas belicósa é indómita del
Plata, y acaso de toda la América, inclusos los célebres
araucanos.
Esta tribu era la de los charrúas , quienes figuran en
primera línea desde los primeros tiempos de la conquista, y
han vertido ellos solos mas sangre Ybera que los ejércitos
de los Incas y Motezuma, si hemos de creer á Azara.
Por espacio de tres siglos disputaron palmo h palmo su
territorio á los españoles y á sus descendientes, combatiendo
con indomable constancia hasta hundirse en la tumba.
Su lucha empezó con Solis, á quién devoraron en una
isla frente á la Colonia (1515), y concluyó en el primer ter-
cio de este siglo (1833), siendo esterminados en una celada
por el general Rivera, en las cabeceras del Cuarehim y del
Ibirapitdmini.
Encerrados en la confluencia de los dos ríos, es fama
que no escaparon veinte individuos, y que fueron inmola-
dos sin piedad hombres, niños y mujeres.
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CARAMUKÚ.
Sus depredaciones, el estado de continua alarma en
que tenían á la campaña, á pesar de su reducido número,
pues no lleg*aban á mil; su atroz perfidia con D. Bernabé
Rivera, hermano del general, jóven de altas esperanzas, á
quien asesinaron con su comitiva, y otros muchos atenta-
dos, hicieron necesaria esta medida, inicua si se quiere,
pero disculpable hasta cierto punto, tratándose de unos
hombres tan crueles y tan pérfidos como los charrúas .
Su carácter dominante era un óaio profundo contra los
cristianos, cualquiera que fuese su procedencia, lo mismo
á los españoles que á sus descendientes; pero obligados
á defenderse también de otras parcialidades con quiénes
estaban en perpétua guerra, solían entablar con los prime-
ros negociaciones de paz, que rompían con insigne mala fé
en cuanto pasaba el peligro.
Sus aduares eran el refugio de todos, los que por sus
delitos, ó por huir de la esclavitud, vagaban por los bos-
ques. El que quería ingresar en su tribu se presentaba al
Tubichd , esto es, al jefe superior, al cacique de los caciques,
acompañado de algún truchimán que le servia de padrino,
y esponía en breves razones el motivo por el cual andaba
errante, y su firme intención de separarse para siempre de
los perversos y traidores cristianos , y consagrarse en cuerpo y
alma al servicio de la gbnte mas valerosa , mas valiente é ilustre
que existía debajo de las estrellas.
El cacique convocaba á los ancianos y les proponía la
admisión del catecúmeno, el cual, si tenía la desgracia de
ser rechazado por ellos, considerándole sospechoso ó espía,
era degollado en el acto junto con su acompañante.
Una vez admitido en la tribu, renegaba de su religión
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CAllAMURÚ.
91
y adoptaba el traje, los ritos y las costumbres de los salvajes;
se le daba otro nombre, y por via de ensayo se le sometía á
distintas pruebas, de las que no siempre salía victorioso.
Algunos de estos aventureros, dotados de una inteli-
gencia muy superior á la de los indios, y de un temple de
1 alma á propósito para granjearse su aprecio halagando sus
ruines instintos, secundando sus p’anes de esterminio y van-
dalismo, y escediéndoles en ferocidad si era posible, al cabo
de algunos años adquirían tal prestigio y consideración en-
tre ellos que los capitanejos (1) los elejían para el mando
supremo á la muerte del Tubichá.
En la época que abraza nuestra historia, un mulato li-
berto mandada la tribu de los charrúas .
Escapado dé la Estáncia en que trabajaba, sita en la
campaña de Tucuman (2), por el asesinato del capataz,
ideado y dirigido por él en unión con varios esclavos, á fin
de apoderarse de una crecida suma de dinero, producto de la
venta de cincuenta mil cueros, emigró á la Banda Oriental
con sus cómplices, para de allí trasladarse al Brasil, donde
esperában gozar impunemente el fruto de su crimen.
Sorprendidos al atravesar el Y aguaron por una partida
de facinerosos, se resistieron á entregarles la ropa y las ar-
mas que aquellos les exijian, y los que no murieron pe-
leando, se refujiaron á un monte inmediato, donde estaban
acampados los charrúas .
Presos y conducidos á presencia del Tubichá , llevóse
éste syi hablar la mano abierta á la garganta, indicando
que los degollasen.
[1] Caciques inferióle y.
[2J Provincia de la Confederación argentina.
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CAl&AMUKÚ.
Había entre las concubinas del cacique una Zamba (1),
su favorita á la sazón, que conocía al mulato por haber te-
nido relaciones amorosas con él en una de las Estáncias
próximas á la suya, ante3 de caer prisionera con sus amos,
viniendo de viaje para San C cirios.
Conocióle al pasar por delante de su tienda, y ordenan-
do á los que le conducían que se detuviesen corrió al Tubi-
chd , bañada en llanto, y le rogó que le perdonase, porque
era su hermano.
Creyóla cándidamente el buen indio, y accedió á su
deseo con las condiciones antedichas. Alentada ella, quiso
salvar igualmente á los demas; pero no pudo conseguirlo.
El mulato que era de perversa índole, audaz, desalma-
do, y que no carecía de talento, adquirió en breve inmensa
popularidad entre los salvajes, y cuando se creyó con bas-
tante prestijio para disputar el poder á los afamados capita-
nejos, de acuerdo con su antigua querida, al retirarse de
una malocca (2), en la que fueron rechazados con pérdidas
considerables y perseguidos por algunas leguas, en medio
de la confusión pasó por detras con su lanza de parte á
parte al viejo cacique.
Hecha la elección del nuevo jefe, prévias las 'formali-
dades de costumbre, el asesino fué proclamado Tubichá
casi por unanimidad.
El nombre de Tapalquem, el del brazo de hierro , que
le habían dado los indios al recibirle en sus filas, se hizo
muy pronto sinónimo de todo lo mas malo que imaginarse
puede.
flj Hija de mulato y negra, »Je indi;* y negro, ó vic6-rer?a
(2) Escursion para robar.
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CAliAMURÚ.
93
Ahora bien, Tapalquem tenía el caballo que Amaro
iba á buscar, y lo que es mas estraño, Tapalquem, el asesino,
el incendiario, el bárbaro y feroz cacique que todo lo llevaba
á sangre y fuego, aquel cuyo nombre pronunciado de no-
che en la cocina de una Estáncia hacía estremecer y erizar
los cabellos de horror á la numerosa concurrencia, que
sentada en ancha rueda en torno del hogar, saboreando el
líquido de aromática yerba mate , desleída con agua hirvien-
do en una pequeña calabaza que pasa de mano en mano,
oía embelesado el relato de las increíbles aventuras, patra-
ñas y mentiras de los que tenían la palabra. . . .Tapalquem
respetaba y quería á Amaro, y le había ofrecido por varias
ocasiones el apoyo de sus ochocientos jinetes. Oferta que
el orgulloso jefe de los montoneros habia despreciado siem-
pre, creyendo degradar su noble causa aliándose con
aquellos beduinos, á quiénes después de la victoria ni sus
mismos caudillos eran capaces de impedir que se entregasen
al saqueo, £ la violencia, al pillaje, á la embriaguez v
demas escesos que son consiguientes.
Sus relaciones databan de muy antiguo. Viajando
Amaro por la provincia de Buenos Aires acompañado de
otros tres gauchos, llegó una tarde á una Estáncia, y como
es costumbre, se acercó á la casa á pedir posada por aquella
noche, en los momentos que cuatro vigorosos negros esta-
ban amarrando á una ventana, para azotarle, á un esclavo
que habia osado levantar la mano contra el capataz. Au-
dacia ináudita por la cual las leyes antes de 1810 autoriza-
ban al amo para quitar la vida á sus siervos.
— ¡Te he de matar á azotes, perro mulato! decía el
capataz furioso, blandiendo un enorme zurriago.
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CARAMURÚ.
94
Amaro y sus compañeros descendieron de sus cabalga-
duras, y entraron en el patio donde tenía lugar la escena
referida.
La serenidad del esclavo contrastaba con la cólera del
administrador, que, lívido de ira, descargaba sendos latiga-
zos sobre los negros para que anduviesen mas listos; y tan
ciego estaba, que en vez de responder como debía á las
urbanas frases con que el primero le pidió hospitalidad para
él y sus amigos, contestó á gritos con palabras obscenas y
en estremo ofensivas.
— ¡No hay posada; idos á los infiernos! ¡Esta casa no
es guarida de vagos ni de ladrones!
Los tres gauchos echaron á un tiempo mano á sus
puñales, y bien cara habría pagado el insolente su grosería,
si Amaro, siempre generoso y noble, no los hubiera dete-
nido diciéndoles:
— Yo he sido el principal agraviado; dejadme que le
exija la satisfacción y le imponga el castigo que merece.
El capataz se dirigió á la puerta para llamar á los
peones; pero mas rápido el gaucho, le cogió por el cuello de
la veste y le arrojó á diez varas en medio del patio, como
arroja un niño una pelota ó una varilla de mimbre.
— Si levantáis la voz, le dijo clavando en él su terrible
y avasalladora mirada; si dais un solo grito, os degüello lo
mismo que á un ternero.
El miserable comenzó á temblar como un azogado, y
tartamudeando soltó algunas palabras vagas, ininteligibles,
sin enlace ni conexión; por último, pudo hablar, se arrodi-
lló, y pidió perdón á los agraviados.
Amaro, sin responderle, se encogió de hombros, se
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CARAMURÚ.
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acercó al mulato, y cortó con su puñal el mamador (1), que
lo sujetaba á las rejas de la ventana.
— Ya éres libre, le dijo: anda y toma el primer caballo
que encuentres ensillado para venirte con nosotros.
El esclavo cayó de hinojos, hiriendo el suelo con la
frente, y puso sus lábios en las blancas botas de potro de su
libertador.
— ¡Paisano! ¡paisano! (2) esclamó el capataz, lu-
chando con el miedo que le infundían sus huéspedes y el
temor de perder al esclavo; considerad por piedad que soy
un desgraciado, que nada tengo, y me veré obligado &
satisfacer su valor.
J — ¡Miserable!# ¿Y no querías matarle á azotes?
— Es verdad; mas. . . .
— Mas entonces, continuó Amaro con creciente indig-
nación; te habrías escudado con las leyes, ó para evitar
indagaciones, habrías dicho que había muerto de enfer-
medad.
— Considerad que tengo cuatro hijos
El gaucho le echó una mirada de desprecio.
— ¿Cuanto vale? preguntó.
— Cuatrocientos pesos; ni un cinquiño (3) menos. . . .
os puedo mostrar la carta de venta.
— Veamos esa carta.
Corrió el capataz á una pieza inmediata, seguido de su
interlocutor, y sacó de un pequeño escritorio un legajo de
[1] Soga de piel de vaca, desde diez á treinta raras, que sirre para atar &
les caballos.
f2] Equivale á señor entre la gente del campe.
(3) Cinco reís.
u
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CAIUMÜRÚ.
papeles, los hojeó, y como tardase íntencionalmente en en-
contrar el que buscaba, sin duda para dar tiempo á que
viniesen algunos de los peones que estaban ocupados á la sa-
zón en la matcmza, Amaro se los arrebató de las manos,
diciéndole con un ceño y un metal de voz que le hizo estre-
mecer de los piés á la cabeza:
— Andad con tiento, porque ya se me va acabando la
paciencia.
En seguida desdobló la escritura, y le ordenó que es-
tendiese debajo el recibo de la cantidad espresada.
El capataz vaciló; Amaro levantóse tranquilamente el
poncho, y llevó la mano á uno de los bolsillos del tirador;
creyó el primero que iba á sacar el piyial, y esclamó ha-
blando y escribiendo á toda prisa:
— ¡Por Dios, amigo mió; por Dios! Tened mas calma. . .
voy á concluir. ¿A nombre de quién pongo el traspaso?
— A nombre del propio esclavo.
Los gauchos y los negros, que desde el patio presen-
ciaban esta cómica escena, se reían, los primeros abierta-
mente, y los otros en sus adentros, de la pusilanimidad de
aquel hombre que tenia fama en toda la comarca por su
crueldad desmedida con los -esclavos sujetos á su dominio,
y ahora se mostraba tan menguado, tan cobarde y rastrero.
Cuando hubo firmado, Amaro llamó al mulato, que
volvía de cumplir sus órdenes, y le entregó la escritura.
El administrador, cabizbajo y contrito, Iqs acompañó
hasta la puerta donde estaban los cinco caballos, loe vió
montar, y no atreviéndose á reclamar de nuevo directamen-
te el pago de los cuatrocientos pesos, comenzó á lamentarse
de las muchas pérdidas que había sufrido aquel afío, y dijo :
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CAItAMURÚ.
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—Espero de vuestra jenerosidad que. . . .si os es posi-
ble y este no ocasiona ningún perjuicio de consideración . . .
tan pronto comeos lo permítanlas circunstancias .... os
dignareis remitirme. . .si no toda, al menos una parte de la
cantidad que tendré que abonar de mis sueldos, ¡ay de mi!
El gaucho, sin mirarle á la cara, le tiró á los piés una
bolsilla de enero que babia zacado en vez del arma que aquej
se imaginó y partió á galope, seguido de sus compañeros.
Recogióla fríamente el administrador, figurándose que
seria alguna nueva burla; pero ¿cual seria su sorpresa al
encontrarse con veinte y dos flamantes medallas de Cárloe
III, en las que se leía la encantadora leyenda de D . Félix
Utroqueft . . . .
Imposibilitados por este motivo de dormir en la Estan-
cia, hicieron noche en un viUorro que distaba cuatro
leguas.
Al dia siguiente, antes de partir, Amaro r que se diri-
jfa á la eapital; indicó al mulato que hiciera lo que mejor le
pareciese, porque era enteramente libre, i
Quiso este en prueba de su gratitud quedarse á su
servicio; pero el generoso gaucho le dió las gracias, di-
ciándole que no le necesitaba, y le aconsejó que se fuese á
trabajar y procurase con su laboriosidad y buena conducta
captarse la voluntad de sus futuros patrones , para que á la
vuelta de algunos años le habilitasen.
En consecuencia, su protegido enderezó el rumbo ¿
Tucuman, donde, abusando may pronto de su libertad,
perpetró el crimen de que hemos hablado, que le obligó á
huir de aquel país y le arrojó entre los charrúas , abriéndole
un nuevo crimen el camino de la fortuna.
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CARAMUKÚ.
Sin entrar en los anteriores detalles no se comprende-
ría á la verdad la ilimitada confianza del proscripto en el
afecto que le profesaba Tapalquem. Un servicio de tal
magnitud, bien merecía para un corazón agradecido, no el
préstamo, sino el regalo del mejor caballo, por grande que
fuese su valor.
No obstante, á pesar del sincero agradecimiento del
cacique y de su empeño en complacerle, fué necesaria toda
su buena voluntad y el arrojo é intrepidéz de ambos para
conseguir una cosa al parecer tan sencilla. Diremos dos
palabras sobre esto, para la mejor inteligencia de lo que
vamos á esponer en seguida.
Los indios, como los árabes y los tártaros y todos los
pueblos nómades, aprecian en estremo sus corceles, sobre
todo á los que despuntan por su belleza y agilidad.
Existen sobre este particular mil preocupaciones entre
ellos, que si no temiéramos fastidiar al lector con digresio-
nes inoportunas, las enumeraríamos, seguros de que tal
vez le divertirian por lo raras y estravagantes ....
La tribu que tiene buenos caballos, en su concepto
no puede ser cobarde : el mejor bridón pertenece de derecho
al cacique, y en él se vincula el honor y la gloria de
la parcialidad que capitanea: perderlo en la batalla ú de
otro modo, es señal de mal agüero, presagio de calamida-
des y desgracias para la tribu.
Veamos ahora de qué medio se valió Amaro para ar-
rancar á los charrúas su famoso parejero , y si los peligros á
que se espuso valían los cien mil patacones que debían re-
compensar su audacia.
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Añang.
El tubichá recibió á Amaro con las mas ardientes
muestras de aprecio y deferencia, é hizo con él lo que no
hacía con nadie: se puso de pié, y se sacó el triple rodete de
plumas, símbolo de su dignidad, que cubría su cabeza,
acción que llenó de escándalo á los viejos caciques.
Su descontento se aumentó al ver que Tapalquem les
ordenaba retirarse para hablar á solas con el huinca (1).
— ¿Qué queréis, señor? ¿Puedo seros útil en algo?
preguntóle no bien se alejaron aquellos, con la afabilidad
del que desea que lo ocupen.
— Sí; vengo á pedirte prestado tu célebre parejero por
ocho dias.
— ¿Daiman? preguntó el mulato con angustia.
— Daiman.
— ¡Ah! Pedidme todos mis demas caballos, dinero,
mujeres, todo lo que queráis. . . . pero ese caballo. ... ¡ira
de Dios! .... ese caballo no puedo dároslo.
[1] Critti&ne.
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V
100 CABAMÜRÚ.
— Entonces nada he dicho y me retiro.
Amaro se encaminó á la puerta con la sonrisa del
desprecio en los lábios y el fueg-o de la indignación en los
airados ojos.
— Oid, le dijo Tapalquem.
Volvióse el gefe de los montoneros, y le miró frente á
frente con toda la arrogancia de que él era capaz, é inmó-
vil, esperó dos minutos á que hablase.
— Aun cuando yo quisiera prestarme ¿vuestros deseos,
sería esponeros á una muerte casi segura permitir que os
lleváseis ¿ Daiman, pues. . ¿ .
El gaucho, sin aguardar á que concluyese la frase, le
volvió las espaldas, y pisó el umbral.
— /Caramurú! gritó el cacique apretando y mordién- -
dose los pufl03 hasta hacerse sangre; si otro hombre fuera»
el que se atreviese á inferirme tal agravio, le mandaría cor-
tar la lengua y arrojársela á mis ñanduses. (1)
El gefe de los montoneros por única respuesta se atusó-
el bigote, y le miró con la calma insultante del que despre-
cia las amenazas de un inferior suyo, y ni siquiera le hace
el honor de contestarle.
— Aunque mi poder es ilimitado, continuó Tapalquem,
los charrúas no verían tranquilos que un cristiano se lleva-
se su mejor caballo, el caballo de su tubichá, al vencedor 'M'
de los mas célebres parejeros del Rio de la Plata .
El gaucho meneó la cabeza impaciente. w
— ¡Oid, con mil rayos! se me ocurre un medio que
vez surta el efecto apetecido. Deseo serviros á todo trancé^ E#
(1) Avestruces. Los indios crian estos animales para aprovechar sus hue-
ros; que son muy buenos quitándoles la clara.
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r
CARAMÚRU
KI jefe de loa montoneros, por u'niua respuesta, 0 ,© alosó eA V\^o\e,
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CARAMURÚ.
101
Esta promesa desarrugó la faz sombría de Amaro, que
se adelantó al medio de la tienda dispuesto á escucharle.
— Permaneced aquí hasta las dos de la mañana.
— ¿Me llevaré á Dairnan?
— Lo espero.
— ¿Sí, ó no?
— Hombre, sí; suceda lo que Dios ó el diablo quiera.
— No esperaba menos de tu generosidad, repuso el
gaucho, radiante el rostro de alegría y tendiéndole afectuo-
samente la mano.
—Os debo la vida, y quiero probaros lo que os he
repetido mil veces. Soy vuestro en cuerpo y alma.
El mulato se acercó á la puerta de la tienda, y tocó un
silbato que llevaba al cuello.
Un indio se presentó.
— Que venga al momento Yictabicay, dijo.
Y volviéndose á Amaro, añadió:
— Por fortuna entendéis el idioma de estos bárbaros, y
vais ¿ convenceros de que obro con toda lealtad.
Una india vieja y de deforme aspecto, cuya pequeña
estatura estaba compensaba por una obesidad monstruosa,
apareció en el umbral y se detuvo hasta que el tubichá, con
un gesto imperativo, la indicó que pasara adelante.
Era esta la hechicera de la tribu. Venia cubierta con
una grosera manta de lana, y traía al cuello un collar de
dientes humanos: cerdosos y enmarañados cabellos corona-
ban eu aplastada frente; sus pequeños ojos de fuina, desnu- -
dos de párpados, desaparecían en sus órbitas amoratadas,
hundidas y cavernosas; su gruesa nariz, chata como la del
tigre, y sus abultados lábios prolongándose hasta cerca de
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102
CARAMÜRÚ.
las mandíbulas, carnosas y vueltas hácia afuera, dejaban
entrever unos dientes largos, puntiagudos y separados. La
piel de un gato montés servíale de delantal, y en sus siénes,
muñecas y tobillos ostentaba con orgullo una triple sarta
de cascabeles, petrificaciones y cuentas de colores que pro-
ducían un ruido agradable aunque monótono siempre que
se movía. Por último, faltábanle, como á muchos de sus
compatriotas, en los dedos de los piés y de las manos algu-
nas falanjes, pues los charrúas acostumbraban cortarse una
cada vez que se les moría algún deudo ó persona muy
estimada,
— Te he mandado llamar Yictabicav, dijo el cacique,
para que hoy mismo anuncies que has visto á Añang (1),
que lo has visto, ¿entiendes? y que esta noche vendrá.
La india miró á hurtadillas al cristiano, y movió la
cabeza con gravedad.
—Ahora te irás al monte, y no volverás hasta bien
entrada la noche. Ya sabes tu obligación; ténlo preparado
todo. Yo iré á tu tienda, y te avisaré cuando has de anun-
ciar la llegada de Añang. Toma.
El cacique sacó dos cartuchos de pólvora, y se los dió,
prometiéndole un buen prémio si le servia con la fidelidad
y el acierto que otras veces.
— ¿Me darás aguardiente, mucho, mucho? preguntó
la india con estúpido alborozo.
—Lo suficiente para que te emborraches cuatro dias.
La hechicera exhaló un aullido de alegría, y haciendo
contorsiones y gestos, dió una vuelta por la tienda, ejecu-
[1{ Géoie del mal.
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CABA.MUBÚ.
103
tando una pantomima cuya significación comprendió Ama-
ro perfectamente. Representaba el espanto que se apode-
raba de ella á la vista del espíritu maligno; y salió, tara-
reando una canción en renglones cortos mas bien que ver-
sos, cuyo estribillo era:
¡Anoche, anoche he visto & Afiang!
Afiang va & venir: ¡ay del que agarre!
Los indios acudían en tumulto y corrían tras ella al oir
este cántico, precursor generalmente de alguna calamidad.
— ¿Habéis oido? se decian unos á otros llenos de con-
goja. ¿Habéis oido á Yictabicay? Anoche vino Aflang, y
hoy volverá. ¿ Cuál será la causa?
En breve la tribu entera se puso en conmoción, y la
embaucadora se vió rodeada de un enjambre de hombres,
niños y mujeres, cuyas facciones, horribles en su estado
natural, descompuestas ahora por el terror y la curiosidad,
parecían de demonios mas bien que de seres humanos.
La vieja estrechada por la multitud, tomó la palabra
y les dijo con misterioso acento, y como horrorizada de lo
mismo que contaba :
—Anoche, hijos míos; anoche Añang vino á mi tien-
da, y tomando por las cuatro puntas el cuero en que dor-
mía, me hizo voltear por el aire como una bola.
Una esclamacion general de espanto cubrió la voz de
la oradora.
— Por fin, me arrojó furioso contra el suelo, y ponién-
dome el pié en la garganta, me dijo:
— Tú no velas por tu tribu, Yictabicay. Los enemigos
la amenazan. (Mañana nos veremos!
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104
CARAMURÚ.
Y desapareció, dejando en la tierra donde apoyó su
planta una faja de fuego, y en el aire un olor de azufre que
mareaba.
Levantóse entre los salvajes un sordo murmullo que,
aumentándose por grados como los mugidos de un volcan
á medida que se aproxima la lava al cráter, estalló en un
solo grito:
— ¡ Tú eres adivina; dínos la causa de su venida!
—Todavía la ignoro. ...
— ¡Mentira !
—Voy al bosque á consultar á los espíritus. . . .
— ¡Mentira! La causa es la llegada del huirica , dijo
uno de los caciques, antiguo rival de Tapalquem, y que no
desperdiciaba ninguna ocasión para desconceptuarle.
—¡Sí, sí! repitieron en coro otras cien voces, ilumina-
dos los que la proferían por una suposición que, según sus
creencias, tenía todos los visos de la realidad.
— ¡Qué muera el huirica ; que muera! gritaron otros
sin hacer caso de las amonestaciones de la hechicera y diri-
giéndose á la tienda del Tubichá, capitaneados por el caci-
que, causa de aquel motín/
A los gritos de / muera el huirica y los que le defienda/n l
los dos caudillos que hablaban muy tranquilos concertando
los medios de llevar á cabo su arriesgado intento, se pusie-
ron de pié, resuelto el uno á vender cara su vida, y el otro
á sucumbir primero que ver menoscabada en lo mas míni-
mo su autoridad.
Tapalquem se armó de un acerado machete, y colocán-
dose en la puerta se preparó á arengar á su grey rebelde,
mientras Amaro, cediendo á sus ruegos, se retiraba á un
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CARAMURÚ.
105
lado para no escitar mas el encono de los indios con su
presencia.
— ¿Qué queréis? preguntó aquel con voz tremenda y
amenazadora; ¿qué significan esos gritos insidiosos? ¡Lo-
cos, ladrones, hijos del diablo! ¿Cómo os atrevéis á venir
así á la tienda de vuestro Tubichá?
— ¡Muera el huinca! ¡Muera el huinca! tornaron á
repetir los salvajes.
— 4 Ea, retiraos!
— Tapalquem, dijo el cacique, que de motu-propio , y
con la idea de destronar al mulato se había puesto al frente
de la rebelión; entréganos al cristiano para que le matemos,
á fin de aplacar á Añang. . . .
— Ven á sacarle de aquí si te atreves. Bagual (1),
respondió Tapalquem blandiendo el machete.
— ¡Ea, muchachos, adelante! gritó el indio precipitán-
dose al umbral, seguido únicamente de veinte ó treinta de
los mas fanáticos^ los restantes, intimidados por el conoci-
do valor y el aspecto imponente de su jefe, permanecieron
quietos.
El mulato levantó el brazo y dejó caer su terrible
machete.
La ensangrentada cabeza del cacique' rebelde rodó por
el suelo separada de su tronco.
Y rápido como una flecha, antes que los sublevados
se recobrásen del pánico que semejante rasgo de audacia
les infundiera, precipitóse en medio de ellos, descargando
mandobles á derecha é izquierda ; lo cual aunque no duró
flj Sinónimo de estúpiio.
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106
CABAHUBÚ.
arriba de diez minutos, fué el tiempo suficiente para bajar
un hombro á este, bendir el cráneo á quel, abrir el pecho á
uno, tronchar un brazo á otro y herir á ocho ó diez.
Los amotinados se dispersaron como una bandada de
torcaces al avistar á un carancho (1), ó como un enjambre de
gaviotas disputándose la sangre de un toro reden muerto,
al aproximarse el desollador que viene á descuartizarle.
Entonces el mulato, para contrarestar el daño que los
descontentos podían ocasionarle entre los que se habían
conservado neutrales, hizo á estos una corta arenga, mani-
festándoles que él huinca era nada menos que delegado del
gobierno de Montevideo, el cual pensaba enviarles, cele-
brada la paz, doscientas pipas de aguardiente, cien fardos
de paños y bayetas, y cincuenta cajas de bisutería.
No recibirían con tanto placer los fabricantes catalanes
una ley en fevor de la tan cacareada cuestión de aranceles,
como los charrúas las halagüeñas palabras de Tapalquem.
A trueque de embriagarse diariamente por espacio de un
par de semanas, renovar sus raidos ponchos y chamales (2) ,
y tener alhajas ricas para sus mujeres y queridas, no les
parecía ya tan temible la cólera de Añang. Así fué que se
alejaron dando vivas al huinca y al gran Tubichá que lo
mandaba.
— Vamos, por ahora todo se ha acabado felizmente,
dijo Tapalquem entrando en la tienda: me he deshecho de
ese tunante que no hacía mas que intrigar y tenderme
ocultos lazos; pero, ¡ay! Amaro, nuestro negocio se com-
plica. Conociendo vuestra valentía escuso preveniros que,
(1) Avede rapiña muy voráz y muy fea.
(2) Chiripás.
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CARAMURÚ.
107
si nos sale mal, nos asesinan estos bárbaros al momento.
— Moriremos matando, contestó el gaucho con la mas
glacial indiferencia.
La noche desplomó sus sombras sobre el mundo. Los
indios se retiraron á sus tiendas, escepto los que estaban de
guardia y los que cuidaban del potrero. (1)
El campamento quedó en profundo silencio. Todos
dormían, menos Amaro, Tapalquem y la hechicera.
A las dos de la mañana se ocultó la luna: los cien jine-
tes que recorrían el campo fueron reemplazados por otros,
que se dividieron en cuatro pelotones tomando cada uno,
según la costumbre de los salvajes, una dirección contraria,
al Norte, al Sur, al Oriente y al Occidente, para reunirse
luego en un punto dado.
No bien sintió el Tubichá que se alejaban, dijo al
proscripto:
— Llegó el momento decisivo. ¡Ahora!
Amaro desnudó el puñal, estrechó la mano de su com-
pañero, y salió marchando de puntillas, prestando el oído
á cada paso, deteniéndose y resguardándose ¿ espaldas de
las tiendas al menor rumor que percibía.
Detrás de él caminaba el mulato, armado con su ma-
chete y mirando á todas partes.
Aunque la tienda de Yictabicay distaba cincuenta pa-
sos, tardaron media hora en llegar á ella. Entraron.
Tendió el gaucho la mano temiendo caer en la oscuri-
dad, y tropezó con otra mano que le arrastraba al fondo de
la tienda. Sintió que le quitaban el sombrero, el poncho y
[1] Especie de corral para encerrar de noche los caballos del serricio.
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CARAMÜBÚ.
el chiripá; que le envolvían las piernas y brazos con largas
tiras de cuero de lobo; que le echaban encima un manteo,
formado con dos pieles de tigre con un cinturón de colas
de mono y de yegua, y que le acomodaban en la cabeza un
enorme cucurucho de piel de carnero, del cual pendía una
especie de antifáz ó careta, también de cuero, que le ocul-
taba enteramente el rostro.
— En verdad, debo parecer el mismo diablo, pensaba
él A medida que le iban endosando las distintas piezas de
aquel peregrino traje.
Cuando la vieja, ayudada de Tapalquem, concluyó su
tocado, el del cacique y el suyo propio, comenzó A exhalar
unos quejidos tan lúgubres y lastimeros, que toda la tribu
despertó azorada.
De repente un resplandor brillante iluminó lfoia nda,
y una bocanada de negro humo se escapó por sus hendidu-
ras, arrojando fuera al génio de mal, al terrible Añang.
Los salvajes, al verle, lanzaron un espantoso grito, y
cayeron de hinojos, hiriendo el suelo con la frente.
— ¡Déjanos! ¡Déjanos! ¡Vete, vete; llévate lo que
quieras ó A quien quieras, y déjanos en paz ! murmuraban
temblando de miedo, y sin atreverse A abrir los ojos.
El gaucho, imitando el rugido de la pantera, cruzó
lentamente por en medio de ellos, seguido del Tubichá y de
Yictabicay; el primero ladraba como un perro, y la segun-
da mugía como un toro.
Los tres se encaminaron al potrero .
Los indios que guardaban los caballos, al verlos que
se dirigían hácia allí, echaron A correr con la pasmosa cele-
ridad que presta el espanto.
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CARAMURÚ.
109
Adelantóse el mulato, y llamó á su parejero.
El corcel, después de vacilar un momento, se le acercó
reconociendo su voz.
Su amo le cogió la cabeza y lo besó con el trasporte
de un amante á su querida; luego le pasó dos veces la ma-
no por sus largas y ondeantes crines, le palmoteó suave-
mente, y por fin, no sin soltar mas de un suspiro, púsole el
freno que llevaba oculto debajo de su disfraz de demonio.
Amaro tomó las riendas y parte de la crin con la si-
niestra mano, apoyó la diestra en el anca, y de un brinco se
encaramó encima del noble animal.
— ¡Adiós, Daiman, adiós! murmuró Tapalquem con
las lágrimas en los ojos. ¡Adiós, Amaro ! Solo por vos po-
día yo hacer este sacrificio
— Gracias. Conserva este recuerdo mió, mas bien que
como precio de tu inestimable caballo, como una débil
muestra de mi aprecio y gratitud, dijo el jefe de los monto-
neros dándole su puñal de vaina de plata y cabo de oro,
que había comprado en Paysandú con el dinero de Abreu: —
Adiós. Si alguna vez me necesitas, acude á mí.
Y cerró piernas á su indómito alazan, que partió como
un rayo, tomando el mismo rumbo que traía la columna de
salvajes que vigilaba aquella parte del campo, y que acudía
alarmada por los gritos lejanos que se oían del campamento.
— ¡Añang, Añang! esclamaron los indios, huyendo en
dispersión no bien le divisaron, mientras él seguía tran-
quilamente su camino, y Tapalquem y la hechicera se
escondían en un pajonal cercano para volver á sus tiendas
cuando todos durmiesen.
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X.
Vértigo.
El rey del dia brillaba en medio del zenit, lanzando á
plomo sus ardientes rayos; no se movían las hojas de los
árboles, ni murmuraba el césped, ni gorjeaban los pajari-
llos, ni el zéfíro mas leve rizaba las tranquilas aguas de los
dormidos arroyuelos.
Los rebaños tendidos sobre la yerba parecían aguar-
dar á que pasasen aquellas horas de abrumante calor; solo
interrumpía el majestuoso silencio de vez en cuando el
áspero zumbido del mangangá (1), el rechinante y monó-
tono canto de las chicharras, el vuelo de una perdiz, el
mugido de un toro acosado por las picaduras de los tábanos,
el silvido de una serpiente, el grito de las viscachas (2), ó
el relincho de alguna yegua salvaje que cruzaba á escape
por las empinadas lomas, perseguida por ocho ó diez potros,
tendida al viento la crin, encendidos los ojos, las narices
humeantes, bañada en sudor, cubierta la boca de blanquí-
sima espuma, despidiendo coces y dentelladas á los que
[1] Insecto parecido al abejorro.
[2] Especie de conejo.
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112
CARAMURll.
osaban acercarse á ella y detenerla, clavándole los dientes
en las ancas ó en el cuello ensangrentado . . .
Las incultas florecillas se inclinaban lánguidamente
sobre su tallo ó se adherían á la seca tierra; los arbustos
encogían sus hojas, mústias y cubiertas por una cap# de
finísimo polvo, y los cardales , doblando sus floridos pena-
chos, los escondían entre el follaje, cual si temieran que el
sol marchitara sus brillantes colores.
Anchas nubes de peregrina forma, esmaltadas de oro
y plata, ora agrupadas é inmóviles en el confin del horizon-
te, ora dispersas y resbalando perezosamente por la azulada
esfera, se detenían ondeando como lágrimas de metal en la
cumbre de los montes. Diríase que eran mónstruos aéreos,
cuyas ardientes bocas, al arrojar su aliento de fuego, pro-
ducían la atmósfera tibia y recargada de electricidad que se
respiraba á la sazón.
Y aunque la brisa no agitaba sus álas, aunque no se
movía ni una hoja siquiera, venían por momentos ráfagas
impregnadas de los mas suaves perfumes. Emanación purí-
sima de las selvas vírgenes del Nuevo Mundo, en la que se
confundía el aroma de las rosas, violetas y claveles, con la
esencia de los nardos, jazmines y diamelas , mezcladas con la
el ambiente de mil gomas y resinas olorosas, de mil plantas
aromáticas, de mil arbustos y vejetales, cuya esquísita fra-
gancia embriagaba los sentidos y estasiaba el alma. ...
Muelle abandono, lángido y dulcísimo desmayo se in-
filtra en las venas del viajero que recorre en tal estación
y á tales horas aquellas risueñas campiñas, donde Dios es-
tampó su planta para volar al cielo después de formado el
mundo.
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CAIiAMUltÚ.
113
Sujeto, pues, á la fatal influencia de tantas causas, que
conspiraban de consuno á evocar los recuerdos mas gratos
de su vida, Amaro volvía á entrar en los bosques del Uru-
guay, después de una semana de ausencia, pensando en
Lia^ pensando en el tesoro de' gracias y de amor que encer-
raba aquel ángel en sus catorce primaveras.
Engolfado en tan agradables pensamientos, se internó
en la selva: la algarabía de una bandada de papagayos,
oculta entre el frondoso ramaje de un naranjo, le despertó
de su meditación.
Al fijar la vista en el árbol, notó, por casualidad, una
doble cruz hecha recientemente en su tronco, señal infalible
de que allí se escondía algún secreto que le con venia
aclarar.
Acercó su caballo, separó las ramas, y en efecto, halló
entre ellas una carta clavada en una de las púas de que es-
tán cubiertqs dichos árboles.
La carta no tenía sobre, pero iba dirigida á él, y en
términos misteriosos, que no comprendería nadie á menos
de estar iniciado en las costumbres y usos de los gauchos,
se le citaba para ese mismo dia y en el mismo paraje á las
cuatro de la tarde.
Acostumbrado á recibir frecuentemonte tales misivas,
ninguna sorpresa causó á nuestro protagonista la presente,
aunque no dejó de inquietarle en las actuales circunstancias,
pues sospechó con razón que sería algún mensaje de los
parientes de Lia.
— No puede ser otra cosa, ¡voto á bríos! se dijo des-
pués de recapacitar un buen rato; en fin, allá lo veremos. . .
y apresuró su marcha cuanto la densidad de la selva permi-
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CARAMURÚ.
tía, anheloso de llegar cuanto antes á la presencia de su
amada.
Nada tenia de estraño que le asaltase semejante reflec-
sion. Es una costumbre tradicional entre nuestros campe-
sinos, cuando se quiere hablar á alguno que anda oculto
llamar á un vaqueano , á un buscador, y encargarle que
ponga en su conocimiento lo que se desea que llegue á su
noticia.
El vaqueano se ingénia de modo que al cabo de un
plazo mas ó menos largo sabe con toda seguridad dónde se
halla el fugitivo; pero como no es fácil encontrarle, ni pru-
dente internarse en bosques que cuentan leguas de esten-
sion, le deja una carta en un árbol con una señal que lo
indique, y acude diariamente á saber el resultado.
El que anda oculto, toma sus medidas por si tratan de
hacerle alguna mala partida , y se presenta ó no, según le
parece. Rara vez los buscadores van de mala fé; es decir,
con ánimo de entregarle á sus enemigos sin salir del mon-
te; pero si tal acontece y se descuida, ya puede contarse en-
tre los difuntos.
Son tan diestros, emplean tales precauciones los gau-
chos, la naturaleza y sus conocimientos especiales les
favorecen tanto, que es casi imposible sorprenderlos.
Cerca ya de su guarida, encontró Amaro, á algunos
de sus montoneros , que salían á proveerse ‘de víveres ; esto
es, á enlazar por lo pronto la primera vaca alzada (1) ó no
que se les presentase, llevarla al pié de una cuchilla y
matarla, y después arrear al bosque las que se pudiera.
(]) Se llama ganado oteado al que se escapa de ulguna Estancia y se vuel-
ve silvestre.
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CARAMÚRU
Jülie puteitjnv: lih Teodomiro l\eal y Prado editor. • J-iL £AN JKAflJiN N!
Dormía la encantadora joven con la calma de la virtud y el
abandono de la inucencia
/Google
CARAMURÚ.
115
El gaucho se alegró de esta circunstancia. Así, de-
jando el caballo, y yéndose á pié hasta los ranchos, evitaba
los ladridos de los perros, y podría sorprender agradable-
mente a Lia, como deseaba.
, Sus cálculos le salieron exactos; llegó, y entró en su
rancho sin ser sentido. Lia estaba acostada en la hamaca.
Dormía la encantadora jóven con la calma üe la virtud
y el abandono de la inocencia. El deshabillé de muselina
con que estaba vestida se le había deshabrochado, y dejaba
ver, sobre la graciosa tabla de su pecho de marfil, medio
ocultas entre los encajes de su camisa de batista, dos ligeras
ondulaciones, nacaradas y tersas como dos manzanas de
bruñido jaspe: uno de sus piés, cruzado sobre el otro,
asomaba por la revueltdf falda hasta mas arriba del tobillo;
pié tan mono, tan bien hecho, tan bien ajustado en su
elegante botín de seda, que era muy difícil, por no decir
imposible, detener la imaginación donde el vestido detenia
á los ojos, á la mitad de la media. . . .
Favorecidas por aquella postura voluptuosa, sus aca-
badas formas que envidiarían una georgiana, destacábanse
en la curva de su flotante lecho. La mente adivinaba sin
trabajo la artística perfección de sus encantas.
— ¡Oh! era imposible contemplarla y n<? sentir en el
acto hervir la sangre en las hinchadas venas, agolparse con
violencia al corazón: del corazón saltar á la cabeza, de la
cabeza refluir otra vez al corazón, y derramarse en seguida
por todo el cuerpo como gotas de bronce derretido.
Tal fué el sentimiento galvánico que sintió Amaro al
acercarse á la hamaca; al verla con la cabeza inclinada á un
lado, apoyada la mejilla en una mano, los negros bucles de
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116
CARAMURÚ.
su rizada cabellera esparcidos en desorden sobre sus blancas
espaldas; sonriente, pudorosa, tímida, inundado el rostro de
inefable gozo y bañado por ese ligero tinte de rosa con que
los espíritus vitales del sueño colorean el semblante de los
niños y de las hermosas.
Tal fué la impresión fulmínea que sintió, al ver que
entreabría sus rosados lábios, y llamándole por su nombre
le tendía los bjazos con amorosa inquietud.
Lia soñaba, y soñaba con Amaro, con el ídolo de su
alma.
Inclinóse éste para recoger los sonidos confusos é in-
coherentes que se escapaban de su boca, y pudo percibir
entre otras frases sin conexión ni enlace, las siguientes:
— ¡Ven! .... ¡Ven! .... ¡Te adoro, ingrato! . . C ¡Soy
tuya. . . . toda tuya! .... ¡Ah, no. . . . sí! ... . ¡No me ol-
vidarás?. . . . ¿Nunca, nunca?. . . .
Amaro, sin advertirlo, se había aproximado tanto á
ella, que la respiración de ambos se confundía: la bella
somnámbula hizo un movimiento para variar de posición, y
sus lábios rozaron suavemente á los lábios de su amante.
El caminante que, próximo á sucumbir en los arenales
de k Arabia, devorado por la sed, encuentra una fuente
donde aplacarla, no se precipita á ella con mas ánsia que
el gaucho á la boca de la jóven.
Lia despertó .... y fuese efecto del sueño amoroso que
todavía la dominada, ó de su inocencia que no la permitía
sondear la profundidad del abismo que se abría á sus plan-
tas, ora de su vehemente pasión, ya del gozo de volver á
verle, ó bien de la incontrarestable fascinación que él ejer-
cía en sus sentidos y en su alma, ó lo que parece mas
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CARAMURÚ.
117
natural, de todas estas causas reunidas, Lia, la pura y
candorosa niña, en vez de rechazarle, se incorporó en la
hamaca, le atrajo cariñosamente á sí, y rodeó su cuello con
sus desnudos brazos.
A la dulce presión de su cuerpo, al suave contacto de
sus mejillas, Amaro cerró los ojos, próximo á desfallecer
bajo el peso de su dicha. Zumbáronle los oidos, dilatáronse
las arterías de su frente, latiendo aceleradas como las cuer-
das del arpa en el momento que estallan, no pudiendo re-
sistir las violentas pulsaciones del rápido tañedor: vacilaron
sus rodillas, y poco faltó para que perdiese el conocimiento.
Pero aquella primera emoción, demasiado intensa
para que durase mucho, pasó como un relámpago. Sus
ojos se abrieron, y la luz volvió á iluminar su avara pupila;
sus oídos tornaron á escuchar el tiernísimo acento de su
amada; lúbricas y voluptuosas imágenes brotaron en su
cerebro abrasado; sus músculos y sus nérvios adquirieron
doble rigidéz, doble vigor del que tenían en su estado
natural.
Un minuto mas, y la aureola celeste de la virgen se
convertía en el letrero infamante de la mujer, arrojada de
su elevado pedestal, del trono de luz en que Dios la colocá-
ra, al fango del envilecimiento. ¡Centella divina apagada
en el cieno; flor picada por un gusano antes de abrirse;
pura gota de rocío que pudo ser perla y se trocó en asque-
roso insecto, brillante caído del sólio del Eterno, y recogido
por los impíos para adornar la diadema de Satanás!
Ya el ángel custodio de Lia, se alejaba de la cabecera
de su lecho, cubriéndose el rostro con sus áureas álas, y ya
vertiendo raudales de llanto, finalizada su misión en la
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CARAMÜRÚ.
tierra, las abría para ir á implorar del Altísimo el perdón
de la culpable.
Empero todavía ella no lo era, todavía estaban blancas
todas las blancas pájinas del libro de su vida
Aviso, inspiración del cielo fué sin duda la que la
impulsó á desasirse de los brazos de su amante en aquel
momento solemne, y á rechazarle con súbita energía sal-
tando velozmente de la hamaca, trémula y agitada, cual
si hubiese tocado un áspid escondido entre sus traidoras
plumas.
Tan rápido y simultáneo fué este hábil movimiento
estratégico, que el burlado amante, aunque quiso, no pudo
evitar que se pusiera de pié, si bien consiguió asegurarla
de un brazo.
Pugnó Lia para que la soltase, y en esta corta lucha,
estando desabrochado el deshabillé, dejó escapar un meda-
llón de oro sujeto al cuello por una cadena de pelo.
La presteza con que la jóven S3 apresuró á esconderlo
escitó la curiosidad y los celos del gaucho.
— ¿De quién es ese retrato? le preguntó con voz aho-
gada por la cólera, oprimiendo su delicado brazo entre sus
dedos de acero, sin advertir, ¡tan ciego estaba! la dolorosa
contracción que desfigurábalas facciones de Lia.
— Me haces daño, Amaro, respondió esta, queriendo
en vano dar una espresion agradable á su fisonomía y una
inflexión dulce á su angustiado acento.
— ¿De quién es ese retrato? volvió á preguntar el
gaucho soltando el brazo y asegurándola por la cintura.
Lia bajó los ojos, y no respondió.
— ¡Dámelo!
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CAKAMURÚ.
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— ¡No!
— ¿No me le das?
— ¡No!
— ¡Ah, pérfida, te comprendo! esclamó aquel , recha-
zándola furioso; ese retrato es el de mi rival, de ese misera-
ble á quién amas, á pesar de todas tus falaces protestas y
mentidos juramentos. Anda, corre y entrégale tu corazón
cobarde; para dármelo á mí sería preciso que rebosase de
amor y nobleza. Y tú, nacida entre esa gente imbécil que
cuando mira á su pátria esclava, en vez de imitar nuestro
ejemplo, se prosterna y presenta las espaldas al azote y el
cuello á la cuchilla de sus verdugos, con tal que la dejen
vejetar vilmente en las ciudades; tú, educada entre el lujo
y los placeres, acostumbrada á cifrar tu ventura en un
vestido de moda ó en una joya, no puedes, no, comprender
mi sublime pasión. No puedes, no, valorar el sacrificio
inmenso que te hago robando el tiempo á mi pátria para
consagrártelo á tí! . . , . ¡Loco he sido en poner mi cariño
en un ser tan. ... no sé cómo calificarte! ¡Loco he sido
en presumir que abrigaba tu alma el candor y la pureza de
tu semblante!. . . .
— ¡ No mas, no mas ! esclamó Lia sacando el retrato y
dándoselo; mira, y desengáñate.
Cogió rápidamente el gaucho la imágen que le ofrecía,
y la acercó á sus ojos, contemplándola con la avidéz de un
avaro, que encuentra el talego de oro que creía perdido.
< — Mira esa venerable frente, esos blancos cabellos,
continuaba entre tanto Lia enjugándose las lágrimas que las
injúrias y sarcasmos del irritado galan la hicieran verter;
obsérvalo bien, y dime si es asi el retrato de un amante.
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120
CARAMURÚ.
El gaucho no la escuchaba; fija la vista en la imágen,
analizaba una á una sus facciones, y parecía reluchar con
una espantosa pesadilla; sus manos temblaban, se contraían
sus lábios, y una palidez mortal borraba hasta las últimas
huellas del encendido carmín con que no ha mucho la fie-
bre del amor animára su semblante.
Convencido que no se engañaba, miró á Lia de hito
en hito, y sus sospechas se trasformaron en evidencia. Con
todo, quiso persuadirse de que tal vez se engañaba, y la
interrogó con la ansiedad del que desearía ignorar lo mis-
mo que pregunta.
—¿De quién es este retrato?
— De mi padre.
— ¿De tu padre?
-Sí.
— ¡Dios eterno! lo había adivinado, esclamó el pros-
cripto golpeándose la frente con su pesada mano. ¡Ah!
¿Por qué no me lo has dicho desde un principio?
— El temor . . .un capricho . • . .¿qué se yo? .... quería
que ignorases el nombre de mi familia, contestó la jóven.
Amaro, inquieto y agitado clavó la vista en el suelo,
presa de dos sentimientos que con igual violencia, despe-
dazaban su alma; pero era esta demasiada fuerte, dema-
siado grande para que durase mucho tiempo su incerti-
dumbre.
— ¡Sí, es necesario, murmuró; Lia, luz de mis ojos!
perdóname y abrázame: abrazame sin temor porque pronto
debemos separarnos, tal vez para siempre.
El dolor prestaba un colorido % tan grave, el heróico sa-
crificio que voluntariamente se imponía sublimaba tanto al
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CAR A MU HÚ.
121
que pronunciaba aquellas palabras, que la joven se arrojó
en sus brazos sin vacilar.
Frenético estrechóla él contra su pecho, apoyó su ros-
tro en su espalda alabastrina, dejándola húmeda con sus
lágrimas; y como ella correspondiese á sus transportes con
otros iguales, la apartó suavemente, y salió con paso acele-
rado en busca del incógnito de la carta, cual si temiese
si permanecía allí un momento mas, ofuscarse, perder el
juicio y sucumbir de nuevo, ceder otra vez, sin advertirlo,
al delirio, á la embriaguéz, al vértigo de su mútua pasión
volcánica, y, ¿cómo no temerlo, si él la fascinaba y ella le
enloquecía?
Hay impresiones que son como la pólvora, que la
menor chispa enciende: nacen y crecen contra nuestra
voluntad, nos arrastran al borde de un abismo y nos preci-
pitan en él, sin que la mayor parte de las veces nos sea
dado conocerlo hasta que rodamos en sus profundidades
insondables. ¡Ay! la llama del amor mas puro esconde
siempre un destello terrenal engendrado por la arcilla de
que fuimos formados; y ese destello se convierte en devo-
rante hoguera que lo absorbe todo, desde que el espíritu
vencido en tenáz pelea y rechazado do quier por los sen-
tidos, se oculta, huye, desaparece, se anonada por un
instante, avergonzado acaso de su derrota.
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El Cambueta.
Conforme anunciára á su hija en la carta de que dimos
cuenta en el capítulo VI, D. Cárlos Niser había venido 4 la
Estáncia acompañado de su esposa y del conde. Llegó
cuatro dias después del rapto de Lia.
En su impaciencia por abrazarla, no había querido
detenerse en Paysandú, ni ver á su cuñado, que le habría
informado de la catástrofe.
El mas impenetrable misterio envolvía aun la desapa-
rición de la jóven: en la Estáncia nada se sabía. Doña
Eugénia había indagado en vanó dónde se ocultaba. Es-
taba persuadida que ella había huido de la estancia solo
con el objeto de substraerse á su compromiso con el conde;
y ni siquiera se le pasaba por la imaginación que estuviese
apasionada de otro hombre.
Los gauchos que presenciaron la escena con el cúchale -
cador, constantes en su sistema de no traicionar jamás á un
compañero suyo, nada habían declarado: y como por otra
parte estaban en la falsa creencia de que Amaro en aquellos
dias no se hallaba en la provincia, pues él había tenido la
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124
CAHAMÜEÚ.
precaución de esparcir antes la voz de que partía para la
Rioja, y no le habían visto por espacio de tres semanas, no
dieron grande importancia á las palabras del muerto, y
luego, si hemos de hablar con franqueza, todos y cada uno
en particular temían su venganza. En el poco tiempo que
conocían á Amaro, bajo el supuesto nombre de Calibar, ha-
bían cedido sin advertirlo á la influencia y prestigio que
ejercen siempre los hombres superiores sobre los ánimos
vulgares, cualquiera que sea la situación en que la suerte
los coloque.
El pulpero tampoco declaró nada, por la misma razón,
y por otra concluyente para él. El crédito del estableci-
miento estaba basado en su reserva y circunspección. El
dia que por causa suya prendiesen á alguno, todos sus
parroquianos le abandonarían, y, ¡ay de él, si los parientes
ó amigos del agraviado le encontraban lejos de la ciudad,
en alguna encrucijada ó camino solitario!
Las pesquisas, pues, de doña Eujénia y de su esposo
fueron de todo punto inútiles. En vano sus emisarios
recorrieron todas las Estáncias circunvecinas y pueblos del
departamento. Nada pudieron indagar, nadie les dió la
menor noticia per la cual pudiesen seguir el rastro de la
fugitiva. Doña Eujénia estaba inconsolable.
Entre tanto llegó D. Cárlos á la Estáncia, y figuraos
cuál sería su dolor al no encontrar allí á su hija idola-
trada.
Su hermana le abrazó llorando, y se lo dijo sin ro-
deos, puesto que no había medio de ocultarle la verdad.
Momento terrible fué aquel para todos los de la fami-
lia. El anciano se dejó caer sobre un sillón, pálido como
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CARAMURÚ.
125
la muerte, el rostro desencajado, inmóvil, trabada la voz,
sin acertar á quejarse ni á prorrumpir en llanto. Sus apre-
tados dientes no permitían que saliesen los ahogados sus-
piros que exhalaba su alma, y sus yertas pupilas se nega-
ban á dar libre curso á las lágrimas de fuego que en ancho
raudal brotaban de su corazón despedazado. Doña Petra
por el contrario, en vez de imitar su ejemplo y el de su
cuñada, montó en cólera, se desató en injurias é imprope-
rios contra Lia, y no encontrando en el diccionario de la
maledicencia voces bastantes duras para calificar su con-
ducta, llegó hasta maldecirla: mientras el conde, pensativo
y silencioso, con los brazos cruzados, iriclinada la cabeza
sobre el pecho y los ojos fijos en tierra , parecía reflexionar
sobre lo que probablemente ninguno de los circunstantes
se acordaba á la sazón, porque la angustia de aquellos y la
ira de esta no se lo consentían. Parecía reflexionar, y
reflexionaba en efecto, sobre las causas que motiváran la
evasión de su futura esposa, y un fetal presentimiento le
decía no que ella no le amaba, de eso estaba convencido
desde mucho tiempo atrás, sino que otro hombre mas feliz
conquistára su cariño durante su ausencia, y puestos ambos
de acuerdo, la habría seguido desde Montevideo con ánimo
de robarla en la primera coyuntura favorable. . . .
A las imprecaciones de su esposa, cada vez mas furi-
bundas, D. Cárlos volvió de su enagenacion, é informán-
dose apresuradamente de los resortes que se habían puesto
enjuego para descubrir el paradero de Lia, meneó la cabe-
za en señal de desaprobación, ordenó que le ensillasen otro
caballo, y no bien estuvo pronto, sin descansar del largo
viaje que acababa de hacer, ni decir A dónde se encamina-
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126
CABAMUBÚ.
ba, partió solo en busca del tio Chirino (a) Cambueta (1),
que residía ú cuatro leguas de allí en una Estancia de un
amigo suyo.
¿Y quién era el tio Chirino, ó mas bien Cambueta, por
cuyo sobrenombre le conocían generalmente? ¿Era acaso
adivino?. , . Poco menos. . . , ¡Era vaqueanol
Para esplicaros carísimos lectores y amadísimas lecto-
ras, todo lo que esta palabra significa, necesitaríamos algo
mas que los estrechos límites de un capítulo. El vaqueano
es un tipo especialísimo de nuestras provincias, que desar-
rollarémos en otra novela de menores dimensiones que la
presente, y que formará parte de los cuadros característicos
y locales que nos proponemos reseñar, como ya hemos
tenido el honor de preveniros antes.
Ahora nos bastará saber que el personaje que nos
ocupa era un hombre que conocía palmo á palmo todo
el territorio de la Banda Oriental y á los gauchos de todos
sus departamentos. Buscaba á las personas que se le
indicaban donde quiera que estuviesen, mediante una
retribución mas ó menos crecida, según la distancia y
el tiempo que necesitaba invertir para conseguirlo, y
siempre, si no habían muerto ó emigrado á otro país,
en un plazo mas ó menos largo descubría su paradero,
por mas recóndito é ignorado que este fuese.
Era el único que en Paysandú sabía que los monto-
neros ocultos en el bosque habían venido de Tacuarembó
y Salto y y que Caramurú se hallaba entre ellos.
D. Cárlos llegó al caer la tarde ¿ la Estancia donde
[1] Patizambo.
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CAKAMUUÚ.
127
vivía, y preguntando al capataz si estaba en su uincho,
supo con gran disgusto que no había venido aun de la
pulpería que acostumbraba frecuentar, y que era la misma
donde acaeció la muerte del enchalecado r.
Esperóle con creciente impaciencia por mas de tres
horas, y cuando juzgaba que ya no vendría, un canto
gutural y prolongado que resonó á lo lejos, y galope lejano
de caballos, le anunciaron que volvía acompañado *de al-
gunos peones y aparceros (1), unos completamente ébrios
y otros alegres nada mas.
El deber de historiadores concienzudos é imparciales
nos obliga á declarar que el Cambueta pertenecía á los
segundos, pues la dignidad de su grave ministerio le impe-
día embriagarse nunca en público, lo cual no obstaba en
manera alguna para que cuando se veía solo en su rancho,
en las altas horas de la noche, tomase sus trancas (2) muy
decentes al son de la guitarra y de los cielitos , canciones
populares que cantaba con una voz de búfalo capaz de
ahuyentar á los mismos diablos.
— Chirino, vengo á verte, le dijo D. Cárlos apénas
pasó el dintel, para un asunto de grande importancia.
Deseo hablarte á solas.
El Cambueta Se inclinó en señal de asentimiento, y
juntos se encaminaron al rancho.
— Vamos, Sr. de Niser, ¿qué queréis? le preguntó no
bien llegaron, fínjiendo el muy tuno que ignoraba el
objeto de su visita.
[1] Amigos.
(2) Borracheras.
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128
CARAMURÚ.
— Mi hija ha desaparecido hace cuatro dias de la Es-
tancia de la Cruz alta.
— ¿Sí?.... ¡Vaya un desastre! esclamó el vaqueano
abriendo tamaños ojos; ¿con qué ha desaparecido?....
¡Dios nos asista!
• /
— Sí, amigo mió, y deseo que avérigües dónde se
halla.
— ^Dificilillo es, Sr. D. Carlos.
—Vamos, te recompensaré generosamente.
— He oído decir que se han practicado infructuosa-
mente las mas esquisitas diligencias, contestó el Cambueta
deseando magnificar el servicio que se le exijía, para
aumentaran precio.
— Te daré diez onzas de oro si descúbres dónde se
oculta y me traes cuatro renglones de ella.
El vaqueano lanzó con desden un ¡schsl sobrado espre-
sivo, cuya significación comprendió azás su interlocutor.
—Serán veinte.
El Cambueta se alzó de hombros.
— ¡Treinta, cuarenta, cincuenta! .... murmuró D.
Cirios.
El tio Chirino se puso á tararear á media voz una de
sus canciones favoritas:
Arrorró mi flato.
Arrorró mi sol,
Vamos á la yerra,
Trae mi redomón.
Tanta avaricia exasperó al abogado, que no compren-
día cómo, por un servicio al parecer insignificante, no se
contentaba con la respetable suma que le ofrecía.
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CARAMURÚ.
129
— ¡Y bien! esclamó: ¿qué significa esa estúpida can-
tinela?
— Significa, señor mió, que por cincuenta onzas no
puedo comprometer mi reputación.
— ¿Pues cuánto quieres?
— Lo menos cien.
—Las tendrás.
— Vengan cincuenta por lo pronto.
— ¡Tunante! ¿Dudas de mí?. . . .gritó D. Cárlos, ofen-
dido de semejante desconfianza.
— Yo no dudo, señor; pero estoy acostumbrado á que
me paguen adelantado.
—¿Y si no me cumples tu palabra?
— En ese caso, muy estraordinario á ía verdad, os de-
volvería íntegro el dinero que me hubieseis anticipado.
Niser había traido un bolsillo abundantemente provisto
pero que no alcanzaba en mucho á la cantidad pedida;
sacóse, pues, un magnífico alfiler de brillantes que llevaba
en la camisa, y reunido al bolsillo se lo ofreció como prenda
ó fianza de la deuda que contraía.
—El vaqueano, con gran sorpresa suya, en vez de
tomarlos, soltó una carcajada, y los rechazó con la mano.
El taimado aparentaba burlarse del buen viejo, después
de haberle marcado el alto precio en que estimaba sus
servicios.
— Os conozco, Sr. D. Cárlos, y sé quién sois; había
querido únicamente esperimentaros. Nada, me daréis lo
que os parezca justo. Ahora, oíd mis condiciones, y jurad-
me por vuestro honor que una vez aceptadas no faltareis
á ellas.
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CARAMUKÚ.
130
— Te lo prometo.
— En primer lugar guardareis el mas profundo secre-
to acerca de la comisión que me habéis dado.
— ¿Por qué?
— Ahí está el busilis.
- — Risible es tu pretensión, cuando nadie ignora que
ganas la vida de ese modo.
— Es una precaución. . . ya veis. . . podría fracasar. . .
y ante todas cosas conviene poner á cubierto el honor del
pabellón.
Sonrióse el abogado de la astucia del Cambueta, re-
cordando involuntariamente las advertencias que en casos
idénticos, por via de precaución, solía él hacer á sus clientes.
— En segundo lugar, continuó aquel, es de absoluta
necesidad que por ningún pretesto, ni ahora ni mas tarde,
intervenga la justicia en este asunto.
— Concedido.
— En tercer lugar, seguiréis ciegamente mis instruc-
ciones al pié de la letra y sin pedirme esplicaciones acerca
de ellas.
— Bien.
— Y por fin, me concederéis diez dias, contados desde
esta noche, para practicar las diligencias necesarias y po-
deros dar una respuesta definitiva.
D. Cárlos accedió á todo, encargando al vaqueano que
evacuase su comisión lo mas pronto posible.
Este, que había presenciado el combate á muerte con
el enchalecador y oído sus palabras, estaba convencido de
que Amaro y no otro era el raptor de Lia: toda la dificultad
estribaba en verle v arrancarle diestramente su secreto.
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CARAMURU.
131
Escribió la carta, y la puso en el paraje indicado; por
tres dias acudió en vano á ver si la habían recojido; al cuar-
to no la encontró; el jefe de los montoneros había vuelto de
su escursion al campamento de los charrúas, y ya sabemos
la impresión que causára en él dicha misiva, y el modo
cómo salió de la habitación de su amada con ánimo de aper- #
sonarse con el portador ó autor de ella.
El gaucho, media hora antes de llegar al paraje con-
venido, ató su caballo á las ramas de un árbol, y marchó á
pié, no en línea recta, sino describiendo un ángulo; cerca
ya del naranjo, trepó encima de un corpulento seibo , que
dominaba aquella localidad, y tendió la vista alrededor;
luego dió una vuelta en torno del árbol donde le esperaba
el vaqueano, prestando el oído por si distinguía rumor de
hombres y caballos, y examinando con ojos de lince la tierra
para cerciorarse por las huellas de que solo aquel había
entrado en el bosque.
Persuadido de que no le armaban ningún lazo, se apro-
ximó cautelosamente al naranjo: apartaba con tal tino las
ramas y pisaba tan suavemente, que, á ser de noche, se le
hubiere tomado por un espíritu de la selva. Sus botas de po-
tro resbalaban sobre la yerba sin producir el mas leve rumor
Apartó el ramaje con la diestra mano armada de su
puñal, cubriéndose con la siniestra el rostro que, á escep-
cion de los ojos, desaparecía bajo el halda del poncho, y con
voz vibrante y avasalladora, gritó al Cambueta:
— ¡Vuélvete!
El vaqueano obedeció esta órden cual manequí movido
por una cuerda. El paso no era para menos; le iba en ello
la vida.
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132
CARA.MURÚ.
Amaro sacó un pañuelo, le vendó los ojos, le arrebato
las pistolas de que iba provisto, le cogió de la mano y se lo
llevó á unos quinientos pasos de allí.
— Siéntate, le dijo, y esplícame en pocas palabras el
objeto de esta cita.
• — ¿No os acordáis ya de mí, señor? preguntó el tio
Chirino, acomodándose lo mejor que pudo sobre un monton
de hojas secas, obedeciéndo al impulso que le comunicaba la
mano de su acompañante.
Hasta entónces el gaucho no se había fijado en él; el
timbre de su voz le hizo contemplarle con detenimiento.
Súbito recuerdo vino á desvanecer sus dudas.
— ¡Voto al diablo! esclamó arrancándole la venda: tú
éres el Cambueta. No te había conocido.
— Gracias, Sr. Amaro; mas vale tarde que nunca.
— Díme, continuó éste con visible recelo, ¿alguien mas
que tú sabe que yo estoy en este departamento?
— Nadie; os lo aseguro: yo mismo lo ignoraría á no
haberos reconocido en la sobérbia puñalada con.que despa-
chásteis á ese maldito brujo en la pulpería á que asisto
diariamente. ¡Oh! cuando os vi luchar con él os reconocí,
porque nadie se le atrevía por acá, y era necesario ser tan
valiente y diestro como vos para osar combatirle frente á
frente y cuerpo á cuerpo. Al fin pagó las muchas muertes
que debía ese malévolo .
— Chirino, no insultes á los muertos, respondió Amaro
con grave melancolía; ¡ya no existe! .... ¡Dios haya tenido
piedad de su alma!
— Francamente, señor; no merece que se le tenga
compasión.... „* ;
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CARAMURÚ.
133
— Basta. . . . Esplícame el objeto que te obliga á so-
licitarme.
— ¿Lo ignoráis? preguntó el vaqueano con una sonrisa
maligna y burlona que no dejó de desagradar á su interpe-
lante, el cual ni aun en broma consentía que nadie se le
riese en sus barbas. *
— Mira, le dijo, te prevengo que contestes lisa y lla-
namente á lo que te pregunte, sin interpretar lo que te
diga ni comentar mis razones. ¿Has oído?
Pronunció el gaucho estas palabras mirando de arriba
abajo con ceño y menosprecio al zumbón, recordándole así
la distancia inmensa que mediaba entre ambos.
— ¡Eli! .... si tomáis á mal una chanza insignificante,
repuso el tio Chirino un tanto cortado, me callaré como
un perro, quiero decir, no hablaré hasta que me inter-
roguéis.
— Eso es lo que deseo.
— Podéis empezar.
—¿Quién te envía?
—El Sr. D. Cárlos Niser.
— ¡Niser! ¡El Sr. D. Cárlos Niser! repitió Amaro con
amargo acento de tristeza y reconcentrada pena ¿Acaso
sabe él? ... .
El gaucho se detuvo acordándose de repente que el
vaqueano no estaba iniciado en su secreto, y que él iba á
revelárselo antes de tiempo con sus imprudentes preguntas.
Conociólo aquel y se apresuró á sacarle de su error, dicién-
dole con la seguridad é impavidez que acostumbraba en
casos tales.
— No os aflijáis; ignora completamente que la señorita
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CAKAMUliÚ.
Lia ha sido robada por vos y se halla en el fondo del bos-
que en vuestro propio rancho.
— ¿Y tú, cómo lo sabes? preguntó el gaucho sorprendi-
do por aquella brusca insinuación.
— Por una casualidad que sería muyv larga de con-
staros y ahora estamos los dos de prisa .... pero estad
persuadido que solo el enchalecador y yo hemos podido sor-
prender vuestro secreto.
— Pronto se habrá remediado el mal que involuntaria-
mente la he ocasionado, murmuró el noble cuanto infortu-
nado amante. Continúa:
— ¿Qué he de continuar?
— La narración de lo que te pasó con don Cárlos.
— ¡Eh! Estuvo á verme hace cuatro dia>s, y á ofrecer-
me hasta doscientas onzas si se descubría el paradero de su
hija y le llevaba cuatro renglones escritos pos ella.
—¿Y qué pretende?
— ¿Qué se yó? Me dijo que solo anhelaba saber que
estaba buena y que no corría ningún peligro. ¡Oh, la quie-
re mucho el buen viejo! Lloraba al hablar de ella, y me
repitió mas de cien veces que á trueque de saber eso la
perdonaría su locura y los pesares que le ocasionaba, cor-
respondiendo tan mal al cariño con que siempre la había
distinguido.
— Escucha: nada exigirás al Sr. de Niser por tu tra-
bajo....
El vaqueano tosió, cual si quisiera por este modo indi-
recto preguntar quién se encargaba de pagarle, pues los
tiempos no estaban para servir grátis, ó para fiar, que en
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CARáMURÚ.
135
último resultado la mayor parte de las veces viene á ser lo
mismo.
-—Yo me encargo de satisfacer esa deuda, continuó el
gaucho clavando en él su fascinante mirada de águila; yo
me encargo de pagarte, ¿entiendes? Y si llegó á saber que
lias recibido un solo centavo del Sr. de Niser, te estaqueo (1) ♦
apenas caigas en mis manos.
— ¡Oh! descuidad, señor; descuidad replicó el tio Caín-
bueta apresuradamente; la echaré de generoso, y nada,
nada tomaré.
— Le dirás que has visto a su hija, que está buena, y
le llevarás la carta que desea. Por mas súplicas que te ha-
ga, no le descubrirás nuestra guarida . . . Cambueta, sé
que éres leal, y sobre todo amante de tu patria; confío que
no me traicionarás.
— Moriría primero.
—Mañana á las doce de la noche acompañarás á D. Cár-
los á las tápias del cementerio: yo estaré allí aguardándoos.
Es un paraje solitario y respetado del vulgo. Allí nadie irá
á interrumpirnos. Le dirás <¡ue un antiguo amigo suyo,
que te ha ayudado eficazmente en tus investigaciones,
desea hablarle; pero por Dios que no pronuncien tus lábios
el nombre maldecido que me han obligado á aceptar los
intrusos: para él yo no soy Caramurá; soy únicamente
Amaro. Ahora monta á caballo y ven conmigo.
El vaqueano retrocedió hácia el naranjo, tomó su
alazan, y volvió al mismo punto á incorporarse con Amaro,
(1) Llámase estaquear á un suplicio inventado por lo» indios, y que con
giste en clavar cuatro, estacas en tierra y atar fuertemente ¿ ellas por los cuatro
remos con un lazo, de modo que quede suspenso en el aire, ni infeliz condenado
ásse bárbaro castigo.
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136
CABAMURÚ.
que saltó en ancas y marchó con él en busca de su parejero,
que había dejado atado bastante lejos del lugar de la cita,
temiendo ser sentido por los que acompañasen al Cambueta,
caso que este procediese de mala fé.
Poco después de anochecer llegaron álos ranchos. Lia
estaba sentada á la puerta del suyo, pensativa y triste,
vacilante, dudosa, reluchando á un tiempo con su amor y la
voz de su conciencia, que le ordenaba exijir de la caballe-
rosidad de Amaro que la devolviese 4 su familia . . . .
Su amante mandó que trajesen luz, y entró seguido
del vaqueano.
Una pequeñuela, hija de uno de los montoneros, cor-
rió y trajo una especie de hacha formada con pequeñas
ramas atadas en un haz é impregnadas del sebo de los
animales que mataban diariamente.
Amaro abrió el pequeño escritorio y rogó á Lia que
escribiese lo siguiente:
«Querido papá: Estoy buena, y pronto espero abraza-
ros: creed, por lo que mas améis en la tierra, que todavía
soy digna de llamarme hija vuestra. Perdonadme.»
«Lia.»
El gaucho dobló esta carta, llamó 4 cuatro de sus mon-
toneros, y ordenándoles que acompañasen al vaqueano
hasta la salida del bosque, le entregó el billete y le apretó
la mano, diciéndole con efusión:
— ¡Hasta mañana á las doce!
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XII.
Protector y protegido.
Era una hermosa noche de verano: brillaba la luna llena
en el zénit, y el oscuro azul del firmamento, salpicado de
rutilantes estrellas, semejaba un inmenso pabellón de tisú
bordado de plata, que algún arcángel hacía tremolar en el
espacio, envolviendo al mundo con su sombra protectora.
Noche de amor y poesía iluminada por el melancólico fulgor
de los astros que se destacaban en el fondo del cerúleo velo
como chispas refuljentes que iba dejando en su camino el
carro del Hacedor al cruzar la ancha red del universo.
Noche de indefinible embeleso, en la que suspiraba el alma
contemplando al cielo, cual si anhelase romper los grillos
que la sujetaban á la tierra, y en.álas de la fé y la esperanza
volar hasta el trono radiante del Altísimo. ...
Apacible calma, misterioso silencio cubrían la vasta es-
tension del campo solitario; calma y silencio que al pertur-
barse le prestaban nuevo hechizo, nueva majestad y encan-
to. Tal vez una ráfaga perdida pasaba murmurando por
encima de los bosques y sacudía las gallardas copas de mi-
llares de árboles, que se iban inclinando unas en pos de
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138
CARAMURÚ.
otras, semejantes á las olas del Océano cuando la brisa las
empuja suavemente y las derrama sobre la arenosa playa;
acaso los tristes gemidos del ñacurutú y de otras aves
nocturnas resonaban de vez en cuando, interrumpidas por
el espantoso ahullar de los cimarrones (1), que, hambrien-
tos, vagaban por las fragosidades de la sierra; acaso se
estremecían los pajonales y ondeaba el césped bajo los ájiles
piés de los hurones , que buscaban su presa á los trémulos
rayos de la luna; ó el pesado Anta se revolvía en el fango
de algún riachuelo, dejando escapar por su pequeña trompa
un áspero resoplido, indicio del placer que esperimentaba;
tal vez alguna aleve tribu asomaba por las empinadas lomas
tendida al viento la larga cabellera, y descendía al llano
haciendo retemblar el suelo bajo el sonante casco de sus
veloces potros, inclinada sobre su cuello, para que á la
distancia la confundiesen con alguna manada de caballos ó
novillos silvestres; y en fin, quizá un rumor lejano, pare-
cido al bullente hervor de una gran caldera que reboséra y
se derramase apagando las llamas que la envolviesen,
anunciaban que algún rio jigantesco salía de madre y se
dilataba por los campos vecinos, sin estrépito ni violencia,
pero imponente, arrollador, incontrastable, como el tiempo
en el océano de las edades, tragando y vomitando siglos. . .
El reloj de la parroquia de Paysandú dió doce lúgubres
campanadas: largo rato hacía que Amaro se paseaba por el
cementerio aguardando A sus amigos.
La luna reflejaba sus rayos en las blancas osamentas
amontonadas en un estremo de la mansión de los muertos;
(1) Ferros salvaje».
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CARAMURÚ.
139
gemía el crecido césped de las tumbas, y los sauces y
cipreses se doblaban á intérvalos con doliente murmullo;
fugitivas exhalaciones cruzaban allí y aquí; se oía clara y
distintamente dentro de los nichos el ruido de los dientes
y los chillidos de las alimañas que se nutren con los fríos
despojos de los cadáveres; el éco repetía en el cóncavo suelo
las pisadas y voces misteriosas, tristes ayes y quejidos
parecían salir del seno de la tierra, de las losas de los
sepulcros, de los árboles, del césped, de las osamentas, y
hasta de los pajizos y derruidos muros.
Empero Amaro, á pesar que creía, como todos los
gauchos, en duendes y aparecidos, paseábase impasible y
tranquilo de un estremo á otro del osario. Fijaba sus ojos
en el paraje donde habían enterrado al enchalecador, y se
sentía capaz de volver á matarle si se levantase de nu^vo
de su tumba. Nada había en el mundo que le hiciera
temblar; ni los vivos ni los muertos. Su alma, inaccesible
al miedo, podía ser aniquilada; pero mientras permaneciese
en su cuerpo, prestaría aliento á su brazo hasta para luchar
como Luzbel contra su mismo Hacedor.
Sacóle de sus meditaciones la aproximacion .de D.
Cárlos Niser, que venía acompañado del vaqueano.
Al verlos, saltó por las tápias del cementerio, y salió
á su encuentro.
D. Cárlos y su acompañante retrocedieron llenos de
pusilánimes aprensiones; es indudable que á no estar pre-
venidos y á no haberles él gritado que era el que aguarda-
ban, hubieran echado á correr, sin detenerse hasta llegar
al pueblo.
Sr. D. Cárlos, dijo Amaro, quitándose el sombrero: mi
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140 CAKAMURÚ.
amigo Chirino ya os habrá informado del empeño que ten-
go en serviros.
— Sí, y te doy por ello las mas espresivas gracias,
contestó el abogado trémulo aun, y mirando en torno suyo
con ojos despavoridos. La repentina aparición del gaucho,
envuelto en su poncho, por la parte del campo-santo donde
estaban apilados los huesos y calaveras, le había asustado
en términos que no le conoció, á pesar de ser la fisonomía
de Amaro una de aquellas que no es posible confundir con
otra alguna.
— Vengo á ayudaros ¿ recobrar vuestra hija, añadió
éste cubriéndose, persuadido de que ya le habría reconocido.
— ¡Ah, sí, mi hija, mi querida hija! esclamó don Cár-
los, recordando de pronto el objeto de la cita que también
se le había olvidado. Habla, di, ¿qué recompensa quieres?
— ¡Recompensa! replicó el gaucho con amargura: yo
no os exijo nada; tengo que pagaros una deuda de honor,
A estas palabras, Amaro se sacó por segunda vez el
sombrero, cuyas anchas álas impedian que la luz del astro
de la noche iluminasen su semblante.
D. Cárlos, preocupado con otras ideas, le miró, y aun
que le pareció que aquella cara no le era desconocida, no
cayó al punto en quién era.
—¿Me harás el favor de decirme cómo te llamas? le
preguntó; tengo idea de haberte visto en otra parte.
— ¿No recordáis, Sr. de Niser, un viaje que hicisteis al
departamento de Minas?
— ¿Cuándo? ¿En 1810?
—No: en 1815.
— También estuve en esa época.
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CARAMURÚ.
141
— ¿Y no os acordáis, señor, de un jóven de veinte
años que estaba en capilla y debía ser fusilado al dia si-
guiente por haber muerto en desafío sin testigos al único
hijo del mas rico y considerado propietario de aquel de-
partamento?
— Sí. ... me acuerdo. . . . pero confusamente.
— ¿No os acordáis, señor, que á ruego de vuestro pa-
riente D. Nereo, interpusisteis vuestra poderosa mediación
con el comandante, á quién estaba confiado el manió de
aquel pueblo, y partisteis esa misma tarde para el campa-
mento del general Artigas, volviendo cuatro dias después
con el perdón que me otorgó, gracias á vos?
D. Cárlos se acercó al gaucho, le miró con avidéz y
dando un grito de gozo:
— ¡Ah, tú éres Amaro! esclamó; ¡gracias, gracias,
Dios mió! Ahora recobraré á mi hija.
—No contento con eso, continuó el amante de Lia, que
necesitaba enumerar uno á uno todos los beneficios que
debía á su padre, á fin de tener fuerzas para hacerle por
completo el heróico sacrificio que deseaba; no contento con
eso, me disteis un cinto de onzas, cartas de recomendación
para Buenos Aires, y por fin, me salvasteis por segunda
vez la vida, desbaratando una celada dispuesta por mis
enemigos para asesinarme al pasar el Uruguay.
— Es verdad. . . .me interesaba por tí como por un hijo;
pero tú, tú no has correspondido á mi afecto como debías.
Ni una vez sola has procurado verme en el espacio de ocho
años.
— ¿Habéis necesitado de mí alguna vez?
— No. Ahora únicamente.
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CARAMURÚ.
—Pues ahora estoy aquí.
—Y tanto confio en tí, que solo al verte he creído que
volvería á recobrar á mi hija, porque sabiendo tú dónde se
oculta, por grado ó por fuerza la traerás á mis brazos, aun
que te costase la vida, ¿no es verdad?
Al espresarse de esta manera, muy lejos estaba D.
Cárlos de valorar todo el alcance de sus espresiones; no
hacía mas que manifestar su ciega confianza en las prome-
sas del gaucho. Sabía que ellos son esclavos de su palabra,
que mueren antes de quebrantarla, sin retroceder ante sa-
crificio alguno, cuando se le exige su cumplimiento.
— Acaso nunca sepáis, Sr. de Niser, repuso dolorosa-
mente Amaro, vos, que me acusáis de ingrato, ¡cuán caro
me cuesta retribuiros vuestros beneficios!
— No te comprendo, respondió D. Cárlos admirado.
— Ni es necesario que me comprendáis. .. .decidme:
¿teneis presente, por ventura, lo que os dije el dia que re-
cibí mi perdón?
— Me jurasteis que en cualquiera situación, y en cual-
quiera parte donde te hallases, acudirías á mí en cuanto yo
te lo indicase, y fuese cual fuese el favor que te pidiéra, lo
ejecutarías en el acto sin vacilar.
— Héme aquí por lo tanto esperando vuestras órdenes.
— Quiero ver á mi hija, si es posible recobrarla.
— Pasado mañana. Dios mediante, la tendréis en vues-
tra casa.
— ¿A qué hora?
— Después de las carreras.
— ¡Ah, por la Virgen, no me engáñe», Amaro, repitió
el anciano con recelosa alegría; no me hagas consentir en
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CARAMURÚ.
143
tamaña ventura, que lueg'o debe hacer mas amarga la
i
triste realidad.
— Os repito que pasado mañana, suceda lo que suceda,
cueste lo que cueste, abrazareis á vuestra hija.
El tono avasallador del gefe de los montoneros no de-
jaba lugar á dudas. D. Gárlos cedió á la influencia que
dominaba á los demas. Inútií era reflexionar: Amaro
subyugaba por la fuerza del sentimiento. Convencía sin
amenazar. Su porte, su ademan, su acento hablaban con
mas elocuencia que sus palabras.
— Si acaso yo mismo no os la entrego, prosiguió, salid
de Paysandú, y muy cerca de sus trincheras encontrarais
mi cadáver sangriento
—¿Qué dices? ¡Esplícame ese misterio! . . . esclamó
D. Cárlos azorado.
— ¡Nada me preguntéis; nada! porque nada puedo
deciros, respondió el gaucho con voz solemne, lenta y re-
signada; ¡cúmplase la voluntad de Dios!
Grande era la curiosidad y el ánsia dél amoroso padre;
pero convencido como estaba de que por mas instancias que
hiciera al gaucho no le arrancaría una sola palabra, habien-
do manifestado que nada diría, guardó silencio, y se dispuso
á marchar.
—Hemos concluido, dijo; adiós, Amaro; descanso
en tí.
— Dos palabras, señor, si gustáis, replicó este dete-
niéndole del brazo.
— Di lo que quieras.
— No puedo ni está en mi mano poneros ninguna con-
dición; pero debo preveniros que el motivo de haber aban-
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144
CAllAMURÚ.
donado vuestra hija la Estáncia de su tia, no es otro que el
estar comprometida con un hombre á quien no ama.
— ¡Dios del cielo! repitió D. Cárlos: ¿y cómo ahora me
libro del compromiso que tengo con el conde?
—¿El conde? preguntó Amaro con acento amenazador,
es conde, ¿eh?
— Sí, conde de Itapeby.
— El gaucho se llevó las dos manos cerradas á las sie-
nes, cual si quisiese detener la esplosion de su ira. En se-
guida se volvió al anciano, que le contemplaba absorto, y
añadió, poseído de un vértigo infernal:
$ —No puedo devolveros á Lia si no me juráis que no
violentareis su voluntad.
Un relámpago iluminó á D. Cárlos: las tinieblas que
envolvían su mente se disiparon; vió la verdad tal como
era; adivinó que su hija estaba en poder de aquel hombre,
y que él la amaba y era amado de ella.
—¡Desgraciado! esclamó: tú la has seducido; tú éres
su raptor; tú has abusado de su inesperiencia y de sus pocos
años. ¡Infame!
El indómito gaucho, al oirse apostrofar tan duramente,
por un movimiento involuntario llevó la mano al puño de
su daga; pero con la misma rapidez se detuvo, hincó una
rodilla, tomó el puñal por la punta y se lo presentó á D.
Cárlos, dicíéndole:
— ¡Sí, yo os he robado vuestra hija; soy un miserable;
lavad con mi sangre vuestra afrenta!
— ¡Tan niña y perdida para siempre! repetía el ancia-
no, llorando y escondiendo la cabeza entre sus manos.
— ¡Oh, no la ultrajéis; está inocente y pura como los
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CARAMUllÚ.
145
ángeles! Si se halla en mi poder, es contra su voluntad.
Entonces Amaro se puso en pié, y en breves palabras,
llenas de elocuencia y pasión, le contó la historia de sus
malhadados amores. El abogado le escuchó en silencio, y
antes que acabase su narración, ya estaba convencido de la
inocencia de Lia.
— Sin embargo, murmuró, su reputación está grave-
mente comprometida. Si al menos pudieses casarte con
ella
— ¡Ese es todo mi anhelo, mi única ambición, mi mas
dulce ensueño de felicidad! contestó el gaucho, radiante el
rostro de placer.
D. Cárlos le miró frente á frente, y con una amarga
sonrisa de desprecio, le dijo con altanería:
—¿Y quién éres tú para enlazarte con mi familia?
— Ignoro quiénes son mis padres, y nada tengo, repli-
co Amaro humildemente; pero siento en mí algo que me
anuncia que mi estirpe es tan clara como la vuestra.
— Pues bien, continuó el buen viejo, enternecido y
cediendo sin advertirlo á la mágia que ejercía el caudillo
patriota sobre cuantos le rodeaban; tú éres jóven y valiente,
procura averiguar quiénes son tus padres, ó conquistar con
tu esfuerzo una posición social, adquirir un nombre que
valga tanto como el que la suerte te niega, y Lia será tuya.
— ¡De veras! ¡No me engañareis! esclamó Amaro,
anhelante, inmóvil, suspenso de la respuesta que aguar-
daba.
— ¡Sí; te lo juro por mi honor, por la salvación de mi
patria, lo que mas amo en la tierra después de Lia!
— Entonces, D. Cárlos el gaucho se detuvo dudan-
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CARAMUJüÚ.
do si debía ó no descubrirle aun su segundo nombre: el
nombre glorioso, sinónimo de heroismo y lealtad, que todos
los orientales fieles á su patria pronunciaban con respeto y
admiración.
— ¿Entonces, qué? preguntó Niser con ansiedad.
El aire distinguido del gaucho, su manera de espresarse,
el misterio que le envolvía; habían herido fuertemente su
imaginación. Una vaga sospecha de quién podía ser cru-
zaba al mismo tiempo por su frente.
— Entonces, dadme la mano. . . . contestó aquel porque
soy....
—¿Quién?
— ¡Caramurú!
— ¡Abrázame, hijo mió! gritó el anciano, estrechándole
contra su pecho; sí, tú mereces llamarte hijo mió ; era im-
posible que mi Lia se hubiese enamorado de un hombre
vulgar.
Largas esplicaciones se sucedieron, y de ellas resultó
que D. Cárlos se convino, no en negar su consentimiento á
la boda, porque entonces se espondría á la venganza de D.
Alvaro, sino en dilatarla, y solo en el último trance oponer-
se abiertamente, hasta que, arrojados los intrusos del pátrio
suelo, pudiese obrar con toda libertad, sin miedo de que le
calificasen de anarqmsta, conspirador , y le confiscasen sus
cuantiosos bienes.
Conformes en este punto, Amaro entabló otra animada
discusión con el vaqueano, mudo espectador de las anterio-
res escenas; y muy importante debía ser el asunto, cuando
la luz del nuevo dia vino á anunciarles que ya era hora de
retirarse
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CABAMURÚ.
147
D. Cárlos y su futuro yerno tornaron a abrazarse de
nuevo; y como el primero se lamentase del mal éxito que
podía tener la empresa de que habían hablado antes, el gefe
de los montoneros le contestó con su habitual indiferencia *
— No tengáis recelo alguno, amigo mió; la fortuna
ayuda á los audaces. ¿No es verdad, Chirino?
— Señor, repuso el Cambueta: con vuestra gente, y
los aliados que yo me encargo de proporcionaros, no digo
con mil portugueses, ¡con mil demonios somos capaces de
pelear!
— ¡Dios proteja la buena causa! dijo el anciano alzan-
do los ojos al cielo.
— ¡O muerte, ó libertad! repitió Amaro: y cada uno
de los tres personajes, pensativo y meditabundo, se enca-
minó por distinto sendero; el abogado á la ciudad, el va-
queano á recorrer el departamento, y Caramurú al fondo
de la selva á informar á sus valientes de que había llegado
el momento solemne de vencer ó morir .
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lias carreras.
A pocas leguas de Paysandú se estiende una dilatada
planicie, desnuda de árboles, pero tapizada de menuda yer-
ba, la cual termina al Occidente por un dilatado barranco,
en cuyas profundidades corre el Uruguay encajonado, y si-
guiendo las ondulaciones del terreno, ora se precipita en
violentos remolinos azotándose contra sus bordes, ora con-
tinúa su marcha apacible, cual pintado iguana que se desli-
za perezosamente á la caída del crepúsculo, sobre la arena
humedecida con el reflujo de las olas; ó bien levanta su
verdinegra espalda cubierta de hervorosa espuma, y bulle y
salta, se revuelve y ondea, se esconde y reaparece, como
un inmenso cetáceo que hiende los mares llevando clavado
el harpon, que cuanto mas pugna por lanzar de sí mas se
hunde en sus entrañas, y al fin arroja su masa inerte y en-
sangrentada sobre los flancos del atrevido bajel que vuela
en pos de ella, ensordeciendo el espacio con sus cánticos de
victoria.
Desde las doce de la mañana, inmensa muchedumbre
afluía de todas partes, atraida por las famosas carreras quo
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CARAMüRÚ.
debían verificarse allí á las cuatro de la tarde. Los dos
propietarios mas ricos y considerados de la provincia, entre
quiénes existía una antigua rivalidad, habían señalado
aquel dia para correr sus corceles. La crecida suma que se
atravesaba, el nombre de los dueños de los caballos, la mul-
titud de personas que tomaba parte á favor de cada uno, las
apuestas parciales, la circunstancia de ignorarse aun cuál
era el parejero que el señor de Abreu pensaba oponer al
renombrado 'Atahualpa, vencedor en todos los años anterio-
res, y sobre todo, ciertos misteriosos rumores que circula-
ban relativos á una conspiración tramada por los patriotas,
habían dado á las presentes carreras una celebridad inaudi-
ta, una celebridad americana, ya que no europea.
Desde los mas remotos confines de la Banda Oriental,
lo mismo que de las provincias del Brasil y de la república
argentina, fronterizas á las nuestras, los gauchos, los estan-
cieros (1), y hasta indolentes habitantes de las ciudades,
aficionados en estremo á esta clase de diversiones, habían
acudido en tropel á malgastar allí alegremente, como es
costumbre en América, siempre que hay ocasión, su tiempo
y su dinero.
Ademas de los doscientos mil patacones de los dos
capitalistas, se calculaban á esa hora en un millón de pesos
fuertes las apuestas de los particulares.
Magnífico era el golpe de vista que ofrecía la estensa
llanura,’ cuajada de gentes de todas edades, sexos y condi-
ciones. Cuadro encantador que, trasladado al lienzo, mien-
tras lo iluminaba los tibios resplandores del sol de la tarde.
TIJ Propietarios de la Campaña.
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CARAMURÚ.
151
reflejaría una de las faces mas bellas y poéticas de la vida
de nuestros campos. Variados y caprichosos trajes, 'indó-
mitos bridones, adornados con régia esplendidéz ó con sal-
vaje pompa ....
Los ricos chamales de seda, los graciosos sombreros de
jipi-japa , salpicados de raras y preciosas flores, cuyo her-
moso colorido no igualaba a su fragancia; las lujosas vestas
de grana y terciopelo; los bordados ponchos con flamante
botonadura de filigrana, que descendía en triples hileras
desde la garganta al pecho; los puñales, incrustados de
brillante pedrería, se confundían con el grosero lienzo, con
la raída bayeta, con las remendadas chupas, con los abolla-
dos sombreros y grasicntos cuchillos de los peones y gauchos
pobres. Los briosos corceles, ostentando con marcial or-
gullo las argentadas estrellas y cadenillas, que, eslabonadas
y pendientes en el centro de un sol de oro, esmaltado de
rubíes, envolvían su cabeza como una red de nácar, y
sujetaban el freno y las riendas, también de plata, hacían
resaltar mas el humilde arreo de los que por toda gala
llevaban el lazo arrollado sobre la grupa de su caballo, y la
frente y los encuentros de éste ceñidos por una banda de
lucientes plumas
Crecía la muchedumbre por instantes; do quier que se
volviesen los ojos la veían agolparse en distintas direcciones,
unida y compacta como un mar de centauros. La tierra
desaparecía bajo sus huellas, y el murmullo, las voces, los
gritos, las carcajadas, de los ginetes, el movimiento, el
galope y los relinchos de los cabalaos, formaban un ruido
sordo y prolongado, que, vibrando á la distancia, imitaba el
confuso rumor que precede á la erupción de los volcanes.
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152
CARAMÜRÚ.
k
Eran ya las tres y media.
Lejano redoble de tambores, agudo son de clarines y
cornetas, vinieron á distraer por un momento la impacien-
cia de los circunstantes.
Mil hombres de las tres armas avanzaron divididos en
columnas de á cien, y se situaron á lo largo de la llanura en
las posiciones mas ventajosas.
Aquella tropa era toda la que había en el departamen-
to, y el comandante general, temiendo la intentona de que
hemos hablado antes, había dispuesto que se reuniese allí
antes de empezar las carreras, con el objeto de intimidar á
los revolucionarios, ó castigar su audacia si se atrevían á
/levantar el estandarte de la rebelión.
A poco aparecieron Suarez y Abreu; pero solo el pri-
mero traía su caballo; el segundo, con una agitación que
en vano procuraba ocultar, sacaba continuamente el reloj
maldiciendo interiormente su mala estrella, y figurándose
que el gaucho le jugaba una pesada burla. Sus amigos,
pensativos y cabizbajos, le seguían, preguntándole á cada
paso si vendría ó no. Faltaban dos minutos para las cua-
tro, y Amaro no parecía.
Su rival se frotaba las manos de gozo, arrojándole
sarcásticas miradas que se clavaban como punzantes flechas
en el corazón de Abreu.
Ya se disponía este á dar órden que ensillasen el corcel
que montaba, que era el mismo con el que pensó primero
sostener el desafío, cuando lejana vocería, estrepitosos bra-
vos y palmadas le hicieron volver la cabeza, y divisó á
Amaro que se encaminaba hácia él, seguido de la muche-
dumbre, la cual, viéndole venir en pelo, echado el sombrero
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CARAMURÚ.
153
sobre la frente, y cubierto el rostro, á escepcion de los ojos,
con un pañuelo de seda, adivinó que era el corredor, el úni-
co á quién aguardaban para empezar las carreras.
Los gauchos se agolpaban en torno suyo, y mil escla-
maciones volaban de boca en boca ponderando la bella
planta del corcel que montaba; los circunstantes se desha-
cían en elogios, y los competidores de Abreu le miraban
acercarse llenos de desconfianza y sobresalto.
La gallarda presencia de Dayman y su color panga-
ré (1), muy estimado y acaso el primero, en opinión de
los inteligentes, hacían formar de él, al primer golpe de
vista, la idea mas ventajosa. Luego su pequeña cabeza, su
cuello largo y enarcado, sus delgadas piernas, sus anchos
encuentros, su escaso vientre, su descarnada grupa, el
fuego que brillaba en sus ojos inteligentes, que al galopar
se revolvían chispeando en sus grandes órbitas como dos
esferas de hierro candente, pretendiendo dejar atrás á su
propia sombra, calidad característica de los buenos pareje-
ros, su poblada cola, la manera como erguía las orejas mo-
viéndolas en dirección opuesta, la arrogancia con que
apoyaba el casco en la tierra, tascaba el freno y sucudía sus
ondeantes crines, que casi barrían el suelo, su impetuosidad
y empeño en adelantarse á los demas todo, todo indica-
ba que aquel caballo, dotado de una estraordinaria ligereza,
había sido adiestrado á la carrera en el desierto, sin haber
encontrado todavía quién le venciera y humillara su altivéz.
-Podemos empezar, si os place, Sr. Suarez, dijo el
comerciante con una satisfacción que contrastaba con su
anterior despecho y mal humor.
[1J Blunca la mitad de cara, y el resto del cuerpo colorado.
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154
CARAMURÚ.
—Cuando gustéis, Sr. de Abreu, contestó aquel con
frialdad.
— Cancha (1), ccmcha, señores, gritaron los jueces nom-
brados para presidir las carreras y dirimir cualquier disputa
que pudiera tener lugar.
Los espectadores, al oír la frase sacramental con que
generalmente empiezan estas diversiones, se abrieron á
derecha é izquierda, repitiendo: / Cancha , cancha! palabra
que, pronunciada por mil voces distintas, producía en la
apiñada muchedumbre el mismo efecto que la férrea quilla
de un bergantín, que vuela dividiendo las movibles aguas
del mar, acariciado por las brisas nocturnas.
En menos de diez minutos se formó una larga calle de
cincuenta varas de ancho y una legua de largo. Los jueces
hicieron cuatro rayas en el suelo con intérvalos de cien
pasos entre cada una: los corredores de Atahualpay Daiman
se colocaron en la primera, y á una señal suya comenzaron
los barcos , que consisten en lo que vamos á referir.
Primero marcharon ambos ginetes paso á paso hasta la
segunda raya, y volvieron atrás; luego al trote hasta la ter-
cera, y retrocedieron igualmente; después al galope hasta la
cuarta, tornando á colocarse á la primera, procurando siem-
pre cada uno detener el ímpetu de su caballo, á fin de inspi-
rar confianza ó su adversario.
Enseguida galoparon cuatró ó cinco veces desde la
primera hasta la segunda, tercera y cuarta línea sucesiva-
mente, y cuando los que presidían la carrera, viendo que
pisaban juntos la última raya, gritaron ¡ahora! respondieron
[ 1J Dejad libre el paso: despejad.
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CARAMURÚ.
155
los jinetes ¡ahora! y se lanzaron á toda brida seguidos de los
jueces y de la multitud, que se replegaba tras ellos á medi-
da que pasaban por delante de ella devorando el espacio,
cual fugitivos planetas atraídos por el sol en medio del vacío.
Largo trecho galoparon juntos, y la victoria se mantu-
vo indecisa. Los dos parejeros eran escelentes, y se temía,
no sin razón, que á un tiempo pisasen la meta.
Inclinados ambos jinetes sobre su cuello, anhelantes les
palmoteaban frenéticos y les hablaban con voz que domi-
naba el tumulto ocasionado por el tropel inmenso que los
seguía, sin hacer uso del látigo que reservaban para el
último trance.
Daiman y Atahualpa, bañados en sudor, arrojando
por sus abiertas narices una columna de humo, y mirándose
con ira, redoblaban su esfuerzo á cada palabra de sus amos,
cuyas largas cabelleras, confundiéndose con sus crines,
ondeaban como serpientes amenazadoras que se enroscaban
silvando sobre sus cabezas.
Por una ilusión óptica muy fácil de comprender en la
rapidez de su carrera, en medio del torbellino de polvo y la
nube vaporosa que los envolvía, los rayos del sol quebrán-
dose y repercutiéndose velozmente, les prestaban á cada
momento nueva forma y colorido. La imaginación, asal-
tada de un vértigo fantástico, ora creía verá la distancia
dos fenómenos luminosos, dos de esas sombras colosales que
al caer la tarde suele divisar con espanto el viajero que
ignora su casa, en las cimas de la alta cordillera: ya dos
enormes moles de granito bajando por el rápido declive de
una montaña al fondo de un valle; tan pronto dos jigan-
tescos cóndores, batiendo sus anchas alas y cerniendo su
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CARAMURÚ.
raudo vuelo al confin de la llanura, como dos toros salvajes
que salen del bosque con atronador mugido llevando enci-
ma dos tigres feroces, cuyas aceradas uñas les desgarraban
la piel, clavada la boca en su cuello hecho trizas por sus
afilados dientes....
No faltaban ya mas que seis cuadras para llegar á la
meta; la ansiedad y la espectacion iban en aumento. Un
silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el pausado
galopar de los caballos, se sucede á la animada conversa-
ción de los circunstantes. Nadie habla, nadie pregunta
nada, nadie levanta la voz ofreciendo juego: todos miran,
todos suspensos y ansiosos, como si se tratase del mas grave
é importante asunto, aguardan, latiéndoles el corazón, á
que se decida el triunfo.
De repente Daiman pasa á su contrario, y un grito,
semejante al estampido de un trueno, retumba de un estre"
mo a otro; Atahualpa, furioso, le alcanza y le pasa á su
vez: habla el gaucho á su corcel, y este le deja de nuevo
atras; torna Atahualpa á alcanzarle, y torna Daiman á ade-
lantársele. El corredor del primero apela entonces al últi-
mo recurso; se incorpora, sus talones espolean los flancos
del vencido, revuelve el brazo á un lado y á otro cruzándole
con el látigo las ancas y el vientre. El noble corcel, indig-
nado, levanta la cabeza, tiembla de coraje, da un bufido,
y, por vez postrera, alcanza á su rival.
Amaro imita el ejenplo de su competidor, y cierra
piernas á su caballo sin castigarle. %
Daiman al sentirse aguijoneado eriza la crin, irgue las
orejas, tiende el cuello, alza la frente arrojando llamas por
los ojos, la inclina hiriéndose los encuentros con la barbada
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CAUAMUHÚ.
157
del freno, y mas veloz que una bala al escaparse del tubo
inflamado que la contiene, hiende los aires, porque sus piés
no tocan la tierra.
Atáhualpa hace un último esfuerzo, se agita, alarga
sus crispados miembros, aspira el aire con ardientes reso-
plidos, sigue con la vista empapada en lágrimas las huellas
de su vencedor; pero ¡hay! ¡en vano! ... .en eb mismo mo-
mento que este pisa la meta triunfante, cae recentado él á
cincuenta pasos, arrojando un rio de sangre por la boca y
las ventanas de la nariz.
Un coro de aplausos y vivas atruena la llanura; Dai-
man, victorioso, es aclamado hasta por sus mismos enemi-
gos, y Amaro, olvidándose en medio de la embriaguez del
triunfo de que aun no era tiempo de descubrirse, pues fal-
taba mas de una hora para anochecer, momento convenido
para dar el golpe cuando empezasen las tropas á desfilar;
cediendo á la costumbre, se sacó el sombrero y el pañuelo
que le ocultaba el rostro para saludar á la multitud.
Quiso su mala estrella que entre los espectadores mas
inmediatos hubiesen varios brasileros del departamento de
Tacuarembó, que le conocían muy bien por haber sido pri-
sioneros suyos, los cuales apenas le vieron comenzaron á
gritar, huyendo como si hubiesen visto al diablo;
— ¡Caramurú! ¡Caramurúl
Un escuadrón de tiradores de caballería se adelantó al
paraje de donde salían aquellos gritos alarmantes.
Amaro hizo una señal para que permaneciesen quietos
á algunos gauchos que se hallaban á su lado iniciados en la
rebelión por el Cambueta , volvió tranquilamente su caballo,
y enderezó el rumbo hácia el barranco, en cuyas profundi-
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158
CAUAMURÚ.
dades corría el Uruguay, único paraje que, defendido por
la propia naturaleza, no estaba guardado por las tropas
enemigas.
Los tiradores corrieron tras él, y su gefe le gritó que
se detuviese, si no quería que le mandase hacer fuego.
El gaucho, con aquella sonrisa irónica que tan bien
cuadraba á su fisonomía varonil, volvió la cabeza sin dete-
nerse, y se golpeó la boca, manifestándole así el caso que
hacía de sus amenazas.
El gefe mandó hacer fuego: doscientos tiradores, en
pelotones de á cincuenta descargaron sus tercerolas contra
el fugitivo por dos veces á menos de cuarenta pasos.
El, siempre á escape, cada vez que oia gritar ¡fuego!
daba una vuelta por debajo de la barriga del caballo, con
la destreza admirable de los indios Guaycurús, de quienes
liabia aprendido esta evolución, y tan pronto como escu-
chaba silbar las balas se incorporaba en su potro y conti-
nuaba impávido en su carrera.
Los brasileros y los espectadores juzgaban que aquella
resistencia era un solo capricho del célebre guerrillero, que
prefería morir á rendirse. Suponían que viéndose obligado
á costear el barranco, é imposibilitado de traspasar el cor-
don de soldados que guarnecía la llanura, al fin, de un mo-
do ú otro, muerto ó vivo, caería en sus manos.
Pero con gran sorpresa suya, con espanto y asombro
de todos, amigos y enemigos. Amaro al llegar cerca del
barranco, sonriéndose, hechó el halda del poncho sobre los
ojos de Daiman, le cerró piernas y se precipitó con él al rio
desde una altura de cuarenta piés.
Cuando llegaron los tiradores y la curiosa muchedum-
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CAltAMüRli.
159
bre, creyendo encontrar solo un cadáver flotando sobre las
aguas, el indómito gaucho, prendido con una mano de las
crines de su parejero, y nadando con la otra, llevado por la
corriente, próximo á tocar la orilla opuesta, se golpeaba
otra vez ?a boca, gritando á los brasileros por despedida:
— ¡Ya nos veremos las caras!
Semejante rasgo de audacia dejó á todos inmóviles y
petrificados, y cuando los soldados, á la voz del gete, volvían
á cargar sus tercerolas, ya él salvaba la márgen del rio y
galopaba hácia la selva, de donde salían á galope sus audaces
montoneros, alarmados por las descargas y pensando que
por alguna fatal casualidad se había empezado la lucha antes
de la hora convenida.
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XIV.
La montonera.
La pequeña hueste de Amaro reunida ya á su jefe, equi-
pada y provista de armas en aquellos dias, avanzaba lenta-
mente en órden de batalla, silenciosa, imponente, resuelta
como los trescientos compañeros de Leónidas, á morir pe-
leando. El sol, próximo á hundirse en el ocaso, hacía brillar
la desnuda hoja de sus corvos sables y la fulmínea punta de
sus lanzas con siniestros resplandores.
La confianza y decisión con que marchaban á una muer-
te, al parecer inevitable, despertaba en sus enemigos un
sentimiento muy parecido al miedo, hijo tal vez de la admira-
ción que les infundía á su pesar, aquel arrojo sobrehumano.
El nombre de Caramurú, sin embargo, bastaba para
esparcir el terror en sus filas, como el caballo del Cid para
poner en vergonzosa fuga á los infieles.
La multitud, previendo lo que iba á suceder, se había
dispersado mas rápida que una bandada de palomas á la
aproximación de un milano. <
Entre los fugitivos iban D. Cárlos y D. Nereo: el conde,
arrastrado al principio por las oleadas de los que huían,
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CARAMUMl.
102
valiente y pundonoroso militar, apenas se vió libre volvió
al campo, sin querer oír los ruegos de su hermano y de su
futuro suegro, que le suplicaban se viniese con ellos á la
ciudad, puesto que estaba desarmado; y no tenía responsa-
bilidad ni mando en las tropas reunidas allí, las que, por
otra parte, siendo muy superiores en número, y la mayor
parte veteranas, no podrían menos de arrollar á los insur-
gentes.
— Os engañáis, respondió él meneando la cabeza, Ca-
ramurú está á su frente; ese bandido, ese demonio acostum-
brado á batir mil soldados nuestros con cien montoneros
suyos. Y ademas, ¿eréis que solo con ellos tendremos que
pelear?.. ¡Mirad! por la parte opuesta, detenidos en el
confin de la llanura, cerca de mil rebeldes se disponen á
secundarlos. La cosa es mas séria de lo que pensáis,
amigos mios. Mi deber me llama allí; adiós.
Y espoleó y soltó la brida á su caballo, perdiéndose
muy pronto de vista.
Sobrábale razón á I). Alvaro: ochocientos gauchos,
peones y esclavos, divididos en cuatro grup s, aguardaban
la señal de acometer. Unos sacaban los trabucos y sables
que llevaban ocultos, los primeros bajo el poncho, y los
segundos bajo las caronas (1), otros esgrimían sus largos
facones (2), y el mayor número blandía sus formidables bolas
y doblaba el lazo , haciendo silbar por encima de su cabeza
la pesada argolla de hierro que sirve de contrapeso para
lanzarle hasta á cincuenta varas de distancia. Todo anun-
{ I] Mandiles de cuero que se ponen bajo el recada, montura especial que
usa la gente de campo.
(2) Cuchillos de tres cuartas de largo.
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CAHAMUKÚ.
163
ciaba que la lucha iba A ser encarnizada, y que los brasile-
ros, en caso de vencer, comprarían muy cara su victoria.
El comandante general, Confiado en sus mil soldados
y en la ventaja de su artillería é infantería, resolvió espe-
rarlos á pié firme, y dispuso que se replegasen sus batallo-
nes y dejasen aproximarse á los rebeldes á tiro de. cañón.
El apóstata oriental, el traidor D. Ricardo Floridan ignora-
ba con quién se las había, y juzgaba tan seguro el triunfo,
que solo temía que sus contrarios no se atreviesen á atacar-
le. Quería que no se le escapase ni uno solo.
— ¡Viva la patria! gritó Amaro volviéndose á los su-
yos:— ¡Viva la patria! gritaron estos; — ¡Patria y libertad!
contestaron á su frente sus amigos, y en el mismo instante,
los montoneros y sus aliados, se lanzaron á toda brida sobre
las huestes brasileras.
Una detonación espantosa ensordeció la llanura: cuatro
cánones preñados de metralla y quinientos fusiles estallaron
á la vez, esparciendo la muerte y la desolación entre las filas
de los patriotas.
Terrible fué aquel momento; una tercera parte de los
valientes mordió el polvo: una nube de negro humo los
envolvió, como un ancho sudario el inmenso cadáver de un
jigante, y un coro desgarrador de ayes, lamentos é impre-
caciones resonó tristemente como el himno fúnebre que
anunciára su derrota.
¡Viva la patria! tornó Amaro á repetir sin detenerse,
con voz tremenda, que dominaba el fragor de los cañones
y los lamentos de los moribundos: — ¡Viva la patria! contes-
taron sus esforzados compañeros, siguiendo sus huellas: —
i Patria y libertad! volvieron á gritar sus aliados, ya encima
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164
caramurú.
de los invasores; y unos y otros cayeron simultáneamente
sobre las cuadros enemigos, rompiendo la tripe muralla de
bayonetas que les cerraba el paso.
Entonees se trabó un desesperado combate á arma
blanca, en el que cada patriota tenía que pelear contra diez
realistas, y en el que, á pesar de su valentía, era de temer
que al fin cediesen agobiados por el número.
Los portugueses huían, es verdad; pero á su retaguar-
dia otros batallones venían en su apoyo, y mientras los
rebeldes se volvían y los desbarataban, los fugitivos se reha-
cían y los esperaban de nuevo con las armas preparadas.
La única ventaja que llevaban los orientales era que la
caballería enemiga, como de costumbre, había huido cobar-
demente á los primeros choques, y abandonada la infantería,
rota y dispersa varias veces, vagaba aquí y allí, sin poder
reunirse en una sola columna, como sus gefes anhelaban.
La rapidez y arrojo de los montoneros, el espanto que in-
fundía Amaro apenas se aproximaba, hacía abortar sus
mejores maniobras é inutilizaban toda su estratégia y sus
esfuerzos.
Cabalgaba el intrépido gaucho sobre un arrogante po-
tro, negro como las negras sombras que envolvían el caos
antes que Dios separase la luz de las tinieblas, veloz como
el pampero cuando el invierno desata sus álas, y blandía en
su mano una poderosa lanza, cabo de ébano, que remata-
ba en dos medias lunas. Se había sacado el poncho, empa-
pado en agua al precipitarse en el rio : tenía descubierta la
cabeza; el sombrero flotaba sobre sus robustas espaldas, su-
jeto á la garganta por el barbijo (1); descendía, hasta besar
(1] Cordon ó cinta de seda.
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CARAMUIUl.
165
los hombros, su cabellera húmeda, destrenzada en lácias
guedejas; el entusiasmo bélico, la sed de venganza, el estri-
dor de los sables, la vista de la sangre, el ambiente de la
pólvora contraían sus lábios, coloreaban sus mejillas, cris-
paban sus músculos, erizaban sus bigotes, y comunicaban
á sus negras pupilas no sé qué eléctricas vibraciones, qué
efluvios de luz, que producían en la muchedumbre el efecto
de los magnetizadores en las personas sujetas á su influen-
cia. Parecían dos soles rojizos, que giraban como estrellas
artificiales, despidiendo un millar de chispas centelleantes.
Así, ceñido de una aureola de fuego, mas terrible que
el apóstol Santiago combatiendo contra los musulmanes,
revolvíase sobre el caballo, llevando la muerte donde fijaba
sus ojos; la muerte, sí, porque el rayo de su mirada no. era
mas ligero que la punta de su lanza. El pensamiento y la
acción se sucedían en él con tal velocidad, que era imposible
distinguir si el primero engendraba á la segunda, ó si este
era engendrado por aquella.
Empero ya el sol había desaparecido, y muy pronto el
crepúsculo iba á estender su gasa de sombras por el Oc-
cidente. Era preciso, pues, antes que llegase la noche ar-
rollar á todo trance á los que se conservaban en el campo
para que se declarase una derrota general en el pequeño
ejército enemigo, Amaro habia jurado clavar esa noche el
estandarte azul y blanco en las trincheras de Paysandú, y
cubierto de gloria devolver á Lia á su padre, ó perecer en la
demanda. Su suerte estaba echada vencer ó morir.
Detuvo su corcel un momento; paseó la vista por la lla-
nura para cerciorarse del estado en que se encontraban tan-
to los suyos como los enemigos, indagó si les venían refuer-
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166
CAHAMURÚ.
zos de alguna parte, y cuando ya se preparaba á volver
sobre ellos, notó por casualidad en el horizonte lejano,
encima de una montana, un bulto blanco, la forma vaga y
misteriosa de una mujer, Miróla, sintiendo acrecer su es-
fuerzo al contemplarla, su anhelo de triunfar ó sucumbir.
¡Ah! la voz secreta de su corazón, que nunca le enga-
ñaba, le decía que aquella mujer era Lia; Lia, que habia
salido del bosque contraviniendo sus órdenes, y después de
haber rogado á sus guardianes que le acompañasen hasta la
cumbre del monte, tales cosas le3 dijo que les obligó á aver-
gonzarse de su inacción y á volar en apoyo de sus compa.
ñeros, esponiéndose al enojo y acaso á la venganza de su
gefe.
Su amante la había dejado custodiada por diez hom-
bres, los cuales debían, si la suerte le era adversa, acompa-
ñarle al otro dia hasta cerca de Paysandú, y entregarla al
vaquvano para que la pusiese en manos de su padre; pero
ella, á las primeras descargas, con un valor admirable en
sus pocos años y en su sexo, mandó á los gauchos que la
llevasen á alguna de las montañas inmediatas que domina-
ban la llanura, y estos, que solo tenían órden de no separar-
se de ella, pero no de oponerse á su voluntad, obedecieron.
Llegaron á la cumbre en los momentos en que, recha-
zados los auxiliares de Amaro, huían en desórden ante un
batallón realista capitaneado por el conde, los únicos que
sostenian dignamente el honor de las armas brasilera».
— ¡Ay! Huyen los nuestros, dijo Lia acongojada, al-
zando las manos al cielo: ¡todo se ha perdido!
— Todavía no; ¡ya se reharán! contestó uno de los que
la acompañaban con la sombría calma peculiar de los gau-
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JAic Jluteil ¡nv.-lih Teodomiro Real ) Prado editor. JJbpAN JMfUIft'N-í
¡Oh! ¡E-l cielo le protege! replico' Lia trocando sus lagriñSSF
de pesar en otras de gozo
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CARAMURÚ.
167
chos cuando están muy afectados; y, ademas, mirad á la
izquierda allí. . . . cerca de la artillería. . . . ved como
corren los intrusos. ...
—Sí; ¡aquel es Amaro! gritó la jóven, trémula de gozo
y de temor; ya rompe el segundo cuadro, y llega al pié de
los cañones enemigos. . . . ¡Dios mió! .... ¡Protégele! ....
Ya no lo veo ha caído del caballo, ¡ay! ... .
— Señorita, no os asustéis: no ha nacido todavía el
hombre que ha de matar á Caramurú.
— Al mismo tiempo que le apuntaban, le he visto caer;
contestó ella sollozando.
— ¡ Já! ¡ Já! ¡ Já! .... ¿Caer él? Habrá dado alguna
vuelta por debajo del vientre del caballo; y si no, miradlo. .
En efecto, Amaro disipada la nube de humo y fuego
que le envolvió algunos segundos, lanceaba en aquel ins-
tantp á los artilleros al pié de los cañones, y se iba apode-
rando de ellos con la mayor facilidad.
¡Oh! ¡El cielo le .proteje! replicó Lia trocando sus lá-
grimas de pesar en otras de gozo. ¡Dios-da fortaleza á su
brazo, y corona con el triunfo su heróico esfuerzo!
Súbita idea, hija del entusiasmo que le inspiraba su
amante, coloreó su frente de marfil; un rayo de amor pátrio
levantó su nevado seno, y condensándose en sus negras
pupilas, se escapó de sus lábios virginales llevando la con-
vicción de su deber y el ánsia de la gloria al corazón de los
que la rodeaban.
— Amigos mios, les dijo, para nada os necesito; dejad-
me sola, id allí, allí donde caen vuestros hermanos despeda-
zados por la metralla.
Los gauchos se miraron unos á otros manifestando in-
24
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168 CARAMURÚ.
voluntariamente su pesar de verse detenidos allí. Lia con-
tinuó:
— ¡No os avergonzáis de presenciar el combate en vez
de participar de él! ¡Ah! ¡Si yo fuese hombre! ; . . .
— ¡Por la virgen del Pilar, señorita! esclamó el que ha-
cia de gefe; tenemos órden espresa de no abandonaros. Nos
vá en ello la vida. . . . mas que la vida. . . . el aprecio de
Caramurú. . . .
— Os juro que nada sabrá, y si lo sabe, ¿crees que me
negaría vuestro perdón pidiéndoselo yo?
Los gauchos volvieron á mirarse unos á otros vacilando.
—No hay que perder tiempo, replicó Lia tomando un
aire de reina ofendida que la sentaba perfectamente; ¡e%
marchad; yo os lo mando!
— No puede ser, señorita, contestó el sargento iwfQt*
turbable.
— ¡Eh! añadió la jóven con escarnio, sabiéndoos «te
era el único medio de hacer que saltasen por tocólos con-
sideraciones, y se fuesen al enemigo como fiera4$¡$g^6 míos
cobardes; teneis miedo, y andais buscando pretestos para
disculpar vuestra flojedad! ¡Miserables! ¡No teneis una
gota de sangre oriental en las venas! ....
— Eso no, ¡voto al diablo! gritó el sargento dirijiéndose
á sus nuevé compañeros; ¿quién quiere seguirme? ¿Quién
quiere venirse conmigo á hacerse matar de puro gusto, para
que esta niña se retracte de sus crueles palabras?. . . .
— ¡Yo, yo! respondieron á una voz todos los gauchos.
— Es preciso que alguien se quede.
— No necesito á nadie, repitió Lia dándoles las gracias
y animándolos con una mirada capaz de levantar de su tum-
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CARAMURÚ.
169
ba á un cadáver; id, amigos mios, y cubrios de gloria con
vuestros hermanos, ó caed á su lado. Vencidos ó vencedo-
res, aquí me encontrareis rogando por vosotros.
Y no bien se perdieron en el declive de la montaña, la
encantadora virgen cayó de hinojos y levantó las manos al
cielo orando por la salvación de su pátria. Viva imágen de
su quebranto y de sus esperanzas, idealización sublime del
sangriento drama que á sus piés se representaba, ella simbo-
lizaba el lóbrego presente y el espléndido porvenir de Amé -
rica, triste é incierto ahora, pero en el futuro rico de ventura
como una promesa de Dios.
¡Y qué bella, qué hechicera, qué divina estaba sobre la
alta cumbre, vestida de blanco, elevando de rodillas sus
plegarias al Todo-poderoso, entre las dudosas sombras del
crepúsculo y la múltiple cuanto pavorosa armonía que se
remontaba de la llanura cargada con las almas de los muer-
tos! ¡Cuánto recojimiento en su semblante! ¡Cuánta ternu-
ra en su mirada! ¡Cuánta espresion en su actitud seráfica! . .
Era imposible, sí, era imposible que Dios desoyese su ruego.
El ángel de la victoria, compadecido de su dolor, debía po-
sarse sobre las banderas que ella siguiese con la vista. . . .
Amaro penetró serpeando como una centella por en-
medio de los batallones enemigos; la consternación y el
espanto se apoderaron de los brasileros; ya no le esperaban;
huían desde lejos al verle venir, y no los ojos, los gemidos
de los que caían derribados por su temible lanza, les indi-
caban su dirección.
En breve la derrota se hizo general: la carnicería fué
espantosa: no se dió cuartel por espacio de tres horas.
D. Ricardo Floridan, el marido de doña Eugénia, y el
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170
CARAMURÚ.
conde, cayeron prisioneros, y debieron el no ser muertos á
la aparición de Amaro, que llegó cuando los tendían en el
suelo para degollarlos.
El primer rayo de la luna que brilló en el cielo á media
noche, encontró clavada en las trincheras de Paisandú la
bandera blanca con el sol de oro y las siete fajas azules, y á
dos leguas de allí trescientos cadáveres tendidos en la lla-
nura. ¡Magnífico festín para los buitres y caranchos que en
muchos dias cruzaron en numerosas bandadas desde una á
otra ribera del Uruguay, anunciando la catástrofe á los que
todavía la ignoraban!
XV.
; Todo por ella !
Mientras los realistas huían dispersos, acuchillados por
los patriotas, Lia bajó de la montaña acompañada solamen-
te de cuatro de sus guardianes; los demas, fieles á su pa-
labra, habían muerto heróicamente con el sargento á su
cabeza.
Cerca de las puertas de Paysandú encontraron al va-
queano, y se dirigieron juntos, según las intrucciones de
Amaro, á la comandancia general.
Casi al mismo tiempo entraba aquel por la parte opues-
ta con el conde y Floridan„ que desarmados y silenciosos
marchaban á retaguardia, seguidos de otros gefes y oficiales
prisioneros.
Tanto el conde como su amigo estaban persuadidos
que .el gaucho, al salvarlos de los puñales de sus montone-
ros, había querido únicamente dilatar su muerte para
gozarse luego en su suplicio, y dar á sus plebeyos secua-
ces el dulce espectáculo de ver morir en el cadalso á la
primera autoridad de la provincia y á uno de los primeros
títulos del imperio.
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172
CARA MU RÚ.
Delirio era imaginar que les perdonase, atendida su
Índole feroz y el espíritu sanguinario de que hacía alarde,
según la voz general y los heohos que se le atribuían con
razón ó sin ella.
Sin embargo, existía un eslabón misterioso entre el
caudillo patriota y el aristócrata realista, un secreto, secreto
terrible, ignorado de Amaro, que, descubierto por el conde,
desarmaría su brazo, á menos de ser un mónstruo ó una
fiera.
Empero mediaban tales circunstancias, era tan ver-
gonzosa la revelación para el segundo, que sin duda prefe-
riría la muerte á desplegar los lábios. Su orgullo y su
aleve conducta con el gaucho, aunque desconocida de este,
le prohibían hablar. Estaba resuelto á morir con la arro-
gancia y serenidad propias de un hombre de su ilustre
linaje : lo contrario le parecía rebajarse demasiado, descen-
der acaso inútilmente basta el último escalón del envileci-
miento.
En cuanto á Floridan, su situación era aun peor ; por
ningún concepto podía esperar piedad de Amaro : su cali-
dad de apóstata le ponía fuera, de la ley.. El montonero
era inflexible con los que, traicionando á su pátria, en vez
de romper las cadenas que la oprimían, ayudaban á sus
opresores á forjarlas. No había ejemplo de que hubiese
perdonado á un solo traidor. Los odiaba mas que i los.bra-
sileros, si cabe.
¡Oh! Si el desgraciado comandante hubiese sabido
que su sobrina era amada con delirio por aquel hombre ter-
rible, cuya voluntad de bronce se quebrantaba ante una
mirada suya, cuyos deseos eran leyes paré él antes que los
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CAIiAMUKÚ.
173
espresase, la esperanza habría vertido sobre un corazón
despedazado, sobre su frente devorada por la fiebre, el bál-
samo adormeciente de sus ilusiones; un rayo de salvación
hubiera disipado la negra noche que le circundaba, y su
alma, sacudiendo su mortal congoja, habría confiado en la
bondad divina.
Amaro entró en Paysandú á las once de la noche* en
medio de los vivas y aclamaciones de toda la población, que
se regocijaba, como era natural, por el triunfo de sus com-
patriotas. Los brasileros trataban al pais como pais con-
quistado, y eran odiados en todas partes.
El vencedor se encaminó á la casa donde le esperaba
Lia; mandó llamar á su padre, y al propio tiempo dió órden
para que trajesen ¿ su presencia al comandante general y
al conde.
Cuando estos llegaron, Lia se retiró á una pieza inme-
diata, no sin exigir antes á Amaro que los perdonaría.
El gaucho nada respondió : había resuelto ser impla-
cable.
Los dos prisioneros se presentaron : Flor idan, abatido
y trémulo como un reo en la presencia de su juez; el
conde, con aire arrogante, erguida la gabeza, despreciativo
y hasta insolente.
— Señores, les dijo Amaro: si teneis algo que enco-
mendarme para vuestras familias, podéis hacerlo, porque
mañana á las doce vais á ser fusilados con todos los indivi-
duos del ejército Brasilero, de teniente para arriba, que
hayan caído prisioneros.
Floridan se estremeció, quiso hablar, y no pudo; la
voz se le anudó en la garganta, . y pálido, azorado, con el
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CABAMUKÚ.
frió del miedo , tiritando (1), fijó sus espantados ojos en su
inexorable enemigo, demandándole piedad.
El conde, por el contrario, se sonrió con desden, y
lanzó al gaucho una mirada que acabó de exasperarle.
'—Sí ; es preciso hacer un escarmiento, continuó Ama-
ro : vosotros nos habéis puesto fuera de la ley ; fusiláis
hasta á los soldados: yo, mas noble, mas generoso, me
contento con la cabeza de los gefes. Vamos, ¿no teneis
nada quo decirme?
—Nada, contestó D. Alvaro con arrogancia; nada,
sino que éres un asesino infame, un cobarde, que libras á
tus enemigos de morir en el campo de batalla para gozarte
luego en su agonía.
— ¡Miserable! gritó el gaucho temblando de cólera, tú
no sabes el sacrificio que hago al entregarte á la muerte
tanto á tí como á ese apóstata, á ese vil renegado, baldón
del suelo que le vió nacer. Había pensado perdonarte para
tener el gusto de arrancarte yo mismo la vida peleando
frente á frente; motivos muy poderosos me obligaban á ello;
¡tu hermano, á quién debo algunos favores; el Sr. de Niser,
á quién estimo como á su padre; una mujer por cuyos ca-
prichos mas insignificantes sacrificaría mi existencia, mi
reputación, mi gloria! .... ¡Todos me pedirán de rodillas
que te perdone, y no te perdonaré, no! ¡Porque si te per-
dono á tí, tendré que perdonar á ese traidor, y con ese á
los demas, y yo antes que todo soy justo; la voz de mi con-
ciencia, el inquebrantable juramento que he hecho de ven-
gar á mis compañeros de Tacuarembó inmolados atrozmente
f 1 J García de Quevedo.
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CAHAMURÚ.
175
por vosotros, me obligan á arrastraros al cadalso contra mi
voluntad, á labrar con vuestra muerte mi eterna desgracia!
— Pues entonces, ¿por qué, por qué no dejasteis que
nos degollasen? replicó el conde.
— ¿Qué sé y ó? Cedi á un impulso involuntario, á un
sentimiento de hidalguía del que muchas veces he tenido
que arrepentirme.
D. Alvaro tornó á sonreírse con menosprecio, mirán-
dole de arriba abajo y volviéndose de espaldas desdeñosa-
mente, como si tuviese á menos seguir la conversación
con él.
El gaucho, lastimado en su amor propio, herido en lo
mas vivo por el desprecio de aquel hombre, ó quién abomi-
naba desde que sabía que era el esposo futuro de Lia, le-
vantó la mano para lavar su agravio con una bofetada; pero
volviéndose de pronto D. Alvaro, esquivó el golpe, le cogió
la muñeca, le devolvió en el rostro el golpe que le asestaba,
y le rechazó con violencia.
Amaro perdió la cabeza, desnudó el puñal, y le hubiera
muerto allí sin remedio, á no haberse abierto una de las
puertas que comunicaba á las habitaciones interiores, y
prese ntádose Lia, acompañada de su padre y de D. Nereo.
Los tres se interpusieron entre ellos.
Amaro, al verlos, pasando por una brusca transición
de la mas grande ira ó una afectada tranquilidad, se contu-
vo: cualquiera diría que se avergonzaba de su arrebato con
un hombre desarmado: dirijióse lentamente á la mesa, tomó
una campanilla de plata, y la sacudió con mano convulsa é
insegura.
No reflexionaba; estaba loco; la ira embargaba sus
25
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CARAMURÚ.
potencias. Era la primera vez que un hombre se atrevía á
ponerle las manos en la cara. ¡A él! ¡A Caramurú! ....
¡Al valiente ante quién temblaban los mas valientes!
Al áspero son que despedía la campanilla, agitada con
frenesí, un capitán y varios soldados que habían traído á los
prisioneros acudieron presurosos.
— ¡Llevad á esos dos hombres, y fusiladlos en el acto! . .
gritó Amaro, lívido de coraje, y dando diente con diente.
D. Nereo se precipitó para implorar el perdón de su
hermano descubriendo su secreto; pero éste, que adivinó su
intención, le cogió por el cuello, le atrajo á sí, y le dijo al
oído:
— Te ahogo entre mis manos si le revelas lo que debe
siempre ignorar.
Tan acostumbrado estaba el comerciante á las menores
insinuaciones de D* Alvaro, que se resignó llorando á verle
morir, cuando estaba convencido que le bastaría pronunciar
una palabra para salvarle. Con todo, prometiéndole no
tocar aquel punto, procuró recibir el mismo resultado por
otros medios.
Lia y D. Cárlos se habían arrojado á los piés del ofen-
dido, que los rechazaba sin querer oirlos. Don Nereo cayó
también de rodillas, y uniendo sus súplicas á las de aquellos,
añadió:
•-¡Te daré un millón, dos, mi fortuna entera, si le
perdonas! ....
— Todo el oro del mundo no sería bastante para lavar
la afrenta que me ha hecho, contestó Amaro, volviendo la
cabeza, ya medio enternecido por los ruegos y las lágrimas
de Lia.
>
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CA1UMURÚ.
.177
— Perdónale, decía ella abrazando sus rodillas; perdó-
nale en nombre de nuestro amor.
-¡Dios del cielo! esclamó D. Alvaro al escuchar las
últimas palabras de la joven, y al notar el efecto que produ-
cían en el implacable y feroz gaucho; ¡con que ese misera-
ble es tu amante! ¡Con que ese villano ha sido el que te
ha robado de la Estáncia! ....
— ¡Llevadlos! gritó Amaro segunda vez, enconada la
herida de su ultraje por el rudo apóstrofe del despechado
amante.
— ¡Sí, menguado! Ahora comprendo tu conducta, dijo
el conde encaminándose á la puerta; en vez de buscarme
lealmente como un hombre de honor, prefieres deshacerte
de mí, confiando á tus viles sayones la venganza que debie-
ras tomar por tu mano. ¡Ah, cobarde; te conozco! Me te-
mes, y por eso me asesinas Ahora siento morir, porque
al ódio que te profeso hace mucho tiempo se une la desespe-
ración de saber que éres mi rival ¡Ah! ¡El infierno te
ha puesto en mi camino! ....
— ¿Lo oyes, Lia? esclamó el gaucho entre irresoluto y
furioso, ¡y tú quieres que perdone á ese hombre! ¡No, ja-
más! Llevadlos, repito.
— ¿Y dónde se ha de hacer la ejecución?. . . . preg-untó
el oficial.
— Fuera del pueblo, á espaldas del cementerio.
Entonces Floridan, que hasta aquel momento había
permanecido apoyado contra la pared aterrado é inmóvil, al
sentir que le empujaban para llevarle al suplicio, volvió de
su enagenacion, y con un grito desgarrador tendió los bra-
zos á Lia, diciéndole:
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178
CAUAMUKÚ.
— ¡Al menos pídele por mí, que soy tu tio, y nada le lie
hecho!
Los soldados le arrastraron junto con D. Alvaro, á
pesar de sus esfuerzos, y D. Nereo salió también acompa-
ñando á su hermano. Lia se desmayó en brazos de su
padre, que lloraba como una criatura.
Al contemplar tan doloroso cuadro, el gaucho cruzó los
brazos, y dejó caer la cabeza sobre el pecho como un hom-
bre desesperado: un pensamiento magnánimo, digno de él,
reluchaba con sus agravios, y el deseo de obedecer á los
nobles impulsos de su alma, hidalga y generosa. * Tres ve-
ces se encaminó á la puerta, y tres veces retrocedió por
último, quedóse clavado en el umbral, y después de algunos
instantes de indecisión y angustia, se dijo: ¡ Todo por ella !
y corrió en busca de los prisioneros.
Alcanzólos fuera ya de la ciudad: llamó aparte al conde,
habló con él dos palabras, dió sus instrucciones al oficial que
mandaba el piquete, y se volvió á la comandancia general.
Lia había vuelto de su desmayo, y lloraba amargamen-
te: nunca se imaginó que su amante fuera tan cruel.
Por eso al verle entrar, pálido y demudado, impreso
todavía en sus facciones el sello de la terrible lucha que
acababa de sostener consigo mismo, apartó la vista de él
con horror, y suplicó á D. Cárlos que se la llevase de allí.
El buen anciano, sin poder dominar su profunda pena,
le echó en cara su barbárie.
— ¡Insensato! le dijo; has abierto un abismo insupera-
ble entre tí y ella. Nunca consentiré que dé su mano al
verdugo de su familia. D. Ricardo es su tio, y vínculos muy
estrechos de parentesco nos unen con el conde.
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CAUAMUUt'l. 179
Amaro le escuchaba resignado sin mover los lábios.
Diríase que reconociendo la gravedad de su culpa y ar-
repentido de ella, imploraba misericordia.
Y asi se pasó media hora; Lia, y su padre lamentándose
y abrumándole con sus justas quejas, y él inmóvil parado
delante de ellos, oyendo cuanto le decían, sin responder á
nada.
Lejana descarga retumbó á lo lejos... la frente de
Amaro se dilató con melancólica alegría cual si se viese li-
bre del grave peso que le prensaba el corazón. ,
— ¡Ay! esclamó Lia, arrojándose á los brazos de su
padre bañada en llanto; ¡ya han muerto!
— ¡Ya han muerto! repitió dolorosamente el anciano:
gózate en tu obra, Amaro.
— ¡Se han salvado! contestó pausadamente el gaucho.
— ¿De veras? preguntaron á la vez el padre y la hija
dominados por el tono solemne con que él se espresaba.
— Sí, continuó el generoso caudillo animándose por
grados, y considera, Lia, cuánto te amo, cuánta es la ce-
guedad de mi pasión, cuando por tí quebranto mi juramen-
to de ser inexorable con los traidores; me espongo á perder
el prestigio que gozo entre mis parciales, perdono á ese
hombre, que m3 ha inferido, no ya como enemigo, sino
como rival, el ultraje mas grande que se puede hacer á otro
hombre; y por último, mañana dejaré ir en libertad á todos
los prisioneros que estaban condenados á morir ¿Estás
contenta?. . . .
Era imposible dudar de lo que Amaro decía; sus mi-
radas, su ademan, su acento, llevaban la convicción al
ánimo mas incrédulo. Lia, en un arranque de ciego entu-
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180
CARAMURÚ.
siasmó, le abrió sus brazos y le estrechó contra su pecho.
Ella conocía á su amante, y valoraba el esfuerzo sobrehu-
mano que debió haber hecho para sobreponerse a las suges-
tiones de su amor propio; tan cruelmente pisoteado.
—-Pero esos tiros .... dijo D. Cárlos, ¿ qué significan?
— Significan que Floridan y D. Alvaro, disfrazados de
chasques , que llevan la noticia del gran triunfo obtenido
por nuestras armas, han pasado ya por én medio de mis
soldados que rodean el pueblo, y se encuentran libres y
montados en dos de mis mejores caballos, galopando con
dirección á Montevideo.
El anciano abrazó á su futuro yerno pidiéndole perdón
por sus inmerecidas recriminaciones, y D. Nereo, que
entró poco después y se arrojó igualmente en sus brazos,
prodigándole las mas vivas espresiones de gratitud, les
contó detenidamente el hecho, con otros pormenores que
la rapidéz de nuestra narración no nos permite esplanar
aquí. Séanos, pues, lícito aplazar los que lo merezcan
para el siguiente capítulo, en el que esplicaremos varias
cosas que en este apénas hemos enunciado, en gracia del
buen efecto.
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Venganza de nn gancho.
Amaro había resuelto, según se espresaba, hacer un
escarmiento con los gefes prisioneros: su amor, mas enér-
gico que su voluntad, sofocó la esplosion de su venganza.
A todos los perdonó sinceramente, menos á D. Alvaro,
porque era imposible, aunque lo desease. Hombres de su
temple no reciben una bofetada y se quedan con ella. Hay
agravios que solo con sangre se lavan.
En medio del rencor y justa indignación que le oca-
sionára el ultraje del conde, no podía menos de conocer
que era un valiente ; y esto, junto con sus sarcasmos y la
mortificación de que creyesen los demas que le mataba
porque le tenía miedo, contribuyó no poco á que cediese al
fin á los nobles impulsos de su corazón y á los fervorosos
ruegos de las personas que mas amaba en el mundo : Lía
y su padre.
D. Alvaro había dicho que se deshacía vimente de él,
porque era un cobarde, incapaz de eligirle por sí mismo la
satisfacción que estaba pronto á darle ; y Amaro, vuelto de
su momentánea alucinación, comprendió que para vengar
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182 CARAMUKÚ.
su ofensa cual caballero, aquel era el camino y no otro : un
duelo á muerte.
Tan pronto como esta idea surgió en su cabeza, salió,
montó á caballo, y voló en busca de ellos.
Ya hemos indicado que afortunadamente logró alcan-
zarlos fuera del pueblo, á pocos pasos del lugar donde debía
verificarse la ejecución.
— ¡ Deteneos ! les gritó desde lejos, no bien los divisó ;
¡ deteneos !
Soldados y prisioneros volvieron el rostro con igual
sorpresa: habían conocido la terrible voz de Caramurú.
Aproximóse este a galope, bajó de su alazan, y toman-
do al conde de un brazo, se alejó con él á bastante dis-
tancia para que no le oyesen los demás.
—¿Sois hombre de honor?. . . .
— Dudo que me lo preguntéis, contestó D. Alvaro con
altanería, pruebas teneis de que nadie, ni aun prisionero,
me insulta impunemente.
--¿Aceptareis un duelo á muerte?
— ¡Con el maycH* placer!
—En ese caso .... os dejaré ir en libertad.
—Pensé que nos batiríamos ahora mismo, repuso el
conde.
— Ahora no puede ser, conviene que el mas impenetra-
ble secreto envuelva nuestro desafío.
—Entonces murmuró el Sr. de Itapeby perplejo.
— Os iréis á Montevideo dentro de seis meses, el
3 del próximo Octubre á la tarde saldréis como de paseo, y
os dirigiréis solo al Pantanoso: yo allí os espero ... en los
médanos.
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CARAMURÚ.
183
—¿Las armas?
— Escogedlas vos.
— Me es indiferente; pero para un duelo á muerte estoy
por las pistolas.
— Sean las pistolas, respondió el gaucho lentamente;
mas como son armas traidoras, y yo apenas las sé manejar,
tiraremos lo mas cerca posible.
A todo estoy dispuesto, replicó D. Alvaro afectando la
mas completa indiferencia para ocultar mejor el disgusto
que le ocasionaba aquella proposición; ¡á todo! siempre,
cuándo y del modo que gustéis.
— Escuso advertiros, continuó Amaro, que esto debe
quedar entre nosotros dos, y que no se necesitan padrinos,
médicos, ni. • . .
— ¡Oh, descuidad! .... comprendo: sé de lo que se trata
y también tengo yo mis motivos para ocultar este lance;
por otra parte
— Hemos concluido, esclamó el gaucho, sin dejarle
terminar la frase; id con Dios, señor conde; disfrazaos de
chasque con vuestro amigo, y estos mismos soldados os
acompañarán hasta que salgáis del rádio que vigilan mis
montoneros.
—Una palabra, una sola palabra, esclamó D. Alvaro
deteniéndole por el halda del poncho; decidme: ¿Lia está
inocente?
— ¿Y lo dudáis, por ventura? ¿Lo dudáis? repitió in-
dignado su rival, á quién aquella pregunta estemporánea le
producía el efecto de un dardo envenenado.
— Creía. . . . pues. . . . juzgaba . . .
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184
CARAMURÚ.
— ¡Eli! continuó Amaro en el mismo tono; yo no podía
deshonrar á la que va á ser mi esposa.
— ¿Tu esposa?
— ¡Si, mi esposa!. . . .
— Hace mucho tiempo que su madre tiene concertado
el enlace entre su hija y yo.
— ¡No importa!
— Su padre me ha empeñado solemnemente su palabra
de honor.
— ¡No importa!
— Ella misma, sin que nadie la obligase, me ha dicho
que me amaba, y accedido muy gustosa á aceptar mi mano
y mi nombre.
— ¡Mientes! replicó el gaucho ya exasperado.
— Un miserable como tú no puede ser esposo de Lia
Niser, contestó el conde, vertiendo por sus encendidos ojos
la hiel de la envidia y de los* celos que le abrasaban el alma.
—Yo romperé el odioso compromiso que la liga á tí,
arrancándote la vida, añadió Amaro con voz seca y breve.
— ¡Eso lo veremos! gritó D. Alvaro.
— ¡Silencio, imbécil! murmuró aquel poniéndole la
mano en la boca ; no es preciso que otros se enteren de lo
que tratamos. . . .
El conde ahogó en su garganta el torrente de insultos
que brotaban de su corazón, despedazado por todas las
furias del infierno.
Amaro dió las órdenes oportunas á su gente, y sus
instrucciones se ejecutaron a! pié de la letra \Floridan y el
conde llegaron á Montevideo sanos y salvos, sin que nadie
les molestase en el camino.
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A
CARAMURÚ.
185
Cuatro dias después, D. Nereo, so pretesto de arre-
glar algunos asuntos de grande importancia con un ban-
quero que acababa de quebrar, partió á la capital en
compañía de dona Petra.
Había presenciado la escena entre I 03 dos amantes, y
adivinado por las últimas palabras de su hermano las con-
diciones bajo las cuales su rival le concedía la libertad.
Deber suyo era impedir aquel duelo sacrilego, si no abier-
tamente, valiéndose de otros medios ocultos que surtiesen
el mismo efecto.
Antes de partir entregó los cien mil patacones de la
apuesta á Amaro, que mandó distribuirlos entre su gente,
sin reservar ni un peso para él. Desinteresado y generoso
proceder que aumentó su popularidad y disipó el general
disgusto y descontento de sus feroces montoneros, á con-
secuencia del perdón otorgado á los oficiales Brasileros, y
sobre todo al comandante D. Ricardo F loridan y al conde
de Itapeby.
D. Cárlos y su hija, por razones de conveniencia, se
retiraron á una Estancia que poseia el primero en los con-
fines de la República, cerca de Ituzaingó, paraje célebre
por la gran batalla que se dió en él, el 20 de Febrero
de 1827.
Con las prósperas noticias que corrían, el anciano es-
peraba que de un momento á otro se viesen los invasores
obligados á abandonar el pais ; y halagado por esta espe-
ranza, deseoso de dar tiempo á la maledicencia y á la ca-
lumnia para que se cansasen de despedazar la reputación
de Lia, y también á fin de no verse en el duro caso, muy
amargo para él, que era en estremo pacífico y prudente, de
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186
CARAMUHÚ.
tener una esplicacion con el conde, esponiéndose á su
venganza si le desairaba, D. Cárlos resolvió encerrarse en
su Estancia y aguardar en ella el desenlace de los sucesos.
Amaro iba á verlos frecuentemente, y se pasaba las
horas muertas al lado de su adorada y del viejo juriscon-
sulto, foqando castillos en el aire para cuando llegase el
suspirado dia de su felicidad. Y si su volcánica pasión
hubiera sido susceptible de aumento, sin duda creciera
con las continuas pruebas de amor que se prodigaban
*
ambos.
Todos los domingos en la tarde Lia salía á recibirle al
camino con un ramo de flores silvestres, que había cogido
en el campo para él, y él le daba en cambio alguna precio-
sa avecilla, prisionera con no pocos afanes por sus mon-
toneros en el fondo de los bosques: inclinábase sobre el
cuello del caballo, y al ponerla en sus manos estampaba un
púdico beso en la casta frente de la hermosa. D. Cárlos se
sonreía; invitábale á dar un paseo por los alrededores, y él,
que no deseaba otra cosa, % descendia de su cabalgadura, y
ofreciendo el brazo á Lia, se encaminaban juntos por la
márgen del cercano rio. Contábanse lo que habían hecho
en toda la semana, y sin dejar meter baza al pobre viejo,
hablaban y hablaban sobre el mismo tema, sobre lo que
hablan siempre los enamorados, desde que se reunían hasta
que se separaban, prometiendo verse el domingo siguiente.
Amaro galopaba treinta ó cuarenta leguas sin descan-
sar, esponiéndose á caer prisionero ó á ser muerto, solo
por tener el placer de pasar dos horas á su lado, y aunque
aseguraba siempre que estaba acampado por alli cerca, Lia,
mejor informada, le reconvenía amistosamente, y le robaba
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CARAMURÚ.
187
que no se espusiese tan á menudo ni fuese tan imprudente
y temerario: exigíale formal promesa de no volver en algún
tiempo^ él le prometía cuanto deseaba, y al cabo de siete ú
ocho dias se presentaba como de costumbre.
Así se pasaron seis meses, seis meses de envidiable
ventura, dos meses de un sueño divino, en que su alma,
desprendida de los lazos terrenales por la violencia de su
pasión, se nutría tan solo con la pura llama de su amor, é
inundando sus corazones de esa misteriosa voluptuosidad,
de esa secreta espansion de esos transportes ideales que no
necesitan de los sentidos para producirse, les revelaba la
felicidad perfecta, eterna, sin noches, sin límites ni hori-
zontes, que Dios guarda á sus escogidos en el paraiso, y
gustaban de antemano sus inefables delicias. . . .
Alguna vez, sin embargo, el recuerdo del conde venia
á anublar el plácido cielo de sus esperanzas. Lia temblaba
por su padre, y Amaro se acordaba con recelo que podía
matarle en el duelo á muerte que tenia tratado. Proba-
blemente aquella era la primer ocasión que se le había
ocurrido tal idea; porque él, acaso mejor que D. Juan
Tenorio, estaba habilitado para decir :
“A quien quise provoqué,
con quien quiso me batí,
y nunca me imaginé
que pudo matarme á mí
aquel i qnien yo maté.”
Pero la felicidad enerva hasta los corazones mas intré-
pidos. Se teme perder el bien que nos ha costado mucho
trabajo alcanzar. ¿Cómo no amar la vida? ¡Era tan
dichoso al presente y esperaba tanto del porvenir! ¿Cómo
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188
CABAMURÚ.
no desconfiar de la negra estrella que le perseguía desde la
cuna?.... ¡Ay! ¡Tal vez en el momento que llevase á los
lábios la copa de su ventura ; tal vez el plomo de su rival la
despedazaría- entre sus manos cortando el hilo de su exis-
tencia !
Este doloroso pensamiento no dejaba de preocuparle á
medida que se acercaba el plazo fatal : mas no por eso tem-
bló, ni dudó de su valor, ni pensó jamás en rehuir el com-
bate ó dilatarlo.
Resuelto á matar al conde ó á ser muerto por él, pre-
sentóse en los médanos del Pantanoso en el dia y hora con-
venidos; un hombre le aguardaba desde por la mañana con
una carta de D. Alvaro.
Grande fué la sorpresa del gaucho cuando leyó la si-
guiente misiva, techada en Rio-Janeiro.
«Amaro: A los pocos dias de estar en Montevideo el
gobernador me envió aquí con pliegos para S. M. Creí
evacuar mi cometido y volver antes de los seis meses; pero
el emperador, sordo á mis ruegos, me ha prohibido espesa-
mente que salga de Rio-Janeiro, donde me detiene para
confiarme, según dice, el mando de algunas de las fuerzas
que se están organizando en Rio-Grande y que deben en
la próxima primavera reforzar á las tropas que tenemos en
esa provincia, pues, como no ignoráis, vamos á declarar
la guerra á Buenos Aires antes que ella nos la declare.
«Yo espero de vuestra lealtad que no atribuiréis á nin-
gún motivo innoble mi involuntaria falta; y también espero
que en cualquier tiempo y ocasión, donde quiera que nos
encontremos, aunque hayan trascurrido cincuenta anos, rea-
lizaremos nuestro desafío como conviene á gentes de honor;
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CARAMURÚ.
189
es decir, en la forma y modo que teníamos concertado.
«No hay remedio: es preciso que uno de los dos baje á
la tumba: los dos amamos á Lia, y uno solo ha de poseerla.
«El conde de Itapeby.»
Amaro se atusó el bigote, guardó la carta, volvió gru-
pas á su caballo, y se alejó tranquilamente, sin querer
interrogar al emisario: pensaba escribir al conde.
Creemos escusado advertir que todo había sido una
intriga de D. Nereo, quién, valido de la amistad que le
unia al conde de la Laguna, gobernador de Montevideo,
consiguió que enviase á su hermano á la corte, á pesar de
sus protestas, y hasta de la resistencia que él opuso, y allí,
por medio de su influencia y relaciones con los ministros de
D. Pedro, y especialmente con Francisco Gómez da Silva,
alias Chalaza , favorito del monarca á la sazón, logró que
aquel le detuviese con el pretesto que hemos dicho. D.
Alvaro estaba desesperado.
Siempre con la esperanza de obtener de un dia para
otro el consentimiento del emperador, se trascurrieron tres
años, en los cuales el Brasil en mal hoja declaró la guerra á
Buenos Aires.
En mar y tierra las armas imperiales se vieron humi-
lladas, tan humilladas, que hoy todavía tiembla el imperio
delante de Rosas, sin atreverse á recoger el guante que le
ha arrojado mil veces á la cara, recordando aquella época
desastrosa.
Don Pedro de Braganza, no obstante, hombre de
corazón y de mente elevada, antes de abandonar la joya
mas hermosa de su corona, la disputada provincia cispla-
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190
CARAMURÚ.
tina( 1), reclamada por Buenos Aires como parte integrante
del antiguo vireinato,y por él como su frontera natural en el
Plata, hizo un postrer esfuerzo, formó un numeroso ejército
en la frontera, y no pudiendo marchar el mismo á su frente,
como anhelaba, confió el mando al marques de Barbacena,
uno de sus cortesanos en quién mas confianza tenía. El
conde obtuvo por fin permiso de incorporarse al ejército.
El general argentino D. Cárlos María de Alvear man-
daba las fuerzas patriotas, y Amaro, con sus montoneros,
un escuadrón de lanceros alemanes y dos batallones de
infantería formaba en el ala izquierda.
Los dos ejércitos se avistaron en la misma provincia de
Rio-Grande, y después de muchas marchas y contramar-
chas por parte del general enemigo, cuyo objeto aun se
ignora, se detuvo una noche en los campos de Ituzaingó,
en una situación bastante ventajosa, con ánimo de presen-
tar al dia siguiente la batalla, y Alvear, que adivinó su in-
tención, aceptó el reto.
Colocados casi á tiro de cañón, patriotas y realistas se
veían desde sus campamentos al fuego cercano de sus res-
pectivos vivaques, y s unos y otros aguardaban con impa-
ciencia los primeros vislumbres de la alborada para caer
sobre sus contrarios y anonadarlos ó ser anonadados por
ellos. El entusiasmo y el deseo de combatir era igual en
ambos; pero en cuanto á táctica y disciplina, las tropas
brasileñas, veteranas en gran parte, eran muy superiores
á las nuestras.
Esa misma noche, cerca de la diez, recibió Amaro por
fl] Nombre coa que bautizaron los intrusos ¿ la Banda Oriental al incor-
pora la al imperio en 1823.
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CABAMUBÚ.
191
medio de un desertor del campo enemigo un billete del
Gande, que no contenía mas qoe estas breves palabras:
•Dentro de una hora os espero 4 la Entrada del hosque
que se estiende á espaldas da vuestra línea: iré solo, y sin
mas compañeros que mis pistolas»
El gaucho requirió al punto las suyas, montó 4 caba-
llo seguido de unos cuarenta jinetes, dió un largo rodeo
como si anduviese recorriendo el campo, y por último, or-
denando á los suyos que continuasen patrullando y se reti-
rasen cuando oyesen dos ó mas tiros, se internó solo en el
bosque.
Al propio tiempo llegaba el conde por la parte opuesta,
disfrazado de gaucho.
Era una clara noche de primavera; la luna de febrero
vertía su luz diáfana y trasparente sobre el estrecho recin-
to donde se habían detenido D. Alvaro y su rival, y su
amarillo fulgor reflejábase de lleno en el rostro de ambos
combatientes. El hacha de los leñadores había derribado
los árboles que crecían al rededor, formando un anfiteatro
de veinte varas de largo y pocas menos de ancho.
Los dos se saludaron con Maldad inclinando levemente
la cabeza.
—Nos colocaremos á veinte pasos y tiraremos avanzan-
do, dijo el conde amartillando sus pistolas.
—A veinte pasos es mucha distancia, contestó Amaro
preparando las suyas.
—A diez.
—No: ha de ser cogidos de la mano.
—¡Eso es un asesinato estúpido! esclamó D. Alvaro
con viveza.
27
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192
CABAMUBÚ.
— Caballero, respondió el gaucho contemplándole fija-
mente y con reconcentrada ferocidad, como si quisiera leer
eu su interior; caballero: ¿teneis miedo de morir?
— ¡Miedo no! pero me parece una locura y una necedad
suicidarnos de ese modo: con uno de los dos que deje de
existir, sobra.
— ¡En buen hora! echemos suertes, y al que le toque
tirará primero, á quemaropa, se entiende.
D. Alvaro se pasó la mano por la frente, y clavó la vis-
ta en el suelo, dudando si admitiría; mas esta indecisión no
duró dos minutos; avergonzado de su debilidad, levantó con
arrogancia la cabeza, y esclamó precipitadamente:
— ¡Acepto!
— En ese caso hacedme el gusto de retiraros á alguna
distancia; yo me volveré de espaldas para no veros: sacad
una moneda ó un objeto cualquiera; escondedlo en una
mano, y dadme á escoger. Si acierto, tiraré yo; sí no, os
tocará á vos matarme.
— ¡Sea! murmuró el conde con voz agitada.
— ¿Está ya?. . . . preguntó el gaucho con su impasibi-
lidad habitual, viendo que tardaba en realizar la operación
mencionada mas de lo que parecía regular.
—Escoged, replicó D. Alvaro, presentándole las dos
manos cerradas.
Amaro golpeó la izquierda con el cañón de su pistola.
Exhaló el conde un grito de feróz alegría, y abriendo
ambas palmas le mostró una pieza de plata en la derecha.
— ¡Encomiéndate á Dios, desgraciado! añadió sin poder
ocultar su gozo! ¡Vas á espiar tus crímenes; llegó tu últi-
ma hora!
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CARAMURÚ.
193
— Dadme la mano, Sr. D. Alvaro, y ved bien cómo me
despacháis, porque todavía no estoy muerto, contestó el
gaucho con una sonrisa infernal, sacándose el poncho y des-
abrochándose la chaqueta, el chaleco y hasta la camisa, para
que viese que no llevaba ningún resguardo debajo de ella.
En seguida tendióle la siniestra mano, que apretó por
un movimiento nervioso la de su rival, é invocó en su mente
el nombre de Lia.
El conde apoyó la boca de su arma sobre la piel, encima
del corazón del gaucho, y gozándose de antemano en su
triunfo, con el pretesto de informarse caritativamente si
tenía algo que encomendar á su cuidado, se detuvo para
examinar e! efecto que le ocasionaba la idea de su pró-
ximo fin.
Pero aunque Amaro debía sufrir horriblemente, su
fisonomía era una máscara de bronce que nada dejaba en-
trever. Latía su corazón con fuerza ; pero no temblaba su
mano : contraíanse los músculos de su frente ; pero no va-
cilaban sus piernas : le zumbaban los oídos ; pero sus ojos
de águila, clavados en los del conde, fijos y sin pestañear,
lejos de traducir el miedo, revelaban la ira del valiente á
quien llevan á la muerte maniatado
D. Alvaro no pudo menos de admirarse de su sangre
fría y serenidad. El verdugo, favorecido por la fortuna,
estaba mas conmovido que su víctima.
— ¿Tiráis ó nó? le preguntó Amaro ya impaciente.
El conde apretó el gatillo, crugió la llave sobre la
cazoleta, se incendió la pólvora, mas. . . . ¡no salió el tiro !
— ¡Ahora á mí! gritó el gaucho apretándole la mano
que tenía cogida con la suya.
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104
CAKAMUBÚ.
El noblé Conde, acometido de súbito espanto, inclinó
el cuerpo hácia atras, y procuró desasirse de aquella férrea
y vigorosa mano que le tenía enclavado allí como la po-
tente garra de un espíritu maléfico.
Aquel Vértigo, aquel estupor, aquella impresión de
terror involuntario, pasó como un meteoro ; apenas Vuelto
en sí, D. Alvaro se quedó inmóvil, inclinó la frente, y dijo
con voz vibrante de indignación y despecho :
— ¡Matadme!!!
Amaro á su vez apoyó el caSon de su pistola en el
pecho de su adversario.
El conde, por osas esfuerzos que bacía para disimular
su angustia, temblaba de los piésúlos cabellos; anchas
gotas de sudor le bañaban las fases ; los ojos querían esca-
pársele de las Órbitas; se comprimían sus dedos; le flaquea-
ban las rodillas, y su respiración desigual y convulsiva
traicionaba el espanto escondido en su pecho.
El gaucho levantó pooo á poco el arma homicida,
moviéndola cabeza con una amarga sonrisa de desprecie,
descargó su pistola en el tronco de una palmera inmediata.
— ¡Podéis marcharos, Sr. Itapeby, le dijo, señalán-
dole el camino del campamento, 4 menos que queráis
recomenzar el combate, añadió con ironía.
¡D. Alvaro procuraba en vano reanimarse : había con-
fiado mas en su valor : él no era ciertamente cobarda,; do
había -demostrado en cien campos de batalla y eu otros
lances de honor ; .pero en aquella ocasión perdió toda su
energía, 'lúa noche, k soledad, las estriñas condiciones
impuestas por Amaro, y las circunstancias que mediaban
en aquel duelo singular, le intimidaron desde -un principio.
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CJ&AMU&Ú.
195
Protegido j engañado por la suerte, no estaba preparado
para morir cuando sus armas le traicionaron. Con todo,
en medio de su turbación, todavía tuvo bastante pundonor
para exigir á su enemigo que le tirase.
— Yo no mato á un hombre que está medio muerto, fué
la respuesta del valiente guerrillero, además, detesto esas
armas de que os valéis vosotros los de la ciudad. No puedo,
no, asesinar á nadie ¿ sangre fría. Para que yo mate á un
hambre necesito luchar -con él cuerpo á cuerpo, enardecerme
Gon Jos golpes que dé y con los que reciba, perder la cabe-
za, en una palabra, y no reflexionar. En uno de esos
instantes mataría á mi pro.pio hermano ó á mi padre, si los
tuviera; pero me desdeñe, me avergonzaría de ensañarme
con el que inerme me entrega su vida, aunque fuese mi
mayor y mas odiado enemigo, oomo lo sois vos, señor
conde.. . .
Aquí se detuvo Amaro, esperando que le respondiese,
pronto á ofrecer otro duelo á arma blanca <¿ su rival si veía
en él indicios de prestarse -dignamente A sus deseos* pero
se equivocó : en todo pensaba A- Alvaro menos en volver A
batirse.
— ¡Oid! continuó el gefe de los montoneros, despues-de
una pausa no muy corta; puesto que ahora no os place cum-
plirme vuestra palabra, mañana ó pasado se dará una batalla,
batalla campal que debe decidir los destinos de este país:
pues bien; si queréis lavar la mancha que ha caído hoy
sobre vuestro honor, buscadme en medio de la pelea, que
yo también os buscaré para pediros cuenta otra vez del
agravio que me hicisteis en Paysandú. Adiós Sr. de Ita-
peby; hasta mañana.
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196
CARAMURÚ.
Anonadado el conde por tanta generosidad, no supo
qué responder. Su ódio y admiración eran iguales: tenta-
do estuvo de llamar al noble gaucho, estrecharlo en sus
brazos y descubrirle su secreto; pero entonces, entonces
sería preciso renunciar á Lia, y este sacrificio era superior á
sus fuerzas. ¡También él la amaba con delirio!
— ¿Qué hacer?. . . . Nada: ¡que me mate ó matarle! ....
esclamó.pasado su primer impulso; me avergüenzo de deber-
le dos veces la vida. Dios ha colocado entre nosotros un
abismo con el amor de esa mujer, abismo que no puede
llenarse sino con la sangre de uno de los dos. El ha podido
deshacerse de mí en dos ocasiones distintas, y no lo ha
hecho. . . ¿Será la voz de la naturaleza quién le habla?. . .
¡No! le ciega su vanidad.... ¡Insensato! Mañana se arre-
pentirá de su nécia hidalguía . .
Y costeando el bosque, se encaminó paso ápaso al
campamento, devorando ¿ solas sú vergüenza y desespera-
ción. Por fortuna nadie presenció aquel nuevo oprobio
grabado en su corazón con letras de fuego. El, tan orgu-
lloso y audáz, habia temblado delante de Caramurú, que le
perdonó por no degradarse matando d un hombre medio
muerto , según se esplicaba en su rudo lenguaje Solo el
conde comprendía todo el sarcasmo, toda la ignominia en-
vuelta en estas palabras. La venganza magnánima del
gaucho sobrepujaba al ultraje que él le había inferido.
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La batalla de Itazaingd
AI espirar el año de 1825, el Brasil se había visto obli-
gado A declarar la guerra á Buenos-Aires, que si no prote-
gía abiertamente A los rebeldes, permitía que se equipasen
de armas* y se organizasen en sus fronteras y hasta en la
misma capital. Las justas quejas y reclamaciones del gabi-
nete imperial eran desatendidas; las notas se cruzaban sin
resultado alguno; y después de la batalla de Sarandí, ga-
nada por los patriotas A las órdenes de los generales Rivera
y Lavalleja, D. Pedro emperador constitucional y defensor
perpétuo del Brasil , resolvió confiar A la suerte de las armas
lo que no podía alcanzar por las negociaciones diplomAticas.
La lucha intestina que entónces* devoraba A las pro-
vincias de la Confederación, no permitió A Buenos- Aires
prestar A los orientales todo el apoyo que era necesario para
inclinar la balanza A su favor, y la lucha continuó con for--
tuna vAria hasta principios de 1827.
En esa época, como acabamos de indicar en el ante-
rior capítulo, D. Pedro, cansado de una guerra que parecía
interminable, que diezmaba al Brasil y empobrecía su era-
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198
CAEAMUHÚ.
rio, determinó trasladarse en persona al teatro de los suce-
sos y ponerse él mismo al frente del numeroso ejército que
se estaba organizando en la provincia de Rio-Grande.
Sérias complicaciones en Rio Janeiro le obligaron á
volver á la corte y á confiar el mando de sus tropas al mar-
ques de Barbacena, sugeto que gozaba de una alta repu-
tación de consumado militar, sin haberla conquistado en
ningún campo de batalla.
La noticia de la llegada de D. Pedro á la frontera, pro-
dujo en Buenos Aires la mas viva sensación; el presidente
de la república dirigió una proclama á todos sus habitantes
invitándoles á unirse contra el usurpador; incorporándose
al ejército que pasó en seguida á la Banda Oriental; el mar-
ques por su parte, al tomar el mando de las tropas imperia-
les, espidió otra proclama asaz jactanciosa, prometiéndoles
que en breves dias la bandera del imperio tremolaría victo-
riosa en la capital de la Confederación Argentina.
Confiaba tanto el marques en la victoria, que no
quiso aguardar un refuerzo de dos mil hombres que venían
en su apoyo A las órdenes de Bentos Manoel, caudillo que
después se ha hecho célebre, proclamando la república en
Rio-Grande y sosteniendo él solo la guerra por catorce años
con dos ó tres mil insurgentes, contra todas las fuerzas reu-
nidas de las demas provincias del imperio, que á veces as-
cendieron hasta veinte mil hombres.
Preciso es confesar, no obstante, que sus tropas eran
escelentes, y que tal vez habrían justificado su orgullosa
predicción dirigidas por otros gefes y combatiendo con otros
hombres que no estuviesen animados del santo amor de la
independencia.
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C Dogle
CÁUAMUItÚ.
199
Al dia siguiente del que tuvo lugar el desafío entre el
conde y Amaro, se libró la batalla. En la situación en que
estaban colocados ambos ejércitos, queriendo uno de ellos,
era casi imposible esquivarla. El retirarse equivalía á una
derrota.
En el primer ímpetu, los realistas arrollaron á los pa-
triotas; y aunque se ha dicho que Alvear retrocedió caute-
losamente para desalojarlos de las ventajosas posiciones que
ocupaban, lo cierto es que rompieron su línea, envolvieron
á los nuestros, y los persiguieron largo espacio, ocasionán-
doles pérdidas muy considerables.
Por fortuna la caballería pudo rehacerse al pié de una
colina, y los atacó por el frente y por los flancos; desbandá-
ronse los primeros escuadrones enemigos, remolinearon,
volvieron grupas, y fueron á caer sobre su propia infantería.
Replegóse la nuestra merqed á este movimiento, y después
de un desesperado combate, que duró seis horas, la victoria
se declaró á favor de los patriotas.
Entre tanto Amaro y el conde se buscaban con igual
impaciencia y deseo de lavar su común afrenta. Sobre todo
el segundo, que anhelaba borrar la nota de cobarde que
había caído sobre su honor.
La casualidad, el destino, ó mas bien la mano oculta de
la Providencia, los separaba. Por dos ocasiones se divisa-
ron desde lejos, y llamándose por sus nombres, cerraron
espuelas á sus corceles, blandiendo el uno su formidable
lanza, cabo de ébano, y el otro su bien templada hoja de
Toledo: un tropel de fugitivos se interpuso entre ellos, y la
lanfta del gaucho, creyendo herir á su rival, se clavó en el
pecho de un teniente lusitano, y la espada del conde cayó
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200
CARAMUBÚ.
sobre un morrión de uno de sus propios soldados, partiéndo-
le el cráneo. Luego el tumulto y la confusión, el polvo
que levantaban los caballos, la negra atmósfera, producida
por la pólvora incendiada, estendían enrededor un azulado
velo, que se desvanecía y condensaba en lívidas y sangrien-
tas ráfagas al estallar de nuevo los cañones y fusiles. Los
combatientes no se veían á cuatro pasos de distancia.
— ¡D. Alvaro! gritaba Amaro con tronador acento,
abriéndose camino por entre la apretada muchedumbre con
la punta de su lanza, que destilaba sangre hasta la cuja.
— ¡Caramurú! repetía el conde sin oírle, empinándose
furioso sobre el arzón de la silla, atropellando y acuchillando
cuanto intentaba detenerle. ♦ . .
¡Empeño inútil! .... Su voz se perdia en medio del
bramido del cañón, el choque de los sables, el estrépito de
las balas, y de los gritos; imprecaciones y lamentos que
víctimas y verdugos arrojaban en la palestra, y cuando se
disipaba por un instante la espesa humareda que los en-
volvía, ya no se encontraban.
El arrojo y valentía del conde en la ocasión presente
contrastaban con su anterior debilidad. Nadie al verle im-
pávido y audaz precipitarse ciegamente en lo mas récio de
la batalla, y desafiar una y mil veces la muerte, allí donde
el peligro era mas inminente, nadie hubiera creído que
aquel mismo hombre la noche antes había temblado coma
un niño al sentir sobre su pecho el cañón de una pistola.
Pero tal es la condición humana y tan efímeros la mayor
parte de las veces los fundamentos del valor. ¡Cuántos que
pasan por valientes se baten y sucumben como unos héroe»
cegados por las impresiones del momento, tiemblan y re-
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CAHAMURÚ.
20i
troceden ante una muerte tranquila, segura, inevitable!
Lo que mas afligía á D. Alvaro era que su rival le cre-
yese capaz de esquivar el duelo y huir de él; capaz de te-
merle allí como le había temido en el bosque. A esta idea
bramaba de coraje, y hubiera dado con gusto su alma á
Satanás á trueque de encontrarle.
Por satisfacer este deseo que le resecaba las entrañas,
desde los primeros choques se había separado del batallón
que mandaba, roto deshecho largo tiempo hacía. Y era tal
su ceguedad, estaba tan dispuesto á cumplir su palabra, que
cuando presenció la completa derrota de los suyos, en vez
de ponerse en salvo, se bajó tranquilamente del caballo,
cogió el sombrero y el poncho de un patriota muerto, se
los puso, y fué á colocarse en la senda del camino por don-
de necesariamente tenía que pasar Amaro persiguiendo á
los fugitivos.
Sus cálculos le salieron exactos; á poco apareció el in-
trépido gaucho, seguido á bastante distancia de algunos
montoneros; al parecer, galopaba tras un gefe realista, ¿
quien sin duda equivocaba con él. *
Apenas se convenció el conde que el que avanzaba era
Amaro y no otro, lanzó su caballo á escape, y le llamó por
su nombre, gritándole:
— ¡Caramurú, aquí estoy! . . .
Renunciamos á pintar el transporte de salvaje alegría
que bañó el semblante del vengativo gaucho: la pantera
que herida de muerte por el cazador consigue abrazarle,
hundirle sus garras en el pecho, y ensañarse en su cadáver
antes de espirar, no ruge con tanto gozo como Amaro al
divisar al conde.
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202 CARAMÜRll.
Recogida al punto debajo del brazo, doblóse silbando
la poderosa lanza en su robusta mano, y enhiesto el cue-
llo, apretados los dientes, entreabiertos los lábios, fija y
centelleante la mirada, apresurando la rápida carrera de su
bridón cual si temiera que se le escapara de nuevo su ad-
versario, fuese derecho á él, cual imantada saeta despedida
con violencia y atraída al mismo tiempo por un blanco de
acero.
Con idéntico brío, con igual ímpetu y satisfacción ar-
rancó el conde hacia su odiado rival.
No era mucha la distancia que los dividía, y sus caba-
llos volaban; pero en su anhelo por llegar A las manos, se
figuraban que había una legua de por medio, y que sus
alazanes, rendidos de fatiga, no acertaban ya á galopar.
Por último se encontraron: Amaro revolvió el brazo
atrás, y su lanza, describiendo un doble círculo, corrió cer-
tera entre sus dedos, recta al corazón de su enemigo.
El conde, que era un escelente tirador de toda clase de
armas, la rechazó con su espada, y casi casi se la arranca de
laa manos. Vuelve Amaro á acometerle otra vez, y vuelve
él á desviar los golpes que le dirige. Ataca D. Alvaro, y
con tal velocidad y destreza, que apenas puede aquel defen-
derse con la lanza: arrójala enfurecido, y empuña el sable.
Chócanse, rebotan, martillean y crugen los aceros en
sus potentes diestras: los dos combaten con encarnizamianto
ciegos de ira, sedientos de venganza, mas no consiguen
herirse.
De repente da el conde nn grito, inclina lentamente la
cabeza sobre el cuello del caballo, estiende el brazo, suelta
la espada, vacila, pierde los estribos, y cae al suelo.
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CARAMURÚ.
203
Ancho raudal de sangre se escapa de su pecho; una
traidora lanza lo ha traspasado por detrás de parte á parte.
Amaro indaga con la vista quién ha sido el aleve que
se ha atrevido á herirle cuando combatía cuerpo á cuerpo
con él; el hierro ensangrentado de uno de sus montoneros
le revela al culpable; vase á él, y le tiende á sus piés de una
cuchillada,
El desgraciado creyó hacer un servicio importante á su
gefe librándole de un enemigo que tan bien se defendía y
atacaba.
En seguida se desmonta, examina la herida y mueve
la cabeza dolorosamente. ¡La lanza que le ha traspasado
estaba envenenada!
El conde no ha perdido el conocimiento, y Amaro trata
de disculparse de aquel accidente imprevisto.
— No es necesario que os justifiquéis, le contesta: todo
lo comprendo
Acuden algunos soldados; el caudillo patriota les confia
al conde, y corre á buscar á uno de los cirujanos del ejército:
vuelve con él, y hecha la primera cura, ordena que lleven
al herido á la casa mas próxima que se encuentre.
D. Alvaro le da las gracias con una melancólica son-
risa, que equivale á decir: ¡ya es inútil! le tiende la mano,
pronuncia el nombre de D. Cárlos Niser, y ruega con voz
apagada que le conduzcan á su estancia, que dista muy
poco del lugar de la batalla. D. Cárlos es su pariente inme-
diato, y antes de morir quiere arreglar sus asuntos, y nom-
brarle albacea de sus cuantiosos bienes.
Amaro vacila, porque teme que se le atribuya aquella
muerte, y se disculpa con pretestos triviales.
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204
CARAMUBÚ.
El conde adivina su pensamiento, y haciendo un
grande esfuerzo para hablar, le tranquiliza diciéndole:
— Os he visto castigar á mi matador; y os conozco bas-
tante para no atribuiros semejante vileza.... Es la mano
de Dios quien me hiere: nada sabrá Lia.
El generoso gaucho, al ver aquel cambio inesperado,
y no sabiendo á qué atribuirlo, se siente también enterne-
cido, y olvida sus agravios. No es ya su antiguo rival; es
solo un moribundo quien le implora. Sería una crueldad
y una infamia oponerse á sus últimos deseos. En conse-
cuencia, manda colocar al herido en una camilla, y le
acompaña en persona hasta cerca de la Estancia; vuélvese
al campamento y cumpliendo sus postreras instruciones,
espide un chasque á D. Nereo para que en el acto se ponga
en marcha, por si aun llega á tiempo de recoger el último
suspiro de su infeliz hermano. . . .
La necesidad de enumerar, aunque sea íncidentalmen-
te, los acontecimientos políticos de alguna importancia, es-
labonados con los personajes de nuestra historia, aconteci-
mientos que pueden considerarse como el fondo del cuadro
que bosquejamos, como la peana donde descansan sus prin-
cipales figuras, nos obligan á consignar aquí, en pocas pala-
bras, los resultados de esa gran batalla que decidió una
lucha de doce años, y abrió una nueva era para la jóven
república Oriental.
A consecuencia de ella, D. Pedro desesperado de triun-
far, y cediendo después de una porfiada resistencia á las
bases presentadas por lord Ponsomby, ministro píen ipoten-;
ciario de S. M. B., consintió que sus miniferos, en qpiásé'
con los de Buenos Aires, firmasen en Rió-Janeiro el 27.
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CARAMURÚ.
205
Agosto de 1822, bajo la mediación de la Gran-Bretaña, la
célebre convención preliminar de paz, que hoy Rosas hace
valer como uno de sus títulos para intervenir en nuestros
asuntos domésticos.
Ahora solo cumple á nuestro objeto decir que por los
artículos primero, segundo y tercero, tanto el Brasil como
Buenos- Aires, renunciaron solemnemente a todas sus preten-
siones de dominio y soberanía sobre el pais disputado, «á
fin de que se constituyera en estado libre é independiente de
toda y cualquiera nación, bajo la forma de gobierno que
juzgase mas conveniente á sus intereses, necesidades y re-
cursos, obligándose ambas altas partes contratantes á de-
fender su independencia é integridad, por el tiempo y en
el modo que se ajustase en el tratado definitivo de paz. »
Así recompenzó Dios la fé, la constancia y heroicidad
de sus dignos hijos. El 4 de Octubre del mismo año fueron
cangeadas en Montevideo las ratificaciones de ese pacto de
honor y justicia, que habían alcanzado nuestros padres,
merced á su indomable arrojo. ¡En aquel dia de impere-
cedera gloria, la mas hermosa estrella de las muchas que
ostentaba el estandarte imperial, pálida y sin brillo en-
tre ellas, arrancada por la punta de sus lanzas, inundó
el horizonte con sus rayos, y las eclipsó á todas, conver-
tida en sol esplendoroso!
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■ i ■ t m ,t m n
r m m rm. 4
XVIII.
Revelaciones.
Han pasado ocho dias desde que espiró en los campos de
Ituzaingó el poder brasileño en la ribera izquierda del Plata.
En una espaciosa alcoba alumbrada por la ténue luz
de una lámpara cubierta con una pantalla verde, sobre un
lecho de agonía, yace un hombre como de cuarenta años,
luchando con los últimos parasismos de la muerte.
Una fiebre devorante hace latir las arterias de sus
sienes y comunica un movimiento convulsivo 4 todos sus
miembros; su respiración á intérvalos es penosa y apagada;
á intérvalos estertórea y ronca; su pecho se levanta apresu-
rado; el aire que penetra en él sale convertido en fuego de
sus pulmones abrasados; sus ojos brillantes se dilatan ó
comprimen según la intensidad del dolor; ha perdido el
habla, pero á veces la recobra, y entonces pronuncia, ó
mejor dicho, articula palabras vagas, oscuras, incoherentes,
sin sentido alguno.
Acaso una chispa de inteligencia, por instantes, viene
como un relámpago á arrojar un destello de luz sobre el •
eaoa desús ideas. ¡En vano!.... apenas intenta coordi-
29
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208
CARAMURÚ.
mirlas, el delirio con mas fuerza se apodera de su desmaya-
do pensamiento.
No es el terror de su próximo fin lo que le abruma, no:
son los fantasmas de su imag-inacion que no le dejan un
momento de reposo; y solo cuando la enervación física ó
moral llega á su colmo, un letargo momentáneo, efecto de
los dos principios de vida y muerte que se disputan su per-
sona, paralizando todas sus facultades sensitivas é intelec-
tuales, da tréguas á sus crueles padecimientos.
¡Triste resultado de una vida criminal!
Cerca de la cama, cruzados los brazos, fijos los ojos en
el enfermo, con aire meditabundo y preocupado* dos médicos
le observan. En su mirada impasible, en sus cejas leve-
mente arqueadas, en la espresion desdeñosa de sus lábios,
se puede leer sin mucho trabajo la ninguna esperanza que
tienen de salvarle.
Al borde del lecho, mirando alternativamente á los
médicos y al moribundo, se ven dos jóvenes que de muy
distinto modo manifiestan el dolor que les causa su pérdida*
El primero, dotado de una fisonomía afable, delicada y
melancólica, ha tomado una de sus manos, y la besa de-
lirante arrasados los ojos de lágrimas.
Este es D. Nereo Abreu de Itapeby, su* hermano le-
gítimo.
El segundo, de aspecto varonil y severo, en sus faccio-
nes pronunciadas, largos cabellos, luenga barba y formas
atléticas, revela al indómito habitante de los campo», al
intrépido gaucho criado en medio de los peligros y de los
combates, al caudillo de los bosques, acostumbrado á domi-
nar y á vencer en todas partes. Negra nube de tristeza
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CAHAMUüÚ.
209
empaña ahora su altivo semblante, y vuelve á menudo la ca-
beza como si no quisiera dejar traslucir la compasión que le
inspira su enemigo.
Este es Amaro, el aventurero cuya familia y apellido
se ignoran y á quién los intrusos llamaban Caramurú , es
decir, Satanás.
A poca distancia, sentada sobre un sofá, aquella ange-
lical muger, bella como la esperanza, graciosa como la pri-
mera imágen de amor que cruza por la frente de un adoles-
cente, á quién vimos en el capítulo primero tímida y rubo-
rosa asomar su infantil cabeza al través de los barrotes de su
ventana, llorando cubre ahora su rostro con un pañuelo.
Esta es Lia, la prometida esposa de D. Alvaro*
Detrás de los médicos, en actitud anhelosa, con mani-
fiestas señales de dolor profundo, un venerable anciano
contempla al enfermo. Ardientes lágrimas ruedan hilo á
hilo por sus pálidas mejillas.
Este es D. Cárlos Niser, pariente inmediato del mo-
ribundo.
Durante algunos minutos todos permanecieron en si-
lencio. Ninguno tenía fuerzas para hablar: al fin uno de
los doctores, despuqs de haber pulsado al enfermo, murmu-
rando entre dientes algunas palabras, que equivalían á un
no hay esperanza , se dirigió á la pieza inmediata.
Lia, Amaro, D. Nereo, Niser, se echaron una mirada
imposible de pintar
El médico volvió con una redomita de cristal, donde
había un licor negro, y derramando algunas gotas en una
cuchara de plata, con gran dificultad consiguió introducir-
las en la boca del paciente.
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210
CAKAMÜRÚ.
A poco rato pareció este reanimarse, é hizo algunos
movimientos.
De repente su rostro se animó con un vivo encarnado,
abrió los ojos, y con voz lánguida y apagada murmuró:
— ¡Nereo, Amaro!
— ¡Hermano mió! ¡Señor! contestaron ellos acer-
cándose mas á la cabecera del lecho.
— Silencio, dijeron los médicos; silencio: cualquiera
emoción demasiado fuerte le matará.
Los jóvenes enmudecieron; pero el enfermo, presa de
su delirio, animado de súbita energía, incorpórese veloz-
mente en el lecho, y gritó abriéndole sus brazos al gaucho:
— Amaro, perdóname; ¡tú éres mi hermano!
Volviéronse todos atónitos cual si dudasen de lo que
oian, interrogando á D. Nereo con la vista, y su sorpresa se
aumentó al notar que este afirmaba con la cabeza lo que
decía el moribundo.
— Mi padre, continuó D. Alvaro, en un viaje que hizo
á este pais en 1798, ya casado, sedujo á una jóven de una
de las familias mas distinguidas de Paysandú, á una her-
mana del que era no há mucho comandante general de
aquel departamento ....
— ¡Luisa Floridan! esclamó D. Cárlos, ¡infeliz! He ahí
la causa de su misteriosa desaparición.
—Su orgulloso hermano la confinó á la misma Estan-
cia de donde fué robada Lia; allí dió á luz un niño y murió
de dolor y vergüenza á los pocos dias, dejando escrita una
carta para mi padre.
Dos lágrimas de fuego surcaron lentamente el rostro
del gaucho. Nunca había conocido á su infortunada madre.
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CAHAMURÚ.
211
D. Alvaro se detuvo un momento como para coordinar
sus ideas, suplicáronle los médicos que aplazase sus revela-
ciones para otra ocasión; pero él se sonrió con amargura,
y los rechazó, diciéndoles:
— Dejadme en paz, ¡imbéciles! conozco que mi última
hora se acerca, y antes de morir qniero espiar el mal que
he hecho. Cogió una mano al gaucho que le escuchaba
atónito, y continuó de esta manera:
—En aquella Estancia viviste, Amaro, confundido con
los hijos de los peones, hasta que un antiguo y fiel criado
de mi padre te robó de ella y te llevo á una de nuestras
posesiones, sita en la provincia de Rio-Grande: entonces
tenias tú seis años, y pudo conocerte por una cruz que te
había hecho tu madre en el brazo izquierdo, con el zumo
indeleble de esas raíces con que los indios se tiñen el
cuerpo.
—Sí, aquí está, repitió Amaro volviendo la manga de
su vesta, y mostrando á los circunstantes sorprendidos
aquella señal misteriosa; sí, miradla: aquí está.
—Diez años después, mi padre cayó gravemente enfer-
mo, hizo su testamento, y en sus últimos instantes nos lla-
mó á Nereo y á mí, y nos dijo:
— «Vosotros dos sois únicamente mis hijos legítimos;
pero tengo otro, á quien no he querido ver nunca. Engañé
á su madre como un vil con palabra de casamiento, y he
sido causa de su muerte. En estas largas noches de angus-
tia y agonía, los remordimientos se han despertado en mi
alma punzantes y de votadores, y no he podido menos de
reconocerle como hijo, y dejarle toda la parte de fortuna de
que las leyes me permiten disponer. Juradme que acata-
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212 CAKAMURÚ.
reis mi última voluntad, y os conduciréis con él ccSfiílfet^
daderos hermanos • *
Aquí D. Alvaro inclinó la frente agobiado por el peso
de sus propios remordimientos; su situación era idéntica á
la del autor de sus dias.
- Nosotros, añadió con voz lenta y agitada, nosotros
se lo prometimos solemnemente; pero *ay! apenas cerró
sus ojos á la luz, la vil codicia se apoderó de mi alma;
arrojé el testamento al fueg’O, y amenacé á mi hermano,
tímido y déb;l, y acostumbrado desde su niñez á plegarse
á todos mis caprichos, que le mataría en el momento que
llegase á descubrir nuestro secreto ... '
— ¡Por piedad, calla, calla! esclamó D. Nereo, ponién-
dole la mano sobre los lábios.
— No es esto todo, repuso el conde exaltándose á me-
dida que hablaba, y dejando traslucir el desquicio completo
de su razón; cuatro asesinos partieron á Rio-Grande para
matarte, Amaro; junto con el antiguo y fiel servidor de mi
padre. Por fortuna no estabas allí, y solo este sucumbió.
Un grito de horror se escapó de la boca de todos los
circunstantes. El conde mismo, horrorizado de su crimen,
escondió la cabeza entre las manos.
— Perdónale, Amaro, dijo D. Nereo echándose á sus
piés; ¡perdónale! .... Si él te ha robado nombre y fortuna;
si ha atentado contra tu vida; si te ha perseguido luego, yo
he velado por tí secretamente, hasta que te perdí de vista
hace algunos años.
— ¡Dios mió! ¡Dios mió! murmuró el conde, esti-
rándose y revolviéndose en el mullido lecho; ¡ me abrasa
las entrañas el veneno del hierro que rae ha herido !
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CARAMURÚ. 213
¡ Dadme agua, agua ! ¡ Que me muero de sed !
Y era espantosa su agonía.
El recuerdo de su vida pasada, la idea tremenda de la
eternidad, la memoria de su padre moribundo y de su fiel
servidor cayendo acribillado á balazos, sin querer descubrir
el paradero de Amaro, le hacían entrever mil espectros y
visiones horrorosas que le amenazaban con látigos de fuego.
—¡Salvadme! ¡Salvadme! . . . .decía: ahí están. . . .
ahí .... junto á mi ¿no los veis?. . . . ¡Ah!
Y con el cabello erizado, la frente cubierta de un sudor
frió, los ojos desencajados, entreabierta la boca y agitando
las manos alrededor de su cabeza, como para alejar los fan-
tasmas que lo perseguían, exhalaba ahullidos de desespera-
ción, imprecaciones y blasfemias que hacían estremecer de
horror á la cándida cuanto afligida Lia , que se acercaba ma-
quinalmente á su padre, y le arrastraba del brazo para que
se la llevase fuera.
Es preciso haber visto morir á un hombre desesperado
para formarse idea de esta escena horrorosa. . . .
De pronto quedóse inmóvil; un ¡ay! estertóreo se esca-
pó de su pecho; sus dientes rechinaron como si una lima
pasára por entre ellos; su mirada fija, fulgurante, se clavó
en la pobre niña que le contemplaba aterrada orando en voz
baja por su salvación: al encontrarse sus miradas, el conde
cerró los ojo9, y dando un fuerte sacudimiento, sus miem-
bros se dilataron estraordinariamente.
Todos creyeron que había muerto; pero no había
muerto, no; era que Dios se compadecía del desgraciado, y
el ángel de su guarda cernía su vuelo sobre él, atraído por
las plegarias de la virgen pura é inocente.
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•¿14
CA.RAMURÚ.
El sincero arrepentimiento del conde colmó la medida
de la eterna justicia; disipáronse poco á poco sus atroces
dolores; y la razón volvió á su mente estraviada. Así la
bondad inmensa del Señor de cielos y tierra castiga en un
minuto siglos de estravíos.
Dulcísimas preces, pronunciadas mas que con los lábios
con el alma, sucediéronse á sus desesperados tormentos:
inefable quietud inundó todo su ser, y la luz de la espe-
ranza, la radiación del espíritu divino que descendía sobre
su frente, rodearon al moribundo con una aureola de celeste
beatitud
Incorpórose por vez última en su lecho: llamó á Lia y
á Amaro, y uniendo sus diestras, les dijo con ese acentcr
solemne, lleno de unción y magestad, éco del alma que sole^
vibra en los que ya no pertenecen al mundo:
— Sed felices, y Dios bendiga vuestra unión, Amar
hazla muy dichosa: Lia, quiérele mucho. . . . Toda mi for
na es vuestra ... . Asi lo dispongo en mi testamento..*’
Hermano mió, Lia, ¿me perdonáis ahora?. . . .
— ¡Sí, contestó Amaro sin permitirle terminar la
y estrechándole con trasporte entre sus brazos; si, herma
mió; sí, y vive para coronar nuestra felicidad! ....
Hubiérase dicho que solo aguardaba este perdón;
moribundo para romper el débil lazo que le ligaba á la ti
ra; tendió á Lia la siniestra mano; estrechó con la diestra,
de Amaro, inclinó el cuello sobre su hombro, y en el misino
momento en que el sol tocaba en su ocaso, la tarde del 28 de
Febrero de 1827 volaba ante el tribunal de Dios el alma del
que fué en el mundo D. Alvaro María de Abreu, noveno
conde de Itapeby.
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CARAMURU
í lie Jufeil/mv: li». Teotfomíro fteal y Prado editor.
Sed felices, y Dios bendiga vuestra unión.
Jjh'jSAN JKAÍ\ÍIN " N r 1.
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XIX.
Epílogo.
Amaro, reconocido como hijo del conde de Itapeby y
nombrado por el gobierno provisorio general efectivo en
recompensa de sus eminentes servicios, pasó á la capital, y
se unió á Lia seis meses después. ....
No intentaremos profanar su ventura queriendo des-
cribirla. Dichosos cuanto es posible serlo en este misera-
ble globo sublunar, diremos únicamente que si la felicidad
existe, ellos la encontraron en la tierra sin duda.
Rodeado del prestigio y consideración que da la gloria
legítimamente conquistada; respetado, querido y admirado
de sus conciudadanos, amado de una mujer jóven, bella, de
talento, y dueño de una fortuna pingüe, ¿qué mas podía
pedirle á Dios?. . . .Sí en eso no consiste la felicidad, es sin
disputa á todo lo que nos es dado aspirar razonablemente.
Por nuestra parte, deseamos á nuestras lectoras un
marido tan apasionado, tan noble y tan digno de ser queri-
do como Amaro, y á nuestros lectores una compañera tan
bella, tan pura come Lia, y no añadimos tan rica, porque
eso se sobreentiende, viviendo en un siglo tan presAiee y
calculador como el nuestro.
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216
CABAMURÚ.
En cambio de estos buenos deseos, al deciros adiós,
caros leyentes, solo nos atrevemos á pediros una buena
dósis de indulgencia para todo lo que no os haya agradado
en el curso de nuestra historia. Si en esta ocasión no he-
mos acertado á complaceros dignamente, tal vez en otra lo
alcanzaremos. Por eso el autor confía en vuestra benevo-
lencia.
FIN.
NOTA.— La calificación de histórica dada en el título & esta novela, es pura-
mente nuestra; pues no se encuentra en el ejemplar que nos ha servido para la
reimpresión. A pedido del autor, hacemos esta advertencia.
Tetdtiair# Real j Pradt.
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HICE DE CiRAMUil
Pajina.
Carta de D. Rafael María Baralt v
Juicio crítico por D. Francisco Orgaz vii
Advertencia * XV u
Capítulo I o . El rapto 1
“ 2 o . Puñaladas 11
44 3 o . Cien mil patacones 23
“ 4 o . Lia Niser .' 37
“ 5°. El Yacaré 51
44 6 o . Amor virgen 63
44 7 o . La guarida de Amaro 77
44 8 o . El Tubichá 89
“ 9 o . Añang.... 99
44 10°. Vértigo 111
44 11°. El cambueta 123
44 12°. Protector y protegido 137
44 13°. Las carreras 149
44 14°. La montonera 161
44 15°. Todo por ella 171
44 16°. Venganza de un gaucho 181
44 17°. La batalla de Ituzaingó 197
44 18°. Revelaciones 207
44 19°. Epílogo 215
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PLANTILLA
Para la colocación de las láminas.
Pájina.
Lámina I a . Portada iii
“ 2 a . Partió á galope hácia el monte cercano
y á poco se perdió entre su lóbrego
ramaje 9
“ 3 a . ¡Me ha'muerto! ¡Voto al! fueron las
únicas palabras que pronunció al
caer sin vida 18
“ 4 a . El gefe de los montoneros por única
respuesta se atusó el bigote 100
“ 5 a , Dormía la encantadora jóven con la
calma de la virtud y el abandonó
de la inocencia 115
“ 6 a . ¡Oh! ¡El cielo le proteje! replicó Lia
trocando sus lágrimas de pesar en
otras de gozo 167
“ 7 a . Sed felices, y Dios bendiga vuestra
unión 214
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LA VIDA POR UN CAPRICHO.
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y VIDA POS UN CAPRICHO
I.
Virgen y mártir.
Las tropas del invicto emperador habían entrado vence-
doras en la ciudad eterna: la bandera de Castilla flameaba
en los torreónos de Sant- Angelo. Roma habíji visto á una
soldadesca desenfrenada profanar su sagrado recinto.
Gefes y soldados, en medio de la embriaguéz de la vic-
toria, procuraban descansar de las duras fatigas del com-
bate en brazos de las bellas hijas deí Lacio. Al estruendo
del cañón, á los gemidos de los moribundos, habíanse su-
cedido las dulces trovas y las tiernas pláticas de amor al
rayo de la luna.
La apuesta juventud castellana, ávida de placeres, y
aletargada por el plácido cielo, por la atmósfera tibia y
embalsamada de la voluptuosa Italia, se adormía al arrullo
de sus caricias, y entrelazaba los mirtos y las rosas á la
guirnalda de laureles que ceñía su altiva frente.
Desdeñando las conquistas vulgares, únicamente los
obstáculos, los peligros, las dificultades que había que ven-
cer conmovían su imaginación y enardecían su pecho. Ella
levantaba su pensamiento á la altura de su espada.
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LA VIDA POR UN CAPRICHO.
La proverbial galantería española, su espíritu caba-
lleresco y apasionado, encontraban ancho campo para
desarrollarse en la antigua ciudad de los Césares, reina
destronada tendida sobre el manto de sus pasadas glorias, y
condenada siglos hace á sofocar sus lágrimas y lamentos
entre los brindis de una eterna orgía, y á dejarse arrebatar
la flor de su pureza, tan pronto, por los salvajes hijos del
Norte, como por sus propios hermanos.
Algunos de los principales jóvenes de los tercios espa-
ñoles, los mas gallardos, los mas valientes y enamorados,
habían hecho una apuesta, propia de cabezas no maduras
aun por el hielo de los años, y que revelaba la escesiva
confianza que tenían en sus personas y en sus medios
de seducción.
Había entonces en Roma una muger, célebre por su
belleza, por los rumores que circulaban acerca de ella, y
sobre todo, por su carácter escéntrico y original. Gemma
diPórtici, hija de un conde napolitano, cuyo preclaro origen
corría parejas con su colosal fortuna, y que se había fugado
de la casa paterna á la edad de diez y ocho años para seguir
á un capitán de húsares, del que se separó al dia siguiente
sin querer aceptar su mano.
Refugióse encasa de una tia suya que estaba enemista-
da con su padre, y allí permaneció oculta cuatro meses, y
mas tiempo hubiera permanecido, á no acontecerle una
desgracia que decidió de su porvenir.
Ella, temiendo la cólera del autor de sus dias, había
hecho correr la voz, y todos creían que había pasado ¿ Fran-
cia con su raptor, el cual desapareció, obligado á ausentarse
de Italia, donde era í&cil le alcanzase la venganza de la po-
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LA VIDA POR UN CAPRICHO.
5
derosa familia de Gemma; y el conde, al saber la locura de
su hija, cayó enfermo, y murió al cabo de cuatro meses.
Tanto era su cariño á Gemma, que no pudo resolverse
á maldecirla ni á desheredarla, como la había amenazado
en varias cartas que le escribió, exhortándola á que volviese
á su lado, prometiendo perdonarla y unirla al hombre que
amaba, por humilde y despreciable que fuese.
Desgraciadamente estas cartas no llegaron á manos
de su hija; si las hubiera recibido, al punto habría volado á
sus brazos.
Dueña de una fortuna inmensa, menos grande que su
hermosura, se dirigió á Nápoles, hizo entender á su tutor
que estaba casada, y una vez arreglados sus asuntos, deter-
minó irse á otra ciudad donde no la conociesen.
¡Empeño inútil! escogió á Roma, y cuando llegó,
llegó precedida de la fama que siempre produce todo lo que
preocupa fuertemente la atención pública, sea bueno ó malo.
Se instaló en un magnífico palacio, y abrió sus salones á
todos los que quisieron frecuentarlos.
Jóven, rica y hermosa, al punto se granjeó las simpa-
tías de todos: su supuesto desliz era un nuevo cebo para la
multitud, y como es de suponer, numerosos adoradores
acudieron en tropel á ofrecerle sus desinteresados respetos.
Gemma los recibía con la sonrisa en los lábios: dejaba
que la enamorasen, hasta que se mostraban demasiado exi-
gentes ó importunos. Entonces los desengañaba con la
mejor gracia del mundo.
— Amigo mió, les decía: os habéis equivocado. No soy
lo que pensáis.
Sí insistía el interesado, le contestaba estas palabras
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6
LA VIDA POR UN CAPRICHO .
solemnes, sacramentales, que no dejaban lugar ¿apelación,
y convencían hasta á los mas rehacios é incrédulos:
— |Es imposible; de todo punto imposible!
Ni el talento, ni la fortuna, ni la posición social, ni la
elevada alcurnia, ni las prendas físicas ó morales de sus
amantes, pesaban nada en la balanza de sus juicios. Estra-
vagante como no lo ha sido jamás mujer alguna, daba
márgen á cada momento con sus fantasías á que la opinión
le atribuyese muchas faltas que no existían sino en apa-
riencia. Deciase que unas veces amaba por sentimiento;
otras por satisfacer una necesidad de su fogosa naturaleza,
no pocas por vanidad, y la mayor parte por un capricho
efímero que se desvanecía tan pronto como tocaba la rea-
lidad.
Difícil sería comprender, añadían, y mas que difícil
todavía, imposible, esplicar por causas naturales el verda-
dero motivo que la decidía de año en año, el anniversario de
su primer deliz, á convertirse en cortesana.
Y siguiendo la murmuración su tejido de fábulas, re-
petía que era imposible esplicarlo, porque su conducta luego
era realmente incomprensible. El nuevo amante, el mortal
venturoso por veinte y cuatro horas, perdía al dia siguiente
todos sus derechos; era equiparado con los demas, y ni
ruegos, ni protestas ni lágrimas, podían cambiar la incon-
trastable voluntad de Gemina.
Pero la verdad era que nadie hasta entonces había
conseguido nada de ella, á pesar que ninguno creía en su
virtud. Cada cual imaginaba que alguno de sus rivales
era el favorecido, y como nunca faltan fátuos que se alaben
y nécios que conviertan en realidad sus deseos burlados.
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LA VIDA POR UN CAPRICHO.
7
la pobre Gemma, sin merecerlo, tenía la reputación de una
Mesalina. Era, en una palabra, virgen y mártir . ... de la
maledicencia.
Porque en su grosero materialismo, con los anteceden-
tes que mediaban, no podían concebir los hombres, cómo
aquella muger, iniciada ya en los misterios del amor, tan
jóven, tan bella, tan apasionada á veces, se mostraba tan
indiferente á la felicidad, tan cruel con los que la adoraban
con todas las fuerzos de su alma, y se resignaba tranquila-
mente á pasar los años mas halagüeños de su vida en la
soledad y el tédio, y á ver marchitarse su belleza y sus
ilusiones sin beber en la áurea copa que la brindaba el
placer, colmada hasta los bordes de fácil ventura.
Cada uno en particular, y todos en general, se perdían
en conjeturas, y ninguno acertaba con la razón de sus des-
denes. Gemma era un enigma, un ge roglífico mudo, que
nedie alcanza á descifrar por mas que mire y torne á mirar,
volviéndolos de abajo á arriba, de derecha á izquierda, de
un lado y otro, los misteriosos caractéres trazados en él.
Y sin embargo, la razón era muy sencilla, tan sencilla,
que de puro sencilla se escapaba á la lógica y al raciocinio
común. La hermosa napolitana había amado con delirio al
hombre, origen de su desgracia, y sufrido el mas acerbo
desengaño que puede sufrir una mujer sensible, bella y
amante. El infame anhelaba solo sus riquezas, y su finjido
cariño había sido únicamente un vil cálculo. Era ademas
villano en sus sentimientos, brutal é insoportable en su
trato. Ella lo conoció en una larga conversación que tu-
vieron la misma noche de su fuga, y llena de indignación,
avergonzada de haber mancillado su nombre y acibarado
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LA VIDA POR UN CAPRICHO.
los dias de su padre por un hombre semejante, se alejó al
punto de él.
Entonces juró no casarse jamás ni amar A ningún
hombre, y para no caer algún dia en la tentación de que-
brantar su juramento, se propuso adoptar el sistema que
hemos indicado.
Perdida ya en el concepto del mundo, quiso al mismo
tiempo que se rehabilitaba á sus propios ojos envilecerse
mas y mas A los de aquellos que pudiesen hacerla variar de
resolución: quiso marcar su frente con un sello perdurable de
infamia y sacrificar en aras de su reposo y de su indepen-
dencia la incierta felicidad que acaso le guardaba aun la
Providencia: quiso, para llevar adelante su propósito y no
desmayar en él; para avivar las llagas mal cicatrizadas de
su pecho, quiso imponerse el duro suplicio de escuchar
diariamente las impertinencias de los nécios, y las lisonje-
ras espresiones de los discretos, y desengañarlos no bien
pretendían ver realizadas sus locas esperanzas; y si se
empeñaban en perseguirla, cerrarles sus puertas, arrojarlos
lejos de sí, como se arroja un libro que nos ha distraido un
rato, y apénas satisfecha la curiosidad, nos cansa, nos pesa
haber malgastado el tiempo en su lectura.
Tal proceder no era hijo de su mal corazón: el fondo de
Gemma era escelente, y por eso temía cobrarle cariño, ceder
insensiblemente á su piedad, si dejaba que alguno tomase
el mas leve predominio sobre sus ideas y sentimientos.
A fuerza de pensar en esto, llegó con el tiempo A ser en
ella una especie de monomonía. Oculta enagenacion men-
tal, secreta afección del alma que no se revelaba por signos
esteriores, y que no obstante existía latente en su espíritu.
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LA VIDA POR UN CAPRICHO.
9
como la atracción en el imán, como el fuego en la pólvora,
como los sonidos en las cuerdas de un instrumento musical.
Ahora bien; los jóvenes de que hicimos mención al
comenzar nuestra historia, habían apostado una crecida
suma á quién conquistaba primero el amor y obtenía una
cita de aquella beldad tan celebrada, de la que se contaban
cosas tan singulares, y á quién la voz general designaba
como una cortesana, conviniendo todos en que era la muger
mas rara y original que existía debajo de las estrellas ....
¿No teneis curiosidad, queridísimas lectoras, de saber
el resultado de esta apuesta? Francamente: ¿no os agrada-
ría, caros lectores, averiguar si hubo alguno que la obligó
á mudar de propósito?. . . .
Si queréis salir de dudas, seguidme hasta los primeros
párrafos del capítulo segundo.
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II.
¿El 6 yo?
Daban las doce de la noche en el reloj del Vaticano, y
en un elegante gabinete de un palacio á orillas del Tíber
se veía á una mujer silenciosa y meditabunda sentaba en
una otomana y envuelta en una capa de pieles.
La ténue luz de una bugía, cubierta con una pantalla
azul, y colocada encima de una consola inmediata, argen-
taba las líneas artísticas de su bellísima fisonomía, que re-
saltaban puras y graciosas entre el claro-oscuro producido
por la sombra de sus negros cabellos que caían en mil per-
fumados rizos sobre su seno alabastrino, orlando su rostro
encantador como una guirnalda de azabache.
Reclinado el brazo sobre un estremo de la consola, apo-
yada la sien en la palma de la mano, la mirada distraída
vagando de la alfombra á las sillas, de las sillas á las pare-
des, de las paredes á los cuadros, de los cuadros al techo, y
del techo á la superficie de la mesa, donde había un libro
abierto, que probablemente leía poco antes, parecía aguar-
dar á alguien entregada & penosas reflexiones é impacien-
tarse á medida que pasaba el tiempo
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12
LA VIDA POR UN CAPRICHO.
El ángel de la tentación no es mas bello que aquella
mujer meditando en aquella actitud y en aquel solitario
retrete, á la incierta luz de aquella lámpara desmayada, que
pudorosa minoraba su brillo, cual si desease prestar auda-
cia á dos tímidos amantes para consumar su ventura.
La hermosa en tanto, mas inquieta cada vez, tornaba
á pasear sus miradas en tomo de sí .... De repente; herida
de un pensamiento doloroso, quedó inmóvil, con los ojos
clavados en la alfombra.
Repentino fulgor animaba sus brillantes pupilas; algu-
na imperceptible arruga resbalaba en su tersa frente; sus
Jábios de coral se entreabrían á intérvalos y dejaban esca-
par un leve suspiro; veíase subir la sangre por las azules
venas de su cútis trasparente, y agolparse en los graciosos
hoyuelos de sus mejillas sonrosadas.
Entonces un sentimiento de orgullo y despecho comu-
nicaba á sus grandes ojos negros, altivos y avasalladores en
su estado normal, una indefinible espresion de enojo y ter-
nura, de amor y de melancolía; estremecíase el arco per-
fecto de sus cejas de ébano, y corría una ardiente lágrima
al través de sus largos párpados. < . . .
— ¡No viene! murmuró con amargura, viendo que
había trascurrido mas de media hora desde que sonaron las
doce campanadas en el Vaticano; ¡no viene! ¡Sin duda me
desprecia! ¡Oh! ¡Esto es atroz!
Y no pudiendo contener ya por mas tiempo su im-
paciencia, tomó una campanilla de plata, y la sacudió
con ira.
Una viejezuela apareció en el umbral.
— ¿Qué queréis, señora? dijo, echando una signifíca-
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LA VIDA POR UN CAPRICHO.
13
tiva mirada alrededor, como para esplicarse la causa del
enojo de su ama.
— ¿Qué he de querer? contestó Gemma precipitada-
, mente, ¿no lo adivinas?. . . .
—¡Ah! ... comprendo ¿no ha venido el capi-
tán?
— ¡No! no ha venido, Bettina, repuso la condesa, hi-
riendo el suelo con el pié, apoyando el codo sobre la consola,
y la barba en el estremo de la mano cerrada.
— Es singular, añadió la vieja con asombro: puede ser
que algún lance imprevisto, alguna ocurrencia muy grave
le haya impedido venir.
— ¿Tú lo crees así?
— Sería una insensatez atribuirlo á otra causa. No es
posible que tan gentil caballero os hiciera un desprecio,
mucho mas ignorando vuestras verdaderas intenciones.
Tal vez. . ..
— ¿Qué? preguntó Gemma con ansiedad.
— Tal vez su criado no le haya entregado vuestro
billete.
— En efecto bien puede ser... esclamó la bella
ofendida titubeando; pero de todos modos, yo necesito salir
de dudas al instante: sufro horriblemente: corre, anda á su
casa, y procura hablar con su criado. Por fortuna vive
bien cerca de aquí.
— Pero, señora, ¡ved que es mas de media noche!
— Mejor; todavía no habrá vuelto. Aficionado como
es al juego, acostumbra retirarse muy tarde.
— Pero, señora, considerad. . . . replicó la vieja, que
tenía miedo de atravesar las calles á aquella hora.
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14
LA. VIDA POR ÜN CAPRICHO.
— Yo lo quiero, Bettina, dijo la condesa con altivez*
No repliques; haz lo que te mando.
La vieja salió refunfuñando, y su ama, presa de mil
sentimientos encontrados, volvió á sentarse en la otomana.»
No habían trascurrido veinte minutos, cuando el suave
crugido de un resorte que servía para abrir una puerta
secreta incrustada en el fondo del gabinete vibró agrada-
blemente en el corazón de la hermosa; llenándola de turba-
ción y alegría, y haciéndola arrepentirse de su precipi-
tación.
Un embozado, cubierto el rostro con un antifaz, se
adelantó hasta ella.
— Perdonad, señora, si no he venido antes, dijo incli-
nándose y quitándose el sombrero.
—¡Dios mió! esclamó la condesa azorada, al escuchar
su acento, é incorporándose velozmente, como el enfermo
que en el ardor de la fiebre cree ver un fantasma sentado en
el borde de su lecho; ¡Dios mió, esta voz no es la suya! . . .
El desconocido la contemplaba en silencio con los bra-
zos cruzados; sus ojos despedían llamas al través de las dos
cóncavas hendiduras de su negro antifaz.
— ¿Quién sois caballero, y con qué derecho, cómo y por
qué os habéis atrevido á entrar de esa manera en mi casa?.,
preguntó Gemina trémula de sorpresa é indignación.
— ¡Vos misma me habéis citado, vos misma! repitió él
sacando un billete, leyendo el sobre en voz alta y mostrándo-
selo á la que lo había escrito.
El billete contenía lo que á continuación copiamos:
«Puesto que mañana os vais de Roma, deseo hablaros
esta noche. A las doce os aguardo: podéis entrar por la
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LA VIDA POR UN CAPHICHO.
15
puerta falsa del jardín, que estará cerrada solo con el pes-
tillo. Al pié del pabellón de la derecha, en un ángulo, cer-
ca de la glorieta, hallareis otra pepueña puerta que se abre
f apretando el clavo tercero de la primera fila contando desde
abajo; subid una escalera de caracol que encontrareis, y al
remate de ella buscad en la pared un resorte, y empujadle
para adentro con fuerza.
«Os ruego que vengáis con el rostro cubierto: sentiría
que os conociese alguno de los muchos que suelen rondar
mi palacio. Adiós. ¿Faltareis? . . . , i
— ¡Maldición! esclamó Gemma: me he equivocado.
— Lo que quiere decir, replicó irónicamente el desco-
nocido, que escribisteis dos cartas ála vez, y pusisteis un
sobre por otro.
i
Gemma le miró furiosa, y nada contestó.
— Eso mismo me figuré yo, continuó él impasible; la
cita no era para mí; pero como he hecho una apuesta, como
os amo, y hasta ahora solo he recibido desdenes y desprecios
en pago de mi sincera pasión, resolví venir, no ya como un
amante sumiso, sino como un «creedor inexorable cansado
de esperar. He aguardado desde el anochecer hasta ahora
á ese rival afortunado, á quien no conozco, y á quien detes-
to sin conocerle, para tener el gusto de matarle antes de
presentarme á vuestros ojos, en el caso no muy factible que
os hubiéreis apercibido de vuestro engaño y variado la ho-
ra. Por fortuna suya no ha aparecido .
¿Y /jué pretendéis? ¿Qué exigís de mí? preguntó la
condesa con la arrogancia de una reina ultrajada.
— Conseguir de grado ó por fuerza lo que me he pro-
puesto.
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LA VIDA POR UN CAPRICHO.
—Caballero, retiraos, si no queréis que llame á mis
criados, y os haga arrojar por un balcón.
— Sé mui bien que nada os importa el escándalo. Ahora
después de lo que he visto, creo cuanto malo se dice de vos.
— Creedlo y dejadme en paz; nada me importa.
— Por lo mismo ya no estoy obligado á guardaros con-
sideración alguna. ¡Mirad, habéis de ser mía esta noche,
ú os asesino!
— ¡Cobarde! gritó la condesa abalanzándose ála puer-
ta con ánimo de huir; pero el aleve la cogió de un brazo, y
la arrojó bruscamente al medio del aposento; desnudó la
espada, se acercó á ella, y se la puso al pecho, diciéndole
con voz ahogada y amenazadora:
— ¡O él, ó yo!
Gemma cerró los ojos, dió un grito, y cayó desmayada
sobre el respaldo de la otomana.
Al mismo tiempo crugió el resorte de la puerta secreta.
Un nuevo personaje, el amante verdadero, asomó en
el oscuro hueco, y se lanzó espada en mano á castigar al
vil que tan traidoramente abusaba de su fuerza con una
débil mujer.
También traía cubierto el rostro con su antifaz, y su
traje indicaba, como el del primero, que pertenecía á la
clase militar.
— Quién quiera que seáis, le dijo, sois un mal caballero,
un villano, un infame; yo debería atravesaros con mi espa-
da de parte á parte sin deciros una palabra, pero no quiero
mataros á traición. ¡En guardia, miserable! ....
— jEn guardia! repitió su rival, ciego de cólera, apre-
tando el puño de su acero.
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Google
LA VIDA POR UN CAPRICHO.
17
— ¡Caballeros, por Diós, por la Virgen bendita, por
todos los santos del cielo, idos á otra parte á dirimir vuestra
disputa! Ved el compromiso en que vais á poner á mi
ama. Si alguno de vosotros muere, ¡santo Dios! ¡Qué será
de nosotros! dijoBettina, que había venido con el último,
llorando, interponiéndose entre ellos y rogándoles con voz,
gestos y ademanes que no se batiesen allí.
— ¡Tienes razón, dijo el primer enmascarado, sal-
gamos!
— Si; salgamos, y alejémonos cuanto sea posible del
palacio, contestó su adversario, después de decir al oido
cuatro palabras á la vieja.
— Los dos bajaron juntos la escalera de caracol, y sa-
lieron á la calle por la misma puerta por donde habían
entrado.
Marcharon un buen rato en silencio, se metieron en ima
de las callejuelas mas solitarias, y siempre callados, desen-
vainaron sus tizonas.
4
Al chocarlas, bajó la punta de la suya el que entró pri-
mero en el gabinete, y asaltado, quién sabe si de temor ó
curiosidad, dijo á su enemigo:
— Caballero, nos descubriremos el rostro si gustáis.
— Lo siento en el alma; pero no me place.
— ¿Por qué?
— Porqué si sois amigo mió, como sospecho, me costa-
ría trabajo mataros, y deseo y pienso mataros.
-r— ¿Tanto amaís a esa muger?
— Los cielos son testigos que no la amo, y que lo que
siento por ella es solo un capricho; pero un capricho por el
cual daría con gusto mi vida sin vacilar.
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IX
LA VIDA POR UN CAPRICHO.
— ¡La vida por un capricho! . .murmuró el desconocido
con desden; ¡y por una cortesana!
— Prescindiendo de eso, respondió el pundonoroso joven,
resentido de la dura calificación de su contrario, y de si es
ó no digna de ser tratada como lo exige, si no su conducta
ni elevada cuna, su calidad de mujer, le habéis inferido un
ultraje tan grande, que toda vuestra sangre no bastaría á
lavarlo. Vamos, en guardia, que perdemos el tiempo.
— Ella os aguarda, ¿no es verdad?
—Sí.
— A muerte, gritó el celoso y despreciado amante.
— A muerte replicó su rival.
Las espadas se cruzaron. A poco resonó un ¡ay! histé-
rico, profundo, desgarrador.
Gemma estaba vengada: la esptada de su amante se
hundió hasta la empuñadura en el pecho del que la había
ofendido, y este cayó, al parecer, cadáver.
El vencedor se alejó de allí % sin querer verle la cara,
temiendo encontrarse con alguno de sus amigos, y voló al
palacio de la condesa, que había vuelto de su desmayo y
supo con pena el resultado del duelo.
Quiso dar esplicaciones á su amante y él la rogó que
guardase su secreto, pues nada quería saber tocante á aquel
hombre. Estaba en la falsa creencia de que era uno de sus
mejores amigos.
Estos puntos significan muchas cosas que la rapidéz de
nuestro relato no nos permite detenemos á examinar. La
imaginación, Vesprit de nuestros lectores suplirá nuestra
involuntaria omisión ....
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LA VIDA PÓU ÜN CAPRICHO.
19
— ¿Y si te hubiera muerto? decía ella á su jó ven amig*o
al amanecer del siguiente dia; sabes que hubieras pagado
bien caro tus impertinencias; tú, que dices que solo me amas
por capricho, y á quien yo por esa circunstancia, por esa
franqueza que me encanta, he llegado á amar con frenesí
con locura, como solo he amado una vez en mi vida.
— ¡Anjel mió! contestó el feliz amante contemplándola
embelezado con el embelezo con que contempla á una mu-
jer hermosa y querida después de toda una noche de ában-
dono y amor, el que tiene motivos para creerse realmente
dichoso: ¡alma de mi alma! ¡Hay caprichos que valen la
pena de que le sacrifiquemos nuestra existencia!
Obligado á salir de Roma con su tercio, se fingió enfer-
mo, y dilató algunos dias su viage; hasta que faltándole ya
todos los pretestos, partió á España enamorado locamente
de Gemma, y lo que es mas increíble, Gemma, ciega por
él, dispuesta, habiendo quebrantado ya su juramento, á
darle su mano y sus riquezas, oferta que él no quizo aceptar.
Idólatra del honor, noble y desinteresado hasta el esce-
so, á pesar de su veraz cariño, no le cegaba tanto la pasión
para resolverse á unirse con una mujer mancillada por el
mundo, y que al fin, como había dicho su rival, á los ojos
de todos no era otra cosa que una cortesana de alta gerar-
quía. Luego él no tenía un maravedí, y ella era millona-
ria. Todos atribuirían su enlace á un mezquino y vergon-
zoso cálculo.
En vano Gemma procuró desde la primera noche justi-
ficarse, y le juró que él era el único por quien lo había
olvidado todo; en vano descorrió á sii vista el misterioso
velo de su existencia: en vano le confesó que ella también
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LA VIDA POP. ÜN CAPRICHO.
había tenido el capricho de entregarse á él como un medio
de curarse de su loco amor, convencida, como estaba, de
que la tendría en el mismo concepto que los demas; pero
que luego aquel amor fatal, en vez de apagarse con la ruda
prueba á que lo sujetaba, había crecido y tomado proporcio-
nes colosales. ¡Cuanto mas le conocía, mas le idolatraba!
El, sin dejar de creerla en parte, la compadecía, y tra-
taba de persuadirla de que no pensaba como los demas; por
eso ella se aventuró á ofrecerle su mano, advirtiéndole que
si no quería aceptarla y la amaba, le seguiría como su man-
ceba hasta el fin del mundo.
Muchos y violentos esfuerzos tuvo que hacer el capitán
para no ceder á la irresistible mágia de sus palabras, á la
vehemencia del amor que también se había despertado en
su pecho después de poseerla y sondear el abismo de pasión
que escondía el alma de aquella mujer, tan digna de ser
amada y al mismo tiempo tan infeliz; pero las sugestiones
de su orgullo, la vergüenza de ser el ludríbio de sus amigos
y el desdoro de su familia, le prestaron fuerzas para resistir,
y prometiendo volver y complacerla, alejarse de ella para
siempre, como el único medio de evitar su perdición.
Gremma, creyendo sincera su promesa, le abrazó llo-
rando de gozo, y el dia de su partida, al darle su retrato
guarnecido de brillantes, le rogó que le llevase siempre
consigo, como un talismán que le recordase á cada instante
su acendrado amor,
Pero pasó un mes, nn año, dos, tres. ... y el capitán
no volvió, ni la infortunada amante supo donde se encon-
traba, hasta que la inmensidad del Océano los dividía, pay!
para no volverse á encontrar en la tierra.
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i
III.
Telada bajo el trópico.
El I o . de Setiembre de 1535 salía de la barra de San-
lúcar, con los primeros albores de la mañana, la mas lucida
armada que hasta entonces surcára el Océano para la con-
quista de las Indias. Catorce buques la componían, y lle-
vaba cerca de tres mil combatientes; entre ellos hermanos
y deudos de los primeros títulos de Castilla, gentiles-hom-
bres, mayorazgos, comendadores de San Juan y Santiago,
esforzados campeones, célebres en las guerras de Flan des
y de Italia y otros muchos hidalgos de cuenta.
Aquella magnífica espedicion, que no costaba un real
al erario, iba á la conquista del rey blanco ó plateado , nom-
bre que ideó la fantasía de Gaboto de vuelta de su malhada-
do viaje al argentino rio, descubierto por Solís en 1515.
D. Pedro de Mendoza, mayorazgo de Guadix, gentil-
hombre de la real casa, caballero principal; que, según va-
rios historiadores, había militado en Italia y enriquecídose
en el saqueo de Roma, y según otros, adquirido considera-
ción é influencia merced á doña María de Mendoza, parien-
ta suya, casada con D. Francisco de los Cobos, habiendo
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LA VIDA POU UN CAPKICH0.
obtenido del emperador el nombramiento de adelantado del
Rio de la Plata y el título de marques después que lo pobla-
se, proyectó conquistarlo, reunido con otros particulares
que á la fama de las pasmosas nuevas, ó mejor dicho, men-
tiras que derramaba astutamente el piloto mayor del reino,
el veneciano Sebastian Gaboto, acudieron en tropel á ofre-
cerle con sus personas cuanto poseían «teniendo á gran
dicha, según la espresiva frase de un cronista, ser admitidos
á esta empresa desgraciada como ninguna. »
Ningún contratiempo esperimentaron hasta las islas
Canarias, donde el adelantado pasó revista á su galana tro-
pa, quedando muy satisfecho, no solo de su buen porte,
disciplina y entusiasmo, sí nó también del brillante estado
en que se encontraba respecto á vestuarios, armas y mu-
niciones.
Partieron cuatro semanas después, y el viento, próspe-
ro hasta entonces, empezó á mostrárseles contrario: cerca
de la línea equinocia!, una deshecha tempestad dividió á la
armada, si bien con fortuna, porque ningún buque se filé á
pique.
Adelantando su rumbo hácia el Mediodía, sucediéron-
se á los vientos desencadenados las calmas del trópico, mas'
terribles acaso.
La armada, inmóvil en medio del Atlántico, parecía
detenida allí por la invisible mano de algún génio maléfico.
El aura mas leve no rizaba la faz dormida del líquido ele-
mento, unido y lustroso como una gran plancha de bruñido
acero: no se movían las azuladas aguas ni lamían con do-
liente murmullo los costados de los rápidos bajeles: flojas y
fin brío las pardas lonas, caían á lo largo de los mástiles
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LA. VIDA POR UN CAPRICHO.
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como un velo que ocultase su vergüenza é indignación ....
Calma eterna, glacial, desesperante, abrumadora; cal-
ma imágen del reposo de la tumbal, estendia sus pavorosas
álas sobre la vasta estension del Océano.
El alba vertía sus inciertos vislumbres sobre el ancho
círculo que en alta mar rodea siempre á los navegantes;
trepaba el sol por Jos lejanos horizontes sacudiendo su
cabellera de fuego; la tarde, confundiendo la luz con la
sombra, comenzaba á desplegar por Occidente su claro-
oscuro manto, y eclipsando el fulgor de las estrellas, el
astro del amor y del misterio, la antorcha de la inspiración,
levantábase velozmente del seno de las olas, cual púdica
virgen que huye pálida y ruborosa del lecho nupcial y
nunca, nunca la brisa implorada con tanto afan por los via-
jeros escuchaba sus férvidas plegarias. En vano, en vano
la invocaban con las tintas vagorosas de la aiirora, con los
brillantes resplandores del rey del dia, con los fugitivos
destellos del crepúsculo, con los trémulos rayos de la luna. .
¡siempre en vano! ....
Calma eterna, glacial, desesperante, abrumadora, ten-
día sus pavorosas álas sobre la vasta estension del Océano . .
Y era una plácida noche del mes de Octubre, y en la
cubierta del navio del adelantado se veían hasta cuarenta
caballeros que habían acudido de sus respectivos buques, y
se entretenían, para matar el tiempo, en echar planes para
cuando llegasen á la tierra de promisión, y en contarse
mútuamente las proezas y las aventuras de que habían sido
actores ó testigos en media Europa, siguiendo las victorio-
sas banderas del potente nieto de Isabel.
D. Pedro de Mendoza, indiferente á su conversación, á
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LA VIDA POH UX CAPRICHO.
sus carcajadas y á las chanzas con que recíprocamente se
reían unos de otros, se paseaba por el puente de popa á proa
con las manos detrás de # la espalda, torvo el gesto y ocu-
pada la mente por ambiciosas ideas.
— Señores, decía el capitán Martínez de Irak con un
acento que traicionaba su origen vizcaíno: el alguacil mayor
aquí presente, como mayordomo de D. Pedro, ya puede ir
preparando los talegos para recoger el metálico que á estas
horas están acopiando los indios para nosotros.
Juan de Oyólas, que era el interpelado, á esta indi-
recta, que se refería al anhelo con que siempre estaba
hablando de las inmensas riquezas que iban á adquirir,
contestó:
— Y vos, preparaos á divertiros en grande: dicen que
en el pais donde vamos las indias son muy guapas: podréis
por lo tanto hacer vuestro agosto; ¡oh, sátiro!
— En efecto, replicó sonriéndose Irala, cuya lascivia
había llegado á ser proverbial, pues en el Paraguay tuvo
hijos de siete mujeres á la vez; en efecto, soy mas aficionado
á las hijas de Eva que al dinero. Tendré un serrallo, si
me lo permiten.
— ¡Bah! dijo el contador Juan de Cáceres; eso es muy
fácil: nuestro buen amigo D. Nuñez de Silva nombrado por
S. M. alcaide de la primera fortaleza que se levante, se en-
cargará de disponeros un local á propósito. . . .apenas sus
atencipnes se lo permitan.
Todos, á escepciou del futuro alcaide, soltaron una
estrepitosa carcajada, lo cual, notado por su amigo D.
Francisco de Mendoza, ilustre sugeto, que había sido ma-
yordomo del emperador Maximiliano y pasaba á América.
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LA VIDA POR UN CAPRICHO.
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por una desgracia que le aconteció en España, dijo á sus
compañeros:
— Ea: hablemos de otra cosa. Nuñez se ha picado ....
— No tal, replicó este; pero hay ciertas bromas
—Sí, continuó el sarjento mayor de la armada, D. Luis
de Rojas y Sandoval; si, hablemos de otra cosa.
— Que cada uno cuente, añadió D. Cárlos de Guevara,
factor de S. M., la aventura mas curiosa.que le haya pasado
en su vida.
— ¡Bien, ¡Bravo! repitieron todos.
— ¿Callando los nombres, por supuesto?
— Es claro.
—¿Quién ha de empezar?
—Eso no se pregunta, dijo el tesorero (íarci-Venegas;
¿quién ha de hablar el primero?. ... El mas bizarro ; el
mas cumplido galan; el mas feliz con las damas, según
voz general; el nunca bien ponderado capitán D. Juan de
Osorio.
— No admito, señores; hable otro, porqu,e á mi nada
me ha acontecido que digno de contar sea, respondió el va-
liente capitán con aquella afabilidad y modestia que le
conquistaban el aprecio de cuantos le trataban.
Y volviéndose al que estaba á su lado, añadió:
— Manrique, hacedme el obsequio de empezar vos.
Negóse Manrique, é igualmente el capitán flamenco
Simón Jacques de Ranura, Bartolomé de Bracamonte, D.
Luis Perez de Cepeda, hermano de Santa Teresa de Jesu%
y otros muchos á quienes se propuso.
— Pues, señor, ya que nadie quiere tomar la palabra,
hablaré yo, dijo Bernardo Centurión, cuatralvo de las gale-
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LA VIDA POIt UN CAPRICHO.
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ras del príncipe Andrea Doria, y célebre por su manía de
foijar á cada paso cuentos y mentiras qne nadie creía.
Calle el genovés trapalón, repuso gravemente D. Cár-
los Dubrin, hermano de leche del emperador.
Y dirigiéndose á Osorio, añadió :
— Vamos, señor maestre de campo del adelantado; no
hay que hacerse de pencas: todos os lo pedimos.
— En fin, ya que Vds. se 'empeñan, voy á contarles,
no la aventura mas rara, pero sí la que mas me ha preocu-
pado en toda mi vida.
Y comenzó de esta manera:
— Estando yo en una ciudad de Italia, cuyo nombre
no es del caso mencionar, frecuentaba la casa de una dama,
á quién sin amar decididamente, profesaba un verdadero
cariño ....
—¿Platónico? preguntó el capitán Martínez de Irala.
— Platónico, contestó el maestre de campo; porque, á
la verdad, era tan rara y original en sus ideas, estaba ro-
deada de un círculo tan brillante de adoradores, que jamás
imaginé, á pesar de lo que se murmuraba de ella, poder
conseguir otra cosa.
— ¡Si hubiera estado yo en vuestro lugar! replicó Irala
interrumpiéndole :
— La estuve visitando por espacio de cuatro meses, y
en una ocasión, no sé como, la dije que no la amaba, pero
que por pasar veinte minutos á su lado daría con gusto mi
vida.
—¡Diablo, diablo! repitió D. Luis de Rojas y Sandoval.
la mujer mas hermosa no vale la vida de un hombre.
— Óaprichos, amigo mió; yo siempre he sido así.
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LA VIDA POR UN CAPRICHO.
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— Adelante, y no interrumpir al narrador, dijeron al-
gunos, impacientes porque les llegase su turno.
— Nunca mas volví á decirle una palabra, si bien la
veía con frecuencia, y figuraos cual sería mi sorpresa cuan-
do una noche, la víspera del dia en que pensaba alejarme de
aquella ciudad, supe que me había escrito esa misma tarde
un billete, que no llegó á mi poder, dándome una cite.
— Eso es magnífico, novelesco, sublime, esclamó Gar-
ci-Venegas, frotándose las manos de gozo.
— Una maldita casualidad hizo que ella escribiese dos
cartas á la vez, una para mí, y otra para uno de sus tertu-
lianos, que la amaba como un loco, y al poner el sobre,
distraída tomó una por otra.
—¿De modo, que el billete para vos fué á parar á manos
del otro, y el del otro á las vuestras?
— Justamente; y lo mas original es que ninguno supo
el nombre de su rival. El que yo recibí decía simplemente:
«Amigo mió: os devuelvo el libro que tuvisteis la bon-
dad de prestarme; mil gracias. »
— ¡Vaya un lance! repitieron en coro los circunstan-
tes, soltando una carcajada tan estruendosa y espontánea,
acompañada de tales esc! amaciones, que D. Pedro, no obs
tante la preocupación de su espíritu, entró en curiosidad, se
acercó á ellos, detuvo sus pasos á poca distancia, se apoyó
contra la mura del navio, y prestó el oído fingiendo con-
templar el mar.
— Yo, continuó Osorio, participando involuntariamen-
te de la hilaridad general, juzgué que sería alguna chanza
suya, y me fui esa noche, como solía, á una casa de juego,
donde asistía todas las noches. Mi buena estrella quiso
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LA YIDA POR ÜN CAPRICHO.
que perdiese cuanto dinero llevaba, y al encaminarme á mi
morada en busca de algún refuerzo, me encontré en el
camino con la dueña de mi bella, que me enteró del quid-
pro-quo.
D. Pedro, sin atinar á esplicarse la causa, frunció el
ceño, y echó una mirada oblicua y furiosa al narrador; sin
duda este había puesto la mano inadvertidamente sobre
alguna llaga oculta de su pecho.
— Obligué á la dueña, sin dejarla concluir, á que me
siguiese. Cediendo á sus ruegos, me cubrí el rostro con el
antifaz, que entonces llevaba por precaución: llegamos á la
casa, entramos por el jardín; subimos por una estrecha es-
calera de caracol. . . ,
El adelantado respiró con fuerza, volvióse de frente, y
clavó sus airados ojos en su maestre de campo, con la fero-
cidad del tigre cuando se prepara á despedazar su presa.
— Subimos por una estrecha escalera de caracol; oí
voces como de un hombre y una mujer que disputaban
acaloradamente; la vieja tocó un resorte, y me encontré en
un sobérbio pabellón, alhojado con régia magnificencia. . . .
— Eso parece un cuento árabe, esclamó el capitán Sa-
ladar, que profesaba á D. Juan un rencor miserable, hijo
de la envidia, y tanto mas dañoso, cuanto se ocultaba bajo
la capa de la amistad.
— Por favor, no interrumpir, señor, dijo D. Francisco
de Mendoza; la aventura es á la verdad sorprendente, y
merece que la escuchemos con atención.
— Al abrirse la puerta un espectáculo que me sublevó
se presentó á mis ojos. Una mujer yacía desmayada en
una otomana, y un hombre enmascarado como yo la tenía
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LA VIDA POR UN r CAPRICHO.
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cojida por la garganta, preguntándole con voz ronca y
amenazadora:
— ¿El ó yo?
— ¡Ira de Dios! gritó D. Pedro descargando una pa
tada en la cubierta, rechinatado los dientes y apretando los
puños.
— ¿Qué es eso, señor? esclamaron los circunstantes,
rodeándole con visibles señales de respeto.
— ¡Nada, no es nada! contestó él procurando inútil-
mente disfrazar su profunda emoción. ¡Estoy desesperado.
Se pasan los dias y las noches sin adelantar una línea. Si
continúa la calma, pronto se agotarán el agua y las esca-
sas provisiones que nos restan.
— Señor, murmuraron respetuosamente algunos de sus
compañeros: confiemos en la bondad divina que no nos
desamparará.
—¡Oh! replicó D. Pedro juntando las manos y dirijien-
do su anhelosa mirada á la rutilante constelación del Crucero
que fulguraba encima de sus cabezas. ¡Oh, daría mi alma
á Satanás, porque llegásemos de una vez al término de
nuestro viaje!
Sin duda el infierno oyó su ruego : una ráfaga sonora
sacudió con un ruido seco, vibrante y prolongado , las
arrugadas lonas ; crugieron cual metálicas barras los cables
y las járcias; la igual superficie del Océano comenzó á
agitarse con suaves ondulaciones, semejante al seno de
una virgen fatigada por los rápidos giros de un wals
precipitado; y los bergantines, roto el encanto que los
tenía enclavados allí, parecían estenderse, morder las aguas
con la férrea proa y afanarse por huir, balanceándose á
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LA VIBA POR UN CAPRICHO.
un lado y á otro, como las copas de los altísimos cedros
de Astoria sacudidas por el soplo de la tormenta.
— ¡La brisa! ¡La brisa! gritaron con demente alborozo
en los catorce buques á la vez, pilotos y marineros, gefes
y soldados: ¡la brisa! ¡la brisa! ¡Dios sea loado! ¡Viva
Espafia !
El mar pareció responder con un bramido de alegría
á esta jigante esclamacion, y la luna dilatar su disco para
iluminar el gozo pintado en todos los semblantes.
Los que pertenecían á los demas buques se lanzaron
á sus chalupas locos de contento, y nadie se acordó de la
interrumpida historia.
En medio del tumulto, acercóse el adelantado ¿ su
hermano D. Diego de Mendoza, almirante de la annada,
y le dijo á media voz :
—¿Cuál es la tierra mas cercana?
— Rio Janeiro.
—Pues endereza el rombo á Rio Janeiro.
—¡Hermano! esclamé D. Diego sorpendido, ¿qué sú-
bita resolución puede hacerte variar lo que teníais dis-
puesto ?
—¡Silencio! A Rio Janeiro, y no hables una palabra
mas.
T comenzó á pasearse otra vez por el puente con loa
brazos detrás de la espalda, maquinando algún proyecto
siniestro.
A poco, al pasar por delante de so maestre de eampo
que hablaba con Sandoval, le tocé en el hombro, y le dijo
afectuosamente:
—Alegría, capitán : pronto conseguiremos lo que an-
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LA VIDA POR UN CAPRICHO.
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helamos: con este viento, en breve divisarémos las playas
indianas. ¡ Voto á Cribas ! No hay' plazo que no se
cumpla
— ¡Ni deuda que no se pague! repuso Osorio con la
misma jovialidad con que se espresaba su gefe. No olvidéis
que en un momento de mal humor habéis ofrecido vuestra
alma á Lucifer.
El adelantado se sonrió con una sonrisa diabólica, y se
alejó murmurando :
—¡Si tú das tu vida por un capricho, yo doy mi' alma
por una venganza!
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IV.
lia mano de Dios.
Tras tantos afanes y penurias, la armada avistó por fin
las playas del Brasil, y saludó con un grito de admiración á
su famoso Jigante deitado , sobérbio coloso formado por las
cordilleras de montañas que rodean la pintoresca ciudad de
Rio-Janeiro, y que visto en el mar desde cierta altura, pa-
rece en efecto un hombre de proporciones jigantescas ten-
dido sobre las rocas contemplando el cielo.
Saltaron en tierra con la alegría que solo esperimentan
y pueden apreciar los que no la han pisado en algunas se-
manas, cuando no meses, mirando siempre agua y cielo,
cielo y agua.
D. Pedro, en los cortos dias que mediaron desde la no-
che de la velada hasta su arribo á las costas del Brasil, se
habla mostrado mas cariñoso y afable con Osorio que de
costumbre; y este estaba muy contento de las distinciones y
aprecio de su gefe.
Sus relaciones databan de muy poco tiempo: á pesar de
haber estado en Italia en la misma época, no se conocían
antes de la espedicion. Osorio se le había presentado como
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LA VIDA POR UN CAPRICHO.
otros muchos, sin mas recomendación que su fama de va-
liente y su deseo de pasar á América á probar fortuna, y
prendado él de su actividad, inteligencia, amable trato, y
demas cualidades que le recomendaban, cediendo sin ad-
vertirlo, al influjo que siempre ejercen los hombres verda-
deramente superiores, donde quiera que están y en cual-
quier situación que la suerte los coloque, le nombró su
maestre de campo, y le hizo depositario de sus esperanzas,
aspiraciones y futuros planes.
No sabemos todavía, aunque lo sospechamos, qué pode-
roso motivo le obligó desde aquella noche maldecida á arre-
pentirse de la amistad y protección que le dispensára. Ni
por qué, tendiéndole una alevosa celada, se fingió enfermo
y nombró su teniente; es decir, le encargó del mando á fin
de tener un prestesto plausible que disculpase el crimen
que meditaba.
Una mañana paseábase Osorio por la playa acompaña-
do de su amigo el factor D. Cárlos de Guevara: sin tener
motivo en la apariencia para estar triste, su aspecto, era
grave y melancólico. Algún negro presentimiento vertía
su hiel gota á gota en su noble corazón.
Estrañábalo D. Cárlos, y le preguntaba la causa; I),
Juan se sonreía tristemente, y paseaba sus miradas dis-
traídas por las ligeras ondas que venían á morir á sus
piés.
— Como esa espuma es nuestra vida, esclamó: el menor
soplo basta para disiparla.
Guevara le contemplaba asombrado, y creía percibir
algo de fatídico y lúgubre en su acento.
— No sé por qué, continuó aquel, siento hoy el corazón
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LA VIDA POR UN CAPRICHO.
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oprimido; no creo en agüeros ni vaticinios, y no obstante,
juraría que alguna grande desgracia me amenaza.
—¿Pero qué teneis, os sentís malo?
— Mi enfermedad no es del cuerpo, respondió el capi-
tán; me duele el alma.
En esto divisaron á cuatro caballeros (1) que se dirijían
á su encuentro con paso acelerado.
Entre ellos venían dos hombres, cuya vista sola afectó
dolorosamente á Osorio, porque no ignoraba el rencor y la
baja envidia que nutrían contra él .
Los primeros eran Juan Salazar, y Lázaro Salazar y
Medrano, deudos inmediatos; y los otros dos Jorge Lujan y
el alguacil mayor, Juan de Oyólas.
— V . sea preso, Sr . Juan de Osorio (2) le dijo el último,
intentando ponerle la mano encima.
El valiente capitán retrocedió un paso, y desnudó su
espada.
— Téngase V ., replicó Oyólas; que el señor gobernador
manda que vaya preso .
Osorio echó una espresiva y dolorosa mirada á su ami-
go, y reflexionando un instante, confiado en su inocencia,
y juzgando que acreditaría con su resistencia las calumnias
de sus enemigos, le entregó su espada con la serenidad del
justo y la altivez del valiente que nada teme.
— Hágase lo que su señoría manda , contestó; que yo estoy
presto á obedecerle .
Lleváronle hácia la tienda de Mendoza, cercada de
[1] Los historiadores varían en el nombre de dos de ellos: seguimos á
Schmidel, que, como testigo presencial, debió esiar mejor informado.
[2] Las palabras en bastardilla están textuales eu la Argentina de Rui-
Diaz de Gnzman.
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LA VIDA POU UN CAPRICHO.
gente armada; adelantóse, y entró el alguacil mayor, é
inclinándose delante de él, le dijo:
— Ya, señor , está preso: ¿qué manda F. S. que se haga*?
— ¡Hagan lo que han de hacer/ contestó el implacable D.
Pedro, indicando con la mano el golpe de un puñal.
Dos minutos después, el esforzado capitán caía acribi-
llado de heridas, y su cadáver sangriento, colocado encima
de un respostero, á la vista de todo el campo con un rótulo
que decía: por traidor y alevoso , escitaba la compasión y
las lágrimas de la multitud.
D. Pedro de Mendoza, con la satisfacción del chacal
cuando el olor de la tierra recientemente removida le in-
dica que hay un cadáver debajo de ella, se acercó á mirarle,
y soltó esta calumniosa imprecación:
— ¡Este hombre tiene su merecido, que su sobérbia y arro-
gancia le han traido d este estado!
No obstante, la opinión pública protestaba en silencio
contra aquel torpe asesinato. En vano un pregón aleve,
á son de cajas y clarines, anunció que Osorio había muerto
porque intentó rebelarse contra su autoridad y alzarse con
el mando, y que otro tanto le sucedería al que tomase su
defensa ó hablase á su favor. Todos, á escepcion de los
culpables, lloraron á tan bizarro y cumplido caballero* todos
reprobaron la conducta del adelantado, y aunque el verda-
dero motivo quedó oculto en las tinieblas, no por eso deja-
ron de atribuirlo á una ruin é innoble venganza, hija de
ha envidia y de la cobardía (1). Todos los historiadores del
(1) Salazar, qne con otros se ha juntado,
A Juan de Osorio dan de puñaladas;
? nvidia y cobardía lo han causado
or ser las obras de él tan señaladas.
Barco-Centenera — F'oema de la conquista del Rio de la Plata — Canto JFT .
Digitized by GoógIe*,£
LA. VIDA POR UN CAPRICHO.
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Rio do la Plata desde Schmidel hasta Funes están contestes
en este punto.
Al desnudar el cádaver para darle sepultura á presencia
de Salazar, le encontraron sobre el corazón un medallón de
oro guarnecido de brillantes, y sujeto al cuello por una
cadena de pelo.
Era el retrato de Gemina salpicado de sangre y tala-
drado por el puñal de Medrano, el primero que se hundió en
el pecho de su infeliz amante.
Salazar, que tenia órden de apoderarse de todos los
papeles y efectos que pertenecían al difunto, incluyó el re-
trato en ellos. D. Pedro, á pesar de estar tan desfigurado,
lo reconoció al punto, y lo guardó con satánico gozo para
coronar con él su venganza.
Imposibilitado de remitirlo en el acto por persona de
toda su confianza, temeroso de despertar alguna sospecha,
y conceptuando oportuno dejar trascurrir algún tiempo,
esperó con calma una coyuntura favorable, que no tardó en
presentarse.
Algunos meses después de la llegada al argentino Rio,
estando acampados en Corpus Christi (1), llamó á dos solda-
dos de su devoción que habían militado bajo sus órdenes en
Italia, y dándoles el retrato y una suma de dinero, hizo que
le pidiesen permiso para ir á esplorar la tierra, y partiesen
á cumplir sus instrucciones (2).
f 1J Fuerte fundado por Gaboto en el Paraná.
[2J Se ofrecieron dos soldados á D. Pedro de Mendoza de irá ver y des-
cubrir aquella tierra, y traer razón de ella. £1 cual, deseando satisfacerse, con-
descendió con su pctiaion, y salidos al efecto, nunca mas volvieron, ni se supo qué
se hicieron; aunque algunos han dicho que, atravesando la tierra, y cortando la
cordillera general, salieron al Perú y se fueron já Castilla. Rui-Diaz , Lib. 1.
cap. XII.
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LA. VIDA POR UN CAPRICHO.
Gemma, entre tanto, presa de su malhadado amor,
de aquel amor sublime que había iluminado su vida como
un meteoro celeste, sepultándola luego en las tinieblas
del desengaño, se agostaba dia por dia, semejante áuna
flor arrancada de su tallo. Víctima de la calumnia, había
escuchado con indiferencia las murmuraciones del mundo;
pero el olvido, la ingratitud, el desprecio del único hombre
á quien había sacrificado su virtud, la hirió en el corazón.
¡El también había creído que era una impura cortesana!
El delirio y la fiebre de su pasión absorbieron la sávia
de su belleza y de su juventud. Ante la ardiente llama de
sus recuerdos, la encantadora condesa se fué apagando
lentamente como el lucero del alba á los primeros rayos
del sol.
Una tarde se presentaron en su palacio dos peregrinos
que venían de España; pusieron en sus manos un pliego
lacrado con las armas de D. Pedro de Mendoza, y sin
aguardar respuesta, desaparecieron.
Antes de abrirlo, un fetal presentimiento prensó su
corazón é hizo asomar dos lágrimas á sus áridas pupilas,
secas á fuerza de llorar. Sabía que D. Juan había partido
á América con el adelantado.
Rasgó el sello con mano trémula, y encontró su imájen
rota y ensangrentada, y estas breves líneas, que aunque no
venían firmadas, traicionaban al vil que las había escrito.
«Habíamos hecho una apuesta entre varios amigos
para conquistar vuestro cariño, y yo, señora, cometí la
insensatez de enamorarme de vos como un loco. Una
noche el destino os arrojó entre mis brazos, y vuestro
amante vino á arrancaros de ellos. Luchamos, y su acero
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Gopgle -
LA VIDA POR UN CAPRICHO.
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me atravesó un costado ; pero por fortuna, la herida no
fué mortal ; antes de un mes estaba restablecido. Luego
me ví precisado á salir de Roma ; mas recordareis que
pasé á visitaros la víspera de mi partida, y que solo os dije
estas palabras : vuestro amante me ba repetido que jugaba
su vida por un capricho, y yo os juro que daré mi eternidad
por una venganza. ¿Me comprendéis?
«Ahí os envío vuestro retrato : por el estado en qüe se
encuentra podréis adivinar la suerte que ba cabido á su
dueño.»
Aquel fué el golpe de gracia para la desventurada
Gemma : llevó con avidez el retrato á sus lábios, y cayó
en tierra exánime como herida de un rayo.
Tan infausta nueva la anonadó de repente ; su alma
idólatra no pudo resistir tamaño dolor, y el débil resorte
de su existencia estalló como una hebra de seda ya gastada
al choque de su quebranto . . .
Empero aquel doble crimen no podía quedar impune :
Dios consiente, pero no para siempre.
¡Impenetrables juicios del Altísimo! Todos los que
directa ó indirectamente contribuyeron á él tuvieron un
fin desastroso.
D. Diego de Mendoza, hermano del adelantado, en los
primeros combates que sostuvieron los españoles con los
indígenas, cayó del caballo herido de un golpe de bola (1)
en el pecho, y fué degollado por los querandies (2). D.
Jorge Lujan tuvo la misma muerte, legando su nombre
[1] Arma de los indios adoptada hoy por la gente de la campaña.
[2] Schmidel —Viage al rio de fo Piala. Cap. VIII.
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LA VIDA POR UN CAPRICHO.
al rio en cuyas orillas sucumbió (1); el capitán Salaz&r
murió de miseria,
dejando muchos hijos
Con pleitos y demandas y litijios [2.J
Su pariente Salazar y Medrano fué encontrado cosido
á puñaladas en su cama, sin que se pudiese averiguar, por
mas diligencias que se practicaron, quienes habían sido los
asesinos (3). Oyólas, de vuelta de un viaje que emprendió
desde el puerto de la Candelaria, en el Paraguay, con el
objeto de descubir el camino del Perú, cuando lo había con-
seguido y tomaba cargado de oro y plata, espiró A manos
de los traidores payaguds , con todos sus soldados, escapándo-
se solo un indio chañé que le acompañaba (4), y finalmente,
D. Pedro de Mendoza, el principal culpable, el protagonista
de este sangriento drama, postrado por una enfermedad
vergonzosa (5), defraudado en sus esperanzas, arruinado
y odiado de todos, se embarcó para España, y habiendo en
la travesía comido, forzado por el hambre, de una perra que
llevaba, la cual estaba salida, se puso y murió tan desespe-
rado, que parecía que rabiaba , según la ingénua frase del
autor de la Argentina en prosa.
(!) Rui-Diaa. Lib. I. cap XI.
f 2] Barco.— Canto IfL
(8) Rui-Diaa. Lib. 1, cap. XIII.
[4] Guevara. — Hist. del Paraguay, etc. Lib. II, cap. IV*
( 5 ) D. Pedro en este tiempo hubo enfermado
del morbo que de Galia tiene nombre.
Barco. -Canto IV.
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LA VIDA POR UN CAPRICHO.
41
No en vano dice Bureo, que
Irritado
Con tonta cobardía y gran malicia.
Comenzó á castigar Dios el armada
Con un gran flagelo y cruda espada.
Que la sangre de Abel el inocente
Clamando está ante Dios omnipotente.
El rayo de su ira cayó de lleno sobre aquella malhada-
da espedicion. Las flechas envenenadas de los infieles, el
clima y el hambre mas espantosa, la diezmaron sin piedad.
En breve espacio quedó reducida A doscientos hombres
solamente, y empezó á esperimentar tal miseria, que, según
nos refiere un testigo y partícipe de estas calamidades, era
tanta la necesidad y hambre que pasaban, que era cosa espan-
tosa , y que algunos de verse tan hambrientos les aconteció
comer carne humana , y así se vido que fazta dos hombres que
fizieron justicia, se comieron de la cintura pa abajo ( 1 ).
JEn fin, la conquista del rio de la Plata ofrece en aquel
período el cuadro mas desolador que podría concebir la
imaginación del poeta mas fantástico y lúgubre. Acaso en
otra ocasión, amados leyentes, os le presentemos en todo su
relieve, en otro episodio consagrado esclusivamente A bos-
quejar la faz histórica de aquella época.
Ahora, levantemos al cielo los ojos, fatigados de con-
templar horrores, y cubramos esas tristes imágenes con el
manto venerable de tres siglos. Víctimas y verdugos
(1) Caila ó informe de Francisco Villallo, fecho en la Asunción capital
del Paraguay, en 1556. Se halla en loa último» tomos de la colección inédita de!
Sr. Mtifu. 7 , existente en la biblioteca de la Academia de la Historia.
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42
LA VIDA POR UN CAPRICHO.
bajaron á la tumba; ya no existen; ya no queda ni el
polvo de sus huesos ¡Paz á su memoria !
Vosotros, los que abrigáis un corazón sensible, los
que teneis un alma que, como un metal sonoro, vibra á
todas las impresiones que vienen á herirla ; si alguna vez
el demonio de la tentación cierne sus alas sobre vosotros,
acordaos de Gemma y del capitán Osorio, y consagrad una
lágrima y un recuerdo á la hermosa entre las hermosas, al
valiente entre los valientes, que gustosos sacrificaron su
VIDA POR UN CAPRICHO
FIN.
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INDICE DE LJ \\M POR UN CAPRICHO
Pójina.
Capítulo
1».
Virgen y mártir
a
2®.
¿El ó yo?
ii
3®.
Velada bajo el trópico,
n
4®.
La mano de Dios
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FARSA ¥ CONTRA-FARSA.
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Buenos Aires, Febrero 16 de 1858.
Sr. Z). Heraclio C. Fajardo.
Tiempo hace, mi querido Fajardo, que deseaba pagarle
una pequeña deuda de gratitud y afecto. La voz primera
que me saludó en la prensa Monte videana, al regresar de
Europa después de nueve años de ausencia, fué la de Vd.
y me es grato, muy grato hoy, en que se digna pedirme
mi humilde cooperación para el ESTIMULO, remitirle la
adjunta novelita que tenía empezada y he terminado espe-
samente para su Semanario.
Le ruego, pues, que acepte su dedicatoria y con ella
la espresion sincera del aprecio y cariño que le profesa,
Su leal amigo y compatriota
A. MagabiSos Cervantes.
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FARSA I CONTRA-FARSA
I.
300 , 000 ....!!!
Hace un hermoso día de verano; dan las diez de Ja
mañana del 15 de Junio de 1.851, ynos encontramos en un
elegante gabinete, ocupado por tres jóvenes que sostienen
una viva discusión. Dos de ellos hablan acaloradamente, y
el tercero los escucha en silencio con aire preocupado y
meditabundo.
El gabinete está situado en el pi 30 principal de una
magnifica casa déla calle de Atocha. Los muebles que lo de-
coran, los armarios llenos de gmesosy pequeños volúmenes,
unos nuevecitos, y otros de color, dudosa y problemático,
varios instrumentos esparcidos sobre una mesa de caoba, y
muy especialmente dos enormes cajas, una de ellas entrea-
bierta, dejando ver una multitud de pequeños frascos ó bo-
tes de cristal llenos de globulillos blancos, negros, amarillos,
jaspeados, rojos, demuestran que aquella es la habitación de
un discípulo de Esculapio, homeópata y doctor por aña-
didura. «
En efecto, un Doctor, uno de los. médicos que con mas
lustre sostienen en Madrid) las doctrinas de Hanneman y á
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PAUSA T CONTRA-FARSA.
quién llamaremos D. Eugenio Daelza, es el que permanece
silencioso, mientras sus dos amigos Plácido y Manuel, exa-
minando y releyendo un billete que tienen en la mano, con-
tinúan perorando de este modo:
— Oh! lo que es la cartita, decía Plácido, puede arder
en un candil; cuanto mas la leo mas insolente y estúpida la
encuentro.
— Pero, Señor, replicaba Manuel, ¿cómo D. Facundo
Valletriste, ese suicida en ciernes, ese poeta no compren-
dido, ese nuevo Biron Blassé, ese hombre de mundo, en fin,
filósofo consumado á los veinticincaaños, que en nada en-
cuentra placer ni distracción y que cuenta por millares las
conquistas, según dice, comete semejante necedad y se
muestra tan amartelado, tan cándido y severamente nécio
con una mujer cuya mano rechazó antes sin conocerla?. . .
¿Qué dices á esto, Daelza?
— Verdaderamente no sé que pensar, contestó el mé-
dico; tengo para mi que esa carta no es escrita por él.
— Lo mismo habia yo pensado; pero la confesión es-
presa de Virginia . . . .replicó Plácido titubeando.
— ¡Enmarañado está el asunto! añadió el tercer inter-
locutor; y lo peor es que urge tomar una resolución defi-
nitiva.
—No debemos de ningún modo acceder á los deseos
del vengativo hermano.
—Por qué? preguntó el médico con indiferencia.
— Porque ya sabéis la ferocidad del uno y la manía del
otro.
— Temeis que D. Silvestre, afuer de espadachín con-
sumado, mate de una estocada al presunto suicida?
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FABSA Y CONTBA-FARSA.
7
— ‘Eso es lo mas probable.
— A juzgar por las apariencias
—Pues qué! no eréis en la valentía del uno y en el
esplín del otro? esclamaron los dos jóvenes, sin permi-
tirle concluir la frase empezada.
Los jóvenes insistieron en sus fundados temores.
El médico se cruzó de brazos y dejó escapar un ligero
silvido que equivalía á una negativa.
— Los hombres que hablan mucho, les dijo él, valen
por lo general muy poco. Nadie se alaba de las cualidades
que posee. Ese es el mejor barómetro para justipreciar á
cada uno. Por regla general; todos nos sentimos inclina-
dos ó vanagloriarnos de las dotes que carecemos. Nadie
habla mas de honradez que los picaros; nadie invoca tanto
á la Patria como los mismos que la envilecen y saquean;
nadie es mas quisquilloso que los débiles; nadie tiene me-
nos deseos de morir que el que anda diciendo á todos que
va á matarse.
—Y sin embargo, muy amenudo los picaros se conducen
como hombres honrados; los titulados patriotas prestan á
la nación servicios importantes; los débiles se baten como
el mas valiente; y los que no tienen ganas de morir, se
arrojan al canal ó se levantan la tapa de los sesos.
Sí, repuso el médico con irónica frialdad, por orgullo,
por amor propio, por egoísmo, por compromiso, y siempre
por miedo á algo; unas veces álas leyes, otras á la socie-
dad, otras al ridículo ó al desprecio.
— ¿Y juzgáis que Tremedal y Valletriste se encuentren
en ese caso?
— Me sobran motivos para creerlo: el primero es un
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
í&tuo insoportable. Parece que anda siempre á caza de
lances: en todo encuentra una alusión personal, una falta
de respeto, un insulto. Basta mirarle al soslayo para que
se crea ofendido. Siempre tiene en los lábios la palabra
satisfacción y desafio. Se permite con los demas las bro-
mas mas groseras y pesadas, y apenas se le dirige la menor
indirecta se hincha como un herizo, y provoca un verdade-
ro agravio con sus insolencias. Por desgracia, la mayor
parte de los hombres se dejan intimidar por un jesto impo-
nente ó una palabra enérgica, y en los momentos críticos
se olvidan que el hierro se rompe con otro hierro mejor
templado, ó lo que viene á ser lo mismo, que el descaro se
vence con la audacia, la desvergüenza con el cinismo y el
arrojo con la temeridad.
— No obstante, algún motivo muy poderoso debe exis-
tir cuando todos respetan, ó al menos toleran los continuos
desmanes é inpertinencias de Tremedal.
— En los lances de honor, siempre hay que contar con
el miedo (natural en el que se bate por primera vez) con la
torpeza ó cobardía proverbial del contraria. Ademas, nues-
tro hombre sabe manejar perfectamente toda dase de ar-
mas, y tiene una táctica especial para no hacer blanco de
sus tiros, sino á los que no se encuentran en el caso de lu-
char con él de igual á igual.
— Entonces,— dijo Manuel, íntimo amigo de Daelza,
pero que no conocía al sujeto de quien se hablaba; entonces
es un villano que abusa de su superioridad en el sable, en
el florete y la pistola.
— No, no es un villano, es solamente la fersa del punr
donor y la valentía; como el otro es la farsa del génio no
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
9
comprendido, del jóven viejo antes de tiempo y del hombre
superior que no acierta á vivir en nuestra corrompida at-
mósfera, — menos corrompida que él! Entrambos son tipos
que abundan mucho en nuestra época. Los duelos y el
esplín han llegado á ser hoy una enfermedad de moda: están
á la órden del dia.
— ¡Siempre sarcástico y burlón!.... hasta con tus
amigos!
—Digo lo que siento y creo no equivocarme; los conoz-
co á los dos desde la infancia; y sino decidme, ¿hay motivo
para desafiar á muerte á un hombre solo porque escribe una
carta del género tonto, suponiendo que la carta sea suya,
á una hermana nuestra?
— Según y conforme.
— Contestadme categóricamente.
— Este es un caso escepcional. La hermana del Fie-
rabrás andaluz ha sido antes despreciada por el Werther
valenciano.
— No hay tal desprecio; los padres habían arreglado
esa boda allá en Granada, dejando siempre al arbitrio de sus
hijos el realizarla ó no. Valletriste, atacado ya de su fatal
manía, no tuvo por conveniente aceptar. Desengañado del
mundo, había resuelto no casarse nunca y así se lo escribió
á sus padres, quienes con gran sentimiento se lo participa-
ron á los de la novia.
— ¿E insistís en que eso no es un desprecio?. . . .
— ¿Dónde está el desprecio? contestó negativamente á
una proposición que se le hacía, y nada mas. Estaba en
su derecho.
— La niña era pobre y él inmensamente rico.
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FARSA Y CONTBA-FABSA.
— Pero la niña aguardaba una cuantiosa herencia de
una tia suya.
— Que ya ha muerto, y ha dejado á su sobrina la mi-
seria de seis millones, reales vellón ó sean trescientos mil
duros, añadió Plácido.
—Ignoraba esa circunstancia, de la cual me alegro
infinitamente contestó el médico.
— De todos modos fué un nécio, repuso Manuel.
— Ya lo creo! .... la niña es lindísima. . . . tiene unos
ojos divinos, una boca que parece un pimpollo, un talle
que envidiaría la Cerito en sus mejores tiempos, un piece-
sito y una sal y una gracia andaluza, capaces de trastornar
el juicio al mismo San Antonio, aun después de haber
salido victorioso de las mil tentaciones á que 'le sujetó el
espíritu maligno en una sola noehe.
—Y hoy para dar realce á tan peregrino conjunto,
prosiguió Plácido exhalando un profundo suspiro, — la re-
comiendan, la ensalzan, la poetizan, la divinizan y santi-
fican los seis millones del pico.
¡Trescientos mil duros! repitió Manuel relamiéndose
los lábios de puro gusto; — he ahí unas sublimes, seráficas
palabras, capaces de levantar á un muerto de su tumba en
los calamitosos tiempos que atravesamos; trescientos mil
duros! Vamos Valletriste estaba looo, borracho ó dado
á perros el dia que cometió la insensatez de no aceptar con
los ojos cerrados los seis consabidos .... quiero decir, mujer
tan recomendable.
— Entonces esa fortuna era solo una esperanza, menos
que una esperanza; porque la tia no contaba mas que
treinta y dos años y pensaba volverse á casar este invierno,
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
11
cuando una repentina pulmonía se la llevó en veinte y
cuatro horas al otro inundo.
— Requiescat in pace I murmuró el Doctor.
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II.
Similia Simílibus.
Dejamos en el capítulo I á nuestros interlocutores, en-
tonando un De pro fundís á la memoria de la tia de Virginia,
á quién tan oportunamente se le antojó morirse; y como
nos importa muy poco la discusión en la parte que á la
finada se refiere, desde que no somos sus herederos, ni le-
gatarios siquiera, volveremos á reanudar el diálogo única-
mente en lo que tiene relación con los principales persona-
jes de esta verídica historia.
— Yo creo añadió Plácido, y ahora con doble motivo,
que la pobreza de Virginia debió influir mucho en la reso-
lución de D. Facundo: al menos la familia de la niña lo
cree así.
—Pues tú y la familia se apresuró Daelza á contestarle,
piensan muy mal. Entre las varias y buenas cualidades
que posee Valletriste, y por las cuales se le quiere á pesar
de sus muchos defectos, resalta la generosidad y el desinte-
rés. Justamente entonces empezaba á sentirse atacado de
su maldito esplín, y se acostaba todos los dias y veía salirse
sol, esperando que el siguiente sería el último de su vida,
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14
FARSA Y CONTRA-FARSA.
según me confesó mas tarde. En una situación de ánimo
semejante, natural era que lo viese todo al través del negro
velo de su melancolía. Luego, como se estravió el retrato
de ella, y como tampoco su familia insistió en este enlace;
como ella hace apenas dos meses que se encuentra en Ma-
drid, y él no hace uno que regresó de su último viaje á
Francia, no pudo volverla á ver ni valorar el tesoro que
perdía. Yo la conocí en una escursion que hice á Granada
el verano pasado, y quedé prendado de su gracia y hermo-
sura. Varias veces he hablado á Valletriste sobre el parti-
cular, porque estoy íntimamente persuadido que esa jóven
le curaría de su ridículo esplín; pero no ha querido oirme y
me ha obligado á variar de conversación, en cuanto he toca-
do este punto. Creo que la detesta cordialmente.
— ¿Sabrá que D. Silvestre ha hablado mal de en él va-
rias ocasiones por el supuesto desprecio que hizo á su her-
mana?. . . .
— No puede ser otro el motivo de su aversión á su ex-
prometida, causa inocente de las hablillas y murmuraciones
del matón.
— Por eso es temible un lance entre los dos, y es pre-
ciso evitarlo á todo trance.
— Repito que no.
—Mira lo que haces Daelza!
— Yo tengo un medio que lo conciliará todo y espero
surta el efecto apetecido.
— ¿Cual es?
— El principio que sirve de base á nuestra doctrina.
— ¿El Similia Simílibusf preguntó Plácido con aire
de burla.
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
15
— El Similia Similibus, respondió el médico impasible.
—Tradúcelo en lenguaje vulgar, despeja esa incógnita,
porque de lo contrario nos quedaremos tan enterados como
del logogrifo con que pretende pagar el Sr. Bravo Muri-
11o (1) no sé cuantos millones de deudas propias y agenas,
sin recargar el presupuesto.
—Un clavo saca otro clavo, repuso el homeópata son-
riéndose. Juzgas que D. Facundo desea de buena fé verse
libre del peso de la existencia?
— Por qué no?. . . . Eso se ve todos los dias.
— Pues estás en un grande error. El que quiere
matarse lo hace y no lo dice. El que sufre tanto, se muere
de dolor y no se mata. Porque por otra parte, ¿qué moti-
vos tiene él para desear la muerte? Jóven, rico, en una
envidiable posición social. . . .
— Talvez algún secreto pesar algún motivo que
nosotros ignoramos. . . .
— Bien podría ser; pero como lo ignoro, persisto en
creer lo que os he dicho antes.
— ¿Pues cual es el origen de su prefunda melancolía?
Una gran dósis de bilis, el abuso de los placeres, su
carácter escéntrico, las detestables ideas en que está imbui-
do, sus pretensiones de ser lo que no puede, y el aislamien-
to voluntario en que vive.
Los dos jóvenes miraron al Doctor con incredulidad, y
sin negar del todo la exactitud de su diagnóstico, trataron
de probarle que podían existir mil causas secretas, insigni-
ficantes para los demas, pero de grande importancia para
fl] Célebre Ministro de Hacienda.
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%
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
el infeliz atacado de esa manía, cuando eran bastante po-
derosos para arrastrarle al suicidio.
— Yo le habría curado — continuó el médico— si él hu-
biese querido seguir mis instrucciones. Muchas veces he
pensado en los medios de salvarle contra su voluntad, porque
si persiste en su ruin obcecación, al fin acabará por morirse
de veras; pero todos mis propósitos fracasaban ante su
tenacidad y el temor de que descubriese la burla, é hiciese
por un compromiso de amor propio lo que no ha hecho
hasta aquí. Hoy una feliz casualidad me pone en el caso
de realizar una esperiencia que ha mucho tiempo deseo, y
Dios mediante espero llevarla á cabo y conseguir un doble
objeto, ó como dice el vulgo, matar de un tiro dos pájaros.
—¿Dos nada menos?
— O tres! — por lo pronto caerán en la red el suicida en
ciernes y el nuevo D. Quijote desfacedor de entuertos y
agravios imaginarios. Talvez el golpe alcanze de rechazo
al amante oculto, causa de todo este imbroglio.
—Mira, no eches la cuenta sin la huéspeda.
—Allá veremos. . . . todo lo mas que puede suceder, es
que de tramoyistas y meros espectadores, nos convirtamos
en actores. .. .Ya os he dado á los dos mis instrucciones. • . .
solo os recomiendo el secreto.
— ¡Buen secreto! si no nos has dicho una palabra.
—Me refiero á las personas que figuran en esta farsa y
en la contra-farsa que voy á preparar.
— Dínos siquiera algo de tupian.
—Nada: Similia Simílibus.
— Vete al demonio con tu homeopatía!
— Ea, marchaos ... los momentos son preciosos — Tú
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
17
Plácido, díle á D. Silvestre Tremedal lo que hemos conve-
nido. Yo acepto de antemano toda la responsabilidad de
lo que suceda — En cuanto á vos, Santélices, pronto nos
veremos.
— ¿Dónde?
— En casa de Valle triste.
— Adiós.
— ¡Adiós!
Salieron los jóvenes, y el médico después de dar
tres ó cuatro paseos por el gabinete, como si necesitase
asegurarse en su resolución y combinar mejor sus ideas,
impaciente hirió el suelo con el pié, esclamando:
— Los dos están locos, y es preciso curarlos!
En seguida se acercó á la mesa, tomó una de las cajas
de que ya hemos hablado, y sacó (jos botecitos de cristal.
Una idea súbita cruzó al mismo tiempo por su fiso-
nomía grave é inteligente, y lanzando una mirada oblicua
á los botes que tenía en la mano, quedóse inmóvil, presa de
encontrados sentimientos.
— ¿Y si el remedio es peor que la enfermedad? — se dijo
vacilando y casi arrepentido de su primer impulso; — ¿sí por
evitar un peligro incierto, abro un precipicio á sus piés y los
espongo á una muerte segura?. . . .
Daelza pareció reflexionar, é instintivamente volvió á
colocar en su puesto los pomitos de cristal.
Poco duró su incertidumbre; la convicción del triunfo
tornó á brillar en su mirada sarcástica y fría . . . tendió a
mano con un gesto desdeñoso, y los dos frasquitos, rechaza-
dos antes, fueron á parar al bolsillo superior de su frac,
envueltos en medio pliego de papel.
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18
FABSA Y CONTBA-FARSA.
¿Sería efecto su resolución de esa insensibilidad propia
de los médicos cuando se trata de hacer algún esperimento
in ánima vile‘? ó sería hija de la imposibilidad en que se
encontraba de retroceder, una vez comprometido con sus
amigos á llevar á cabo aquella aventura, y cuando ya Plá-
cido habría empezado á dar cumplimiento á sus órdenes,
hablando á D. Silvestre en el sentido que él le indicára?
No me es posible, lectores mios, satisfacer vuestra
curiosidad. ... en este capítulo. Solo os diré que el Doctor
requirió su chapeo, cogió su bastón y bajó resueltamente la
escalera, tarareando:
— Similia, sirmlia , simüibus, simü . . . .
Como el dia está tan hermoso, y se dirije, según parece,
hácia la Puerta del sol, donde también nosotros vamos, le
acompañaremos si gustáis, y por el camino os daré algunas
esplicaciones acerca de su anterior conferencia; esplicacio-
nes que por fuerza tendrán que ser breves, casi infinitisimar
les, vista la rapidéz con que marcha el Doctor y la necesidad
de guardar una prudente reserva tratándose de asuntos que
no son nuestros. El novelista que procede de otro modo,
se espone á que los sucesos le desmientan, compromete á
sus personajes, y lo que es peor, se compromete á si mismo,
porque ¿quién diablos ha de seguirle hasta el fin de su obra,
si desde las primeras pájinas descubre su secreto? Nadie
lee lo que está cansado de saber.
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III.
Enigma.
Enigma es para mí todo cuanto existe debajo del Sol ,
sin esceptuar los mosquitos, los callos, las deudas, los dolores
de muelas, las narices descomunales, las lechuzas, los rato-
nes y otras mil perversas alimañas, irracionales ó raciona-
les, cuya razón de ser, francamente no comprendo, á menos
que no sea para recordarnos á cada paso que proscriptos
de otro mundo mejor (6 peor) andamos prófugos y errantes
haciendo méritos y servicios por este terráqueo globo sub-
lunar, llamado con razón valle de lágrimas y espinas !
Poco, muy poco ingénio se necesita para comprender
la íntima relación que existe entre dichos fenómenos y los
hechos que acabo de apuntar, pero si no la adviertes, oh
lector benévolo y profundo! te confieso ingénuamente que
á mi me sucede lo propio al menos en este instante.
Procuraré coordinar mis ideas y ponerte en camino de
que me entiendas.
Puesto que salimos con el Doctor, después de termina-
do el diálogo que has leído en el anterior capítulo, cúmple-
me ahora referirte en este, cómo y por qué se entabló.
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20
FAUSA Y CONTRA-FARSA.
Esa mañana se encontraba el homeópata en su gabi-
nete, en compañía deD. Manuel Santélices, jóven amigo
suyo empleado en uno de los ministerios de la corte, que
había venido á consultarle sobre las virtudes medicinales
de los baños mas célebres de la península, con objeto de
escoger el que creyese mas oportuno. Padecía de una
afección al pecho, que empezaba á desarrollarse con sín-
tomas alarmantes, y habiéndole asegurado varias personas
que se restablecería solamente con los referidos baños, que-
ría que el Doctor le indicase el mas adecuado á su comple-
xión y al carácter de su enfermedad.
D. Eugenio le aconsejó que se fuese á los de Carratra-
ca, en la provincia de Málaga, y mientras le hacía una
prolija enumeración de todas sus virtudes, se presentó D.
Plácido Gándara, á quién profesaba el médico grande apre-
cio y amistad, y á quien el jóven empleado ya conocía por
haberle visto en alguna de las reuniones que los dos fre-
cuentaban .
Plácido no era gran madrugador, pues generalmente
se acostaba á las tres ó las cuatro de la mañana ; y su visita
á aquella hora intempestiva hizo desconfiar al Doctor que
tendría alguna cosa reservada que comunicarle. En con-
secuencia, insinuó á Santélices que pasase á la pieza inme-
diata, pero Plácido le evitó esta molestia diciéndole con
la franqueza y cordialidad que le eran peculiares:
— No se vaya Vd., siendo amigo de Daelza, lo es
también mió: ademas, ya nos conocemos. Puede Vd.
escuchar nuestra conversación y tal vez ayudarnos á arre-
glar el detestable asunto que me trae aquí.
En seguida les refirió que su amigo D. Silvestre ha-
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
21
bía sorprendido una carta dirijida á su hermana, en la
que se le proponía un rapto y un matrimonio secreto, y
se le prodigaban á él los epítetos de tirano, avaro, egoísta
y otras lindezas por el estilo.
Esta carta, según aparecía de su firma y de la con-
fesión espresa de la parte interesada, la hechicera Virgi-
nia, estaba escrita por D. Facundo Valletriste, antiguo
prometido esposo de la hermana de D. Silvestre.
Y D. Silvestre, que como saben ya nuestros lectores,
le conservaba grande rencor y ódio por el desprecio de
marras, se puso hecho un tigre con el descubrimiento,
imaginándose que Valletriste trataba únicamente de sedu-
cir ó burlarse de su hermana, en justa venganza de las
voces que él había propalado acerca de su persona ; y opinó
que solo un duelo á muerte podía lavar tamaña afrenta.
Dominado por esta idea diabólica, pasó á ver á Plácido
su íntimo amigo, y con el cuerpo del delito en la mano, se
lo hizo leer dos veces y le exigió en nombre de su honor y
antigua amistad, que fuese inmediatamente á desafiar á D.
Facundo de su parte, y arreglase todo con el mayor sigilo,
de manera que pudiesen batirse á muerte esa misma tarde
si era posible.
Plácido se perdía en congeturas ; aunque los hechos
se encadenaban de tal modo para condenar á Valletriste,
costábale mucho trabajo creer en su completa culpabilidad.
Había algo en aquella carta, que abogaba en favor suyo :
era casi imposible que él la hubiese escrito. Aquella des-
cabellada misiva, según la justa observación de Daelza,
parecía mas bien obra de algún imberbe polluelo, que se
daba los aires de un D Juan Tenorio, y aspiraba con una
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
audacia y una insolencia dignas de un sobérbio vapuleo, á
ocupar por algunos dias la atención de la corte y de los
periódicos con el ruido de su aventura. Eso opinaba el
médico, Santélices se adhería á su dictámen, y el mismo
Plácido, al oirle, cedía á la fuerza de sus argumentos; pero
la confesión espresa de la niña, y la seguridad con que D.
Silvestre afirmaba que la tal carta había sido escrita por el
presunto suicida, los llenaba al propio tiempo de confusión.
Allí se ocultaba un misterio, un enigma que era preciso
descifrar, y después de haber puesto en tortura su imagina-
ción convinieron los tres, en que sus suposiciones podían
ser mas ó menos verosímiles, pero, que estaban muy lejos
de ser infalibles ; y á fuerza de intentar cada uno que pre-
valeciese la suya, acabaron por no entenderse. Es sabido
que de la discusión brota la luz.
Plácido admitía la hipótesis de que Valletriste, podía
ser el autor de la carta, fundándose en que era un estrava-
gante capaz de todo. En algunos de sus frecuentes acce-
sos de melancolía con ribetes de locura, dijo, se le habrá
ocurrido distraerse con Virginia. ¿Me preguntareis con
qué objeto? No lo sé á fé mia! pero quizá la opinión de
Tremedal es mas acertada de lo que juzgamos. Todo se
concibe en un hombre ansioso de venganza y poseído de
ideas tan singulares como D. Facundo.
Santélices se inclinaba á creer que la carta había sido
escrita por algún enemigo de este último ó de D. Silvestre,
con el piadoso objeto de reirse á sus espensas, de irritarlos
y obligarlos á batirse, ó solamente de ponerlos en ridículo.
El médico perseveró en su primer idea, y á pesar de
la$ protestas de Plácido que pretendía conocer á fondo á
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
23
Virginia, demostró por una série de inducciones y deduc-
ciones, que convencerían al pirroniano mas incrédulo, que
algún amante secreto andaba en la danza, y que este
amante, que necesariamente debía ser un pollo, se veía
correspondido y estaba en connivencia con la niña.
En vano Gándara le manifestó que asistía diariamente
á su casa y que nunca había visto allí de visita á ningún
pollo ni gallo.
En vano le recordó que ifo hacía mas que dos meses
que la inocente paloma se encontraba en Madrid.
En vano trajo á colación sus diez y seis años, su can-
dor é inesperiencia.
En vano le hizo presente que profesaba á su feroz
hermano, un respetuoso cariño bastante parecido al miedo,
para atreverse á engañarle de ese modo.
Daelza no se dió por vencido.
La fuerza de su convicción le dominaba á pesar suyo y
sin poder esplicarse la causa, rechazaba con la terquedad
del escéptico, las pruebas mas concluyentes y perentorias.
En este punto, como en el relativo al duelo, veía ó
creía ver la verdad y compadecía sinceramente la obseca-
cion de sus amigos.
Su convencimiento era tanto mas fuerte y espontáneo,
cuanto no dimanaba del raciocinio, sino de la conciencia;
no de hechos materiales que caían bajo el dominio de los
sentidos, sino de esa inspiración súbita, de esa voz íntima
y profética que se levanta á veces del fondo del alma,
cuando los ojos y los oídos se niegan á ver y á escuchar lo
que ven y escuchan, porque en las mismas cosas y sonidos
ven y escuchan lo que no existe para los demas. Por eso,
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24
FARSA Y CONTRA-FARSA .
aunque Plácido y Suntélices, á falta de otras razones mas
poderosas, le arguyesen con la lógica inflexible de los
hechos, él aceptando los hechos, los interpretaba á su
manera y las consecuencias que deducía eran diametral-
mente opuestas á las de sus dos amigos. Por eso, aunque
tuviese un momento de indecisión al encontrarse solo,
considerando las mil contingencias ¿ que están espuestos
todos los cálculos y combinaciones humanas, le bastó re-
concentrarse dentro de sí mimo, y consultar á su corazón,
para decidirse y perseverar en su propósito con doble fé y
ahinco.
Daelza, pues, que juzgaba haber planteado la cuestión
en su verdadero terreno, lo arregló todo & medida de su
deseo. Su reputación de honrado y filantrópico y el ieai
afecto que profesaba á Valletristre, desvanecía cualquier
sospecha injuriosa á sus nobles sentimientos y loables in-
tenciones. Los dos jóvenes cedieron, sin advertirlo, al
ascendiente que ejercía el Doctor sobre cuantos le conocían
y trataban, por «u saber, por su profundo conocimiento del
corazón humano y la inquebrantable firmeza de su carác-
ter, y se comprometieron á seguir al pié de la letra sus
instrucciones.
Una vez conformes, el médico parapetándose en una
prudente reserva, y sin descubrirle sus baterías, ó sea los
resortes de que pensaba valerse, formuló su plan de batalla
en estos términos :
Existe una carta y hay un duelo pendiente. La carta ha
sido escrita por un amante desconocido^ El duelo ha sido
provocado sin fundamento. Es preciso que' este se realice
y 'que se descubra el amante anónimo, autor de la epístola.
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FARSA. Y CONTRA-FARSA.
Plácido interrogará á Virginia sobre el particular,
Santélices con pretesto de despedirse de Valletriste irá á su
casa, de modo que le encuentre yo allí cuando me presente.
El primero se encarga del matón.
El segundo del pollo, si fuese necesario y el negocio
se formalizase,
Y yo del monomaniaco.
Ahora escuchad vuestra consigna.
f
De esa manera, y aceptando la responsabilidad de lo
que sucediese, logró el Doctor que Plácido y Santélices se
prestasen á ser instrumentos ciegos de su soberana vo-
luntad.
Si aquel era ó no el medio mas seguro de aclarar el
misterio de la carta y de zanjar satisfactoriamente el lance
de honor á que ella daba origen, lo sabrán los que tenga
la calma indispensable pará ir leyendo, sin impacientarse,
lo que aun falta de esta novelita, que será muy corta, pues
solo tiene primera, segunda, tercera, cuarta y quinta parte,
constando cada parte de ocho á diez tomos, según es moda
y práctica corriente en los novelistas de allende el Pirineo.
Lo bueno debe imitarse.
Si alguno de los suscritores, asustado con las dimensio-
nes eleisseguicas (1) de este fugáz ensayo, renuncia al gusto
de leerlo, considerando que la vida es corta para tamaña
empresa, y sin embargo, desea saber como termina, me
tomaré la libertad de rogarle que pasee sus ojos por las dos
(1) Eleisaegui es el nombre de un famoso gigante guipuzcuano que se en*
contraba en Madrid en 1852.
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
séries de puntos suspensivos colocados mas arriba. Allí
está la esplicacion del enigma, palabra que he puesto por
via de reclamo para cautivar la atención del lector, en el
frontis de este capítulo. Descífrelos, y ha leído toda la
novela.
Por supuesto que no faltará quién presuma que pre-
tendo escaparme por la tangente, y tome á burla esta fran-
ca y esplícita declaración; ¿pero qué persona medio decente,
(que haya leído el Collar d *la reina) ignora hoy que con
ayuda del magnetismo, se realizan ese y otros fenómenos
mas incomprensibles aun?
Si mis lectores me abandonan, calificando de embolis-
mo al sonambulismo, seguro estoy que algunas de mis
lectoras, aunque no sea mas que por curiosicjfid, tal vez se
aventuren, dormidas ó despiertas, á lanzar su fantasía por
los espacios imaginarios.
Y ellas vencerán, dormidas ó despiertas, con magne-
tismo ó sin él, porque son todas un misterio, un logogrifo,
un enigma insoluble, desde la punta del pié hasta la raiz de
los cabellos ; y es sabido que un lobo no muerde á otro.
El diamante se labra con el diamante.
Les ruego únicamente que sean generosas, y que en
la embriaguéz del triunfo no abusen de la victoria, divul-
gando mi secreto.
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IV.
¡Hastiado!
Al llegar á la puerta del Sol, D. Eugenio internóse por
la calle del Cofre á visitar á uno de sus clientes que se hallaba
de bastante peligro; mientras su amigo, D. Manuel Santé-
lices, que llegaba al mismo punto, por la calle de Carretas,
subió por la de la Montera, se detuvo en una casa inmediata
á la red de San Luis, subió la escalera, llamó al piso princi-
pal, y un criado de aspecto venerable vino á abrirle.
— Hola, Lupian! le dijo D. Manuel poniéndole afec-
tuosamente la mano sobre el hombro; y tu amo?
— Todavía duerme.
— ¡A la una del día! . . . .¿Se acostó tarde?
— No señor, pero como dice que no cierra los ojos en
toda la noche ....
— Necesitaba verle.
— Pues le avisaré .
— Sí, conmigo no habla la consigna. Vamos.
El jóven seguido del criAdo atravesó varias piezas y
se detuvo en la puerta del dormitorio, riéndose interiora-
mente de la indecisión que manifestaba aquel.
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
— Señorito! murmuró el anciano servidor sin atreverse
á pasar el umbral.
— Qué quieres? contestóle su amo con voz estentórea;
¿no te he dicho que por ningún pretesto ni motivo me des-
piertes cuando esté durmiendo?
— El Sr. Santélices desea hablaros ....
—Ah! es Manuel. . . .que pase adelante.
Abrió el criado unos de los balcones, corrió las cortinas
á las vidrieras, entró el jóven y después de estrechar cor-
dialmente la mano de su amigo, tomó una silla y sentóse
al pié de la cama.
Aprovecharemos el instante en que la luz penetra de
lleno en el aposento, para sacar, aunque sea al daguerro-
tipo, el retrato de D. Facundo Valletriste.
Es D. Facundo uno de esos jóvenes de la alta socie-
dad madrileña, gastados prematuramente por los escesos
y placeres. Apenas tenía veinte y cinco años y sin embar-
go su fisonomía representaba cuarenta. Un círculo lívido
amortiguaba el resplandor de su mirada, que en otro tiem-
po debió ser enérgica y espresiva. Sus rasgados ojos, de
color indefinible, carecían de esta atmósfera magnética y
brillante que baña las pupilas de las personas jóvenes que
gozan de buena salud, y muy especialmente las del bello
sexo. Cuando se sonreía, su sonrisa causaba una sensación
penosa; porque no solo dejaba ver mas de una hendidura
en sus pálidas encías, por la falta de algunos dientes y
muelas, sino que también dibujaba profundos surcos en su
rostro nervioso y seco. Diríase que los músculos y tendo-
nes maxilares habían perdido su primitiva elasticidad, á
fuerza de estar en continua tensión y rigidez.
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FAJES A. Y CONTBA.-FAESA.
29
El aspecto enfermizo de aquel jóven, viejo en su ju-
ventud, hacía daño al corazón. Pródiga y liberal la natu-
raleza le había dotado de una estatura atlética y de una
complexión privilejiada; pero los escesos, como un virus
déletereo, gastaron prematuramente sus poderosos resortes.
Por la postración de su cuerpo se adivinaba la de su
alma: Dios ha unido tan estrechamente el espíritu con la
materia, que siempre que esta se vé afectada, siente aquel
el golpe de rechazo. Siempre el malestar moral vá acompa-
ñado de alguna grave perturbación en la economía animal.
La degradación ó el embotamiento perpétuo ó mo-
mentáneo de las facultades intelectuales, no reconoce otro
origen que la falta de armonía ó la debilidad de los órganos
sensitivos.
Toda sobreescitacion demasiado violenta acaba por
afectar el sistema nervioso, y después de un período mas
ó menos largo, nos conduce á la atonía, á la estupidéz 6
¿ la demencia,— puentes por donde nos lleva á atravesar el
piélago insondable de la muerte.
Valletriste se encontraba en el primero de estos tres
casos; todo indicaba en él, mas que el embrutecimiento del
idiota ó la fébril energía del demente, el cansancio, la fuer-
za de inercia, el marasmo fisico-moral del que sucumbe,
no porque lo desee, sino porque falta algo á las condiciones
de su existencia. El león númida, la serpiente del Indo y
el cóndor americano, que tomados pequeños y criados lejos
de las selvas, se acostumbran á la servidumbre y van per-
diendo sus hábitos, sus instintos, su agilidad, su hermosura
y tamaño hasta degradarse completamente, ofrecen una
imájen bastante exacta de lo que los pasa á los hombres
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
entregados desde niños 4 sus malas pasiones. Y si conside-
ráis 4 esos mismos animales prisioneros en sus jaulas, débiles
y raquíticos, no podréis menos de conocer que se mueren
porque les falta la inmensidad del desierto, el aire cálido,
aromado y vivificante de sus bosques y montañas, el agua
bullente y cristalina de sus cañaverales, rios y quebradas,
y la presa acechada, perseguida y cogida con mil afanes. . .
Así el hombre á quien el abuso de los placeres le quita
la libertad de desearlos, preso entre las redes de sus pro-
pios vicios, empieza 4 sentir un vacío que nada alcanza á
llenar. Semejante 4 una lámpará privada de combustible,
se va consumiendo lentamente. El fastidio le persigue,
y para libertarse de él, se encenaga mas y mas en el loda-
zal en que se encuentra; pero ¡ay! en vano. Encerrado en
un círculo de hierro que no tiene mas salida que la virtud
ó la muerte ; sus ojos se embotan en el mezquino horizonte
de la realidad, sin que ninguna brisa consoladora venga
4 refrescar su abrasada sien, sin que ninguna aspiración
legítima ensanche su pecho y levante su 4nimo abatido,
sin que ningún ensueño de felicidad cubra de flores el 4rido
yermo de su vida. La realidad es la roca Tarpeya de los que
la proclaman como su Dios, y en cuerpo y alma se entregan
á ella como Fausto 4 Mefistófeles. La realidad es la tumba
de la esperanza, y quién acierta 4 vivir en la tierra sin espe-
ranzas, sin móvil, sin norte, sin deseos de ninguna especie?
¡Dichosos los que en la mitad de esa pendiente fatal
logran detenerse, y volviendo sobre sí luchan brazo 4 brazo
con su 4ngel malo hasta que lo vencen, y redimen con
su energía y perseverancia su juventud marchita, su per-
dida ventura y sus muertas ilusiones!
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FARSA Y GONTR A-FARSA.
31
— Y bien, dijo Manuel á su amigo, dando así principio
á la conversación; — ¿cómo habéis pasado la noche?
—Mal, muy mal.
— Ya se vé! no queréis seguir los consejos de vuestro
médico. ... os obstináis en que no estáis enfermo.
— Mi enfermedad no es del cuerpo sino del alma,—
contestó el jóven con displicencia,— y el alma, mi amigo,
no se cura'con yerbas medicinales.
— Daelza afirma de la manera mas formal, repitió
Manuel acentuando las palabras,— que estáis gravemente
enfermo de las dos cosas.
— Estoy hastiado y nada mas, repuso Valletriste con
acritud. Los médicos no coñiprenden lo que está fuera del
alcance de su ciencia y todo lo atribuyen al estado de los
humores. La vida me abruma y cada dia me parece mas
insoportable. Hé ahí el secreto de mi supuesta dolencia.
El tono áspero y desdeñoso con que se espresaba D.
Facundo, no era el mas apropósito para atraerse una res-
puesta benévola, mucho mas de un hombre que hada alar-
de de franqueza como Santélices y que iba dispuesto á
exacerbarle á fin de traerle al terreno que deseaba.
—¡Hastiado! esclamó con una sonrisa irónica que hirió
en lo mas vivo la susceptibilidad de su interlocutor; — ¡has-
tiado! ¿y de qué?
— De todo de la sociedad, de mis queridas, de mis
-amigos, de mi médico y hasta de mí.
— Gracias por la parte que le toca á nuestro pobre
Doctor.
—Soy franco y no sé disfrazar la verdad : sus enfadosos
sermones, y el empeño que pone en contrariarme siempre
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32
FARSA Y CONTRA-FARSA.
que le hablo de esto, me van ya exasperando, y si no fuera
por. . . .
— El cariño que le profesaba vuestro difunto padre, y
los servicios que en su última enfermedad tuvo la satis-
facción de prestarle en cambio de lo mucho que hizo
por él le cerraríais vuestras puertas?. ...
— Vos lo habéis dicho. . . . respondió el jóven con cierto
empacho.
Santélices empujó con desden el lábio inferior hácia
adelante y movió la cabeza como compadecido de la obce-
cación del irritado mancebo.
— Daelza tiene el penoso, pero imprescindible deber
de aconsejaros y apartaros dé la peligrosa senda en que
os vé, añadió Manuel con acento grave y pausado ; —bien
sabéis lo que le encargó vuestro padre al morir. El se
cerró los ojos mientras vos malgastabais alegremente vues-
tra juventud y dinero en la capital de Francia. Eugenio,
le dijo, aunque ya me has pagado con usura lo que he
hecho por tí facilitándote los medios de concluir tu carrera,
yo te pido que veles por mi hijo, y puesto que eres algunos
años mayor que él, te ruego, te suplico que le sirvas de
segundo padre. Se lo prometió en aquel momento solem-
ne, y Daelza no es hombre que falte nunca á su palabra-
— Por eso le tolero, que sinó. . . .
Rumor de cercanos pasos anunció que alguno se apro-
ximaba.
— Silencio! dijo Manuel, alguien viene y hasta me
parece que he oido la voz del Doctor.
En efecto él era el que entraba.
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V.
Una apuesta.
El médico saludó cordialmente á los dos jóvenes, y dió
gracias á Santélices de su exactitud con una inteligente y
rápida sonrisa. El objeto de Daelza al hacerle comparecer
en casa de Valletriste, no era otro que comprometer á este
mas y mas teniendo un testigo de la conversación que iba
á entablar con él.
— Aseguraría, esclamó, dirigiéndose á Manuel, que mi
enfermo no hacía de mi las mejores ausencias,
— ¡Bah! contestó Manuel — es tan dulce el placer de la
murmuración!
Daelza entre sério y risueño miró fijamente al jóven
misántropo, y con un acento cariñoso que contrastaba con
su aire adusto, estendió la mano para tomarle el pulso,
añadiendo:
— Creed que no teneis en todo Madrid un amigo
como yo.
— ¡Mi amigo! repitió el enfermo desdeñosamente.
— Si vuestro amigo, vuestro mas sincero y leal amigo.
— ¡La pretensión no deja de ser original!
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FABSA Y CONTRA-FARSA .
— ¿Por ventura dudáis de mi amistad?
— Me asisten muy poderosas razones.
— Deseo, exijo que me las digáis.
— Las sabéis mejor que yo.
Daelza se llevó la mano á la frente como queriendo
recordar los pretendidos motivos de queja que podía tener
D. Facundo para dudar de su amistad: finjió recapacitar
por espacio de cinco ó seis minutos, y por último se alzó
de hombros y dijo con el acento de la convicción y la
verdad:
—Estoy íntimamente persuadido que he hecho por vos
cuanto puede hacer el mejor amigo, es decir, cuanto estaba
en mi mano.
Sonrióse el jóven, pero con una de aquellas sonrisas
amargas y burlonas que tan toal efecto producían, y en vez
de contestarle se limitó á dirigirle las siguientes indirectas.
— En las grandes ocasiones se prueban los amigos ¿no
es cierto? — preguntó volviendo el rostro hácia donde estaba
Santélices.
— ¿Quién lo duda? respondió este.
— Y el amigo que sabe lo que significa ese sagrado
nombre, no tiene mayor placer que servir al que llama su
> amigo?
— Es muy cierto.
— ¿Creeis que el verdadero amigo sacrificaría con gusto
su fortuna, su vida y hasta su honra en áras de la amistad?
—En los tiempos primitivos: hoy no se realiza seme-
jante fenómeno.
—Pues bien, sin necesidad de llevar la abnegación
hasta ese estremo confiando en esa amistad de que tanto
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
35
blasona, yo he acudido al Dr. tres ó cuatro veces desespe-
rado, pidiéndole un favor casi insignificante, y me lo ha
negado, mas todavía, no me ha comprendido , y casi, casi se
ha burlado de mí.
El casi está demas pensó D. Eujenio; pero lejos de
manifestarlo, inclinó el cuerpo hácia atras con un gesto de
sororesa, como si no hubiese estado preparado para aquel
brusco ataque, que él mismo había provocado.
—Me pedíais un veneno* contestóle fríamente y no he
debido ceder á vuestro culpable capricho.
— Y sin embargo, yo sufría y sufro horriblemente.
— Hay puñales, sables, pistolas. . . .murmuró el médico
con aire zumbón.
— Profeso un horror instintivo á las armas blancas y de
fuego. se apresuró á decir el paciente.
— >Los fósforos, los cordeles, el humo del carbón. . . .
— Me da náuseas solo el pensarlo.
—El canal es grande, espacioso, profundo
— Hay mucho fango, se hincha uno como un corcho,
sobrenada, y dentro y fuera se vé espuesto á las miradas
del público. Ademas, es un medio muy esplotado, y por
lo vulgar, me indigna.
—Los malecones de palacio spn bastante altos, conti-
nuó el implacable burlón.
— Sí, pero debe uno desfigurarse horriblemente al caer
y estrellarse contra las piedras, y corre el riesgo de sobre-
vivir á su caída, como le ha sucedido cinco ó seis veces á
cierto vecino de esta corte, que se ha tirado á la calle desde
los balcones de su casa. (1)
[1] Histórico.
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FARSA Y CONTRA-FARSA
— Entonces. . . . ¿qué diablos queréis?
— Ya os lo he dicho .... un veneno, activo, pronto,
eficaz, que no me haga padecer, que me mate, si es posible,
cuando menos lo espere ... La idea de la muerte no me
asusta; me he familiarizado con ella; pero decae mi valor
ante el suplicio de una lenta y prolongada agonía.
— Ercilla dice;
« Que ningún mal hay grande, si es postrero , » y yo aña-
do, prosiguió el Doctor — que el que quiere el fin quiere los
medios, y el que acepta las premisas acepta las conse-
cuencias.
— Es una debilidad, lo sé, replicó el jóven con aspecto
abatido; pero ese temor, es lo único que hasta ahora me ha
hecho desistir de mi criminal propósito .... os lo confieso,
el arma homicida se me ha caído de las manos mas de una
vez, no ante la perspectiva de la muerte, sino de los pade-
cimientos consiguientes ó ella: pero acaso no esté lejos el
dia en que la tortura moral me preste valor para sobrepo-
nerme á tan pueriles aprensiones!
Al oir estas palabras, Daelza, vuelto á su primitiva idea
de que ya se iba olvidando en el calor de la discusión, y
abandonando el tono festivo con que le hablára hasta aquel
instante, respondió á su amigo:
— Vamos, dejaos de niñerías, sujetaos al régimen que
os señale, y os apuesto lo que gustéis á que antes de un mes
estáis radicalmente curado de vuestro maldito esplín.
Necesariamente el médico deseaba irritarle, porque
aquella afectuosa insinuación, lejos de encontrar en el pa-
ciente la benévola acogida que merecía, le produjo el efecto,
no de un dardo envenenado, esa metáfora es muy débil para
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
37
espresar lo que sintió, le produjo el efecto de la mordedura
de un perro atacado de hidrofóbia.
— ¡Con mil de á caballo! gritó incorporándose en el
lecho, ¿cómo queréis que os diga que estoy sano, completa-
mente sano, y que no tengo nada, absolutamente nada?
— Mas que fastidio de la vida, hastío del mundo, repuso
el Doctor volviendo á sonreírse irónicamente; — ya se vé, esa
es una enfermedad incurable!
El enfermo nada contestó: la ira y el despecho le anu-
daban las palabras en la garganta.
— Ea! hablemos como dos personas formales por la
última vez, replicó D. Eugenio con marcada intención y
hagamos una apuesta.
Tampoco respondió nada Valletriste: probablemente
estaba dispuesto á seguir al pié de la letra el adagio vulgar,
que nos manda tener cerrado los oídos á lo que no quere-
mos ó no nos acomoda oir.
— Si yo logro convenceros, prosiguió el médido, vos
os pondréis bajo mis órdenes, y si no lo consigo, yo seré el
que obedezca y vos quién mande.
— ¿De veras? .... preguntó el enfermo inundado el
rostro de súbita alegría.
— De veras, repitió el médico ; desde nuestra última
entrevista no pienso en otra cosa. Anhelo probaros á todo
trance que soy realmente vuestro mejor amigo : pero antes
de abandonaros á vuestro destino, quiero profundizar el
origen del mal que os aqueja, quiero examinar una á una
las llagas de vuestro corazón, y si las juzgo incurables, si
lográis convencerme, vengo dispuesto á acceder al punto á
vuestro deseo.
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38
FARSA Y CONTRA-FARSA.
—Hablad pues.
— ¿Aceptáis?
- Acepto.
El jóven se incorporó de nuevo en el lecho, anhelante
y suspenso de los lábios de su amigo.
Parecíale imposible que Daelza conociéndole á fondo
le hiciera formalmente una proposición semejante, y casi
seguro del triunfo, y saboreando de antemano el dulce
placer de la venganza, puesto que si no le convencía, como
era mas que probable, empeñado él en no dejarse conven-
cer, su antagonista se vería obligado á declararse venci-
do, á reconocer la injusticia de su conducta y la inutili-
dad de sus sermones y á entregarle el veneno tantas veces
pedido y .negado. YaUetriste le provocaba con sus orgullo*-
sas miradas, y no bastando estas, le instaba de viva voz á
que rompiese su estudiado silencio.
El Doctor hizo una seña de inteligencia á Santélices, y
este que estaba ya de mas, se puso en pié y tomó su sombrero
— No os vayais, le dijo D. Facundo, sois de los ínti-
mos y para vos no tengo yo secretos.
^-Gracias, contestó Manuel; pero he venido solo á
despedirme, porque salgo mañana para los baños de Carra-
traca, y no he querido irme sin apretaros antes la mano.
A mi regreso Daelza me contará lo que ocurra.
— No olvidéis, añadió el médico, la singular apuesta
que hemos hecho el señor y yo.
— Espero que el resultado corresponda á la magnitud
del propósito — Adiós!
— Adiós!
— Adiós!
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VI.
Anverso y Reverso.
Apenas se quedaron solos Daelza y Valletriste, el mé-
dico se revistió de toda la gravedad de que era capaz: arras-
tró su silla basta el borde de la cama, y le habló en estos
términos:
— Jó ven, rico, en una envidiable posición social, ¿qué
motivos teneis para odiar la vida?
— La pérdida de todas mis ilusiones, el desencauto de
una sociedad que no me comprende, la convicción de que
no existe la felicidad en la tierra, y que el reposo de la tum-
ba es preferible á las brillantes miserias de 4a vida.
—¿No es mas que eso?
— Nada mas.
— ¿No teneis algún otro motivo secreto?
El jóven miró fijamente á su interlocutor, como si hu-
biese querido penetrar con aquella mirada hasta el fondo de
su alma, y después, de una ligera pausa, contestóle seca-
mente: No.
La poca resolución con que lo dijo y el tiempo que
tardóen pronunciarlo, escitaron las sospechas del médico.
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
D. Facundo tenía, ademas de los que no ocultaba, otro
motivo secreto, tal vez innoble, que se avergonzaba de
confesar. ¿Cuál podía ser?
El doctor con toda su perspicacia no acertaba á adi-
vinarlo. Presentía vagamente su existencia, pero en la
imposibilidad de obtener una confesión franca y esplícita
de parte del interesado, creyó oportuno esperar á que él
mismo se traicionase en el calor de la polémica, con alguna
palabra ó indicación que le pusiese en camino de averiguar
la verdad.
— Luego, según eso, le dijo refiriéndose á su anterior
respuesta— ¿no creeip en el amor, en la virtud, en los dulces
afectos del hogar doméstipp, en los nobles sentimientos que
emanan fiel coraron, -flores divinas que perfuman el san-
tuario de la conciencia, y cuyo bendecido aroma ensan"-
cha pl alma en la próspera fortuna y la vigoriza en la
adversa prestándole doble aliento para sufrir cofi resigna’ -
cien cristiana las injusticias fie la suerte?
—No, no creo en ñafia, bes hombros son malos; las
mugares peores.
Los amigos y la virtnfi son el Fénis fie loa bien-aven-
turados (vulgo, tontos,) entes fabulosos qne no píistpn sino
en nuestra imaginación.
Los dulces afectos fiel hogar doméstico estriban en tan
frágiles cimientos, que basta la mas pequeña nubepilla,
para que de ligeros y suaves lazos, pe conviertan en casta-
ñas insoportables.
Los padres con la vejez se vuelven uraños, enfb4opq§
y atrabiliarios ; los hijos pos pagan con la mas negra ingra-
titud los cuidados de su infancia y los* sacrificios de su e fin-
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
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cacion i los hermanos y parientes se arrogan el derecho de
imponernos sus caprichos, de publicar nuestros defectos y
deshonrar nuestro apellido con sus necedades 6 malas ac-
ciones; las esposas, mansas corderas durante los primeros
meses 6 dias del matrimonio, se transforman luego en har-
pías, en tigres, en demonios coronados, que también nos
coronan * . < . de espinas y otras yerbas . ...
Finalmente* esos hidalgos sentimientos á los que dais
tanta importancia, en último resultado se reducen, en
hombres y mujeres, á una cuestión de temperamento, de
eg’oismo 6 de conveniencia, y nada mas. Practican el
bien por que no pueden 6 temen hacer el mal. Facilitad-
les el medio de que lo realizen impunemente* ponedlos en
el caso y quitadles todo temor acerca de sus consecuencias,
y Veremos como se conducen . . .
El hombre es todo egoísmo, orgullo y miseria, y la
müger vanidad, capricho 1 y envidia. Entrambos son dos
bellas éstátuas, dos lindísimas urnas vaciadas en un metal
preciosa, pero llenas dé una materia despreciable, peor que
el fango. Brillante es la superficie, pera cuán negro y
y asqueroso el fondo! Si queréis saber lo que contiene, id
y levantad la tapa de una tumba cuando la corrupción
haya empezado 1 á apoderarse de los fríos restos en ella de-
positados. El Cadáver entonces no es mas que el reflejo
pálido del ser á quien sirvió de vestidura en la mundanal
comparsa ; y tal vez y sin tal vez, la podredumbre que
exhala y los gusanos que le roen no son tan inmundos ni
repugnantes como las bastardas pasiones, los malos deseos
y viles torpezas que en vida n.lbergó sü eorázon : pasiones,
deseos y torpezas que no bien rompen el frágil vaso que
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FARSA. Y CONTRA-FARSA.
las contenía, parecen reanimarse y bullir debajo de aquel
puñado de fétida escoria, convertido en barro animado, que
al fin se devora á sí mismo, no teniendo ya á quién devorar!
El médico escuchó impasible aquel trozo de elocuen-
cia romántico-diabólica, no sin admirarse del calor y ener-
gía con que se espresaba el jóven filosofastro.
—En efecto, respondióle, raciocinando como vos lo
hacéis, no puede darse cosa mas mala que la sociedad.
Erijís los casos particulares en sistema y tomáis las escep-
ciones por la regla general.
— Es que la regla general para mi, son las que vos
llamáis escepciones : indudablemente los males, y los malos
están en mayoría.
— No lo creo yo así, y aun cuando así fuese, la vida, tal
como es, todavía tiene bastantes atractivos, bastantes dulzu-
ras y placeres para que la consideremos como un beneficio
de la Providencia. No es culpa suya si nosotros convertimos
la triaca en veneno, si nos mostramos sordos á los consejos
de la razón, si cegamos con nuestras propias manos la fuente
del bien y trocamos en cieno sus límpidos raudales.
— Quimeras!. . . ilusiones para engañar á los bobos!. . .
replicó Valletriste con desden ; no habéis leído la famosa
composición de mi ilustre amigo el insigne y gran poeta
oriental. ... (la modestia me impide trazar aquí mi propio
nombre) titulada Habla el Jerez ? . . .
El cruel y prosaico homeópata movió secamente la
cabeza y frunció los lábios con un gesto avinagrado, como
quien se ofende de tan descomunal elogio, creyendo, como
el que estas líneas escribe, que ni la tal composición era
famosa, ni el autor ilustre, ni insigne y gran poeta.
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FARSA Y CONTRA- FARSA.
43
Pero D. Facundo imperturbable, desde que se trataba
de un amigo suyo, cuya importancia y supuesta fema le
convenía poner en los cuernos de la luna para dar peso á
sus palabras y usurpar él mismo fama é importancia, puesto
que en literatura como en todo, es exactísimo el refrán :
*peíname tú, y yo te haré d jopo ;» D. Facundo desenten-
diéndose de la espresiva mueca de su médico, tosió, escupió
y clavando los ojos en el cielo. . . . raso, con tono inspirado
y trágico recitó las siguientes estrofas :
Todo cansa en la vida! todo al cabo
El alma llena de mortal hastío,
Y tras un velo de color sombrío
Se oculta la mas fúlgida ilusión.
Sí, todo cansa! . . de la dicha humana
Hasta la flor mas bella y peregrina,
Tiene oculta en sus hojas una espina
Que al fin hiere y desgarra el corazón
Ay! todo es farsa, decepción, mentira!
Todo es engaño, vanidad, locura!
Todo tiene una gota de amargura
Y en sí lleva un gusano roedor!
La copa del placer, no bien exhausta,
Sin apagar la sed, el lábio quema,
Y refleja en su fondo el anatema
Que lanzó á nuestra estirpe el Hacedor!
Maldición! Maldición! .... el mundo impío
— Basta! basta!. . . . esclamó D. Eugenio perdiendo ya
la paciencia : eso lo habré leído con distintas palabras unas
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FARSA Y COTfTRA -FARSA .
doscientas veces nada mas. Dejemos los vefrsos y volvamos
á la prosa.
¿Habíais del amof ¿y cuáles han sido vuestros
amores?,. - , Por qué en Vea de buscar la felicidad al lado
de una esposa, jóven, bella, amante y amada, habéis mal-
gastado estérilmente vuestra juventud en seducir á las
«gemas, ó en comprar á peso de oro los favores de envile-
cidas cortesanas?
Os burláis del cariño paternal, y sin embargo os attfe-
vereis á negar el escesivo amor de vuestros padres que no
tuvieron jamás otro anhelo que satisfacer todas vuestras
fantasías y caprichos á trueque de veros feliz? El autor
de vuestros dias murió dándoos su bendición, y vuestra
anciana y virtuosa madre, desde el modesto retiro á que
voluntariamente se ha condenado, solo porque viváis con
mas libertad y esplendidéz en la corte, no os sigue dando
continuas pruebas de su entrañable y puro afecto? No
trabaja en estos momentos para asegurar vuestra elección
de diputado?
Una melancólica espresion de tristeza se difundió en
el rostro del jóven : era tan vehemente y sincero el cariño
que su madre le profesaba, que al pensar en él no podía
menos de sentirse profundamente afectado. Daelza había
herido aquella cuerda escondida de su pecho y notado con
satisfacción alguna lágrima furtiva que comprimida al
nacer, pugnaba por escaparse de sus párpados y abrillan-
taba las órbitas secas de sus ojos áridos y enrojecidos por
la fiebre.
— Pretendéis que solo desprecio os inspiran la virtud,
la gloria y los nobles sentimientos del corázoú humano, y
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FARSA Y CONTRA-FARSA. 45
no obstante, cediendo al torpente de la época habéis aspira-
do 4 conquistar un laurel de los que ciñen la frente de
Zorrilla y Esproneeda. Esto, como era natural, os ha pro-
ducido amargos desengaños, porque francamente, carecéis
del talento necesario para descollar donde tantos ingenios
muy superiores á vos apenas obtienen una mirada de be-
nevolencia. Habéis llegado 4 Madrid infatuado con los
fuciles triunfos conseguidos en una obscura capital de pro-
vincia, y dándoos los aires de un génio, habéis querido
sostener aquí vuestra alta reputación de poeta, aquí donde
los literatos, buenos y malos, perdonan todo menos las pre-
tensiones ; aquí donde se burlan y tratan con él mas so-
berano desden al que sin tener título alguno que justifique
su audacia, se atreve 4 traspasar el círculo de hierro que
ellos forman entre sí, reclaman un puesto 4 su lado y los
trata de igual 4 igual. Esto no se le perdonan al prin-
cipio ni 4 los qne tienen un mérito verdadero, cuanto mas
á inteligencias problemáticas, 6 4 medianías despreciables.
D. Facundo hacía violentos esfuerzos para contener-
se : la tempestad bramaba sordamente dentro de su cora-
ron; y el médico con encubierta alegría observaba sus
rápidos progresos,
— Habéis lastimado el orgullo de este, herido la sus-
ceptibilidad de aquel, despertado la envidia de algunos
imbéciles, y habéis concluido por enajenaros el aprecio y
las simpatías de todos ó de casi todos, Los habéis hon-
rado con vuestra amistad sin que ellos os concediesen la
suya, y luego habéis considerado como una traición 4 esa
amistad su retraimiento, sus burlas é invectivas. Hé ahí
vuesiros amigos!
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
Las heridas del amor propio son mas sensibles que
las ocasionadas por el hierro ó el fuego. Valletriste no pudo
sufrir por mas tiempo el rudo exámen anatómico del Doc-
tor, que con bárbara destreza se complacía en profundizar
con su escalpelo las llagas mas secretas y recónditas de
su pecho.
— Y bien,— esclamó, dividiendo en un abceso de ira el
encáje de la sábana que tenía cojido; ¿qué significa todo
eso? Acabad. . . . pronto! no os escucharé un minuto
mas. . . . decid vuestra última palabra.
—Mi última pnlabra, replicó Daelza levantándose, se
reduce á proponeros que os caséis á la mayor brevedad. Es
el único remedio que tiene vuestro mal.
Una estruendosa carcajada retumbó en el aposento.
—¡Casarme! ... y con quién?
— Con vuestra antigua prometida.
— ¿Con Virginia?
—Sí.
— Esa boda es ya imposible!
— Ved que su hermano ....
— Sé que está muy resentido conmigo, pero nada me
importa. Así se lo acabo de decir á Santélices que me
vino con la misma música.
— Ah! sabéis. . . .
— Sé que estoy libre de todo compromiso con su fami-
lis, y esto me basta. Ahora, si sois caballero, cumplidme
vuestra palabra.
—Decididamente ¿lo queréis?
—Lo exijo: he ganado la apuesta.
Daelza fingió vacilar, hasta que cediendo á las vivas
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
47
instancias de D. Facundo, sacó los dos botes que llevaba
de prevención, echó algunos globulillos en dos papeles
distintos y después de haberlos numerado, con mano tré-
mula se los entregó, diciéndole :
— Veo que vuestra enfermedad no tiene cura y os
abandono á vuestro destino ... venía preparado para esta
entrevista. . . . Aquí teneis el veneno que tantas veces me
habéis pedido; pero como podría acontecer que en el mo-
mento solemne os arrepintieseis de vuestra resolución, os
doy también un contraveneno: lo conoceréis por el nú-
mero 2 con que está rotulado.
— Y este veneno. . . .¿es activo?. . . . preguntó el jóven,
apoderándose con avidéz de los dos papelitos ; — obra ins-
tantáneamente?
— No: tarda dos horas en producir su efecto. La
combustión interior. . . .
Valletriste hizo un gesto de sorpresa tan cómico que
por poco da en tierra con la gravedad del Doctor. La risa
le retozaba en los lábios y tuvo que volver los ojos á otra
parte para no estallar.
—Obra por combustión, es decir, por incendio ! se
decía el jóven con una candidéz, verdaderamente compro-
metedora para el discípulo de Hanneman.
— Cuando menos lo espereis, sin que precedan dolores
ni ningún otro síntoma alarmante, sentiréis una ligera
evolución en el esófago ; arrojareis una pequeña llamarada
por la boca ó por los conductos nasales, auditivos ect. y
plaf! estallareis como un cohete á la congreve.
El jóven se pasó la mano por la frente y contempló los
papeles con ojos despavoridos.
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FARSA Y CONTRA-FARSA
— Creis ahora en mi amistad? añadió el médico ten-
diéndole la mano en ademan de retirarse.
— Sí! respondió el desventurado suicida, oprimiendo
débilmente aquella mano que hubiese querido convertir
en polvo.
— Mis enfermos me llaman .... adiós, si me necesitáis
para algo contad conmigo.
— Desearía veros esta tarde .... pienso escribir una
carta á mi madre que os entregaré para que se la enviéis,
y esta noche .... será la última de mi vida!
— Ah! no me lo digáis! repitió el homeópata volviendo
la cabeza como horrorizado.
Y salió enjugándose las lágrimas.
D. Facundo desdobló los papelitos, y se puso á exa-
minar su contenido con una escrupulosidad digna del mas
severo alquimista. Luego volvió á doblarlos con mucho
cuidado, los colocó sobre un velador inmediato, saltó de
la cama y comenzó á vestirse apresuradamente.
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VII.
Una letra pagadera á la vista.
No habían transcurrido quince minutos desde la salida
del Doctor, cuando Lupían volvió á presentarse de nuevo,
anunciando la llegada de otra persona.
—¿Quién es? le preguntó su amo.
El viejo se alzó de hombros y murmuró entre dientes:
—No le conozco.
— ¿Te ha dicho su nombre?
— No señor.
— ¿Le has indicado que no estaba visible?
— Sí señor, pero ha insistido, y
—¿Y qué?
— No he podido menos de obedecerle.
— Lupian, eres un béstia!
— Sin duda algún asunto de grande importancia que
no admite dilación
— Sí, algún importuno, algún imbécil provinciano que
trae cartas de recomendación, y le falta tiempo para venir
á incomodarme; contestó Valletriste, acercándose al espejo
y componiéndose el cabello y la corbata; esa gente se figu~
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
ra que en la corte no tiene uno otra cosa que hacer, que
servirlas de Mecenas ó Ciceroni.
Lupian movió la cabeza como dando á entender á su
amo que se equivocaba.
-Pues entonces, prosiguió este, ¿será alguno de mi»
acreedores?
Lupian, no atreviéndose á contradecirle de palabra,
se contentó con mover otra vez la cabeza.
— ¿Algún escritorzuelo que viene á dedicarme alguna
de sus perversas producciones, á fin de que le haga algún
regalo y le pague los gastos de impresión? Pues está fresco!
No seré yo el que dé márgen para que la España ú otro
cualquier periódico, repitan que la esplotacion de un tonto,
por otro mas tonto aun , sería un bellísimo argumento para una
pieza en un acto. ¡Que se vaya con la música á otra parte!
Por tercera vez la blanca cabeza del anciano se balan-
ceó á derecha é izquierda, á guisa de diputado que en la
imposibilidad de contestar á su adversario, desaprueba con
sus gestos y ademanes lo que va diciendo.
La paciencia de Valletriste no era grande, y los movi-
mientos acompasados y el laconismo de su viejo mayordo-
mo, que desempeñaba á la vez las funciones de ayuda de
cámara, le sacaban de quicio con harta frecuencia. D. Fa-
cundo, fiel á su nombre, hablaba hasta por los codos, y
Lupian, ora por costumbre, ora por su avanzada edad, ora
por espíritu de contradicción, nunca hablaba mas que lo
estrictamente indispensable. Esto dió origen á que su amo
le bautizase en una ocasión con el epíteto de logogrifo y
palabra que furioso le arrojaba al rostro cada vez que se
reproducía una escena semejante, y que tenía la maravillo-
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Google . to.
FARSA Y CONTRA-FARSA.
51
sa virtud de convertirle en el hombre mas espansivo y
locuaz del mundo.
El pobre viejo ignoraba el significado de aquella pala-
bra fatídica y no podía oírla sin estremecerse. Se imagi-
naba que debía ser una cosa muy mala cuando su amo
se incomodaba tanto al decírsela.
D. Facundo irritado ya con sus tres evoluciones occi-
pitales, pronunció la palabra tremenda, y el buen Lupian
aterrado y confundido, se apresuró á contestarle :
— Lo que es ese caballero por que es un caballero,
debe ser duque, capitán general ó ministro, según se es-
presa. Su lenguaje y sus maneras imponen. No me pa-
rece recomendado, poeta ni acreedor. . . .En vez de men-
digar protección cualquiera diría quo se encuentra en el
caso de otorgarla. Tanta arrogancia hay en su porte, en
su acento, y sobre todo en sus miradas. ¡Qué miradas!
Dios mió! se asemejan á las de un gato furioso!
—¿Quién diablos, será ese hombre?. ... se dijo Valle-
triste con recelosa inquietud.
— Le he hecho pasar á la sala y os aguarda, añadió
Lupian; y de seguro no se marchará sin veros.
Encaminósé D. Facundo al sitio donde le esperaba el
desconocido, y al entrar, no sin gran sorpresa notó que
permanecía sentado y con el sombrero puesto.
Detúvose un instante en el umbral con toda intención
y viendo que no se movía, tosió como para anunciarle su
llegada. v
El agreste ciudadano no se dió por aludido, y continuó
sentado y con el sombrero puesto, hasta que Valletriste
distaba dos ó tres pasos de su asiento.
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FARSA. Y CONTRA-FARSA.
~)2
Entonces se sacó el sombrero y lo arrojó sobre el sofá
sin levantarse.
El dueño de la casa, sorprendido por tan inusitado
proceder, fijó sus ojos llenos de asombro en el insolente y
articuló con voz enronquecida por la indignación :— ¡ Ca-
ballero!
— Servidor de Vd., respondió secamente el intruso.
Y los dos se miraron de hito en hito como dos sabuesos
prontos á precipitarse ei uno sobre el otro.
El desconocido se paso en pié : su actitud y la es-
presion de su semblante nada bueno auguraban. Valle-
triste retrocedió maquinalmente, sintiendo que su indigna-
ción y su ira se desvanecían para dar lugar á sentimientos
mas pacíficos, á medida que el incógnito se adelantaba
hácia él.
¿Quién era aquel hombre? ¿qué quería? por qué cla-
vaba sus ojos en los suyos con tal ánsia y reconcentrada
cólera?. . . .
D. Facundo tenía una idea confusa de haber visto en
otra ocasión aquella cara, animada de la misma espresion
siniestra y amenazadora ; pero no recordaba el menor inci-
dente que justificase su estraño capricho de venir á pro-
vocarle, sin razón ni motivo, á su propia casa.
A fuer de historiadores, imparciales debemos declarar
que el poeta no comprendido, empezaba á sentir una
cosa vaga é indefinible, que si no era miedo, se le pa-
recía mucho.
„ Y sin embargo, aparte de la mirada del desconocido
que en efecto era terrible é imponente, como dijo Lupian,
y del enorme v retorcido bigote que cubría el lábio supe-
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FARSA T CONTRA-FARSA.
53
rior de su boca, nada había en él digno de inspirar otra
cosa que compasión á un atleta como D. Facundo.
Representaba la misma edad que tenía este ; pero su
pequeña estatura y sus formas diminutas estaban muy le-
jos de revelar la misma fuerza y virilidad; y si bien es
cierto que el valor nada tiene que ver con el tamaño de
las personas, habiéndose observado que los hombres peque-
ños, son en general mas valientes que los de talla gigan-
tesca, el aire de suficiencia de nuestro héroe, sus modales
groseros, el tono afectado de su voz y la destreza con que
abría desmesuradamente y giraba sus grandes ojos negros,
que tenían el brillo de los de la serpiente y la ferocidad de
los de la hiena, cual si quisiese ejercer en los que miraba la
fascinación que se atribuye á estos animales, deponían desde
luego en contra suya.
Ningún hombre de corazón se vale de semejantes me-
dios para intimidar á sus adversarios : ningún hombre que
tiene la conciencia de su valor, exagera ó abusa á cada paso
de las ventajas que debe á la naturaleza ó al arte. Tal vez
existen latentes en su espíritu sin que él mismo conozca su
estension, hasta que las situaciones en que se encuentra las
ponen de relieve; como la electricidad al rayo, la inspiración
al génio, los obstáculos vencidos al poder que los quebranta.
Desgraciadamente D. Facundo, que no era ningún
Aquiles, se había dejado sorprender por la audacia y la
pantomima de aquel farsante, y en vez de votarle á empe-
llones de su casa como merecía, le preguntó muy cortes-
mente quien era y que se le ofrecía.
El interrogado sacó una cartita y la puso en sus ma-
nos, dicíéndole :
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
— Vengo únicamente á presentaros esta letra pagadera
á la vista.
Al saber que era un acreedor el que le hablaba, reco-
bró Valletriste su altanería habitual, y sin rogarle que to-
mase asiento, cojió bruscamente la carta y la abrió buscan-
do la letra que suponía dentro.
No encontrando documento alguno que acreditase la
deuda, pasó á enterarse del contenido de la epístola, y
figuraos cual sería su sorpresa cuando leyó lo que sigue :
«¡Idolo mió !
Puesto que me amas, puesto que yo soy para tí el
universo entero como tú lo éres para mí, accede, Sol de
mi vida! á mis deseos. Corona mi ardiente y acendrado
amor con una prueba digna de él. Nada te importe la
sociedad, nada las murmuraciones de la calumnia y de la
envidia. El mundo doblará al finia rodilla ante tu belleza
y si el presente es ingrato, el porvenir cubrirá de flores el
camino que juntos cruzaremos para no separarnos ni en
las puertas de la muerte! .... Creedme, luz de mis ojos!
huye conmigo de la tiranía de ese hermano, á quien tanto
temes, de ese hermano que no merece el nombre de tal,
porque es un déspota, un avaro, y solo desea que perma-
nezcas siempre bajo su dominio, á fin de no entregar á tu
marido la fortuna que te pertenece. Ya sabes los podero-
sos motivos que me asisten para creer que nunca consen-
tirá en nuestra unión. ¡Miserable! le desprecio tanto como
él me aborrece! Un rapto y un matrimonio secreto es
lo que te propongo para obviar á todos los inconvenientes
que se opongan á nuestra ventura. Cuando la bendición
de un sacerdote me conceda con tu ansiada posesión, los
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FABSA Y CONTRA-FARSA.
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derechos de un esposo, tu hermano, de grado ó por fuerza,
tendrá que sujetarse á lo que determinen los Tribunales.
Resuélvete, pues, alma de ini alma! y vive segura de que
nunca tendrás porque arrepentirte de tu noble abnegación
y de la confianza que en mí deposites. Vive segura de
que te haré feliz, muy feliz, que mi mayor placer será com-
placerte en todo y para todo, y que ni en la tumba se apa-
gará el amor volcánico, inestinguible, inmenso que siento
por tí! Tuyo hasta la muerte .
F. Valletriste.
— Y bien, caballero, que significa esto? dijo D.
Facundo, volviéndose á su supuesto deudor, que con los
brazos cruzados esperaba, no una pregunta, sino una
respuesta.
— ¿No lo adivináis?
—No ; por vida mia! .... Hablasteis de una letra. . . .
—Sí, de una letra pagadera á la vista, pero no con
oro sinó con sangre!
Juzguen nuestros lectores de la sorpresa de D. Facun-
do en realidad ella fué tal, que no acertando nosotros
á describirla dignamente, cerraremos aquí el capítulo,
dejándole algunos minutos para que se reponga y no vaya
á cometer algún desatino.
La caridad ordena dar tréguas al que se asusta, á fin
de que salga del mal paso en que se encuentra como Dios
le ayude, aunque á veces no es Dios sino el espíritu ma-
ligno quien anuda y desata las mas graves peripecias de
la comedia humana.
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VIII.
Vn millón de bofetones.
Mudo silencio siguióse á la escena que acabamos de
referir.
El hombrecillo continoaba mirando á D. Facundo con
ojos centelleantes y encrespados bigotes, en los cuales sin
düda estribaba su fuerza, como la de Sansón en su ca-
bellera.
El futuro suicida, aterrado volvió atras la cabeza, cre-
yendo que fie las había con un loco. El desconocido hizo
un movimiento para arrebatarle la carta, y se imaginó que
iba ¿ sacar un puñal.
—¡Asesino! balbuceó dando un lijero salto hácia atras.
La insolencia de su adversario aumentaba en razón
directa del cuadrado de la distancia que el pobre D. Fa-
cundo pretendía interponer entre ambos, cada vez mas
convencido del lamentable estado de enagenacion mental
en que se encontraba aquel.
— Por los clavos de Jesu-Cristo, no os escapareis! es-
clamó el primero asegurándole de un brazo. Mal que os
pese me habéis de escuchar.
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FARSA Y eONTBA-FABSA.
Empalideció Valletriste y procuró desasirse de las gar-
ras de aquel energúmeno; pero sus músculos y sus nérvios,
dolorosamente contraidos, se negaron á obedecer ¿ su
A
voluntad.
Parecía imposible que la débil mano del insolente que
de tal modo le provocaba, hubiese podido resistir á una sola
presión de su robusto brazo ; y con todo, filé bastante pode-
rosa para detenerle allí, fijo é inmóvil, — como un verdugo A
su víctima pronta á escapársele entre las convulsiones de la
agonía, — en el mismo lugar y en la misma postura en que
le sorprendiera.
El desdichado misántropo cedía en aquel momento á la
influencia moral que desde un principio habían ejercido
sobre su alma, los groseros modales, las palabras anfiboló-
gicas y el rostro amenazador de aquel hombre estravagante.
Sin el mas leve antecedente que le esplicára su conducta,
sobrábanle motivos para suponerle privado de razón, y
cualquiera en su lugar habría opinado del mismo modo.
El hombrecillo le tenía cojido y le oprimía fuertemente
el brazo con la siniestra mano, mientras le enseñaba con la
otra el maldito billete, que él en su endiablado lenguage
llamaba letra de cambio pagadera á la vista, no con oro
sino con sangre.
Al través de sus largas pestañas chispeaban sus gran-
des ojos, como dos esferas de pepernal girando sobre una
hoja de acero, y á cada vibración uníase y desplegábase en
una curva serpeadora el áspero entrecejo de su espaciosa
frente, sombreada por alguna guedeja perdida de sus negros
y relucientes cabellos; é hinchada la nariz, herizado el
bigote, notábase que sus lábios entreabiertos daban paso
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FARSA Y GONTBA-FARSA.
59
con dificultad al vahoso aliento que, apresurado, se esca-
paba de sus pulmones, convertido en hálito de fuego.
D. Facundo observaba con ansiedad creciente todos
sus movimientos, sin atreverse á llamar á sus criados ni
decirle que se equivocaba, temiendo aumentar su irritación.
Es sabido que no hay cosa peor que contradecir á los locos.
-¿No os llamáis D. Facundo Valletriste? le dijo por
fin el incógnito.
-Sí.
— Me comprendéis ahora?
—No.
— ¡Cobarde! gritó el energúmeno sacudiéndole del
brazo y empujándole con desprecio, como para despertarle
del paroxismo ó terror pánico en que parecía sumerjido: —
¿retrocedéis ante las consecuencias de vuestra villana ac-
ción?. . . .Sabed que yo soy D. Silvestre Tremedal, el her-
mano de Virginia, y que vengo á exigiros el desagravio de
la doble injuria que nos haheis hecho. Qué! ¿no os basta-
ba haber rehusado su mano? quisisteis, imbécil! añadir la
burla al insulto, la infamia al desprecio?. . . . Habéis inten-
tado seducirla sin acordaros que yo estaba aquí para pedi-
ros estrecha cuenta de vuestro ruin proceder!
El viajero que en las cuestas volcánicas de los Andes,
oye de pronto un rugido sordo, parecido al fragor de una
catarata subterránea, y antes que pueda cerciorarse de
donde proviene, siente vacilar la tierra bajo su planta y vé
entreabrirse con el estruendq de cien cañones que estalla-
sen á la vez, alguna montaña vecina, y asomar en su cús-
pide una columna de humo y fuego que baja con la veloci-
dad del rayo por el estrecho sendero donde él se encuentra,
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FAB9& Y CONTKA-FABSA.
no se queda mas sorprendido y atónito que Valletriste, al
oír las palabras de D. Silvestre, al saber quién era y el
objeto de su visita.
Ya no vió en él un loco : cayó de sus ojos la venda que
los cubría, esplicóse fácilmente su lenguaje procáz y la
causa de su violento enojo, y disculpando casi sus arre-
batos, en vista de la falsa creencia en que estaba, se apre-
suró á darle algunas francas esplicaciones por las cuales
viniese en conocimiento de que él no era el autor de la
carta ó letra, y que por lo tanto fuese á cobrársela al que la
había girado.
— Los dos somos victimas de alguna intriga maquiavé-
lica, le dijo con un metal de voz que pretendía ser grave
y firme ; pero que no pasaba de muy respetuoso.
El espadachín se atusó el bigote, y abrió y cerró los
ojos sin contestarle.
— Algún mal intencionado, algún vil ha abusado de
vuestra credulidad.
D. Silvestre apretó los lábios y ejecutó una segunda
evolución visnal poniendo en blanco los ojos y frunciendo
ademas la boca de una manera ad-hoc, característica, espe-
cialísima, original suya, y que no nos atrevemos á descri-
bir, por temor de asustar ó nuestros lectores.
— Hay muchos pillos en Madrid, prosiguió el desven-
turado D. Facundo, muchos nécios é intrigantes que no
tienen mayor placer que enemistar á sus amigos y á los
que no lo son con chismes y enredos propios de muger-
cillas de mala vida, para reirse luego á sus espensas.
— Eh! basta de farsa. Señor mió! esclamó D. Silvestre
estallando; el mal intencionado, el nécio, el intrigante, el
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• FARSA Y QONTHA-FABSA.
61
vil y el pillo eois vos. No en vano, aje habían dicho que
negaríais vuestra indigna y torpe acción. No importa!
nos batiremos, y nos batiremos á muerte!
— Permitidme
— Ni una palabra! Dentro de una hora os enviaré á
mi padrino D. Plácido Gándara: aquí teneis las señas de
mi casa.
D. Facundo tomó la tarjeta que el hermano de Vir-
ginia le ofrecía ; pero ya por que estuviese resuelto á suici-
darse esa misma noche, como manifestó al médico, ó bien
porque recordase la conocida destreza del matón en toda
clase de armas, respondióle animado de súbita energía:
—Ese duelo. ... es insensato, y-, ... no debo aceptarlo.
— ¿Por qué?
—En primer lugar, porque no me place, y en segundo,
porque no he sido yo quién ha escrito esa carta. Infor-
maos mejor, y si después de esclarecida la verdad, persistís
todavía en vuestro capricho, estoy resuelto á daros la sa-
tisfacción que gustéis.
Esta sencilla respuesta que nada tenía de indecorosa,
puesto que no rehusaba el combate sino que lo aplazaba,
parecióle al quisquilloso duelista, una evasiva indigna de
un hombre de honor, después de los insultos que intencio-
nalmente le había prodigado. Gándara, por insinuación
de Daelza, le había asegurado que Valletriste no se batiría,
y prevenido ya contra él, atribuía á miedo lo que quizá
no era mas que eaceso de prudencia.
—En suma, le preguntó, rehusáis batiros?
— Sí, hasta que no se descubra el verdadero autor de
la carta.
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62
FARSA Y CONTRA-FARSA.
—Sois un cobarde! replicó Tremedal, haciendo ademan
de arrojarle el billete 4 la cara.
—Caballero!
—Un villano!
— D. Silvestre!
— Un miserable!
Valletriste lanzó una mirada 4 su alrededor, como para
asegurarse de que nadie los veía ni escuchaba, y con una
entereza y dignidad que contrastaban con su anterior
mansedumbre, señaló la puerta 4 su adversario diciéndole
por despedida :
— Basta ya! no pongáis mas 4 prueba mi paciencia y
marchaos cuanto antes, si no queréis que llame 4 mis cria-
dos y os haga arrojar por un balcón.
¡Nunca tal dijera! Tremedal se abalanzó traidoramen-
te 4 él, como un pequeño perro de presa al vigoroso novillo,
que le reventaría solo con ponerle encima uno de sus piés,
y le descargó en el rostro la mas ruda y sonora bofet&da de
que se conserva tradición en los siglos pasados y presentes.
Sorprendido Valletriste por tan feroz é inesperado ar-
gumento, y temiendo otro ú otros por vía de comentario ó
apéndice, inclinóse maquinalmente 4 un lado, le flaquearon
las piernas, buscó un punto de apoyo, yfué 4 caer de bruces
contra uno de los bordes del sof4.
El agresor tomó velozmente el sombrero y salió de la
sala mas que de prisa, no sin mirar dos ó tres veces 4
retaguardia; y 4 pesar de la hazaña que acababa de hacer y
de su pretendido arrojo, no respiró tranquilo hasta que se
encontró en la calle.
La sorpresa, mas que el golpe, dejó 4 Valletriste in-
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
63
móvil por espacio de algunos instantes; pero no bien obró
la refleccion, avergonzado de haber sufrido tamaño ultraje,
sin ahogar á aquel arlequín entre sus manos, levantóse
furioso y corrió á la puerta de la escalera.
Al levantar el pestillo, Lupian le detuvo haciéndole re-
parar en su traje matinal: D. Facundo recordó que el aleve
ya estaría en la calle, retrocedió y se precipitó al balcón con
ánimo de llamarle si le veía.
Por su desgracia ó fortuna, no alcanzó á divisarle entre
el tropel de gente que á todas horas cruza por la calle de la
Montera. Cuando abrió el balcón, D. Silvestre trasponía
esta calle y entraba en la del Caballero de Gracia.
— Pues bien — se dijo el agraviado — baldón por baldón!
él ha venido á ultrajarme á mi propia casa, iré yo á la suya
y le pagaré con la misma moneda. El me ha dado un bo-
fetón, yo le daré diez, cien, mil, un millón de bofetones!!! . .
D. Facundo requirió la taijeta que le diera Tremedal,
y enterado de las señas de su casa, sostituyó á la bata un
elegante frac, y sin pérdida de tiempo lanzóse á la calle tras
las huellas de su enemigo.
I
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IX.
Virginia.
En tanto que el agraviado se dirige á casa de D. Sil-
vestre, trazaremos el retrato de Virginia acentuando algu-
nos perfiles que nos darán á conocer mejor su carácter y
sentimientos.
Apenas cuenta nuestra heroína diez y seis abriles; la
edad de los sueños poéticos, de las emociones castas y de
los delirios celestiales. La edad de los ángeles!
No es muy elevada su estatura; pero la esbeltez de sus
formas, la nobleza de su porte, la elegancia de su aéreo
talle comunican á toda su persona ese aire distinguido é
imponente, que en algunas mugeres es el signo infalible de
una verdadera superioridad.
Y Virginia, sin embargo, no es orgullosa; tan buena
como hermosa, se atrae sin pretenderlo las simpatías y los
homenajes de todos: sus amigas la quieren sin envidia, y
los hombres cuando pasa delante de ellos se paran, y vuel-
ven el rostro para contemplarla.
Hermana de los ángeles trazados por Rubens, brilla en
sus negros y rasgados ojos no sé qué indescribible espresion
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
de altivez y mansedumbre; y cuando sus pupilas, redondas
y brillantes, se clavan fijamente en alguno, un ligero estre-
mecimiento involuntario como el choque de una chispa
eléctrica, sacude todas las fibras del corazón, y el alma se
dilata de placer como si bajase del cielo y la iluminase un
rayo desprendido de la corona de los serafines!
El pimpollo de los valles de Jericó, que, apenas entre-
abierto por el aura de la mañana, vierte á raudales el aroma
que esconde en su seno, no es mas lozano, mas fresco y
purpurino que su pequeña y rosada boca.
Ardientes suspiros no han apagado todavía el carmín
encendido de sus lábios, cuya encantadora sonrisa dibuja un
hoyuelo en sus tersas megillas y deja entreveer su dentadu-
ra de marfil como una doble ilera de perlas.
Griega la nariz, despejada la frente, ancho y túrgido el
pecho. . . . doquiera que la vista se dirige, admira nuevas
perfecciones.
Ora caiga en flotantes rizos su negra cabellera alrede-
dor de su seno alabastrino, velado con tal primor que ocul-
tando sus encantos los hace resaltar mas; ora recojido en
trenzas el cabello, corone su alba frente como una guirnalda
de azabache.
Todo en ella encanta y seduce. . . . hasta su pequeño
pié, que asoma entre la revuelta falda, prestando álas al
deseo y á la imaginación:
Que allá penetra en la belleza interna
Tras la pulida descubierta pierna; flj
como su leve y torneada mano, que convida á ser estrecha-
[1] Espronceda.
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
67
da con delirio y á estampar en ella tímida y respetuosamente
los lábios en señal de vasallage.
Y buena, cariñosa, complaciente, capaz de inspirar y
sentir una de esas grandes pasiones que transformarían la
tierra en un Edén, si el Edén pudiese existir en el mundo,
Virginia revela al pintor y al poeta el tipo acabado de sus
mas sublimes idealizaciones.
Basta contemplarla, aunque sea un momento, para
admirarla.
Basta conversar cou ella una noche para consagrarla
un recuerdo eterno.
Basta hablarla de amor, de artes, de poesía, dí senti-
mientos hidalgos y generosos, para despertar la celeste
mágia de sus hechiceros ojos, el dulcísimo éco de su voz de
ángel; y al verla y oírla delirar llena de entusiasmo por
todo lo grande, noble y bello, basta una palabra, un ade-
man, una mirada suya para caer á sus plantas y ceder al
irresistible impulso de adorarla como á una criatura de ori-
gen superior!
Con estos antecedentes, comprenderá el lector sin mu-
cha dificultad la profunda y rápida impresión que tan pe-
regrino conjunto debía causar á nuestro protagonista.
Quiso su buena estrella que el feroz hermano no se en-
contrase en casa cuando él se presentó.
Recibióle Virginia, y al momento los dos á la primera
ojeada, se reconocieron.
, — Vos, señorita, sereis la hermana de D. Silvestre,
preguntóle con aire que pretendía ser adusto y no era mas
que humilde. Sus ojos traicionaban la admiración que á
su despecho la angélica belleza de Virginia le inspiraba.
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FARSA Y CONTRA-FARSA
68
Ella se limitó á inclinar la cabeza en señal de asenti-
miento y ofreció con la mano una silla á Vallestriste.
— Puesto señorita, que sois Virginia, prosiguió él, ten-
dréis la bondad de esplicarme ....
— El quid-'pi'o-quo que bar motivado la cólera de Sil-
vestre?
— Justamente, y en verdad nadie creería al veros que
pndiéseis haberlo ocasionado.
Virginia bajó la frente teñida de púdicos sonrojos, y
una lágrima, mal comprimida, corrió á lo largo de sus
megillas.
— No me condenéis sin oirme, esclamó, tal vez os pa-
rezca muy culpable, pero cuando sepáis. . . .
D. Facundo desarmado tanto por su candor y el timbre
conmovido de su voz, como por las lágrimas que enturbia-
ban el claro resplandor de su mirada, se apresuró á decirla
con creciente interes:
— Virginia, perdonadme, si os ofendí ha sido sin que-
rer Habladme con franqueza, con ingenuidad, como
me hablabais hace diez años, — lo recordáis? — bajo los
álamos de la quinta de mi madre. . . .
— Entonces señor os quería yo como á un hermano.
— La fatalidad me alejó de vos, y mi ángel malo me
inspiró luego la idea de rechazar vuestra mano. Vuestra
familia, y muy particularmente vuestro hermano, atribuye-
ron mi repulsa á la codicia.
— Yo sin embargo — añadió Virginia con un acento de
verdad que no dejaba lugar á dudas; — yo que creía conoce-
ros á fondo por las cartas que escribíais á vuestra madre que
ella me enseñaba porque me quería y me quiere como á una
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
69
hija; yo que á fuerza de hablar de vos con esa escelente se-
ñora, me había formado una idea muy distinta de vuestras
cualidades personales, os hice desde luego la justicia que
merecíais.
D. Facundo la escuchaba admirado, y en su sorpresa
apenas se atrevía á dar crédito á lo que oía.
— Lejos de atribuir á un vil cálculo vuestro proceder —
continuóla encantadora niña,— pensé que no habiéndome
visto en tantos años, os habríais olvidado de mi, y quizá otra
muger mas dichosa. . . .
— Todas me han engañado!
—Y no obstante, si he de hablaros con franqueza, os
confesaré que sentí en el alma vuestra repulsa.*. . .
— ¿De veras?. . . .
— Si; vos habíais llegado á inspirarme un sentimiento
que no se definir; pero que no me habría hecho retroceder
ante ningún sacrificie en aquella época por veros feliz. . . .
La hermana de D. Silvestre pronunció las palabras en
aquella época con una intención que no escapó á la saga-
cidad de su ex-prometido.
— De modo qne ahora. . . .dijo este sin atreverse á con-
cluir la frase.
— Al ver la tristeza, — prosiguió Virginia como si no le
hubiese comprendido, — el desaliento, el precoz desencanto
y la falta de creencias que traslucían en todas vuestras car-
tas, yo me imaginaba ¡pobre de mí! que á fuerza de amor
y abnegación, lograría talvez reconciliaros con la existen-
cia y con el mundo. Consagraré mi vida entera á su feli*-
cidad, me decía, y si consigo que vuelvan á vibrar todas
las cuerdas nobles de su pecho, él á su vez me querrá entra-
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70
FARSA Y CONTRA-FARSA.
fiablemente. . . .Mi vanidad de mujer encontraba algo de
divino y providencial en arrancaros del fango del vicio, y
conquistaros á la virtud, á la dicha, al porvenir de vuestra
familia y de vuestra patria!
El futuro suicida no volvía de su sorpresa; cada pala-
bra de Viijinia descorría ante sus ojos nuevos horizontes de
un cielo preparado para él, y en el que él no quiso entrar
acompañado por ella, prefiriendo hundirse solo en el abismo
de las eternas tinieblas.
— Ah! Virginia sois un ángel, esclamó visiblemente
conmovido; — nadie me ha hablado como vos hasta ahora. . .
y solo ahora comprendo mi torpeza y el tesoro que he
perdido!
— Justamente un afio después de vuestra repulsa, mu-
rió mi madre y á poco mi madrina, legándome toda su
fortuna.
— Y quedateis por consiguiente bajo la tutela de vues-
tro hermano?
— Que me trajo á Madrid hace tres meses. Nos insta-
lamos en esta casa, que, como habréis notado, tiene dos
compartimientos en cada piso. En el de la derecha, que es
casa de huéspedes, vive un caballero, que
— Se atrevió á enemoraros?
— Siempre que salía al balcón.
— ¡Atrevido!
— Muy atrevido, en efecto, porque conociéndome ape-
nas, me escribió á los pocos dias, manifestándome que me
había visto en el Retiro y locamente enamorado de mí, el
amor le había inspirado el ardid de mudarse á esta casa
con un nombre supuesto.
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
71
— Habrá tuno!
— Figuraos cual sería mi sorpresa cuando reconocí
vuestra letra y vuestra firma al pié de su carta!
— Es posible?....
— Llena de alegría, aunque algo recelosa de su con-
ducta singular y también porqué estrafíaba su fisonomía,
aunque no tenía yo siete años cuando nos separamos, come-
tí la debilidad de contestarle; y los pormenores que me dió
luego, tan exactos y minuciosos, acabaron de alucinarme.
Insistió en que ocultaba su verdadero nombre para librarse
de la saña de mi hermano.
— Y cómo descubristeis el engaño?
—Por una carta en que se atrevía á proponerme un
rapto y una boda secreta; carta que Silvestre, no sé como,
sorprendió ayer cuando me la traía la criada; y Gándara
que acaba de irse no hace mucho, me ha dado nuevos infor-
mes cuya exactitud confirma ahora vuestra presencia. Ape-
nas os vi, os reconocí; lo que no me sucedió con vuestro
amigo, porque necesariamente ese farsante debe ser muy
amigo vuestro.
—Decidme— esclamó Valletriste después de recapacitar
un momento,— cual es el nombre con que aquí le conocen?
— Augusto Riolirios.
— Voy á verle.
— Es inútil — dijo Virginia tocando el cordon de una
campanilla; — vendrá aquí. Deseo confundirle y que escu-
chéis nuestra conversación.
Presentóse una camarera, á quién la bella resentida dió
la órden de decir al Sr. Riolirios que se presentase en el
momento.
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
El feliz amante, que hacía largo tiempo que estaba en
acecho, acudió presuroso creyendo que se trataba de llevar
á efecto el rapto, y Virginia sintiendo que se aproximaba,
ordenó á Valletriste se ocultase en la pieza inmediata, y á la
criada que se pusiese de atalaya en el balcón é hiciera la
señal convenida apenas divisase al espantable D. Silvestre,
terror do mundo é do inferno I
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X.
Vn caballero de industria.
Si las mugeres sospechasen solamente el efecto que
produce la promesa de una cita en los hombres nerviosos é
impresionables ; si pudiesen valorar la turbación y congoja
que se apodera de los infelices, al acercarse á ellas, hasta
el punto que á veces, sea por vergüenza 'ó miedo, no acier-
tan á balbucear una palabra, teniendo acaso los pobres
que valerse de las manos. . . . para apoyarse en la pared y
no caerse; estamos seguros que no querrían ocasionar á
sus amantes tan gran disgusto, ni esponerse ellas á un
conflicto ó casus belli (rompimiento de hostilidades) con
menoscabo de los tratados preexistentes y á despecho de
su antes dulcísima entente cor diale.
Es muy peligroso jugar con fuego , como lo saben pre-
fectamente las que hayan participado de las emociones que
despierta (la preciosa zarzuela que lleva ese título;) y como
la ocasión hace al ladrón, está mandado que entre santa
y santo haya una pared de cal y canto ....
Pascal afirma que el hombre no es ángel ni béstia,
sinó las dos cosas á la vez, y que su principal desgracia
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74
FARSA T CONTRA-FARSA.
consiste en que cuando quiere remedar ai ángel, desciende
y se confunde con la béstia. Así traducimos su famosa
frase : quand’il veut faire l'ange, il fait la béte.
No de otra manera el pretendido D. Augusto Riolirios-,
se presentó á los ojos de Virginia, anhelante, radioso» mudo
por la satisfacción que le rebosaba en el alma.
Lástima que al traspasar el umbral, la realidad amarga
le hiciese descender mas que á galope del fúlgido cielo de
sus ilusiones!
Virginia le apostrofó duramente tratándole de femen-
tido y de usurpador de un nombre que no le pertenecía.
Le acusó de haber abusado como un vil de su inesperiencia
y del antiguo afecto que sabía profesaba ella al verdadero
Valletriste.
—Me habéis engañado como á una criatura,— añadió—
y prescindiendo de vuestra aleve conducta y de vuestra
última injuriosa proposición, la benevolencia con que os
escuchaba ha empezado á cambiarse en desprecio. Al pres-
taros oídos y mostrarme dispuesta á corresponder á vuestro
amor, creía que hablaba con Valletriste, y por lo tanto no
siendo vos ese caballero todo ha concluido entre nosotros.
Al pronto, el titulado Riolirios, como diría Rosas, sufrió
en silencio con aire imbécil y alelado, aquella descarga de
agravios que producía el efecto de un violento granizo en
su volcánico cerebro ; pero recobrado un tanto de su prime-
ra impresión, protestó enérgicamente que algún vil le ha-
bría calumniado, algún miserable comprado por el oro de
D. Silvestre. Trató de patentizarle, que aquello era una
farsa indigna, puesto que él tenía pruebas irrefragables
para evidenciar su identidad ; y por último, cerró su vehe-
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
75
mente filípica hiriendo el suelo con el pié y manifestando el
péfear de que no se encontrase allí presente el infame autor
de la calumnia para confundirle, anonadarle, aplastarle
como á un insecto venenoso!
Así se espresaba el calabaceado amante, de espaldas al
gabinete donde estaba oculto su homónimo, quien sin duda
cansado ya de tanto cinismo y audacia, salió rápidamente
de su escondite y le descargó un fiero golpe en el hombro,
diciéndole con voz trémula de ira é indignación :
— ¡Guevara!!!
— ¡Valletriste!!! contestó el interpelado sin poderse
contener; pero apercibiéndose al punto de su torpeza,
añadió precipitadamente como dominado de súbita cólera.
—¿Quién sois caballero? No os conozco á fé mia!
— Eso ahora lo veremos, replicó D. Facundo; señorita,
tened la bondad de dejarnos solos cinco minutos.
Virginia obedeció, pero al pasar al lado de Valletriste
le dijo á media voz :
— Despreciadle y no os vayais á comprometer. ... os
lo suplico. ... Ya está desenmascarado.
La joven salió por una puerta y volvióse á escuchar
por otra. — Su curiosidad, como es natural estaba escitada
hasta el último punto ; ademas que muy poca cosa se ne-
cesita para despertar la curiosidad de la gente que gasta
faldas, según dicen malas lenguas.
Valletriste cruzó los brazos y midiendo de arriba abajo
al impostor con una mirada sardónica, le dijo con un me-
tal de voz en que vibraban á la vez la amargura, el desden,
la rabia y el encono largo tiempo comprimidos :
—Fingir que no me conocéis!. . . . Ese solo rasgo re-
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FARSA X CONTRA-FARSA.
vela vuestro carácter señor Guevara. ... No me conocéis,
eh? A mí, que os encontré en París hundido en la mas
proftmda miseria y os tendí una mano salvadora! A mí,
que os franqueé mi casa y mi mesa, honrándoos con el
título de mi secretario! A mí, á quién habéis traicionado. . .
Valletriste se detuvo, paseó en derredor sus ojos como
para cerciorarse de que nadie le escuchaba, y con voz tan
débil que apenas pudo percibirla Virginia, repitió :
—A mí, á quién habéis traicionado robándome el resto
de mi fortuna!
—Las jugadas de bolsa— contestó Guevara, no sin que
el carmín de la vergüenza le subiera al rostro,— fueron
legales, y no es culpa mia si no os favorecióla suerte.
— Mentís! replicó el impetuoso jóven estallando, men-
tís! .... ¿Creís que ignoro vuestros sucios manejos?. . . .
Estabais de acuerdo con otro pillo aquién luego engañas-
teis también. . . . Tal para cual! .... Me habéis estafado en
regla, y no puedo quejarme ante ningún Tribunal. . . .
— Vos me autorizasteis para jugar en vuestro nom-
bre....
— Y lo habéis hecho tan bien que me habéis dejado
por puertas, enriqueciéndoos á costa mia!
— Rechazo semejante calumnia y os exijo una satis-
facción.
— La tendréis cumplida, vive Dios! Entretanto sabed
que estoy arruinado, completamente arruinado ; que en la
próxima semana, vencen las letras que firmé en París, v le-
tras que obran aquí en poder de la casa de Weisveller y
compañía. Sabed que no pudiendo pagarlas no me queda
otro recurso para salvarme de la ignominia que me aguar-
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Google
Á
FARSA Y CONTRA-FARSA.
77
da, que morir como hombre honrado — Nadie duda del que
se levanta la tapa de los sesos por salvar su honor!
—Todavía os quedan algunas valiosas posesiones. . . .
— Lo que me queda no alcanza á cubrir ni la mitad
de mis deudas.
— Una fortuna tan grande! ....
— Muy grande era, pero la disipación, el juego, los
caprichos de mis queridas, han reducido en menos de tres
años á la cuarta parte la pingüe herencia que me legó mi
padre al morir.
—En verdad, se decía el estafador hablando mental-
mente consigo mismo, y muy impresionado por las pala-
bras de su víctima, — no creía que estuviese tan mal;
tornándose mas y mas pensativo á medida que Valletriste
continuaba desarrollando el cuadro de su ruina.
— Vuestra traición fué el último golpe, la última gota
de hiel que ha acabado de llenar el cáliz de mi sufrimien-
to!. . . . Enervado por los placeres y acostumbrado á ellos,
no tengo valor para luchar brazo á brazo con mi destino
adverso, y crearme de nuevo una fortuna ó una posición
social á fuerza de trabajo y perseverancia. La fatalidad me
cierra todas las puertas ... ya ni diputado puedo ser!
Mi madre me escribió que se necesitaba dinero, mucho
dinero! para asegurar mi elección, y yo no lo tengo, ni me
atrevo á pedirle, temiendo que se descubra mas pronto mi
ruina! Estoy perdido! .... perdido para siempre!
Algún pensamiento generoso cruzó por la mente de
Guevara, porque sus ojos se humedecieron, y se reflejó en
su fisonomía la lucha sorda de encontrados sentimientos.
— Si vos queréis, yo puedo salvaros, le dijo con cierta
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78
FARSA Y CONTRA-FARSA.
desconfianza, hija sin duda de la segunda intención que
envolvían sus palabras.
D. Facundo le contempló fijamente añadiendo con
acento breve y pausado :
— Salvarme! y de qué manera?
— Pagando en el acto parte de vuestras deudas, y ob-
teniendo una moratoria de vuestros acreedores por el resto.
— Luego, teneis dinero?
— Tengo amigos, y basta.
— Esplicadme ese milagro, dijo Valletriste con aire de
incredulidad.
—Amo á Virginia.
—A ella ó á su dote?. . . .
—Ambas cosas. La casualidad la trajo á vivir cerca
de mí. Recordareis que en los frecuentes paseos que solía-
mos dar por los Campos Elíseos, en París, me habíais
referido todos los pormenores de vuestra infancia y de
vuestro proyectado enlace ; y yo que conozco la ventaja de
las primeras impresiones y la propensión invencible de
las mujeres á todo lo estraordinario y novelesco, me pro-
puse enamorarla valiéndome de vuestro nombre, y como
os es notoria mi gran facilidad para imitar toda clase de
letra. ....
— El resultado sobrepujó á vuestras esperanzas?. . . .
— Tanto que ya estaba á punto de lograr mi deseo,
reservándome descubrirla mi estratajema después que estu-
viésemos casados ; pero no sé como ha descubierto ella la
verdad antes de tiempo, y su naciente amor se ha cambiado
«en odio.
Burlona sonrisa comunicó un ligero temblor imper-
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
79
ceptible A los descoloridos lAbios del primitivo amante de
Virginia.
— Francamente, dijo A su rival, no veo qué relación
haya entre eso y mia deudas.
Conoció Guevara que había llegado el instante crítico
de descubrir sin disfraz su pensamiento, y se apresuró A
contestarle :
—A grandes favores, grandes sacrificios. . . .
— Veamos. . . .
— El todo por el todo.
— Esplicaos.
— Declarad delante de Virginia que yo soy el verda-
dero Valletriste, y que habéis obrado de acuerdo con D.
Silvestre para perderme en su concepto, y yo, mediante
una hipoteca sobre vuestras fincas me comprometo A pagar
la mitad de vuestras deudas en el acto y la otra mitad
cuando me case. Entonces romperé la escritura y queda-
reis libre.
Renunciamos A pintar el efecto ipue esta villana pro-
posición hizo en D. Facundo quien logró contenerse no
sin un violento esfuerzo. Decididamente Guevara ponía A
prueba su paciencia.
— Caballero, si es que tal dictado os corresponde, le dijo
con el mas soberano desprecio, — solo me queda ya un nom-
bre, esclusivo y sin mancha, y ese nombre, orgullo de mis
gloriosos ascendientes, puro é inmaculado bajarA conmigo
A la tumba! Prefiero la pobreza, la miseria, la misma
muerte A cometer una villanía! Este último ultraje no
quedarA impune. .. .os lo aseguro. Recojo el guante que
antes me habéis arrojado al rostro!
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
La vehemencia de este apóstrofo desconcertó ¿ Gueva-
ra; pero estaba ya muy comprometido para poder retroceder.
— Me duele en el alma, contestó; no obstante, sí persis-
tís en vuestro propósito, yo me aferró en el mió. SeQalad
dia, hora, sitio y armas.
— Mañana, á las ocho de la mañana, en las afueras de
la puerta de Santa Bárbara, con pistola, á .veinte pasos
avanzando.
— Está bien!
— Espero que no faltareis, máxime cuando nuestro
duelo no ha de ser una de esas farsas cuotidianas, hoy tan
en voga, que se reducen á disparar cuatro tiros al aire, el
irse luego á comer juntos á la fonda los combatientes y sus
padrinos. No! uno de los dos ha de quedar en el campo.
— Pretendéis asustarme?*. . , .
— Os lo prevengo para que obréis en consecuencia.
— Sé loque el honor me ordena y no os quejareis
de mi.
— El honor! esclamó Valletriste dolorosamente, el ho-
nor! .... Crees que por que yo os mate, ó porque vos me
matéis, recobraré yo mi fortuna ó tendréis vos razón?. . . .
Yo me quedaré arruinado y vos coronareis vuestra infame
acción con un homicidio ó un asesinato, según vuestra des-
treza ó sangre fria.
— Entonces, respondió Guevara en tono de pesar y de
reproche, — por qué habéis aceptado mi reto?
— Porque hay ocasiones en que no le queda otro re-
curso á un hombre honrado y pundonoroso. Cuando las
leyes son ineficaces y no pueden alcanzar al criminal; sino
la razón, el natural deseo de venganza, la propia defensa,
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
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el ludibrio que nos espera, el atentado de que somos vícti-
mas, nos autorizan para apelar al juicio de Dios.
Siento haberos puesto en ese duro trance, y si mis
proposiciones son la causa, las retiro.
Valletriste le señaló la puerta y le volvió la espalda
diciéndole:
— Hasta mañana.
Guevara resignado se alzó de hombros y contestó la-
cónicamente volviéndole á su vez la espalda:
— A las ocho!
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XI.
Estrangulación homeopática.
Al levantar D. Facundo la cabeza, encontró á su lado
á Virginia, que escondida tras de la puerta del gabinete
había oído toda la conversación.
Las primeras palabras que ella pronunció fueron una
queja, en la que se traslucía el temor de que sucumbiese en
el desafio; y Valletriste lejos de disipar ese temor, insistió
en que no podía declinarlo y hasta lo veía con placer puesto *
que se encontraba completamente arruinado.
—¿No es mas que eso? dijo Virginia con viveza: oh
amigo mió! yo soy rica, muy rica! y consideraríame feliz,
si me permitieseis demostraros con algo mas que buenos de-
seos, el vivo interes que me inspira vuestra desgracia.
— Jamas! Vuestra fortuna desaparecería en el abismo
de mis deudas!
— Y que importa si era para salvaros?. . . .
— Criatura noble y generosa! esclamó el desdichado
jóven enternecido y con las lágrimas en los ojos; qué es-
píritu infernal me cegaba cuando rechazó, tu mano?. ... tú
hubieras sido mi ángel salvador, tú hubieras abierto mis
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
ojos á la luz, mi pecho á la esperanza, mí alma á la virtud!
^-Todavía es tiempo, Valletriste.
— No! ahora un océano nos divide, replicó él soltando
su mano con ira.
— No os entiendo. . . .
— Vuestro hermano. . . .
— Mejor informado os devolverá su amistad.
— Ya es tarde. . . .me ha inferido un ultraje que solo
con sangre se borra!
— De modo qué con este son Üos desafios, dos? pregun-
tó Virginia llena de ansiedad.
— Dos. .. .repitió dolorosamente el ofendido.
Indudablemente á no hallarse tan preocupado por las
negras ideas que le dominaban, D. Facundo se habría
apercibido de la rápida oscilación con que se ensanchaba y
deprimía el blanco , seno, de Virginia, cuyas graciosas ondu-
laciones marcaba, como un barómetro, el semi-drculo de
dos nacientes globos que se dibujaban tentadores al través
del corpiño de seda que los envolvía.
La pobre niña no pudiendo hacerle desistir del duelo
con Guevara, trató al menos de persuadirle que no debía
batirse con su hermano, cuya destreza en toda clase de ar-
mas era notoria. •
Don Silvestre en efecto gozaba la reputación dé ser uno
de los primeros tiradores de sable, pistola y florete, de modo
que ni aun elijiendo el arma su adversario, tenía, según ella,
probabilidades de vencer. — Ademas, estaba cierta de que
examinando con calma la cuestión, cualquiera que fuese, se
le encontraría con el raciosinio mejor solución, que lá de
horadarse el cráneo con una onza de plomo, ú abrirse el
«
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
85
esófago de una cuchillada. — La hermosa é inofensiva cria-
tura, no podía comprender el despotismo de esa bárbara ley
social, que á menudo ordena á los hombres quitarse la vida
hasta por cosas insignificantes. Ignoraba que cuanto mas
trivial es el motivo, tanto mayores son la saña ó necedad de
los contendientes y las exigencias de el buen tono.
Por desgracia en el presente caso fallaban las reglas
comunes, y la naturaleza de la ofensa, probablemente di-
vulgada ya por D. Silvestre, exijía un pronto y ejemplar
castigo. Allá en su foro interno podía el agraviado perdonar
al ofensor; pero la sociedad mas severa y vengativa que él,
no perdonaría al buen cristiano que habiendo recibido una
bofetada en la megilla izquierda, presentase la derecha.
Dominado por estas consideraciones, D. Facundo cuya
tristeza contrastaba con la energía de su resolución, se
limitó á decir resueltamente á su bella catequizadora.
— Creedme. . . .este duelo tiene que llevarse á cabo y
yo sería un inferné si retrocediese.
— Por que?
— Por que sin él, es imposible toda reconciliación entre
nosotros.
—De manera que si él vence, será mi hermano el
asesino del amigo de mi infencia, del hijo de mi generosa,
protectora. . .y si por el contrario la suerte os favorece, me
veré forzada á aborreceros como verdugo de mi sangre! ....
Al hablar así, Virginia lloraba y un ligero estreme-
cimiento nervioso comunicaba á su brazo estendido, el terror
que se había apoderado de su alma.
Contemplábala embelesado D. Facundo. . . .talvez con
mas placer del que la situación consentía.
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
¿Admiraba aquel tesoro de sensibilidad y ternura?
¿Sospechaba que un sentimiento mas dulce que la
piedad, revivía, como el fuego entre cenizas, en el puro
corazón de Virginia?
¿Sentía él latir su pecho con el encanto misterioso é in-
definible de un nuevo amor que nos asalta y nos subyuga de
improviso, insinuándose hasta el fondo del alma y abriendo
á la mas yerta y aletargada fantasía un oasis de placeres,
de voluptuosidades, de venturas terrestres y divinas?
Quién sabe! . . . . Valletriste al fin era hombre, y Vir-
ginia tan hermosa, tan interesante, que bien podían admi-
tirse estas y otras hipótesis mas aventuradas aun.
El la contemplaba en silencio, y al contemplarla un
noble y generoso pensamiento germinaba en su cabeza.
Pensaba batirse y defenderse; pero de ningún modo atentar
á los dias de D. Silvestre, lo que equivalía á aceptar la
muerte de antemano.
Virginia como si leyese al través de su frente, le dijo
eon voz tiernísima y juntando las manos en ademan de
súplica:
— Por vez última, os ruego que desistáis de tal própo-
sito, amigo mió!
—Virginia! Virginia! .... contestó el jóven haciendo
un violento esfuerzo; pedidme la vida, pero no que deje
creer al miserable que se ha aprovechado de un momento
de descuido para darme una bofetada, que soy digno de tal
afrenta!
Avergonzado Valletriste, cubrióse el rostro con las
manos, y Virginia imitando su acción, dejóse caer en una
butaca esclamando:
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FARSA Y CONTRA-FARSA..
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—Una bofetada, ah!
En el mismo momento, por una de esas singulares
coincidencias tan comunes en el trato diario, cuando se
nos aparece derrepente como endriago ó fantasma, alguna
visita inoportuna y fastidiosa, abrióse la puerta de la sala y
una criada anunció con la entonación y la prosoptopeya
peculiar de los gallegos, al Dr. homeópata D. Eugenio
Daelza.
El futuro suicida sobresaltado volvió la cabeza apre-
suradamente, y se encaminó á la puerta como aturdido por
el ininteligible sonsonete de la gallega; pero al encontrarse
con D. Eugenio, dejó traslucir en su fisonomía el temor de
que hubiera oido las últimas palabras de Virginia.
El médico le sacó de dudas, diciéndole á media voz:
— Sé el motivoque os ha traído aquí. . . .Lupian me lo
ha contado todo y por eso he venido.
— Infame viejo! murmuró entre dientes D. Facundo.
Daelza saludó á Virginia, que se puso en pié con áni-
mo de retirarse para ocultar su dolor, y también porque la
doncella, saliendo del balcón la previno que su hermano
se acercaba.
El Dr. le ofreció la mano para acompañarla, y ya en
el umbral, ella le dijo despacio, pero de modo que Valletris-
te pudiese oirla:
— Por lo quemas améis en el mundo, Dr., impedid
que ese duelo insensato se realice.
Prometióselo Daelza con los lábios, haciendo las debi-
das restricciones mentales; y si la desconsolada niña hubie-
se podido penetrar en su corazón, de seguro que le habria
maldecido. El cruel homeópata se bañaba en agua de
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FABSA Y CONTBA-FABSA.
rosas, al ver el sesgo antiflogístico que iba tomando la
cuestión.
— Asi me gusta! . . . fibra! . . . .esclamó volviendo hácia
donde estaba D. Facúndo, que triste y abatido había vuelto
á hundirse en sus tenebrosas cavilaciones; fibra! ... ya no
necesitáis acudir á las dósis infinitisimales. . . .La casualidad
os favorece mas allá de vuestros deseos, . . .ya teneis quién
os refrende, gratis et amore, el pasaporte para el otro mun-
do Buen viaje!
— De buena gana te mandaría yo en mi lugar. . . .pen-
só en sus adentros el paciente.
— La cosa es séria, eh?. . . .preguntó el inflexible bur-
lón cada vez mas risueño.
—Muy séria! . . , .replicó el amigo no comprendido de-
jando traslucir su despecho y el mal humor.
D. Eujenio era para él una especie de pájaro de mal
agüero, que siempre en las situaciones mas críticas y com-
prometedoras, se le aparecía paja agobiarle con sus sermo-
nes y sus sarcasmos.
— En ese caso — prosiguió solemnemente el módico, la
circunstancia de ser vuestro mas antiguo amigo, me cons-
tituye ipso fado, desde este momento en vuestro padrino.
Tomo á mi cargo el pronto y satisfactorio arreglo de este
asunto.
Con mil amores habría declinado el pobre í). Facundo
el honor que se le hacía; pero temiendo que se atribuyese i,
miedo, y mas que todo, recelando las pullas envenenadas
de su Esculapio, aceptó y se apresuró á darle las gracias
con el placer del infeliz recluta que asiste por primera vea
al fuego y á quién su gefe en un asalto, por cariño sin duda.
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
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envía en comisión justamente al mismo paraje donde debe
reventar una mina, ó llueva la metralla como gragea.
— Allons , enfantsde la patrie,
Lejour de gloire est arrivé . . . .
Tarareó el médico cada vez mas entusiasmado* coraggio
é avantil si caéis en la contienda, no faltará algún inspira-
do poeta melenudo, compinche vuestro, que os cante en
versos dignos de Homero: Gloria y prez al valiente que supo
morir en su puesto sin pestañear! y eterno loor al ínclito
amigo que le empujó á la senda y le abrió las puertas de
la inmortalidad! Si, caro amigo, si:
Sean eternos los lámbeles
Que supimos conquistar!
El aludido agitó las mandíbulas y se rascó prosaica-,
mente la nariz clavando la vista en .el techo, con un gesto
desdeñoso que equivalía á una renuncia esplícita de la
gloria que se le brindaba y á la sublime compensación de
ser inmortalizado (ó hundido en el purgatorio) por un cen-
tenar de versos mas ó menos ramplones. El bardo no com-
prendido hacía completa justicia al estro poético de sus
apolíneos (y no poUmos como escriben algunos) amigos, y
como él, sin falsa modestia, (cómo le sucede á cada hijo de
vecino) se consideraba un Goethe ó un Calderón á su lado,
era natural que viese con cierto estoicismo filosófico las
armonías que pudiesen aquellos consagrar á su memoria.
—Supongo que no habrá transacción posible? añadió
Daelza frotándose las manos de gusto.
Miróle el interpelado como el recluta de que hablamos
mas arriba miraría á su gefe, al ir haciendo gambetas por
el aire.
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FARSA T CONTRA-FARSA.
—Os autorizo, contestó con mal disfrazada ira, para
que propongáis y aceptéis las condiciones que mejor os
parezca. .. .Solo se muere una vez en la vida. Tengo
ademas otro desafio
Entonces le refirió la superchería de Guevara.
Se hallaba en lo mejor de su relato, cuando Daelza
prestó el oído y apuntó con la mano hácia la escalera.
— Ya está aquí mi hombre, dijo, grtlcias á Dios!
Y antes que D. Facundo pudiese reanudar el hilo de
su interrumpido discurso, la puerta giró sobre sus goznes
y dió paso á la grave, imponente y terrífica figura del
insigne y nunca bien ponderado D. Silvestre Tremedal,
Centellas, Rayos, Trompeta y Cabeza de chancho.
En honor de la verdad, debemos declarar que los cua-
tro últimos apelativos no le pertenecían, sino por habérselos
aplicado algunos imbéciles, que temblaban ante el brillo
de su tizona, mas terrible que la del Cid, según vociferaba
el mismo interesado á cuantos tenían la paciencia de oírlo.
Entró como quién entra en su casa. . . .con aire resuel-
to y desenfadado, mirando por encima del hombro á los que
allí estaban.
Al verle sintió Valletriste agitarse en sus entrañas el
veneno de la venganza: la huella que dejáran los dedos del
matón en sus megillas, parecía reanimarse y brotar por sus
ojos convertida en ascuas de fuego.
El recuerdo de Virginia lo contuvo: en dos horas sus
ideas habían sufrido una modificación completa, y en obse-
quio á ella, había formado el noble propósito de caer sin
vida á los pies de su ofensor antes que tocarle con la punta
de su espada. Quería defenderse; pero no matar.
x
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
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Sin embargo, tanto para justificar su visita como para
perderle de vista cuanto antes, le dirijió la palabra en -estos
términos:
— Venía á pagaros con la misma moneda el ultraje que
me habéis hecho en mí casa. Consideraciones que no es del
caso especificar ahora, me obligan á desistir de mi propósito.
Mi amigo el Dr. D. Eugenio Daelza se entenderá con vos.
—Perfectamente, respondió Tremedal acariciándose el
bigote; os dejo la elección de las armas.
— Me es indiferente. . . .debo advertiros que mañana á
las ocho tengo otro desafio ....
— Si? preguntó el espadachín con aire de mofa.
—Con el aleve que ha usurpado mi nombre. . . .en fin,
es inútil que entre ahora en mas pormenores. — Buenas
tardes!
Saltó el jóven acompañado de Daelza que volvió en
seguida, y D. Silvestre con la impertinencia que le era
característica, dijo á este último:
—Podréis darme, caballero, algunas esplicaciones so-
bre esta nueva farsa?
— Pues no! señor mió! si á eso he venido, contestó él
médico dirijiéndose á la puerta y dando dos vueltas á la
llave.
—Qué significa esto? esclamó el valiente badulaque,
entre sorprendido y asustado por el brusco exórdio de sus
contrincantes y las precauciones que tomaba.
— No me habéis pedido esplicaciones? — añadió el Dr.
arrastrándole hácia el sofá y haciéndole sentar de un en-
vión; — pues vais á oírlas.
El hombrecillo quiso levantarse; pero mas rápido ei
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
homeópata le echó mano al pescuezo amagando estran-
gularle.
— Quieto! le dijo, quieto! ó no respondo de vuestra
traquiartería!
Entonces, oh lectores mios, hizo D. Silvestre un gesto
tan feroz, se le herizó el bigote de una manera tan insólita
y coruscante, que yo al figurármelo no mas, me quedo
boqui-abierto y suelto aquí la pluma horripilado. . . .
— Qué cara! Dios mió, qué cara !. . . .cuesta mantener
siempre viva y creciente la curiosidad del lector. . . .hasta
ceder al capricho de estrangular á un personage tan impor-
tante! . . . .Veré si puedo sacarlo en el próximo capítulo, de
esa violenta y nada agradable posición.
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XII.
JLa horma de su zapato.
En los grandes caminos hay ladrones que solo roban,
y ladrones que roban y matan á la vez, como eqt el
océano de las letras, piratas que uñatean, y piratas mas
feroces, que no se contentan con uñatear, sino que ademas
abren eterna sepultura al despojado.
Es evidente que el plagio hecho por un hombre de
talento, despoja de su gloria á un autor obscuro, y para fin
de fiesta,' le relega á perpétuo olvido lo que equivale á ase-
sinarle moralmente.
¿Pretendía hacer otro tanto el médico homeópata con
el insigne D. Silvestre, en la farsa que vamos narrando?
¿Cuál era su objeto al abandonarse al capricho de
oprimirle mas que suavemente los conductos de la laringe,
de la laringe! ese órgano precioso de la voz, que sirve para
dar paso al aire que respiramos, como saben ó ignoran
nuestros lectores? • . .
¿Por ventura el Doctor había estudiado su curso de
anatomía en las madrigueras de Sierra Morena, para en-
tregarse sin mas ni mas al placer de acariciar con sus
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
uñas (á falta de cuchillo,) el cerviguillo de sus opositores?
Las repetuosas y nada francas relaciones sociales que
existían entre él y D. Silvestre, le autorizaban acaso para
tan insólito abuso de confianza?
Las espansiones del cariño tienen sus límites, y á na-
die es permitido, al entablar una discusión grave, enterne-
cerse hasta el punto de aferrarse á la garganta de su ad
latere ó vis á vis , como arrebatado-por el entusiasmo, ó ven-
cido por el esceso de la emoción.
No mil veces, no! ...ni Daelza deseaba atajar para
siempre el resuello al perdona-vidas, ni tenía e¿ menor em-
peño en proporcionarse alguna lonja de su tostado pellejo,
ni qfcraba bajo la salvagurdia de la amistad, que todo lo
autoriza y disculpa, ya que el título de amigo suele impo-
ner esas y otras carga # mas insoportables aun ¿ los desdi-
chados mártires de la amistad.
El atroz discípulo de Hannémam, quería simplemente
probar al intrépido duelista, desde el principio de la confe-
rencia, que había encontrado la horma de su zapato .
Para eso había imitado sus modales, sus gestos, sus
arrebatos de gitano, que levanta ó baja la voz, según le
contestan temblando ó á gritos, y por consiguiente, los gol-
pes traicioneros y ex -abrupto (k lo bruto) cuando se cree
seguro de la impunidad.
Con tanta maestría había remedado D. Eugenio á su
modelo, que en realidad, le sobrepujó y le dejó tamañito
bajo la impresión de su inmensa superioridad, como el
pirata literario, que roba y mata, al pobre y obscuro autor
de que' hablamos mas arriba.
Así fué que al soltarle, temiendo una reacción, é iflai-
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■ *
FARSA T CONTRA-FARSA.
95
tando siempre sus malas mañas, le clavó fijamente los ojos,
como el domador de fieras á un lobo medio magnetizado, y
que pretende en vano substraerse á la influencia que le
convierte en payaso y hazme-reir de los espectadores.
—Señor Doctor! .... no comprendo este proceder, por
vida mia! esclamó D. Silvestre, alejándose instintivamente
del estrangulador: la broma me parece muy pesada.
— He sido un poco "brusco, eh?. .. .contestó Daelza;
pero caballero, habéis cometido antes una tropelía incali-
ficable con mi amigo D. Facundo, y he debido entablar el
diálogo en Ir, misma forma. Simllia similíbus . . . .
Tremedal se mordió los lábios, diciéndose interior-
mente:
— Me revienta este hombre, y quisiera poder ahogarle
entre mis manos y echarle á mis perros de presa, ó mandarle
tirar al redondel para que le recojiese un toro de JaramaU!
Mejor sería, añadió en voz alta y con bastante mesura,
que saltásemos por encima de los preliminares.
— Está bien, ¿os convenís en pedir perdón al Sr. Va-
lletriste.
El hermano de Virginia contempló al médico con aire
imbécil y turulato; pero con ira, con la ira del idiota que
desea y no se atreve á ser insolente. Por último hizo un
movimiento negativo con la cabeza.
— Prevalido de vuestra destreza en el manejo de las
armas, y de la notoria cobardía de la mayor parte de los
hombres, insultáis á quien os parece conveniente.
— Yo hago lo que se me antoja! replicó D. Silvestre,
rompiendo su silencio y retirándose cuanto era posible al
estremo opuesto del sofá. %
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FARSA. Y CONTRA-FARSA.
— Os advierto que me escuchéis con paciencia: á mí
no me imponen vuestros floretes ni vuestras pistolas. . . .mí
génio es tan fosfórico tan terrible, tan feroz, ó mas que el
vuestro, y en un momento de exasperación sería capaz, sí,
seria capaz de haceros echar aquí mismo los bofes por la
boca ¿ puntapiés y á bofetadas t
Académica era la actitud de Daelza, sublime la ten-
sión de su cuello enarcado y su brazo estendido, como el de
la estátua de Espartaco, al despedir á los líctores romanos,
amenazando á la señora del mundo con sus cien mil escla-
vos sublevados.
El guapetón se encomendó & las benditas almas del
purgatorio, cuyas dulzuras saboreaba ya de antemano.
— Sois un baladrón y nada mas, Sr. D. Tremendo,
tan largo en palabras como escaso en obras, audaz con los
débiles, y villano y rastrero con los fuertes. Uno de esos
fantasmones que inspiran pavor á las gentes hasta que un
hombre de corazón los derriba de un punta pié y los apalea
con los mismos zancos con que asustaban á los que creen
en duendes y aparecidos.
El despecho hacía tragar saliva á D. Silvestre, pero no
se atrevió á replicar. Daelza ejercía sobre su espíritu la
misma fascinación que él ejerciera sobre D. Facundo. No
obstante, balbuceó entre dientes como un perro amedran-
tado, que gruñe en un rincón.
—Mi paciencia se va agotando! ....
—No se agotará tan pronto, contestó el médico, ase-
gurándole de un brazo con aspecto siniestro; estamos solos,
nadie nos escucha, y sois bastante maula para no conduci-
ros aquí como en público. Entre cuatro paredes, donde
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, FARSA T CONTRA-FARSA.
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falta teatro y espectadores á la vanidad, á el amor propio
herido y á esa ridicula manía de fijar la atención de los
demas, que aqueja á los valientes como vos D. Tremendo,
dos héroes del puff y de la farsa se encojen y se humillan
como ratones ante el gato marrullero, que ha sabido bus-
carles la vuelta, ó sea ganarles el agujero de su guarida.
Tantos y tan sangrientos agravios exasperaron al fin
al asendereado D. Silvestre, y sobreponiéndose por un
instante al terror pánico que le embargaba, se atrevió á
formular virilmente esta protesta.
— Acabad de una vez, oooo! ....
— O qué?. . . .preguntó Daelza esperando alguna ame-
naza proporcionada á la grandeza de sus insultos, y prepa-
rándose ya para rebatirla con argumentos ad kominem , es
decir, con la punta de su bota.
Tremedal le miró al soslayo, y adivinando quizá las
perversas intenciones del homeópata, que había jurado
vengar dignamente h su amigo se rascó la oreja como un
mico enfurecido á quien azotan, y contestó humildemente:
— O me marcho.
Al oír esta cómica respuesta, sintió Daelza un violento
escozor de risa que le retozaba por todo el cuerpo; sin em-
bargo, á fuer de buen actor, para no comprometer el éxito
de la comedia que representaba, apretó las mandíbulas y
los lábios. . . .mas ay! el aliento comprimido, naturalmente
buscó salida por otro lado, y su honesto propósito, su noble
intención, fracasaron completamente Miserias humanas?
Hubo fracaso, si, lo confesamos con las lágrimas en los
ojos, y el pañuelo en las narices. Se entiende, que las
lágrimas son arrancadas por la risa, y el uso del pañuelo
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
se esplica por la terquedad de de la grippe dominante en el
invierno, época, en la cual escribimos esta novela hisórica
mas verídica que muchas historias novelescas.
No tenemos la culpa de estar agripados , y mucho menos
de que, en vez de una estruendosa y franca carcajada, se
abriese paso, no sabemos que discorde y traidor murmullo,
llenando el aire de notas tan inarmónicas como la voz da
falsete de un tercero en discordia.
D. Silvestre que no esperaba que un nuevo interlocu-
tor tomase la palabra, sin pedirla siquiera préviamente, di-
un brinco zig-zag sobre-cojido de espanto.
¡Tan enérgico y retumbante fué el estornudo!
En su turbación la primer idea que se le ocurrió, era
que su contrincante traía á prevención armas de fuego
ocultas; pero en breve la calidad del humo le hizo rectificar
su juicio erróneo.
Iba D. Silvestre á interpelarle furioso, cuando el mé-
dico mas vivo, le ganó de mano, y estrujándole contra el
borde del sofá! le gritó:
— Esto ya pasa de castaño oscuro! hasta aquí
podían llegar las bromas, señor mió!.... Le juro por la
desollacion de San Bartolomé, que ese ultraje tendrá un
castigo ejemplar y tremendol ....
Rayos y centellas! venirme á mi, que abomino los ins-
trumentos de viento con semejante música! ... .He de man-
dar fabricar un violin, sirviéndome de /cuerdas vuestras
tripas, y de empuñadura del arco vuestro hueso sacro! ....
D. Silvestre aterrado, quiso formular algunas escusas
tartamudeando; le pareció que la razón del Doctor corría
parejas con sus dósis infinitisimales.
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
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—Silencio! vil insecto, ahulló el ofensor ofendido, des-
cargándole un fiero manotón en la nuca, silencio!. ... El
vejámen inaudito que me has hecho sufrir, exije que uno de
los dos desaparezca del mapa terráqueo! No^ batiremos,
si, nos batiremos como dos hienas, como dos serpientes de
cascabel, como dos demonios escapados de los profundos
infiernos!!!
— Vamos, está loco y de remate, se dijo D. Silvestre
pidiendo fervorosamente á Dios, realizase algún milagro
en su favor, pues no veía medio de escapar á las garras de
aquel energúmeno.
—Pero es preciso igualar las condiciones del combate,
y como la lucha ha de ser á muerte, nos ligaremos pié con
pié y pelearemos á macana, y á chuza! ... .Si señor! ....
con macanas claveteadas y chuzas envenenadas!
D. Silvestre empezó á tiritar y á dar diente con diente,
mientras su implacable enemigo le contemplaba moviendo
los brazos como un telégrafo, y haciendo espantosos visajes.
— Responded, le dijo al cabo de algunos minutos, y
no abuséis de mi escesiva bondad.— Temblad si me acomete
uno de los abcesos epilépticos á que estoy sujeto. Me dá
por morder y . . .
— Santa Bárbara!. .. .esclamó Tremedal, si padecerá
de hidrofobia! y tendiéndole las manos juntas en ade-
man de pedir misericordia, casi lagrimeando, le rogó por
todos los santos de la corte celestial que se aplacase, que él
nada le había hecho, que si alguno tenía motivos para
quejarse era él, y en fin, que el duelo que le proponía era
injusto y descabellado á todas luces.
— Bien está: admito vuestras escusas, dijo el médico
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100
FARSA T CONTRA-FARSA .
pero se entiende qne me concedéis te mano de Virginia. . .
— Un tiro por la boca! iba á responder D. Silvestre; >
pero se contuvo, y fingiendo gran sorpresa aSadió: os
chanceáis? Ni ella os ha tratado ni os ama bastante para
©SO • • • •
— Eso no es cuenta vuestra, ni tampoco saber si pido
su mano para mí ó para otro.
— Lo siento mucho, pero no puede ser.... está com-
prometida.
—No mintáis .... porque me sacareis de mi manse-
dumbre habitual!
—Os repito que es la pura verdad.
—Cobarde y embustero?. ... basta, ni una palabra
mas! . . . .mañana á las ocho asistiréis conmigo al desafio de
Valletriste con vuestro vecino Guevara; y luego, á las diez
de la noche, os espero en casa de D. Facundo. . . allí arre-
glaré definitivamente las condiciones del combate con él y
conmigo. Cuidado con faltar, D. Silvestre, porque mi ven-
ganza será espantosa! No digo mas!
D. Eujenio se caló el sombrero, abrió la puerta y salió
con la gravedad de un mandarín chinesco.
Siguióle con la vista el imtrépito batallador, inmóvil y
sin atreverse á salir del rincón donde estaba acurrucado,
pero cuando le creyó lejos, avalanzóse gallardamente hasta
el umbral de la puerta, y con el puño cerrado apostrofé
á su sombra en estos términos:
—Mal rayo te confunda á tí y á tu homeopatía!. . . .
ojalá que tus enfermos te comuniquen la fiebre amarilla,, el
mal de San Lázaro, la tisis, el escorbuto y la tiña!....
ojalá ....
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FARSA. T CONTRA-FARSA.
101
No pudo concluir, porque se presentó Virginia, que
venía á darle algunas espiraciones, á pedirle perdón por el
mal rato que involuntariamente le ocasionaba, y á interce-
der por Valletriste, descubriéndole la miserable intriga de
Guevara.
Bella é interesante como una Magdalena arrepentida,
la encantadora niña se arrojó á las plantas de su hermano,
trémulo y palpitante el seno, húmedos los ojos, crispadas
las manos por la vehemencia de su dolor.
La vista de una muger que sufre, y mas si es hermosa,
conmueve y sensibiliza; pero esta regla no habla probable-
mente con los hermanos que acaban de ser víctimas de un
esceso de ternura de parte de algún furioso monomaniaco.
D. Silvestre sintió un secreto impulso de alegría al
verla, porque asi tenía en quien descargar su ira y vengar-
se estrepitosamente de los insultos que se había visto forza-
do á devorar en silencio.
—Satánica criatura! mujer maldita! reptil infame! —
gritó girando los ojos y parpadeando como una foca mal
herida que el reflujo ha dejado en seco sobre un peñasco,
espuesta á los rayos del sol;— Vívora venenosa que yo ca-
lenté á mi seno, para que me lo desgarrases con tu agui-
jón emponzoñado! . . .quítate de mí presencia, sí no quie-
res que te estrelle contra la pared ó te aplaste como á un
gusano!
Nunca Virginia le había visto tan furioso, y como na-
da hay mas cobarde que una mala conciencia, quiero decir,
como la convicción de haber delinquido; la reina de los
salones, la estrella de Andalucía, el imán, la sílfide y la
diosa, como la apellidaban sus admiradores, asustada por
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102
FARSA Y CONTRA -FARSA.
loa gritos de su amable hermano, tuvo por conveniente
levantarse mas que de prisa y tomar el paso largo, luego
el trote y en seguida el galope hasta refugiarse en sus
habitaciones, é interponer entre ella y D. Silvestre la
puerta de su alcoba á guisa de barricada.
El terror do mundo é do inferno á falta de personas
continuó insultando á los cuadros colgados en las paredes,
y paseándose de un estremo á otro del salón repitiendo de
cuando en cuando como el portugués famélico y celoso,
obligado á partir con un abominable castegao su mesa y
su lecho;
Si nao bufo reventó III
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XIII.
La imaginación y la realidad.
¿Quién en su vida no ha pasado muchas veces lo que
se llama una mala nockel
¿Quién desvelado, inquieto, sin poder cerrar los ojos,
no ha sentido las mil impresiones que entonces nos'asaltan?
Imágenes y recuerdos singulares se agolpan á la
mente* .. á veces se figura uno que no está solo se
imagina que alguien le mira; un ser indefinible que se le
acerca le habla al oído, le pone la mano sobre el pecho, ó
cruza los brazos y le contempla con aire amenazador y
sombrío.
La sangre congelada refluye al corazón con violencia,
y un estrafio escalofrío se desparrama por el cuerpo.
Para rechazar las penosas ideas que nos dominan,
evocamos entonces otros pensamientos mas gratos; pero
poseídos ya de algo que pertenece al mundo sobre-natural,
nos sorprendemos á cada paso haciendo reflecc-iones mas
negras que la noche, ó entablando con nosotros mismos
sin abrir los lábios, pavoroso diálogo, nada lisonjero, que
en vez de ayudarnos á conciliar el sueño, nos obliga á
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m
FARSA T CONTRA-FARSA.
incorporarnos súbito en el lecho, oprimiéndonos las sienes
como si al tocarlas el génio del insomnio con sus garras de
bronce candente nos las hubiese despedazado! ....
Tal era la situación de Valletriste, la noche que prece-
dió á los dos desafíos pendientes.
La proximidad del peligro, la multitud de sucesos
y emociones porque había pasado en veinte y cuatro horas y
y mas que todo la agitación, de su espíritu avasallaban su
voluntad. Quería dormir, y el sueño rebelde huía de sus
párpados, la fiebre abrasaba su frente, y á las horribles
diabólicas, sucedíanse apacibles ideas, ensueños virgina-
les, embriagadoras y dulcísimas imágenes de amor y feli-
cidad. Giraban en tropel al rededor de su lecho, mos-
trándole agrupadas como en un panorama fantástico, todas
las venturas y delicias del mundo que iba á dejar.
La sangre hervía en sus venas; dilatábase su pecho co-
mo abrumado por un esceso de vida que apenas podía con-
tener, entreabríanse sus lábios para aspirar con ánsia el
aire que le rodeaba- sus ojos, vagando indecisos, ávidos de
luz y movimiento, se clavaban fijamente en algunos puntos
brillantes que le parecía ver jirar en la oscuridad. . . . Pres-
taba el oído para percibir las veloces pulsaciones de su co-
razón que latía á golpes redoblados; y su espíritu, libre y
audaz como el águila que rompe los hierros de su prisión,
remontábase á un cielo purísimo, en cuya atmósfera serena,
se respiraba la paz y la esperanza, el placer y la dicha. -
Todo lo veía bajo un aspecto distinto, por un prisma color de
rosa, y se sentía rejuvenecido, fuerte, lleno de fé, de entu-
siasmo é ilusiones como cuando tenía diez y seis años, y se
separó de Virginia.
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105
FARSA Y CONTRA-FARSA.
Deteníase embelesado en esta idea, como el viajero
que en hórrido desierto encuentra una roca donde guare-
cerse del simovm desencadenado; pero la realidad, como el
huracán de arena al viajero, venía á hundirle otra vez en
el abismo de la desesperación, y sentía las punzadas glacia-
les del veneno, la fría mordedura del acero, ó la centellante
vibración del plomo, taladrar sus carnes y sus huesos, y
romper fibra á fibra, nérvio á nérvio, el tejido de su vida!
Desvanecíase el dolor físico, y el dolor moral le tortu-
raba con mas vehemencia aun . • . .Contemplaba á su ancia-
na madre llorando al pié de su féretro y en pos de su vene-
rable imágen, se agolpaban los recuerdos de su infancia,
revivían sus muertas creencias, y un torcedor secreto, una
voz misteriosa hablaba dentro de él echándole en rostro sus
pasados estravíos y el crimen que iba á cometer. . . .Quería
lanzar sus ojos mas allá de la tumba, y temiendo la vengan-
za de Dios, le negaba frenético y ciego; no, no hay nada
mas allá, se decía todo acaba en el sepúlcro; el polvo vuelve
al polvo. . . .y un horror invencible herizaba sus cabellos y
hacía correr por sus venas el soplo helado que traspira
la descarnada boca de un esqueleto Diríase que al
invocar aquel infeliz la nada, el ángel de la muerte acu-
diendo á su reclamo, le había puesto su fría diestra sobre la
frente, y su alma llena de espanto, se refugiaba á lo mas
recóndito del corazón, huyendo de su infernal contacto.
Presa ya de aquella estraña alucinación, hubo un ins-
tante en que creyó volverse loco, y para escapar á aquel
vértigo, á aquel suplicio, que solo tiene noipbre en el in-
fierno, levantóse, hizo encender luces, y se puso á escribir
á su madre despidiéndose de ella hasta la eternidad, y vo-
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106
FARSA Y CONTRA-FARSA.
góndola que le perdonase su delito y no le maldijese. . . .
La luz del nuevo dia le sorprendió escribiendo, y eran
ya las siete cuando entró el médico.
—He venido antes de la hora, le dijo; á preveniros que
ya esta todo allanado para el otro desaño.
—Os doy las gracias. Doctor, contestó el jóven cerran-
do su carta.
—Tendrá, lugar en vuestra misma sala, y yo seré el
único testigo y padrino de los dos.
— No concibo. . . .lo que os proponéis.
— Nada, lo que me parece mas adecuado; igualar el
combate.
— Y para eso
— Os pondré en situación de que logréis satisfacer
cumplidamente Vuestros deseos. No anheláis vos suicidaros
de una manera pronta, fácil y suave, y no anda él buscando
ocasiones de lucir su esfuerzo y valentía?. . . .Pues yo pro-
porcionaré á entrambos la satisfacción que tanto desean. . .
Y entre paréntesis, ¿habéis arreglado vuestros asuntos?
— Sí, esta noche: y en la convicción dé que íne espera
la muerte de un modo ú otro, he escrito á mi buena y que-
rida madre esta larga carta.
— Apruebo el sentimiento que os la ha dictado.
— Yo aunque quisiera, no puedo retroceder. Lo cree-
réis, Doctor?, .al ver aproximarse la muerte paso á paso, yo
que ayer la invocaba con frenesí empezaba á tener miedo.
— Eso le pasa á todos.... la mademisela tiene muy
mala catadura.
— Y para no desistir de mi propósito, para tener el
valor de matarme si poruña casualidad, que íro es de eSpe-
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FARSA Y CONTBA-FARSA.
107
rar, salía ileso de los dos lances pendientes, me puse á
escribir á mi madre, juzgando que comprometido ya, me
vería obligado á hacer por una especie de empeño moral con
ella, con vos y conmigo mismo, lo que de otro modo podría
ocurrírseme tal vez ....
—Darlo por hecho, dijo el médico coa ironía, y como
en ciertos casos basta con la intención. . « .
— No señor, aplazarlo para otro dia, replicó Valletríste
exasperado.
— Esas cosas cuanto mas pronto mejor.
El llanto sobre el difunto, prosiguió D. Eugenio, con-
fiado en que la carta no llegaría á su destino, pues Lupian
seducido por él, en vez de echarla al correo se la entrega-
ría; — la mayor parte de los suicidas son unas maulas que á
lo mejor se arrepienten. Esa es la razón porque muchos se
comprometen, escribiendo como vos lo habéis hecho, á fin
de no poder luego retroceder. Papeles cortan, amigo mió,
y después de haber puesto su firma al pié, quien por rubor
no se pega un^tiro? Quién al llegar el momento solemne
tiene la poca vergüenza de ... . aplazarlo para otro dia? ....
Punzante era el epigrama, y D. Facundo cuya concien-
cia le acusaba de merecerlo, volvió los ojos á otra parte. Se
le hacía muy duro no atribuirlo á la fría insensibilidad propia
de los médicos; pero la idea de que Daelza se gozaba en ator-
mentarle y que acaso podría tener algún interés en perderle,
y se alegraba de su muerte, le contristó sobre manera.
— No os daré yo ese disgusto, contestóle con frialdad. .
el corazón me anuncia que moriré á manos de D. Silvestre.
El desdichado recordaba el juramento que había hecho
á su hermana de defenderse y nada mas.
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FAHSA T CONTBA-FARSA.
Tal vez D. Eujenio deseaba ponerle en ese estado de
escitacion moral que transforma en valiente y arrojado al
mas cobarde.
— Voy á ver ¿ mi enfermo de la calle del Cofre, y vuel-
vo en seguida, añadió con el mismo tono zumbón é implaca-
ble; no sea que Guevara tenga que aguardarnos. Entre
tanto, leed algunas pájinas de Werther de Goethe, aunque
yo preferiría la imitación de Jesu-Cristo , y no penséis en lo
demas. . .. Asunto de que yo me encargo, sale, siempre ¿
pedir de boca, y este terminará como debe. . . .
—Es decir?. . . .preguntó tímidamente D. Facundo.
—Con la muerte de uno, de los dos, & de los tres! res-
pondió con voz cavernosa y fatídica el digno sectario del
bisturí y la lanceta.
Valletriste perdió el color y murmuró entre dientes:
Asesino!
— Como buen médico. . . .añadió el aludido, quiero es-
tirpar el mal de raiz. La letra con sangre entra. Nada de
paños calientes! .... No hay ya trasaccion ¡Risible ni otra
alternativa que matar ó ser muerto! La elección es libre.
Y dejando ¿ su amigo desarrollar ¿ su gusto el progra-
ma de esterminio comprendido en los anteriores refranes y
sentenciaste aproximó ála puerta diciéndole por despedida:
— Hasta dentro de media hora. . . . pasarlo bien.
— Con una lanza te pasaría yo de parte á parte 1 si pu-
diera, inferné desollador, anatomista carnicero que te ima-
ginas que los hombres vivos son los yertos cadáveres que
despedazas en tu inmundo anfiteatro ¡....esclamó Valle-
triste dando escape á la cólera que le ahogaba, cuando el
Doctor ya al fin de la escalera no podía oírle.
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
109
Luego comenzó á pasearse á largos pasos por el cuarto,
discutiendo el siguiente monólogo:
— Guevara! Tremedal! . . . .hombres funestos arrojados
en mi camino para labrar mi eterna desgracia! Dice el
matador con privilegio: no hay transacción posible. .. .so-
bre todo con el último. ... no obstante, si el consintiese en
pedirme perdón entonces .... ¿podría yo perdonarle sin
méngua?. . . .Su hermana es tan linda, tan virtuosa y an-
gelical, que por ella, solo por ella. . . .pero no, no. . . .Sería
una bajeza dejar impune tamaño insulto . . . Cuando se sepa
que estoy arruinado, se atribuiría mi conducta 4 un vil
cálculo, y todos me despreciarían. . . .Luego, él es demasia-
do altanero y vano para rebajarse á pedirme perdón, y yo
tengo demasiada dignidad y orgullo, para resignarme á
olvidar una injuria que á estas horas, sabrá todo Madrid. . .
¿y para qué?. .Mejoraría eso mi posición? . . . Consentiría él
en dar la mano de su hermana, dueña de una fortuna pingüe
áu n hombre, á quien detesta hundido en la miseria?. . .No,
no. . . .No hay para mi salvación ni esperanza. . . .es preciso
que él me mate, ó que yo me mate. . . Asi lo qaiere mi negra
estrella, y nadie puede luchar con su destino. . . .Cúmplase
la voluntad de Dios! ....
La vuelta del médico le arrancó á sus meditaciones.
Bajaron en silencio la escalera, y subieron al coche, toman-
do la dirección de la puerta de Santa Bárbara.
Cuando llegaron al sitio designado para el combate,
Guevara y sus dos padrinos ya estaban allí. También se
paseaba con ellos D. Silvestre.
Cargadas las pistolas, y medida la distancia los conten-
dientes se colocaron á veinte pasos, quedando á su elección,
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
á la señal convenida, avanzar sobre el contrarío y disparar
su arma á quince, á diez, á dos varas, á boca de jarro si tal
era su gusto.
Sonaron las dos palmadas de ordenanza, y Valletriste
firme y sereno adelautóse con su pistola en la mano, Gueva-
ra dió dos pasos y se detuvo.
Tendió el brazo, y nna bala pasó silbando por entre los
cabellos de D. Facundo.
Este, sin inmutarse, continuó marchando tranquila-
mente, y ie puso el oañon de su pistola sobre el pedio á su
enemigo.
No había esperanza para Guevara: era hombre muerto.
Las rodillas le flaqueaban; una contracción dolorosa des-
figuró su rostro y la ansiedad se pintó en el de los testigos.
Pero Valletriste contra la creencia general, levantó el
arma homicida y le dijo:
— Antes del duelo deseaba mataros, y ahora que os
miro trémulo y sin aliento, ahora que tengo vuestra vida en
mis manos, solo me inspiráis lástima y desprecio!
Luego añadió en voz tan baja que solo pudo oirlo el
interesado.
— Que esta lección, infeliz os sirva el menos de escar-
miento. No olvidéis que después de haberos enriquecido,
despojando á vuestro bienhechor, habéis querido matarle,
y para coronar vuestra obra, le vereis caer indiferente en
el abismo de la desesperación y de la miseria á que lo habéis
arrastrado. Sois un miserable, y por toda venganza quiere
legaros el remordimiento de haber causado mi muerte y
deberme la vida, como me debeis ya vuestra mal adquirida
fortuna.
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
111
El mal amigo y peor caballero, anonadado por la fuerza
moral de estas razones, apenas acertó á balbucear algunas
palabras ininteligibles. Su adversario descargó al aire la
pistola encaminándose á su punto y diciéndole con entereza.
—Podemos volver á empezar si gustáis.
Un murmullo de admiración se elevó entre los padrinos
y testigos en cuyo número se encontraba como ya hemos
dicho, el insigne D. Silvestre. Daelza mismo estaba con-
movido, y al feroz matón se le encojía el bigote á su despe-
cho, por mas que con disimulo procurase encrespárselo en
actitud eréctil y amenazante.
Guevara se escusó lo mejor que pudo, y vino hacia
Valletriste ofrediéndole la mano, que el jó ven no admitió
volviéndole en silencio la espalda.
* Algunos minutos después los des coches, con los due-
istas y su séquito entraban en Madrid por rumbos distintos.
Sin saber porque D. Facundo, apesar del nuevo y mas
formidable peligro que le amenazaba, sentía ese bienestar,
esa calma interior que á veces en medio de los mayores
contrastes, suele enviarnos la Providencia compadecida de
nuestros afanes.
Encontraban ya en la mitad de esa montaña del sufri-
miento, que abultada por la fiebre del insomnio, le había
parecido la noche anterior inaccesible. Su imaginación
abatida y enferma había ido mas lejos que la realidad.
Por fortuna Dios ha querido que en el bien como en el
mal, no siempre la realidad revista todas las galas que la
fantasía le presta. Con harta frecuencia, redúcese á uno
de esos brillantes globitos de jabón, que los niños soplan
con un canutillo y que encantan la vista reflejando todos los
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FARSA T CONTBA-FABSA.
colores del iris, hasta que la mas lijera brisa ó el mas leve
choque vienen ¿ patentizar la poca consistencia de su frágil
bóveda tornasolada.
¿Qué queda entonces de tanto brillo y hermosura?. . . .
Un ¿tomo de agua y cenizas esparcidas por el aire!
Asi son, en la vida nuestras penas y alegrías, nuestros
goces y tormentos, nuestras ilusiones y desengaños!
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XIV.
De los arrepentidos se sirve Dios.
¡Triste momento de la vida es aquel en que nos aper-
cebimos que nos hemos estraviado, y al detenernos faltos
ya de aliento, y echar una ojeada al rededor, vemos que
lejos de encontrarnos en la senda de la felicidad que pensá-
bamos seguir, empujados por la férrea mano del destino y
atraídos por una engañosa luz, vamos caminando por el
callejón sin salida de la desgracia!
¡ Amarga y dolorosa reacción la que esperimenta el alma
cuando comprende que ha prodigado sus mejores dias y mal-
gastado su fuerza en el vacío persiguiendo una sombra, un
ideal fantástico que dá un paso atrás, y se nos escapa, cada
vez que nos parece tenerlo prisionero en nuestros brazos!
¡Desesperación terrible, duda infernal la que asalta el
ánimo, que interroga á Dios frenético y ciego, y blasfema
acaso no pudiendo comprenderle, cuando al borde del abis-
mo, sondeando su profundidad, queremos retroceder y una
toz secreta nos grita : “Ya es tarde!... prosigue tu vía
dolorosa con la cruz acuesta que tu negra estrella, ó el cri-
men de otros, arrojó sobre tus espaldas.
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114
FARSA Y CONTRA-FARSA.
“Redime tus culpas ó espía las agenas. No hay para
tí misericordia en el mundo! inclina la cerviz ante la saña
del destino, calla, y sufre, y muere como un perro sumiso
bajó el látigo de su implacable amo!”
Así habla el hombre desgraciado: tigre ó león que
muerde su cadena sin poder romperla; ser indefinible al-
ternativamente bueno ó malo, víctima ó verdugo, mezcla
confusa de luz y tinieblas, de cieno y oro; ya resignado, ya
rebelde, y que pasa con la misma felicidad de la calma al
furor, de la esperanza á la desesperación, y de la fé cristia-
na al ateísmo filosófico!
Pocas horas antes, Valletriste sentía acariciar sus sie-
nes una brisa consoladora .... su pecho sin que él atinase á
esplicarse la causa, se abría á la esperanza. . . .¿qué motivo
ahora anubla su frente, arranca maldiciones á sus lábios, y
enciende sus ojos con el sombrío resplandor de la fiebre?
Después del desafio admitió la proposición que le hacía
Daelza de ir á almorzar con él y Plácido, y no pudo zafarse
de sus importunos amigos hasta las tres de la tarde.
Entró en su casa todavía bajo el risueño influjo de los
vapores del Champagne; pero al penetrar en el escritorio,
encontró encima de su bufete dos cartas traídas hacía un
ipstante por un correo especial: ganando horas. Abre la
primera que pertenecía á su madre, y los cuatro primeros
renglones le producen la dolorosa reacción que acabamos
de describir.
“Mi querido hijo, le decía la buena señora, anticipán-
dome á la posta, te envío un propio para participarte la
fausta nueva de tu elección de diputado. A fuerza de fuer-
zas hemos triunfado. En tu lista ha salido también D.
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FARSA Y CONTRA-FARSA..
115
Norberto Guevara (a) Uñate , recomendando por el minis-
terio idem.
— Ira de Dios! esclamó Valletriste estrujando la carta;
al fin se cumplió uno de mi mas ardientes deseos, uno de
mis sueños que creía irrealizable. . . .¿pero cuándo se cum-
ple? .... cuando tal vez este dia es el último de mi vida. . . .
cuando se abre para mí la tumba, al mismo tiempo que mi
estafador estúpido é infame sube á la tribuna reservada á la
virtud y al talento! . . . .Amarga decepción! horrible sarcas-
mo que me reservaba la providencia al despedirme del
mundo, esa providencia paternal y previsora en que tanto
confian los nécios!. . . .esa providencia que, pudiendo evi-
tarlo, deja perpetrar el mal para tener luego que castigar á
los culpables; si es que lo castiga, sí es que no los presenta
en apoteósis á sus víctimas, añadiendo la burla al escánda-
lo, el opróbio al sacrilejio!
El pobre jóven olvidaba en su exasperación, que su
desdicha era obra de sus propias manos, y que aun conce-
diendo que no lo fuese, Dios tenía la eternidad para reme-
diarla; aun concediendo que no castigase al autor de su
desgracia dentro del minuto transitorio que se llama vida,
otorgado en el tiempo y en el espacio á los mayores móns-
truos y á los mas grandes crímenes.
Comparaba el infeliz su menguado entendimiento y
sus medios de acción con la sabiduría, la inmensidad y el
poder infinitos del Altísimo, para la recompensa ó el casti-
go, en este mundo ó en el otro!
La continuación de la lectura de la carta calmó un
tanto al irritado mancebo.
«Algunos sacrificios me ha costado tu elección, pero
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FARSA Y CONTRA -FABSA.
«todos' me parecerán insignificantes, si consigues lo que
•deseas, si se llenan tus aspiraciones y logro verte conten-
•to y dichoso, única satisfacción que le pide á Dios antes
• de morir: tu amante madre. — María. »
Enternecido el hijo pródigo llevó el papel á sus lábios
y se le saltaron las lágrimas repitiendo :
— Oh madre mia! madre mia! cuán culpable é ingrato
soy contigo!
Abrió la segunda carta, que era del cura del pueblo,
y antes de terminarla, rompió á llorar amargamente.
• Vuestra madre. Señor, le decía el respetable sacerdo-
te, llevada del escesivo cariño que os profesa, con el objeto
• de asegurar vuestra elección, ha vendido la única finca
•que le quedaba, siendo vos rico be creido de mi deber. . . »
Valletriste arrojó la carta sobre la mesa, y sollozando
escondió el rostro avergonzado entre sus manos, y dejó cor-
rer sus lágrimas libremente.
¡Qué contraste entre su conducta y la de su madre! ...
Cómo no ceder á las dolorosas comparaciones que desper-
taba?. . . El corazón maternal de la noble matrona había
adivinado instintivamente la ruina de su hijo, y con abne-
gación sublime sacrificaba en áras de su reposo y porvenir,
el último asilo de su vejez, lo único que ya le quedaba de
la inmensa fortuna de ella y de su esposo, torpemente disi-
pada por un calavera, que al verse arruinado ni aun tenía
valor para sufrir las consecuencias de su locura! un hijo
ingrato que en vez de ser el báculo y consuelo de su vejez,
reagravaba su delito dejándola hundida en la miseria!
y Un hijo sin corazón nj entrañas que la abandonaba en
los últimos dias de su existencia, huía de sus amantes bra-
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
117
zos para arrojarse en los del suicidio, legándola en pago
de tanto amor, el suplicio de llorar el resto de su vida una
muerte prematura y desastrosa, condenada á la vez por la
religión, por la sociedad y por la naturaleza!
Se ha dicho mil veces que el dolor levanta, purifica y
ennoblece al hombre, y que este solo es grande por el dolor:
yo aBadiré que el llanto es el riego misterioso del alma que
hace revivir las mústias flores de la virtud y el sentimiento.
El criminal que llora, ya está arrepentido . . . la gracia
divina ha empezado á obrar en él.
Lloraba á lágrima viva nuestro héroe, y formulaba los
mas nobles propósitos. Si la providencia de quien no ha
mucho blasfemaba, le protejía de nuevo en el lance con D.
Silvestre, como le había favorecido con Guevara, estaba
resuelto á no usar del presente griego de los polvos fulmi-
nantes que le hiciera el traidor homeópata, y á resignarse
á vivir para pagar á su madre la deuda inmensa de gratitud
y amor que había contraido con ella ; á trabajar para ella,
y si era preciso, huir de la corte y aceptar en el oscuro
rincón de una provincia la pobreza y hasta la miseria, en
espiacion de sus pasados errores y estravíos. . . .
La voz de Lupian que combatía y cerraba el paso á
alguno que pretendía llegar hasta él, apesar de las pro-
testas del viejo mayordomo, le arrancó á sus meditaciones.
Don Facundo salió del gabinete con ánimo de cortar
aquella disputa y echar á la calle al insolente que así vio-
laba la consigna, y se encontró de manos á boca con
Guevara, que sin lograr desasirse de Lupian, se le acercaba
trayendo al viejo á remolque prendido de los faldones de
su levita.
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
— No ganamos para sustos, decía Lupian, los locos
andan sueltos desde ayer .... atrás! ó le rompo la levita
y la crisma!
Lo que mas intrigaba al cancerbero-logogrifo era un
abultado pliego que el caballero de industria traía en la
mano, y con el cual, entre ofendido y risueño, le aplicaba
sendos capirotazos en su respetable nariz.
Lupian movía rápidamente á babor y á estribor su
temblorosa efigie, pero no soltaba su presa.
La presencia de Valletriste puso término á la lucha, y
á una señal suya el fiel criado abandonó al presunto loco,
á quien preocupado por los sucesos de la víspera suponía
equivocadamente hermano de D. Silvestre. Así fué que
se retiró refunfuñando y agitando mas que nunca á derecha
é izquierda su oscilante cabeza.
— Me pasma vuestra audacia, Señor mió, dijo Don
Facundo á su ex-rival, con tono amenazante ; después de
lo que habéis hecho, ¿os atrevéis todavía á presentaros en
mi casa, atropelláis á mis criados, y. . . .
— Sed indulgente, Señor, contestó el interpelado, por
que me era indispensable veros y hablaros hoy mismo. . . -
Vencido por vuestra grandeza de alma no he querido ser
menos.
Entonces Guevara entró en estensos pormenores que
la rapidez de nuestro relato nos obliga á reasumir en bre-
ves palabras.
La pobreza, esa ruin consejera según se esplicaba él,
tenía la culpa de su desaguisado. Obedeciendo á sujestio-
nes estrañas, creyendo á Valletriste mas rico de lo que en
efecto era, y cegado por un vértigo al que pocos hubieran
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FARSA T CONTRA-FARSA.
lid
resistido encontrándose como él en el caso de hacerse ricos
de repente, sin peligro de poder ser- responsabilizados por
su crimen, cedió á la tentación. . . . que era terrible y su-
perior á su virtud. La confianza ilimitada de D. Facundo,
el espectáculo de esas fortunas improvisadas en la bolsa,
su juventud, la sed de goces y placeres en una capital
como París... todo se había complotado para ofuscarle y
perderle.
Sin embargo, una vez dueño de una suma considera-
ble, adquirida á costa del naufragio de la fortuna entera de
su protector, la reacción moral no se hizo esperar. El
gusano del remordimiento brotó en su corazón emponzo-
ñando todas sus alegrías, porque si es permitido al hombre
sobreponerse al grito de la conciencia, no hay poder en la
tierra que le haga invulnerable á las sordas punzadas con
que ella le recuerda á cada momento su delito.
No obstante, como su interés mal entendido se oponía
al cumplimiento del deber, que le ordenaba restituir inme-
diatamente á su lejítimo dueño cuanto le tenía usurpado
contra su voluntad, para conciliar ambos estremos, resolvió
Guevara conquistar una posición y una fortuna con el di-
nero de Valletriste, y devolverle en cuanto le fuera posible,
toda ó la mayor parte de la suma que le había escamoteado.
No era otro el objeto de la transacion que le propuso en
su inesperada entrevista en casa de Virginia.
El resultado de esta entrevista, y la conducta caballe-
resca y generosa de D. Facundo en el duelo provocado por
el estafador, á quien pudiendo matar se contentó con po-
nerle su pistola en el pecho dirijiéndole una imprecación
que le llegó al alma, conmovieron profundamente á Guevara.
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FARSA Y CONTRA -FARSA.
Incomprensibles arcanos! ley misteriosa de las com-
pensaciones, encadenamiento y generación espontánea del
bien por el bien y del mal por el mal! Valletriste, ere-
yéndose próximo á comparecer ante el tribunal de Dios,
no había querido mancharse con un crimen inútil, y per-
donó al causante de su desgracia, legándole por todo cas-
tigo el remordimiento de haber ocasionado la muerte á su
bienhechor, y deberle ademas la vida, como le debía ya su
mal adquirida fortuna. ... y el culpable, confundido y ano-
nadado por tanta generosidad, acertando apenas á balbu-
cear algunas palabras, confesó delante de todos su villana
superchería respecto del nombre que había usurpado ; salió
de allí y llegó á su casa en un estado difícil de esplicar, y
cuando se encontró solo frente á frente con su conciencia,
trabóse una desesperada lucha entre su corazón y su cabe-
za, entre sus buenos sentimientos y el interés. Aquí de-
jaremos tomar la palabra al mismo reo, que terminó asi su
alegato de bien probado :
— Vacilaba todavía, cuando se abrió la puerta de mi
cuarto, y una persona cuyo nombre no me es dado revelar,
vino en vuestro auxilio.
— EraDaelza? preguntó Valletriste.
—No.
— Plácido Gándara?
— Tampoco.
— Quién podría ser? se dijo el joven lleno de cu-
riosidad.
— Habló, instó, suplicó con tanto ahinco, con tanta
persuacion é interés, que logró convencerme. Saqué todo
el dinero que tenía en oro y billetes de banco, llevé al
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
121
monte de piedad todas las alhajas que ella me traía...
Sorprendido Valletriste, dióse un golpe en la frente,
y como iluminado por una súbita revelación, esclamó :
—Ella?. . . sus alhajas! . . Entonces era una mujer?. . .
ya sé quién es!
— No, no era una mujer.
— Para qué me lo ocultáis?. . . Después de mi madre,
solo conozco una criatura en el mundo capaz de semejante
acción: Virginia! esa mujer sublime que se venga de mi
desprecio y de mis miserias de hombre como se vengan
los serafines!
—Me recomendó el secreto ; pero ya que por mi tor-
peza lo habéis sorprendido, no quiero ni debo ocultároslo.
Sí, era ella, ella que con sus razones, con sus ruegos, con
sus lágrimas, me hizo conocer toda la enormidad de mi
culpa, y llevó el arrepentimiento á mi alma.
— Es un ángel y yo un miserable que no merezco
besar el polvo de sus plantas!
— Para acabar de decidirme, tuvo la generosidad de
ofrecerme que me reintegraría religiosamente la cantidad
que pagase por vos, no bien pudiera disponer de su fortuna.
— Y vos. . . . ¿aceptasteis?. . . .
—Vacilé un momento — pero cedí al generoso impulso
que me arrastraba, y ofrecíla cumplir mi deber sin condi-
ción alguna.
— Guevara, ese proceder os reeoncilia conmigo....
esta es mi mano !
Y esta mi respuesta, contestó el arrepentido estrechan-
do la mano que le presentaba su rival y ofreciéndole en
cambio el pliego lacrado que le traía.
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122
FARSA T CONTRA-FARSA.
Valletriste rompió la cubierta, y esclamó con un grito
de alegría y de sorpresa : — Las letras!
—Que debían presentaros en la semana próxima. He
satisfecho en vuestro nombre á los señores Weiweller y
Compañía, los ciento veinte mil duros que representan, y
á escepcion de cuarenta mil que se deben á Virginia, lo
demas yo lo he pagado.
— Gracias, Dios mió! gracias! repitió el hijo pródigo
con vehemencia; ya mi pobre madre podrá recobrar el
asilo de su vejez, ya puedo poner á cubierto de la miseria
su venerable ancianidad. . . .
D. Facundo, con las lágrimas en los ojos abrió sus
brazos ¿ Guevara y este se precipitó en ellos.
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XV.
Sinfonía 6 campanilleo & grande orquesta.
Axioma vulgar es, que para ser dos individuos francos
y buenos amigos, necesitan tener alguna récia pelotera, á
lo menos una vez en su vida.
Hay quien afiade que el una vez en la vida , debe enten-
derse una vez cada año, y tratándose del bello sexo, una
vez cada semana ó cada dia.
Sea de esto lo que fuere, á nadie se oculta el placer de
la reconciliación, que no existiría sin el enojo, particular-
mente si la paz queda sellada con prendas mútuas de esti-
mación y cariño. No me refiero ahora al bello sexo, y
ruego al lector malévolo que refrene los ímpetus de su ma-
licia, y no me atribuya intenciones que no tengo.
Valletriste estrechó en sus brazos sin rencor y con el
mas sincero placer al que veinte y cuatro horas antes con-
sideraba como al ser mas infame y despreciable del universo.
Fíese V. luego del amor ó el ódio de los hombres!
Lo mismo le sucedía á Guevara.
— No, decía el mal aconsejado jóven participando de
la emoción de su protector, no, la virtud no es un fantasma.
Ahora concibo el precio de una buena acción.
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124
FABSA Y CONTRA-FARSA.
— Vivid tranquilo, contestóle D. Facundo, sea cual
fuere mi destino, no os arrepentiréis de haber vuelto á la
senda del honor y del deber. Nadie está exento de cometer
una primera falta, pero un sincero arrepentimiento y la
enmienda hacen olvidar cualquier desliz.
—Espero que no olvidaré jamas esta terrible lección.
— Tanto mas, cuanto ya empezáis á’ recibir el prémio
de vuestra hidalga conducta. Sabed que habéis salido
electo diputado.
Valletriste leyó á Guevara la carta de su madre, su-
primiendo el apelativo injurioso con que la buena Señora,
enterada de su ruin proceder, le calificaba; y después de
felicitarse mútuamente, los dos jóvenes se separaron como
si su íntima y cordial amistad no hubiera sufrido nunca el
menor eclipse.
Cuando se quedó solo el futuro suicida, volvió á
examinar las letras con avidéz . • . parecíale un sueño lo
que le pasaba. . . .todo conspiraba para ligarle mas y mas
á la existencia. ¡Qué cambio tan repentino en su posi-
ción!. .. .Hacía un momento pobre, cansado déla vida,
dudando de todo. . . .Ahora rico otra vez, ébrio de ilusiones,
sediento de felicidad, libre y despejado el camino de la glo-
ria, de la opulencia y el poder! . . . .Recordaba la exactitud
de las observaciones de Daelza, cuando se empeñaba en
demostrarle que por mas iufeliz que sea nuestra suerte,
jamás debemos apelar al suicidio, porque nadie sabe la
parte de felicidad que, en las mil combinaciones de los su-
cesos humanos, todavía puede reservarle el porvenir. . . .
De pronto D. Facundo inclinó los ojos al suelo, y que-
dóse inmóvil con el puño cerrado sobre la punta de la barba
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
125
en actitud meditabunda. ... .El recuerdo del implacable
duelista había venido á ahuyentar su .entusiasmo, como á
un pintado jilguerillo que va á posarse en un rosal, el dardo
de una víbora que, oculta entre las hojas, de repente asoma
silvando la cabeza.
— Lupian! gritó al cabo de algunos minutos sacudiendo
su preocupación: Lupian! Lupian!
—Señor, voy volando, contestó el veloz ayuda de cá-
mara, acudiendo tan lijero como una tortuga.
— Qué horas son?
— Las seis, repitió el criado describiendo con el cráneo
igual número de parábolas irregulares.
— Enciende luces, y cualquiera que venga antes de
las nueve, sea quien fuese, le dirás que no estoy en casa.
— Y si se empeña en entrar y aguardaros?
— Le das con la puerta en los hocicos.
Lupian aprobó este temperamento conciliador y fusio-
nista, con tres rápidas evoluciones del occiput.
— A las nueve y media ó diez prosiguió su amo, ten-
drán Daelza y D. Silvestre: ábreles; pero á ellos dos mo mas,
lo entiendes?. . . .podría dar la casualidad que viniese algún
importuno, y acaso creerían que yo le había hecho llamar
ex-profeso.
Tranquilo por este lado, el jó ven se encerró en su ga-
binete para arreglar sus papeles y escribir á su madre.
Mas ay! había echado la cuenta sin la huéspeda, como
suele decirse.
Una hora escasa habría transcurrido, cuando llamaron
de nuevo, y al travéz del ventanillo se entabló á puerta cer-
rada un original y animadísimo diálogo, que sin duda
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FARSA T CONTRA-FARSA.
cortado bruscamente por Lupian, dió márgen & una escena
mas que tormentosa.
No queriendo abrir el criado, fiel á su consigna, fué
creciendo el rumor de los campanillazos y á los primeros
suaves' golpes, sucedióse el mas violento, estrepitoso,
infernal, é insoportable repiqueteo, sinfonía ó solo de cam-
panilla, capaz de volver epilécticos aun á los gatos ena-
morados, entes inarmónicos y cacofónicos por escelencia.
D. Facundo se aguantó algunos minutos; pero per-
diendo al fin la paciencia, arrojó la pluma y salió bufando
del gabinete, resuelto á hacer un escarmiento.
En la antesala encontró ¿ Lupian estupefacto, sentado
en un rincón, agarrándose las piernas con las manos, y
golpeándose maquinalmente la cabeza contra las rodillas.
Qué había sucedido?
La cosa es séria y merece un capítulo aparte.
Capítulo magno, porque será el último, y del que este
no es mas que el preludio ó sinfonía á grande orquesta,
mientras se traslada el lector al teatro, se arreglan las de-
coraciones, y calzo yo á mí musa el coturno trágico y á la
vez le ajusto la careta cómica, pasando bruscamente po r
un capricho de mi soberana fantasía de la forma narrativa
á la dramática.
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El Purgatorio y la Gloria.
(Rasgo trági-cómico.)
escena i.
(Al levantarse el telón, Virginia acompañada de su doncella Paquita se encuentra
en la plataforma de la escalera de D. Facundo en la actitud impaciente y
recelosa de una persona que espera y teme algo. Es de noche.)
Paquita — (agitando él cordon de la campanilla.) Si abrirá
este maldito viejo?. ... Al vernos, como un imbécil
ha cerrado el ventanillo, pretendiendo que su amo
no está en casa. Infame! .... He de romperle el
tímpano hasta que abra!
Virgl— Q uiera el cielo que Valletriste nos oiga y que acuda
pronto : puede venir mi hermano por casualidad, y
encontrarme aquí; ¿estás segura de que la cita era
á las diez?
Paq.— Como que se lo oí repetir tres veces al Doctor, escon-
dida tras la puerta de la sala por órden vuestra.
Virg. — Y estás cierta de las condiciones del desafio?
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
Paq. — Os repito que será á muerte, á menos que D. Sil-
vestre se resigne á pedir perdón al ofendido.
Viro. — Ilusión! .... mi hermano confiado en su valor y des-
treza, aunque reconozca su falta, preferirá batirse á
confesarla. . . . pero aquí viene Valletriste. . . . Oigo
su voz .... manda á Lupian que abra.
ESCENA II.
Virginia, D. Facunda, Paquita.
Viro. — Caballero. . . . (saluda y entra.)
Fac. — V os aquí?
Viro.— Este pasó debe llenaros de sorpresa. . .lo comprendo.
Fac. — (ofreciéndola la mano.) Permitidme. ... (la acompa-
ña hasta la sala.)
Vir. — (d Paquita) Espérame ahí, y escóndete si llega mi
hermano.
escena in.
Virginia, D. Facundo.
Fac. — (presentándole urna silla.) Cuánto honor y dicha!
Viro. — Sois muy galante; pero dejemos ahora las galante-
rías, y hablemos de cosas mas formales. Hace diez-
minutos que mi hermano salió de casa, y deseando
veros y hablaros, he cerrado los ojos á toda consi-
deración y. . . he venido.
Fac. — (con efusión.) Gracias, Virginia, mil gracias! Jus-
tamente en este instante os estaba escribiendo para
manifestaros mi. . . . aprecio y eterna gratitud, por
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
129
el señalado servicio y por la eficacia y delicadeza con
que os habéis conducido en esta ocasión.
Viro. — Muy mal ha hecho Guevara en deciros lo que no
debía.
Fac. — Guevara nada me ha dicho : mi propio corazón lo ha
adivinado. ¿Quién sino vos hubiera sido capaz de
una acción tan bella y magnánima?. . . .
Viro.— Cualquiera muger sensible, cualquiera amiga do-
tada de hidalgos sentimientos.
Fac. — Lo dudo.
Viro. — ¿Y podéis dudarlo?. . . . vos que cuando queréis
nadie os aventaja en nobleza é hidalguía?. . .vos que
habéis sabido perdonar al ingrato amigo, al insolen-
te impostor que acababa de asestar una pistola contra
vuestro pecho, después de haberos usurpado nombre
y hacienda?
Fac. — No, ya no dudo de nada. . . . Los estraflos aconteci-
mientos de estos dos últimos dias, y mas que todo
vuestras palabras y acciones han realizado una revo-
lución completa en mis ideas y sentimientos. Yo
mismo no me conozco!
Viro.— Pues bien, si lo poco que he hecho por vos, si el
interés que os he demostrado faltando k todas las
consideraciones que mi sexo, mi edad y estado exi-
jen, valen alguna cosa á vuestros ojos, concededme
un favor que voy á pediros.
Fac. — Hablad. ... mi sangre, mi vida!
Viro.— Guardadlas para vuestra madre y para la muger
que améis, (con marcada intención.) En cuanto á
mí que solo soy vuestra amiga
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FARSA. Y CONTRA-FARSA.
Fac. — (Cielos! si amará á otro?. . . .)
Viro.— Me contentaré con que me prometáis no batiros con
mi hermano y salir hoy mismo de Madrid.
Fac. — No puedo!
Viro. — ¿Tanto rencor conserváis á vuestro enemigo?
Fac. — Saben los cielos que me alegraría de poder hacer
con él lo que he hecho con Guevara!
Viro. — Reflexionadlo, sefior: Daelza que pretende mi
mano ....
Fac. — (sorprendido) De veras?
Viro.— Así me lo ha asegurado Silvestre.
Fac. — (Ah! traidor! ahora comprendo el motivo de su
inaudita ferocidad.)
Viro. — Daelza me parece que no es tan amigo vuestro
como aparenta. Conociendo la superioridad de mi
hermano en toda clase de armas, no debía consentir
en este duelo.
Fac. —El honor ....
Viro. — El honor na puede nunca autorizar un asesinato,
porque á eso equivale un desafío en que todas las
ventajas están de parte del contrario. Vos ya ha-
béis probado que no sois cobarde, y por consi-
guiente, no necesitáis batiros.
Fac. — ¿Y el vituperio de las gentes; las pullas de los
amigos, las murmuraciones de la sociedad?
Viro. — Mirad con desden esas vanas preocupaciones y no
imitéis á los que se sacrifican néciamente por obte-
ner la aprobación de los mismos que desprecian.
Fac. — ¡N o puedo, Virginia, no puedo!
Viro. — Hacedlo al menos por vuestra madre!
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
131
Fac. — Ella, idolatrando en mí, preferiría verme antes
muerto que deshonrado.
Viro.— (con ansiedad) No amais á ninguna mujer?
Fac. — (la mira fijamente y después de una breve pausa,
dice) Sí, amo.
Viro. — (¡Ingrato!) ¿y ella?. . . . os ama?
Fac. — Lo ignoro.
Virg. — ¿Nunca le habéis declarado vuestra pasión?
Fac.— N unca! pero si tuviese la seguridad de que podría
amarme algún dia, acaso —
Viro. — Seguiríais mi consejo?
Fac. — No sé. . . . pero —
Viro.— Quién es ella?. . . .Es amiga mia?. . .la conozco yo?
Fac.— M ucho!
Viro.— Por la Virgen! hablad. . . . quién es?
(Valletriste vacila irresoluto, vuelve el rostro dos ó tres
veces, y por último se decide, y cae lentamente de rodillas
con las manos juntas:)
Fac. — Sois vos, Virginia, sois vos!
Viro. — ( poniéndose la mano sobre el corazón) (Ah! lo sos-
pechaba!)
Fac. — Sois vos, Virginia, á quien es imposible conocer y
no adorar! vos, en quien no sé que admirar mas, sí
la belleza, el talento ó la bondad!
Viro, —(le tiende la memo y le levanta) Facundo!
Fac. — Una palabra. . . .por piedad!
Virg. — Sí me amais como decís, huid al momento, ocultaos,
salid de Madrid hoy mismo, y delante de Dios que
nos escucha, os juro conservaros pura mi fé hasta
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FARSA T CONTRA-FARSA.
que mi hermano, de grado ó por fuerza me permita
ratificar mi juramento al pié de los altares.
Fac.— No, Virginia, no! No debo enajenarme la estima-
ción de D. Silvestre, no debo autorizarle para que
mire con desprecio mi alianza. Lucharemos y él
me matarás! quiere ó puede ...yo, os lo repito,
no atentaré contra su vida: me defenderé única-
mente.
Viro. — Amigo mió! ... se trata de un duelo á muerte! ( le
toma urna mano y la estrecha entre las suyas) por
vuestra madre, por mí, por lo que mas amei3 en la
tierra y en el cielo, no os espongais á una muerte
segura!
Fac. — (con el delirio de la fiebre) terrible ansiedad. . . .oh!
el cielo es justo y me castiga por donde mas he pecar
do.... He dudado, he blasfemado de todos los no-
bles sentimientos del corazón humano, del amor, de
la virtud, de la amistad, de todo lo que constituye
la dicha en la tierra, en fin! y cuando la suerte me
brinda de esa dicha tan anhelada, y la pone delante
de mis ojos y al alcance de mi diestra, entonces,
para hacer mas horrible mi agonía, ¡oh sarcasmo y
castigo providencial! siento la descarnada mano de la
muerte que se aforra á mi garganta y me lleva ar-
rastrando hasta el sepúlcro. . . .quiero desasirme de
su helada presión que me sofoca, quiero romper el
dogal de fuego que me abrasa, quiero huir, y hm
fuerza superior á mi voluntad, me detiene clavado
aquí, como al reo en el banquillo del Suplicio donde
ha de ejecutarse su sentencia!
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í
FARSA T CONTRA- FARSA. 133
ViBG.-~Aquí debe realizarse el duelo?
Fac. — Aquí solos, y sin mas testigos que el Doctor.
Viro. — (aterrorizada) (Le salvaré á pesar suyo.) Yo te
amo, y te he amado siempre, Valletriste, y no quie-
ro que te maten! ven conmigo! (le coje de un brazo y
le arrastra con violencia .)
Fac. — (resistiéndose débilmente) Virginia! (Al llegar cerca
de la puerta, se detiene, presta el oido, y retrocede ve-
lozmente como avergonzado de su debilidad) Ya es
tarde! .... no oyes? siento pasos . . . . son ellos!
Viro. — Quiénes?
Fac. — Tu hermano y el Doctor. >•
Viro. — Dios del cielo! Donde me oculto?
Fac. — (llevándola al gabinete) Aquí.... pero prométeme
que veas lo que veas, oigas lo que oigas no saldrás.
Gemidos, ruegos y lágrimas serán inútiles. Nuestra
resolución es irrevocable.
Viro. — (entrando) Protéjele Señor!
ESCENA IV.
Virginia (< oculta en el gabinete) D. Facundo, Daelza, acompañado de Lupian , que
trae en la cabeza un manojo de sables , lanzas , espadas y rifles; en la mano
izquierda uva cajú de pistolas y en la derecha otra ídem de homeopatía •
Dael. — (estrechando la mano d V alletriste y sentándose) — Ha
venido? v
Fac. — Todavía no.
(Lupian pone su arsenal sobre la mesa y se retira.)
Dael.— En casos como el presente, es costumbre acudir á
la cita con algunos minutos de anticipación.
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134 FARSA Y CONTRA-FARSA.
Fac. — (Está impaciente por deshacerse de mí. ..Veamos). . .
Quizá no venga.
Dael. —Vendrá . . . esto y yo de por medio El león para
los que no le conocen, es mansa oveja para mi que
he sabido domesticarle. Si faltáis, le dije; en la
calle, en el café, en el teatro, en cualquier sitio
público donde os encuentre, os daré de bofetadas.. .
Fuerte con los débiles y débil con los fuertes, D.
Tremendo, como todos los duelistas de profesión, no
es capaz de habérselas con nadie que tenga mas
valor ó mas audacia que él.
Fac. — Cualquiera diría al ver el calor con que os espresais,
que teneis alguna ofensa particular que vengar.
Dael. — Friolera! el inferné me ha negado la mano de su
hermana! ....
Fac. — (con mal reprimida ira) Hola! con que vos queríais
casaros, y con Virginia, nada menos.
Dael. — Si, amigo mió, y feliz, mil veces feliz, el hombre
que alcance tal tesoro!
Fac.— (La rábia me ahoga!) D. Eujénio, sois. . . si, sois
un falso amigo!
Dael.— (Y a respiró por la herida!) con finjido asombro)
Ahora süimos con esas? En qué he podido ofende-
ros, dejándome arrastrar de la natural simpatía que
esa inapreciable jóven inspira á cuantos la cono-
cen? ...De un carácter angelical, instruida, llena
de gracia y candor, y ademas inmensamente rica
¿qué estraño es que tenga los pretendientes por
docenas? ¿Qué estraño es que yo haya cedido como
Guevara al vértigo general? Creis que hoy se en-
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FARSA T CONTRA-FARSA.
135
cuentra con facilidad mugeres que reúnan sus dotes
y circunstancias?
Fac. — Es cierto. . . .pero, amigo mió, yo también la amo,
la amo como un loco, y no puedo conformarme con
que otro hombre me la arrebate.
Daul. -Bah! no la habéis despreciado antes? - .
Fac. — Pero ahora la idolatro!
Dael. —Ahora que la veis solicitada por otros, ahora que
hay un obstáculo insuperable entre vos y ella. ¡Mi-
serable corazón humano! ....
Fac.— Ah! sisupiéseis cuánto la debo, si supiéseis que yo
estaba arruinado, y que ella me ha salvado!
Dael. — ¡Arruinado! (esta no estaba en mis libros) con que
estabais arruinado? (golpeándose la frente ,) y yo que
ni lo sospeché siquiera! . . . Hé ahí el motivo secreto
que no alcanzaba á comprender: hé ahí el resorte de
vuestro finjido menosprecio á la vida y del ódio á
los hombres y á la sociedad! Como otros se matan
por caprichos mas ó menos triviales, y siempre por
egoísmo, ¿queríais mataros porque os faltaba dinero,
por un móvil tan mezquino, como la privación de
los goces materiales que trae consigo la riqueza?. . .
¿Tanto pesaban en la balanza algunas miserables
talegas de dinero?. . .
Fac. — El dinero. . . .
Dael. — (con indignación) Es el Dios del siglo, lo sé. . ..el
minotauro que devora anualmente en las áras del
suicidio á muchos que no pueden conformarse con la
pobreza, ó no saben enriquecerse de nuevo conquis-
tando una posición social, y luego alegan frívolos
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FAB6A T CONTBA -FARSA .
pretestos para cohonestar su desinteresado sacrificio!
Fac.— En cuanto á mí, lo confieso .... aunque abrigaba
otros motivos, ese era el principal. . . .no podía re-
signarme á vivir sin mi antigua opulencia.
Dael. — D. Facundo, siempre yo hubiera partido con vos
mi fortuna.
Fac. — (Este hombre es incomprensible.) Gracias. .. .Aho-
ra podréis conocer si me asisten motivos para amar
á Virginia. . . Talvez conociendo mi anterior ma-
nera de pensar, juzguéis hija mi pasión de un
capricho
Dael. — No, amigo mió, Virginia pertenece al corto nú
mero de esos seres privilejiados que traen al mundo
impreso en la frente el sello de su origen divino, y, si
el amor, como todas las grandes pasiones, no es. otra
ocsa que úna modificación del alma, ó en otros térmi •
nos, una fiebre intermitente mas ó menos intensa,
puede haber circunstancias en la vida qué nos preo-
cupen, nos dominen y electricen de tal modo que lo
hagan nacer y desarrollarse en breves instantes.
Ademas, vos ya la conocíais . ...
Fac. — Silencio! viene alguien ....
escena v.
Dichos , D. Silvestre.
Dael. — Os esperábamos, señor, con impaciencia.
Silv.— Ya estoy aquí.
Dael. — ¿Persistís en no concederme las dos cosas que os
he pedido?
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FARSA Y CONTR A-FARSA.
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Sily. — S í, señor.
Dael.— Pues bien, siéntense Vdes. á esa mesa y escriban.
(Se dirije á la puerta del frente y echa la llave : D. Fa-
cundo y D. Silvestre se sientan.)
Sily.— Sepamos antes. ... 9
Dael.— Escriban Vdes.
( D . Silvestre se alza de hombros , y mira d Valletrisle
como interrogándole; este vd d hablar y se detiene; toma
papel y pl/uma y hace wn gesto desdeñoso d su adversa-
rio para que imite su ejemplo.) \
Dael. — (dictando) “A nadie se acuse de mi muerte; cansa-
do de la vida yo mismo me la he arrebatado/’
Silv . — (vacilando) (Diantre! esto es grave. )
Dael.— No queréis escribir, ser£brJD. Silvestre?
SiLv é — Si, señor. (Escribiré lo que quiera; pero la que es
hacerlo....)
Fac.— (Está visto. . . .ha resuelto libertarse de un rival pe-
ligroso.)
Dael. — (Se aproxima y examina lo escrito.) Bien, muy
bien!
Sil v. — (Mal, muy mal, digo yo.)
Dael.— Firmen Vdes.
Silv. y Fac. — Ya está.
Dael. — Ahora me toca á mí, (Escribe.)' “ A nadie se acuse....
Silv. — ¿Y esta receta?
Dael. — Es un pasaporte en regla para el otro mundo.
Silv.— ¡Ya!. . . .
Dadza rompe U pliego por la mitad , dobla lo escñto y
se lo mete en el bolsillo del chaleco.) Pueden Vdes.
hacer lo mismo.
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FARSA T CONTRA-FARSA.
Sily. — S eñor Doctor, por la virgen de Atocha, qué signifi-
ca esto?
Dael. — Significa que la suerte va á decidir quién de Vds.
dos será cadáver dentro de cinco minutos. ( Toma la
caja de homeopatía.) Hay aquí un filtro tan activo
y eficaz que hasta aspirarlo para caer muerto en
el acto.
Silv. (echándose atras) — Zape ! y lo dice con una fres-
cura!)
Fac. — (Corazón, valor!)
Dael. — No hay que asustarse. . . .El Señor (señala d D. Fa-
cundo) me ha pedido un veneno distintas veces por
que desea suicidarse, y yo cediendo á sus vivas ins-
tancias le di antiayer unos polvos fulminantes: hoy
la casualidad ó el destino me habilitan para brindarle
algo mejor, mas rápido, mas eficaz y decisivo, sin
faltar á mis deberes de amigo y médico y estoy
seguro que me agradecerá el obsequio
Fac. — Oh! mucho! .... (Mal rayo te parta!)
Dael. (d D. Silvestre ) — En cuanto á vos, que sois un valien-
te en toda la estencion de la palabra, acostumbrado
á jugar su vida á cada minuto, tampoco debe sor-
prenderos esta clase de envite, y creo que lo acep-
tareis con júbilo, puesto que os proporciona una
ocasión brillantísima de probarnos vuestro heroísmo.
( D . Silvestre hace un gesto negativo.)
Dael. — Batirse á la claridad del dia, delante de ocho ó diez
personas, con la inseguridad del éxito y el temor del
ridículo que puede caer sobre nosotros, si no nos
conducimos como el pundonor ó la costumbre exijen,
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
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eso lo hace cualquier imberbe polluelo .... pero pro-
vocar y aceptar una muerte cierta, obscura y volun-
taria eso solo está reservado para las almas gran-
des y los corazones de temple espartano, como el
vuestro señor D. Silvestre!
Silv. — Si, señor, lo comprendo, pero.... sería mejor de
otro modo. Hay allí sables, rifles, lanzas, pistolas y
espadas ... *
Dael — La lucha sería muy desigual y vos triunfaríais. Va-
lletriste, hoy por primera vez ha tomado un arma en
sus manos, y ya habéis visto el uso que ha heclio
de ella.
Silv.— (Ilumíname, virgen de los desamparados!) — Yo creía
que esas armas ....
Dael. — A su tiempo maduran las brevas. . . .He calculado
todas las contingencias del lance.
Silv. — En fin. . . . (Tengo el alma en un hilo!)
Dael. — Vamos, aceptáis, si ó no? Aquí traigo dados; (los
saca y abre la caja) y este es el frasco homeopático.
(Se los muestra ) .
Silv. — (Asi reventára y homeopáticamente nos librára
de tí!)
Dael. — Vais á esperimentar la maravillosa virtud de las
dócis infínitisimales. .
Silv. — Sí?*. . . . (Buen provecho! . . . .No sé como salir de
este pantano, vive Dios! ¿en qué casa de orates, en-
tre qué gente escomulgada me he metido? )
Fac. (que ha permanecido absorto en sus meditaciones — (Mo-
rir á los veinte y ocho años, cuando el fantasma de
la dicha iba á convertirse para mí en realidad!
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
< Sarcasmo ruin de la suerte
«Para el alma dolorida,
■ No ver hermosa la vida
«Sino al dintel de la muerte!)
E. F. Sanz.
Dael. — (A D. Silvestre.) Por ventura tembláis y retrocedéis?
Silv. — (Hagamos de tripas corazón.) No señor, tiraremos,
y si él gana. . . .
Dael. — ¿Q ué?
Silv. — Tomaré el veneno, (la puerta ó la ventana 6 daré
voces y llamaré á los vecinos.)
Dael. — Vamos, quien haga el punto menor, ese se apro-
ximará este pomo á las narices. Si sois vos, Valle-
triste, el que sucumbe, nada tenemos que hablar
quedáis en vuestra casa. . . .pero si es el señor, le
meteremos en mi carruage 4 la madrugada, y le
arrojaremos en las afueras de Madrid.
Silv.— (Pues! como A un perro á quien dan estrignina!)
Gracias, Doctor por la fineza.
Dael.— Puedo, si gustáis, disecaros en mi gabinete anató-
mico; y conservar Cbmo recuerdo vuestro esqueleto.
Silv. — No señor, echadme en un muladar. (No te verás en
ese espejo!)
Dael. — Quién tira primero?
Silv. (d I). Facundo) —Os cedo la mano . . . . (d Daelza ) — La
política nunca está de mas
Dael. — (en tono de burla ) — Ni lo cortés quita lo valiente.
Valhtriste toma los dados, se acerca lentamente d la mesa, vuel-
ve los ojos hdcia lapuerta donde se oculta Virginia, agi-
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
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ta los dados y los arroja. D. Silvestre y el Doctor se
precipitan sobre la mesa y esclaman d un tiempo: Diez
y seis!!....)
Dabl.— B uen punto! (á Silvestre). Ahora á vos.
Silv. — (Revuelve los dados con mano trémula y pasea al re-
dedor sus ojos despavoridos:— todo está cerrado ... .
no podré escaparme!)
Dael. ( impaciente ) — Vamos, hombre, eso se tira de una vez!
Silv.— De una vez, eh?. .. .yo os la daría en veinte.
Dabl.— ¿T iráis ó no?
Silv.— V oy.
Dael. — Acabemos!
(D. Silvestre tira, y vuelve el rostro para no ver los dados. Daelr
za va d decir el punto , y D. Facundo le pone la mano
en la boca.
Fac.— S ilencio!
Dabl. — (Comprendo .... no quiere que ella lo oiga.)
Fac. (d D. Silvestre en voz baja ) — Diez y siete, habéis ga-
nado.
Silv.— Dios sea loado! (Ya iba ¿ desmayarme....) con
fanfarronería. Me alegro!
Fac.— Hablad mas despacio. . . podrían olmos los criados.
Dael.— S í.
Fac. — D. Silvestre, os perdono mi muerte, (lleva d Daelza
aparte.) Si os casais con ella hacedla muy feliz. . . .
está allí oculta. .' . .
Dabl. '-(Ya me lo había dicho Lupian.)
Fac. — No bien se aleje su hermano procurad sacarla de
aquí sin que vea mi cadáver (le dd una carta). Estas
son mis últimas disposiciones . . . desempeñad unas
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142 FARSA Y CONTRA-FARSA.
alhajas que están en el monte de piedad y entregad-
las á su dueña lo que sobre de mi fortuna, la
mitad para mi madre y la otra mitad para Guevara - - •
Adiós! .... Estrecha la memo al Doctor, enjúgase algu-
nas lágrimas, le arrebata el porño, y lo aspira, diciendo :
'—Estaba de Dios! ( Vacila y cae sin sentido en brazos
. de Daelza que le coloca en un sillón.)
(Pausa, — el médico enternecido y lleno de cólera á la vez se
cruza de brazos y contempla alternativamente á Va -
Uetriste y d D. Silvestre en cuya fisonomía se pinta el
terror y el miedo.
Dael. (á media voz)—* Víctima del honor y de su esforzado
corazón ha muerto, y vos no habéis sabido perdonar-
le, no habéis sabido impedir con una palabra, que
pusiera término á su existencia .... Sois un misera-
ble D. Silvestre! y yo voy á daros la satisfacción que
ayer os atrevisteis á pedirme. Necesito vengar á mi
amigo.
Silv. — Hombre, vos queréis matar á todo el mundo!
Dabl. — ¿N o preguntábais qué destino tenían esas armas?
Eran para este caso ....(Se acerca á la mesa y abre la
caja de las pistolas)— Hay las teneis . . .pistolas, sa-
bles, lanzas, rifles, espadas escojed la que mas
* os guste.
Silv.— S í, sí, ya me avergüenzo de tanta cobardía, (toma
wn sable , el Doctor esgrime otro.)
Dael. — En guardia! y defendeos con brío porque estoy
resuelto á mataros ó á que me matéis! ....
Silv. — (N o puedo con este hombre, me fascina y aterro-
riza.)
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
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{Crúzame los sables; al tercer ó cuarto mandoble , Daelza des-
arma d su enemigo . Ábrese la puerta del gabinete y
Virginia con las facciones desencajadas y apoyándose
en el marco para no caer , se detiene en el umbral .
ESCENA YI.
Dichos, Virginia .
ViRG. — (No puedo soportar por mas tiempo esta angustia é
incertidumbre )
Darl. — Ahora, encomendaos á Dios! ( Levanta el sable y
amaga herirle )
Sily. (¡ temblando ) — Doctor... os concedo la mano de mi
hermana
Dael. — Eso no basta. . . .pedid perdón á vuestra víctima! . .
{Le agarra de un brazo y le obliga caer de rodillas de-
lante del sillón donde está Valletriste.)
Silv. — P erdón, Valletriste, perdón!
Virgl— (precipitándose al sillón y tomando una mano d Va-
lletriste) Muerto! Dios mió, muerto! .... (fe pone la
mano sobre el corazón) pero no, . . . .vive. . . .todavía
vive! . . . Facundo! Facundo! .... Virgen santa!
no contesta. . . .
Fac. — {vuelve en si y se pone velozmente en pié) Virginia! D.
Silvestre!
Virg. — Salvadle, Doctor, y mi gratitud no tendrá límites.
Dael.— No es necesario el auxilio de mi ciencia: el preten-
dido veneno era un poco de cloroformo en dósis
homeopática. ^
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
Viro.— Gracias, Doctor, gracias!
Dael. — Solo quise con esta doble farsa dar una severa lec-
ción al suicida insensato y al infatuado pendenciero,
y la casualidad, ó la mano oculta de la Providencia
me ha servido mas allá de mis deseos. ( d Valletriste)
Ya estáis radicalmente curado de vuestra ridicula
manía, y á D. Silvestre confío que no le quedarán
ganas de volver á insultar ni desafiar á nadie. Es-
pontáneamente os ha pedido perdón, y en justo de-
sagravio de su ofensa, os concede la mano de su
hermana, (toma la de Virginia y la coloca entre las de
D. Facundo.)
Fac.— Dios del cielo! tanta felicidad en un dia!....Ah!
Daelza, que mal os he juzgado! cómo os he podido
desconocer, modelo de los buenos amigos, de la
honradez y la lealtad! (Se arrodilla ).
Dah í.— ( levantándole) Creeis ahora por esperiencia, que no
todos los hombres son perversos y egoístas, y que la
vida vale algo?
Fac. — (pasando el brazo por la cintura de Virginia y opri-
miéndola suavemente contra su pecho.) Si, es una
gran cosa!
Dael. — (d D. Silvestre) Miradlos, señor, y si todavía vaciláis...
Silv. — No, cuando todos rivalizan en nobleza y generosi-
dad, yo no quiero ser menos. Valletriste, vuelvo á
pediros perdón por la injusta ofensa que os hice ....
Fac.— B asta.
Silv. — Esta es mi mano ....
Fac. — (abriéndole los brazos) Aquí . . . . sobre mi corazón! . .
de hoy mas seremos hermanos!
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FARSA Y CONTRA-FARSA.
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Viro. — ¡Ojalá todos los suicidios y desafíos tuviesen tan
feliz desenlace!
Dael. — Contribuir al menos á que se disminuyan lanzando
sobre sus autores, el anatema, el ridículo y el des-
precio que merecen, es una tarea digna de toda
persona inteligente, y de todo corazón bien puesto
en estos calamitosos tiempos, en que abundan tanto
las farsas de todo género : hoy que la mentira bajo
todas las formas imaginables, lacera y corroe las
entrañas de la sociedad. He dicho.
Estruendosos aplausos. Cae el telón, y el público
entusiasmado pide á gritos al autor, es decir á Daelza,
padre de esta comedia; pero el indino homeópata, no por
modestia, sino para no quitar la ilusión á las espectadoras
con su fea cara ni dejar ciegos á los espectadores con los
rayos que vibra su calva frente, aplica á su curiosidad el
sistema de Hanneman, se obstina en no salir, y acarician-
do una dulcísima esperanza, huye donde le aguarda . . ,
oh hermosas lectoras! .... no sabéis quién?. ... pues yo
tampoco.
Voy á averiguarlo, y si lo consigo, me comprometo á
ponerlo en vuestra noticia, en otra novela que escribiré
ad hoc. Por hoy está completo el volúmen y no me es
dado añadir una línea mas. Adiosito!
Buenos Aires, Mayo de 1858.
FIN.
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INDICE DE FARSA Y CONTRA-FARSA.
Pájinaa.
Dedicatoria 3
Capitulo I o 300,000 5
“ 2 o Similia Simílibus 13
“ 3 o Enigma 19
“ 4 o ¡Hastiado! 27
“ 5 o Una apuesta 33
“ 6 o Anverso y Reverso 39
“ 7 o Una letra pagadera á la vista 49
‘ ‘ 8 o Un millón de bofetones 57
“ 9 o Virginia '. . . 65
“ 10. Un caballero .... de industria 73
“ 11. Estrangulación homeopática 83
“ 12. La horma de su zapato 93
“ 13. La imaginación y la realidad 103
“ 14. De los arrepentidos se sirve Dios 113
“ 15. Sinfonía ó campanilleo á grande or-
questa 122
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Li
ti
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*67 H
ii